sábado, 18 de enero de 2020

Traducciones en disputa


Originalmente publicado en Revista Chopsuey nro 2


A
unque existe una larga historia de vínculos y cruces entre el español y el chino, las traducciones modernas no abundan en los anaqueles del mundo hispano. El diccionario más antiguo que se conoce se remonta al siglo XVII y fue realizado por misioneros españoles que se aventuraron por el Río Perla, en la región de Guangdong, el centro histórico del intercambio marítimo de China con el resto del mundo. Sin embargo, como industria cultural la traducción entre estos dos idiomas todavía está madurando. En el mercado editorial sigue vigente la traducción indirecta, que traduce a autores chinos desde otra lenguas, como el inglés, francés o incluso, el ruso. El mismísimo Mo Yan, Premio Nobel del 2013, recomendó utilizar la edición inglesa, en lugar del original, para hacer la versión en español de su novela Sorgo Rojo.

No extraña que no sobren traductores. ¿Qué duda cabe? el estudio del chino requiere esfuerzo y dedicación. Los rigores del idioma exigen un trabajo sistemático y constante, que sólo puede sobrevivir si se vuelve una obsesión. Pero, además, si uno fue educado en América Latina o en España, y quiere entender el país asiático, necesita un verdadero giro copernicano en la manera de leer los mapas.

Es sabido que, para la cultura china, el centro del mundo y de la historia es el propio territorio. El rock y el cine de Estados Unidos no son hitos de una cultura universal, sino más bien intereses de nicho. Tampoco el mundial de fútbol o la historia de Europa forman parte del conocimiento general. La Guerra Fría china no fue contra Estados Unidos, sino contra la URSS. China tiene una escritura propia, una historia filosófica que apenas registró las discusiones que se realizaban en Europa y un sistema de expresión artístico con contactos muy tardíos con el mundo occidental. En China, la sociedad no se explica a sí misma como una reunión de individuos, ni espera que la innovación surja de la creatividad o de la genialidad, sino del afán por repetir una tarea hasta la perfección.

Las raíces de estas diferencias hay que buscarlas en lo profundo de la historia. China no viene del Iluminismo, de la Revolución Industrial, ni de la filosofía política de Occidente. No es hija del cristianismo ni del helenismo, sino del confucianismo. Contabiliza su propia historia como una sucesión de dinastías y la historia del mundo como lo que pasaba mientras las dinastías se sucedían. Muchas veces se dice que África es el lado B de la ilustración europea, su cara oculta, sin la cual no es posible entender esa historia. Pero China no tiene lugar en ese alfabeto, porque, a pesar de humillaciones militares, ocupaciones y tratados ruinosos, el país nunca fue conquistado.

 

*

 

Lu Xun, el padre de la literatura moderna china, es uno de los escritores más editados en otras lenguas, y él mismo fue traductor. En muchos textos explicó que estaba interesado en las “traducciones duras”, esto es, versiones que siguieran  el original de la manera más fiel posible, aunque el resultado sonara un poco áspero o confuso. En un artículo sobre el autor chino, el escritor y traductor argentino Miguel Ángel Petrecca explica que las traducciones pueden transformar la lengua, llevando y trayendo palabras de un lado a otro. Advierte que ya están circulando en español varias palabras chinas: “tofu”, “taichí”, “Tao”, “chaufán”, “kungfú” o “lichi”, por ejemplo. Él mismo pone en práctica este principio en algunos de sus poemas, uniendo caracteres chinos y palabras en castellano.

Los problemas de traducción son fundamentales para entender el pensamiento chino ¿Qué tienen que ver los ritos de los que habla Confucio con la filosofía política? ¿Qué otros significados tiene la palabra “armonía”, además de ser una manera elíptica de referirse al poder cohersivo del Estado?  ¿Qué quiere decir que hay un “templo” dedicado a Confucio? ¿Y a qué se refieren los analistas cuando hablan de una “religión de Estado”?

La extrañeza del vocabulario político chino es tal que se transmite, incluso, a las palabras que nos resultan conocidas. En China, “censura” o “propaganda” no connotan algo negativo, vergonzoso, que deba ser ocultado; por el contrario, son mecanismos de gobierno oficiales. En China se le dijo 大跃进, Da yuejin, Gran Salto Adelante, a la campaña que generó una caída del 30% del PBI. Y también se le dijo 文化大革命, Wenhua dageming, Revolución Cultural, a los años en los que se cerraron universidades y se destruyeron reliquias. La extrañeza del lenguaje político chino está, incluso, en lo que queda sin nombrar. En China, un político puede terminar su discurso sin haber dicho, ni una sola vez, las palabras “ciudadano”, “derechos” ni “libertad”. Esto son sólo algunos ejemplos de los desafíos de traducir el léxico político chino, lleno de ambigüedades, sutilezas, desplazamientos y ecos históricos. De todas las expresiones de la política china, la que hace dos décadas resulta más difícil de interpretar, es un nombre propio: “Partido Comunista”. En este caso, y en todos los anteriores, la traducción no resuelve el misterio, sino que lo expone.

