Autoridades de la universidad, sra rectora, señor vicerrector, jefes de departamento, familias, queridos graduados
Buenas tardes. Es un honor estar acá, hablando frente a estudiantes tan destacados, en este acto dedicado a reconocerlos por haber terminado sus estudios en nuestro Colegio. Gracias, rectora Valeria Bergman, gracias vicerrector Barovero por haberme invitado a dar este discurso.
Me pregunto si en las últimas semanas habrán pensando en todo lo que estudiaron en el Colegio. Repasémoslo juntos ¿Sí? Su plan de estudios se organizó sobre dos pilares: las ciencias y las humanidades. En las materias de ciencias, estudiaron los principios newtonianos de la mecánica, la teoría de campos, la estructura del átomo, la organización de las moléculas y la clasificación de los elementos. Mientras aprendían todo esto, practicaron ecuaciones, inecuaciones, funciones, trigonometría y aprendieron a derivar y a integrar. En las clases de biología estudiaron las estructuras básicas de la célula, la organización de los reinos naturales y conceptos de genética. Conocieron la taxonomía botánica y zoológica. Le dedicaron un año entero a entender cómo funciona el cuerpo humano. Y tuvieron la oportunidad de apreciar cómo esos conocimientos los ayudan a cuidar su salud.
El otro pilar de su formación fueron las humanidades. En las clases de castellano, se entrenaron muy intensivamente en gramática, en ortografía y en sintaxis. Y en las de literatura, leyeron autores de toda la historia de la tradición hispanoparlante, desde sus inicios en la península ibérica, hasta los autores de la tradición argentina, sin saltearse la literatura de la América colonial. En latín, recibieron aún más entrenamiento en análisis sintáctico y en gramática, y se familiarizaron con las historias que fundaron la cultura latina. Hicieron el recorrido canónico por lo que todavía llamamos “historia universal”, aunque sea una historia del Océano Atlántico. Empezaron con nociones del antiguo Egipto y de las civilizaciones de la Mesopotamia, estudiaron el crecimiento de la cultura griega, la historia del imperio romano y el desarrollo de la Edad Media Europea; aprendieron sobre la historia de la América colonial y de la Argentina contemporánea. También recibieron un panorama, continente por continente, de la geografía del mundo. Repasaron lecciones de notación músical y se acercaron a la historia de la música académica. Dibujaron, pintaron y aprendieron a reconocer algunos de los movimientos más influyentes en la historia de las artes visuales europeas. También estudiaron derecho, economía, filosofía, psicología, historia del arte, inglés y francés. Y todo esto habría sido muy incompleto sin la actividad física que hicieron, dos veces por