Las dificultades del lenguaje chino, sin embargo, no empiezan ni terminan con el entrenamiento en el idioma. Por el contrario, el desplazamiento del sentido, la metáfora, la ambigüedad son agujeros negros en el mismo corazón del sistema expresivo. Hace unos años, Petrecca y el poeta Yu Jian conversaron sobre este tema. Al respecto, el escritor chino hablaba de lo escurridizo que es el significado de una palabra china. Según él, este se hunde en un espiral en el que se juegan la historia de los diferentes componentes de la escritura, la relación que estos establecen al interior del caracter, los diversos usos que tuvo, su ubicación espacial en relación con las otros caracteres en el mismo texto y, por último, el sonido. Del juego de remisiones y diferencias entre todos estos elementos surge el sentido. “Las palabras aquí, el sentido más allá”, “las palabras terminan, pero el sentido es infinito”, “el significante se mantiene fijo y el significado se expande sin pausa”, dijo Yu Jian a Petrecca.

 

*

 

A mediados del siglo XIX, los problemas de la traducción inauguraron las discusiones de la política moderna en el seno mismo del Imperio Qing, la última dinastía. En una país humillado y deprimido por su rezago frente a Europa, Estados Unidos y Japón, funcionarios e intelectuales empezaron a preguntarse cómo traducir los avances de los otros países. ¿Por qué mecanismos? ¿En qué medida? ¿En qué áreas? ¿Qué se podía traducir de esas experiencias? Más en concreto, ¿cuáles eran los fundamentos de la superioridad tecnológica de Europa y Estados Unidos? ¿Esa tecnología era compatible con los valores chinos? ¿O había que sospechar de esa tecnología porque era un vector de enfermedades morales? ¿La fuente de la fuerza europea era esa tecnología o, acaso, el fundamento de esa fuerza no era, en definitiva, espiritual: la consagración de la libertad individual?

Estas preguntas impulsaron la discusión desde la derrota militar de 1842, contra la armada inglesa en la primera Guerra del Opio, hasta la fundación del República Popular en 1949. Entre los infinitos ecos de estos cien años de debates, hay una pregunta que resuena en todas las demás: ¿cómo superar el atraso?

Antes de saldarse con una guerra civil, esta polémica se sostuvo a través de un entramado muy complejo de revistas, disputas universitarias, debates intelectuales, exiliados en Japón, viajeros que se aventuraban al Oeste y movilizaciones callejeras. En plena efervescencia, se delinearon tres grandes orientaciones: el reformismo occidentalizador, el neotradicionalismo y el socialismo radical. El primero expresaba las críticas más cáusticas a las maneras tradicionales de ser en China, como el rol de la autoridad, el peso de la aristocracia o la arrogancia cultural frente a las novedades de Occidente. El neotradicionalismo buscaba una reinterpretación de las fuentes chinas que pudiera dialogar con los avances occidentales; mientras que el socialismo radical rechazaba la apatía colectiva de la sociedad y cultivaba la esperanza de una gran transformación social, mirando lo que estaba pasando del otro lado de la frontera en Rusia.

Este debate fue la escuela común en la que se formaron todas las tendencias políticas de la China moderna, y definió un campo de discusiones que se mantuvo vigente durante todo el siglo XX. Porque a la distancia se ven, debajo de las enemistades inamovibles entre los comunistas y nacionalistas, cuatro ideas o sentimientos que dieron forma a una conciencia de época. En primer lugar, la humillación que todas las tendencias sentían por la subordinación a las potencias europeas. Segundo, el reconocimiento de la superioridad tecnológica, administrativa, comercial y económica de esas potencias extranjeras. Tercero, la convicción de que eran necesarias reformas en las maneras chinas de hacer las cosas. Por último, la supervivencia sigilosa de la tradición clásica china se mantenía solapada, incluso, entre las propuestas de cambios más radicales. Estas cuatro ideas definieron la experiencia política china, por lo menos hasta mediados del siglo XX, y tal vez hasta hoy sigan siendo sus puntos cardinales. Salvo, claro, por una: en China ya nadie se siente menos que Europa y Estados Unidos.

 

*

 

Las vanguardias suelen fundarse con dos preguntas. Una que mira hacia lo desconocido: “¿Qué hace falta aprender?”; y otra que mira a lo conocido: “¿Qué hacemos con el presente?”. Con esas dos preguntas, se construye la novedad, pero también se rescatan aspectos del pasado. Las vanguardias plantean con qué elementos construir un mundo nuevo y aquellos que deben quedar en pie del viejo. China no fue la excepción, y ambas cuestiones marcaron el camino de los vanguardistas, los modernizadores y los reformistas que querían dejar atrás el viejo régimen.

Lu Xun fue el más influyente de los vanguardistas chinos. Protagonizó uno de los cambios más trascendentes del modernismo literario, algo crucial en los debates sobre el sentido de la modernización y los valores tradicionales: la lengua erudita, el wenyan (文言), fue reemplazada por la lengua hablada, el baihua (白话).

Leída únicamente por una minoría educada en la tradición clásica, la vieja lengua erudita se había permanecido casi inalterada desde el principio de los tiempos. La China por venir, pensaba Lu Xun, necesitaba un lenguaje que pudiera contar nuevas historias. Al fin y al cabo, el repertorio de ideas y valores del wenya sólo servía para contar un arrullo melancólico sobre una grandeza que ya no existía. Para Lu Xun, la lengua erudita era el orgullo de una cultura dormida en su arrogancia y él buscaba despertar a China de su sueño jactancioso y tradicionalista. Para eso, necesitaba hablar con otras palabras.

La trascendencia de este cambio puede ilustrarse con una analogía europea. Según el traductor Petrecca, la reforma puede compararse con lo que significó el paso del latín hacia las lenguas vernáculas en las literaturas y filosofías de Europa. La comparación no es exagerada y da la escala para medir el tamaño de lo que estaba en discusión durante esos años. El modernismo chino se planteaba poner al día un país en el que no había habido ni Reforma de la Iglesia, ni Revolución Francesa, ni Revolución Industrial.

Ahora bien, Lu Xun era consciente de que no podía cambiar su país, sin cambiar, también, él mismo.  El vocabulario que quería reemplazar era con el que había aprendido leer, los valores que buscaba cambiar eran los que su familia le había legado. No fue el único en esta situación, todos los reformistas chinos tuvieron que revisar sus convicciones más arraigadas. Desde los funcionarios imperiales del siglo XIX, que empezaron los debates sobre qué aprender de las potencias europeas, hasta los líderes históricos del Partido Comunista. Todos querían cambiar a China, pero todos habían recibido una educación basada en la poesía, los autores clásicos, la lengua erudita y la caligrafía. Ninguno podía ignorar el peso de esa tradición. Ninguno sabía si iba a estar a la altura del pasado que quería dejar atrás. Pero todos tenían una certeza: lo que querían cambiar empezaba muy adentro suyo.

Pensando esto, Petrecca explica que la modernidad china está fundada en el trauma de una ruptura, pero que, a diferencia de otros procesos modernizadores, el quiebre no es contra un conquistador o un tirano. El trauma chino es un desgarro interior: no encontrar otra salida, más que romper deliberadamente con uno mismo.

 

*

 

Sería un error, sin embargo, pensar que las principales dificultades para aprender de China vienen de su idioma. El principal problema es la falta de imágenes. En la actualidad, en América Latina hay dos grandes imaginarios sobre China: el del paisaje bucólico de la poesía, la música y la pintura clásicas; y el de la superpotencia de los medios de comunicación y los analistas internacionales. Tal vez, se podría agregar un tercer imaginario que circula en las redes sociales y las noticia de color, el de la China absurda. “Chino intentó viajar con su tortuga en un avión, escondiéndola en una hamburguesa”, informó el diario hongkonés South China Morning Post, tan solo un ejemplo de esta tendencia.

Interpretar estos imaginarios expone a cualquiera a varios desafíos. No porque estas imágenes sean falsas, no existan o sean exageradas, más bien porque efectivamente están allí, pero tienen la medida que cada cual les quiere asignar. La dificultad está en calibrar hasta dónde responden las preguntas que cada uno ya tenía sobre el país asiático.

Para eso hace falta un aparato crítico que ubique esas imágenes en un contexto, que las pese en relación con otras. La China clásica bucólica, por ejemplo, es hermana –o, tal vez, hija- de la China budista, de la China taoísta y de la China confuciana, y también forma parte de la China moderna actual. Es, de hecho, un producto más de la modernidad. Si las imágenes plácidas de montañas y ríos llegaron hasta el mundo hispano, lo más probable es que haya sido a través de un tradicionalismo, incluso un orientalismo autoimpuesto, común en la industria cultural china en su búsqueda por comunicarse con nuevos mercados. Basta ver el catálogo de películas chinas en las plataformas hispánicas de Netflix, mayoritariamente ambientadas en “la china milenaria”.

Por otro lado, en América Latina, la idea de China como potencia oscila entre dos campos de interpretación. O bien, el que insiste sobre el miedo estadounidense ante el crecimiento China, o bien, el de la reivindicación vernácula antiimperialista. El miedo aparece simplemente en los medios norteamericanos con más repercusión en América Latina. Una búsqueda rápida en octubre de 2019 en el sitio del New York Times mostraba que los diez primeros diez artículos al poner como palabra clave “China” eran malas noticias, críticas o tenían la premisa de que en el gigante asiático estaba pasando algo fundamentalmente incómodo o equivocado. En el sitio del Washington Post, nueve de cada diez artículos eran similares. En el de Los Angeles Times, también nueve malas noticias sobre diez. En el Wall Street Journal, había noticias que asociaban a China con Irán y con Venezuela. Por otra parte, no apareció ninguna noticia sobre el anuncio de Nicolás Maduro de inversiones inmediatas para respaldar a Huawei en su disputa con gobierno de Estados Unidos. De los discursos sobre la China absurda, por último, mejor cuidarse, porque nunca salió nada bueno de reírse del otro.

Las imágenes chinas llegan a cuentagotas a las costas americanas. Lo que conocemos como “industria cultural” no tiene en China el ímpetu exportador que tiene en Estados Unidos o, incluso, otros países, como Japón y Corea del Sur. Con sus propias redes sociales y plataformas, son muy pocas las películas y las bandas chinas que circulan por América Latina o España, el tamaño del público local ya ofrece muchas oportunidades para las producciones chinos. Los lenguajes que tienen más éxito para establecer un vocabulario común son los sistemas operativos de los teléfonos celulares, los videojuegos y la ciencia ficción.

En este contexto, traducir del chino al español es, todavía, un esfuerzo por acercar fragmentos del mundo chino a nuestro idioma. El invierno de Beijing, los usos del color rojo, la presencia del campo en las ciudades, las formas de la vida familiar, el trasfondo que otorgan los veintidós siglos de continuidad jurídica son trozos con los que armar una maqueta del país asiático. Estos fragmentos que van llegando son condición de posibilidad para la formación de un gusto, un paso imprescindible para pensar qué es China y cómo traducirla.

 


viernes, 18 de octubre de 2019

Nuestras dos discusiones

Todavía después de las PASO, el perfil del gobierno y el de la oposición siguen definidos por dos discusiones. Porque sea que hablemos sobre el acuerdo con el FMI, sobre el poder judicial, sobre nuestro sistema previsional, sobre impuestos o sobre Venezuela, las discusiones giran casi siempre alrededor de dos preguntas: ¿Cómo nos tenemos que tratar? y ¿Cómo vamos a producir más riqueza? Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada una de estas dos preguntas.
En primer lugar, entonces, la cuestión de la convivencia. Un tema que es estructurante de toda comunidad, pero sobre el que las argentinas y los argentinos tenemos desacuerdos gruesos. Empezando porque mientras unos subestiman la cuestión, otros la tenemos en el tope de nuestras prioridades. Los que subestiman la cuestión de la convivencia piensan que la discusión es una distracción, una cuestión superficial o cosmética, incluso, un engaño. Desde esta perspectiva, la convivencia es una coartada; la neutralidad, una mentira; la objetividad, imposible. Y el que no se confunde con estas ilusiones conocería las dos verdaderas leyes de la vida en comunidad: que todo es política y que la política es ante todo saber quién no está de nuestro lado. Ésta es la versión moderada del argumento. La versión extrema sostiene que en la Argentina no hay nada que discutir en relación a la convivencia porque la Argentina es, antes que un ámbito de convivencias, un campo de disputas. Disputas entre los que defienden los verdaderos intereses argentinos, los verdaderos argentinos, y los que defienden falsos intereses argentinos, los argentinos falsos. Entre unos y otros nunca hubo ni debe haber convivencia. Entre verdaderos argentinos y argentinos falsos sólo existe enfrentamiento, “disputa hegemónica”. Con diferentes énfasis, esta desconfianza de la convivencia es un axioma común entre los que apoyan a Todos.
Por otra parte, los que tenemos las reglas de convivencia como una prioridad creemos que la democracia es un acuerdo que tiene que fundarse en razones morales. Los más exigentes creen -por ejemplo- que políticos que roban están fuera del acuerdo democrático; los modestos, más (sobre) adaptados a la Argentina post-2001, no creen que el acuerdo democrático pueda evitar el robo, pero que sí que debe criticarlo. Desde cualquiera de estas dos perspectivas, elogiar "el oficio" de robar, respaldar la opción de salir de caño, o pedir robar con códigos son extravagancias que desfondan la vida en democracia.
El segundo desacuerdo fundamental pasa por la cuestión económica: ¿Cómo vamos a generar más riqueza? También en esta discusión hay dos grandes tesis: la que sostiene que las reformas son la causa de los problemas económicos de la Argentina y la que sostiene que no hay solución sin reformas. Para los defensores de la primera, la economía argentina tiene que funcionar lo más parecido posible a como lo hacía en los sesentas, para los segundos tiene que dejar de hacerlo. La primera es la promesa económica de Todos, la segunda, la intuición básica de la política económica del gobierno.
Los que rechazan las reformas señalan sus costos y afirman que todavía es posible vivir en el país como se vivió en un pasado más benévolo: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Incluso, ven en la crisis de 2001 una señal inequívoca de que cualquier intento de reforma económica está destinado al colapso. Y, parapetrados atrás de los grandes desafíos que suponen las reformas económicas, aseguran que es posible volver a vivir como antes, sólo es cuestión de voluntad política.
Por el otro lado, las políticas públicas y los discursos del presidente dejan ver el diagnóstico general del gobierno: el estancamiento de la Argentina no se soluciona mirando al pasado, sino con reformas que pongan la economía argentina al día con un capitalismo -qué duda cabe- más competitivo que el de tiempo atrás. Porque los costos de dejar todo como está se acumulan hace décadas, en la cadena económica y en las condiciones de trabajo de los maestros, en la infraestructura de los hospitales, en el entrenamiento de la policía, en la eficiencia del servicio de justicia. El gobierno insiste con que no hay soluciones en el pasado, porque no cree que los problemas de la Argentina resulten de un desvío circunstancial ni de un tropiezo en el caímos por error o por traición. Sino del agotamiento inapelable de una manera de producir riqueza.
En base a estas discusiones, desde el triunfo de Cambiemos en 2015, la discusión política coaguló en dos grandes acuerdos: el de los que apoyamos a Juntos y el de los que apoyan a Todos. Los que apoyamos a Juntos coincidimos en tres cosas. Uno, que la falta de consenso sobre las cuestiones del orden es un obstáculo para que prosperen soluciones. Dos, que la Argentina se vuelve un lugar disfuncional sin un suelo moral elemental. Tres, que la economía argentina necesita reformas que la pongan al día con el capitalismo contemporáneo. Por el otro lado, los que apoyan a Todos se mueven dentro de los límites de tres acuerdos. Primero, que el conflicto social sólo debe ser abordado como una consecuencia de los problemas, nunca como una causa. Segundo, que la naturaleza de la política determina que no tengamos acuerdos morales robustos. Tercero, que la economía argentina debe alejarse lo más posible de los formatos y las prácticas de mercado, liberales, neoliberales, etc.
Si la convivencia y la producción de riqueza son los ejes del debate político argentino, los puntos cardinales son, por un lado, convivencia democrática o disputa hegemónica; y, por el otro, reforma económica o resistencia al neoliberalismo. Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada eje, es decir, direcciones opuestas para este barquito flotando en el océano que es la Argentina.

Diario La Nación 14-09-19


viernes, 28 de junio de 2019

El paso de la Cámpora





        Hace tiempo que entre la militancia kirchnerista corren críticas a la Cámpora. Esas críticas intentan ser una forma de autocrítica. La Cámpora fueron los excesos. Le critican su arrogancia, su jactancia, su manera de llevarse puesto al otro. Están hartos de su “estilo” en la conducción de la cosa kirchnerista. “El kirchnerismo no es la Cámpora”, dicen. Y tiene razón: el kirchnerismo no es la Cámpora, es su hijo.
         Se dice que el kirchnerismo empezó en 2008, con la 125. Eso es rigurosamente cierto. Pero esa afirmación de historia inmediata no explica por qué la 125 gestaba un kirchnerismo y no otra cosa diferente. De la 125 no se deducen la organización militante, ni la participación de los jóvenes, ni la agenda de los derechos humanos, ni el alineamiento bolivariano. Cuando se dice que el kirchnerismo empezó con la 125 se pasa por alto que, incluso antes de las 125, mientras Kirchner seguía trenzado en el combate filial con Duhalde, los fundadores de la Cámpora ya craneaban con qué palabras, con qué imágenes y en qué escenarios construir su propio momento en la política. La Cámpora fundó un nuevo vocabulario que tradujo la experiencia peronista a una generación que se había criado desconfiando del menemismo, cuando no, del peronismo todo. El Nestornauta, la Crispasión, el blog “Un día peronista”. También los bistrós peronistas del barrio de Palermo y las peñas en Parque Patricios. Son algunas de las mediaciones simbólicas que llegaron de la mano de la Cámpora y crearon un peronismo con más muelles, más fácil de entrarle. Desde las marchas antimenemistas al gobierno kirchnerista, desde las barricadas del 2001 a los despachos, la Cámpora construyó un paso desde el antimenemismo al peronismo. Explicó cómo hacer el salto al peronismo, la vuelta al peronismo, el perdón al peronismo.         
Pero lo que habilitó la Cámpora no fue sólo un paso desde el antimenemismo hacia el kirchnerismo. También explicó cómo hacer la transición desde el propio menemismo. Porque la juventud militante fue para los dirigentes peronistas el río de un nuevo bautismo político. Y fue la Cámpora la que les explicó a esos dirigentes con qué palabras, en qué marchas y al lado de que figuras de los derechos humanos se perfeccionaba ese rito. Y así esa vieja guardia del peronismo aprendió a hablarle a una juventud que, hasta entonces, sólo tenía palabras agrías para describirla. La expresión más acabada de ese aprendizaje es el duhaldismo ricotero de Anibal Fernández. Hasta la llegada de la Cámpora, el kirchnerismo era, ante todo, la síntesis dialéctica del menemismo y del duhaldismo. Con la Cámpora esa síntesis incorporó el 2001. Es decir, a los jóvenes y a la clase media caídos en desgracia. 
En este sentido, si en la Argentina no hubo un Podemos que surja a la izquierda de la UCR, nuestra socialdemocracia menguante, es porque el kirchnerismo hizo lugar para todos los desilusionados, incluso para los desilusionados del reformismo liberal. Son los que votaron a Carrió en 2003 y a Cristina Kirchner en 2011, los que critican el liberalismo de Cambiemos amparados por el liberalismo de las universidades Di Tella y San Andrés, los que ya no leen Tiempo Argentino, pero nunca dejaron de consultar el diario La Nación. Este liberalismo tampoco habría sido posible si la Cámpora no hubiera vuelto a hacer del peronismo una experiencia atractiva para el debate de ideas. SIn embargo, está siempre apurado por echar culpas a la Cámpora, con la esperanza de que menos Cámpora redunde en un kirchnerismo más afin a su sensibilidad y consumos.
       Todo lo que entró al kirchnerismo con ánimo crítico, por izquierda como se decía antes, también entró por el surco que abrió la Cámpora. Por ese camino llegaron todas las experiencias con las que el kirchnerismo todavía sigue oxigenando al peronismo: los derechos humanos, el populismo como teoría crítica, el latinoamericanismo, Sabattella, los socialistas kirchneristas. Y más recientemente, Leandro Santoro, Matías Lammens, Juan Grabois, Itaí Hagman u Ofelia Fernández. Y, por supuesto, el propio Kicillof.
Desde luego, la puerta por la que entró la Cámpora al kirchnerismo la abrieron Néstor y Cristina Kirchner. Esto merece un análisis propio –aparte de este comentario- sobre la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y la Cámpora. Aunque en estas líneas enfocadas en la Cámpora vale señalar una cosa: antes de que Néstor y Cristina eligieran a la Cámpora, la Cámpora ya los había elegido a ellos. 
En estos días, muchos proponen un kirchnerismo que se saque de encima la pesada herencia de la Cámpora. Y quizás sea posible un kirchnerismo con menos Cámpora. Pero, por cómo han sido las cosas hasta ahora, sería, también, un kirchnerismo con menos Cristina. Porque la ideología de Cristina es la de la Cámpora. Cristina es tan crítica como la Cámpora, tan técnica como la Cámpora, tan feminista como la Cámpora y tan centralista como la Cámpora. La Cámpora es lo que abre al kirchnerismo y lo que cierra las listas. La Cámpora le da fuerza al kirchnerismo y es uno de sus flancos más golpeados. En la expectativa de un kirchnerismo menos camporista, esperan proyectos tan diferentes como el Grabois, el de Manzur o, incluso, el de propio Magnetto. Después de la salida del gobierno, la Cámpora sobrevivió a la autocrítica kirchnerista, a la que no sobrevivieron otras referencias, como Moreno, D’Elía o De Vido. Su resiliencia es señal de que la Cámpora se ha vuelto el hecho maldito del movimiento.



viernes, 14 de junio de 2019

¿Pichetto es peronista?


Se discute mucho quién es peronista y quién no es peronista. Un tema mucho más transparente años atrás, pero que, visto desde 2019, es muy difícil de definir en términos lógicos, ideológicos, o de valores. Esa manera de definir las cosas da resultados que no coinciden con las intuiciones de nadie sobre quién es peronista y quién no lo es, porque, abordada la discusión así, surgen ejemplos y contraejemplos que dejan insatisfecho a todo mundo. A los peronistas, por ejemplo, les gusta jactarse de sus maneras manejarse, pero después de 2001, muchas de esas formas ya no son exclusivas de su patrimonio. Por otra parte, entre los no peronistas, después de la experiencia kirchnerista, ganó peso la idea de que ser patotero es igual a ser peronista y no ser patotero es igual a no ser peronista. Pero ése tampoco es un buen criterio para definir quién es y quién no es. Ya se ve, por ejemplo, que Pichetto no tiene esos modos.

Creo que hay otro criterio para definir peronismo y no peronismo que ofrece resultados que se ajustan mejor a nuestras intuiciones sobre quién es peronista y quién no lo es. Un criterio histórico. Podemos decir de una persona que es peronista o que no es peronista, según qué posición tuvo en ocho discusiones claves: la elección de 1983, el juicio a las juntas, las leyes de punto final y obediencia debida, a elección de 1989, el FREPASO, la elección de 1994, la de 1999 y el 2001. Estas ocho discusiones definieron el mapa ideológico de todas las personas que se formaron políticamente antes del kirchnerismo, y eso incluye a todos los candidatos y a todas las candidatas actuales a la Presidencia y a la Vicepresidencia de la Nación. Mirando estas ocho discusiones, seguramente estemos acuerdo si decimos que son peronistas las personas que tuvieron la misma posición que Ubaldini, Ménem o Duhalde. Siguiendo este criterio, NK, CFK y, desde luego, Pichetto son peronistas. Por el otro lado, vamos a estar de acuerdo si decimos que no son peronistas las personas que sostuvieron la misma posición que Alfonsín, Angeloz, Massaccesi o De la Rua. Estas dos opciones, desde luego, no cubren todas posibilidades. Las decisiones de Cafiero y del Chacho Álvarez, por ejemplo, fueron demasiado sensatas o demasiado creativas para ajustarse a esta dicotomía. Pero los dos polos que dibuja este criterio ayudan a ordenar la discusión. Mirando las cosas de este modo, Leandro Santoro no es peronista. Cristian Ritondo sí lo es. Patricia Bullrich no se sabe. La cuestión de 2001 es polémica, porque hay diferentes lecturas sobre cómo actuaron unos y otros actores. Sin embargo, si nos atenemos estrictamente a lo que cada figura dijo en público, la definición sigue funcionado. Si 2001 es el punto débil de esta definición, es porque en ese momento empezó a tambalear el orden político que, desde 1983, se había sostenido sobre la dicotomía.

En consecuencia, en esta elección muchos incrédulos del peronismo vamos a votar una fórmula, digamos, bastante más peronista de lo que alguna vez hubiéramos imaginado. Esto confirma una de las tendencias de largo aliento de la política post-2001: la peronización de la política y el atrofiamiento progresivo de la política no peronista.

En este nuevo escenario, se equivocan los que creen que el gobierno hace antiperonismo. Ésa es una interpretación equivocada, a la que el propio gobierno muchas veces recurre. A falta de mejores imágenes para explicar lo que quiere hacer, deja correr la versión de que hace antiperonismo. Pero, la política del gobierno no es para nada antiperonista: hay acuerdos con los bloques justicialistas, hay ministros peronistas, se inauguran monumentos a Perón. Al gobierno no le interesan esas discusiones de la historia y del corazón. El gobierno lo único que quiere es reformismo modernizador y moderación política. Ése es su programa. Y Pichetto uno de sus más claros defensores.

miércoles, 22 de mayo de 2019

De Cuba a Singapur








Un cartel con una foto de Fidel Castro en la Sierra Maestra publicita la conferencia que el profesor Fernando Pedrosa dará en la Universidad de Salamanca. La historia de la izquierda latinoamericana es una de sus dos especialidades. La otra es la historia del sudeste asiático.

La charla estará enfocada en la izquierda latinoamericana de las décadas del 70 y del 80 y es poco probable que haya elogios para sus estrategias y resultados. El profesor Pedrosa es un crítico quirúrgico de esa tradición, que conoce en profundidad, y también de primera mano. Como estudiante de la carrera de historia de la Universidad de Buenos Aires recorrió la vasta estepa de las discusiones de la historiografía marxista y aprendió al derecho y al revés el recorrido de los movimientos socialistas en América Latina. La fundación de los primeros partidos socialistas, los pioneros del marxismo latinoamericano, los frentes antifascistas, la consagración regional del Partido Comunista con la revolución cubana, el clivaje entre Fidel y el Che, la introducción del maoísmo, la radicalización de los sesentas, el rechazo al reformismo democrático en la década del 80, la orfandad post soviética, la transformación populista. Como graduado, el profesor Pedrosa lanzó una discusión de amplio espectro sobre esa tradición. En artículos y clases criticó las interpretaciones ortodoxas de la historia latinoamericana y la estrategia de las izquierdas frente los procesos democráticos. Y, al mismo tiempo, en el consejo de gobierno de la facultad, discutió prioridades de asignación de recursos y criterios de selección docente. Habló en asambleas, en despachos y en conspiraciones de medianoche. Redactó programas académicos y armó listas electorales. Yendo de una clase a una reunión, de una reunión a un artículo, miró el horizonte y el detalle, en la pelea por la facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Después de 2001 la izquierda tomó la facultad y, sin más resto político, el profesor Pedrosa emigró a España; ahí encontraría tiempo y mente para encarar su doctorado de una vez por todas. Entre 2002 y 2008 se enfocó en sus estudios de posgrado en la Universidad de Salamanca, que coronó con una tesis sobre la influencia de la socialdemocracia europea en las transiciones latinoamericanas de la década del 80. Ni bien aprobada, la editorial Capital Intelectual se interesó en publicarla. Las conversaciones avanzaron satisfactoriamente, se firmaron los papeles necesarios y, finalmente, el trabajo entró a la imprenta a finales de 2011. El libro salió a luz con un título diferente al de la tesis, pero más ajustado a los tiempos que corrían. Se publicó con el nombre de “La otra izquierda”, en lugar de “El fin del voluntarismo”.

Con el doctorado bajo el brazo, el profesor Pedrosa volvió a la Argentina y a la UBA. Primero con un cargo de funcionario de relaciones internacionales y después como profesor. Pero nadie vuelve a donde invocan su sombra, tampoco el profesor Pedrosa, que no volvió a la facultad de Filosofía y Letras, sino a la de Ciencias Sociales. Con los años, la vida y la curiosidad lo llevaron a interesarse por el sudeste asiático. Viajó por la región y estudió la historia de esos países. En 2016 fundó la revista especializada Asia-América Latina, que dirige desde entonces. La revista analiza los vínculos entre las dos regiones con artículos sobre muy diferentes temas: la política previsional china, la transición democrática en Taiwán, el lugar de Asia en la literatura de Octavio Paz, las traducciones de Borges en las Filipinas, las similitudes entre la música tailandesa y la capoeira brasileño, el desarrollo del maoísmo en América Latina. Por otra parte, en sus clases en la universidad, el profesor Pedrosa intenta despertar el interés de sus estudiantes por los temas de Asia. Comenta el afortunado hecho de que Vietnam se mantenga como un destino destacado de las exportaciones argentinas, a pesar de que en el país nadie conozca a alguien que hable vietnamita. Compara la transición democrática argentina con la justicia transicional en Camboya. Y nunca falta un comentario, aunque sea pasajero, sobre Singapur, la joya milagrosa de estos capitalismos paternalistas del Este. Singapur es un país del tamaño de la Ciudad de Buenos Aires, pero con reservas e inversiones internacionales que podrían alcanzar un cuarto de las reservas de China. En Singapur, el 85% de la población es dueña de un departamento de un valor promedio de 3 millones de dólares. En sus escuelas, los estudiantes aprenden dos idiomas y, si se destacan, acceden a aprender un tercero. Junto con Japón, es el país con más inversión per cápita en tecnología médica y se especula que su fuerza aérea podría ser la tercera más potente de Asia oriental, después de la de China y la de Japón.

Mientras profundiza sus investigaciones sobre Asia, el profesor Pedrosa sigue debatiendo sobre la izquierda y la socialdemocracia latinoamericanas. El camino que une un tema con el otro es incierto, pero el trabajo del profesor Pedrosa deja a la vista sus dificultades. Para ir de una experiencia a la otra hay que revisar creencias, asumir limitaciones y aceptar una crítica sin concesiones. Porque no se puede hacer este tránsito sin ajustar la mirada sobre el sentido de vivir en comunidad, sobre el funcionamiento de la democracia, sobre el rol de la crítica, sobre el trabajo y la riqueza. Todas cosas que se piensan muy distinto en América Latina y en Asia. En el este de Asia, la comunidad precede al individuo, la democracia no es una prioridad, el pensamiento no se consagra en la crítica, trabajar de nueve a nueve seis días a la semana es un lema popular y enriquecerse es glorioso. Ante estos rigores, no extraña que sean pocos los que intentan avanzar por ese verdadero estrecho de montaña. La sola idea de querer recorrer ese camino hasta el final despierta espanto. Es que esta empresa podría significar una verdadera renovación del pensamiento latinoamericano si muestra que existe una ruta para ir de Cuba a Singapur.

martes, 21 de mayo de 2019

No va más





¿Y qué no es actuación en una candidatura, Marcos Novaro? Une buene candidate es alguien que puede decir las cosas de una manera más dramática que los demas ¿O, Marcos Novaro, usted preferiría un candidato bien plomo?

El contraperonismo formado en los noventas, que esta nota representa de pe a pa, no puede dar ninguna respuesta más, está completamente agotado. Como están agotadas todas las perspectivas políticas que explican la Argentina con esas palabras, esos prejuicios y esos injuicios. Ese contraperonismo de los noventas tiene unas ideas de la verdad, de la razón, de la voluntad de las personas, de la relación entre deseo y política completamente insostenibles. Para este contraperonismo de los noventas, le argentine medie es una persona que le dedica 40 minutos diarios a reflexionar sobre las noticias del día, a lo largo cuatro años, para formar un juicio desapasionado sobre a quién sería conveniente votar en la próxima elección. Las ideas de este contraperonismo de los noventas no hablan de nada que exista en la Argentina contemporánea.Y lo más problable es que no hayan existido nunca en ningún lugar.

Ojo, no se me malentienda. Novaro y todes les contraperonistas de los noventa se merecen el mayor respeto. Ponen el pecho cada vez que el peronismo se larga con sus salvajadas. Yo les admiro y tiro para el mismo lado. Pero esa manera de enteder las cosas no camina más. Nos condena. Una de las expresiones más elocuentes de esta crisis es ese fenómeno llamado "Corea del Centro": personas que tradicionalmente desconfían del peronismo, pero que ven la impotencia de estas ideas y se van corriendo.

Hace cuatro años la tecnología de Durán Barba y el dramatismo de Carrió salvaron la papas. Este vuelta, después del video del sábado, va a hacer falta bastante más.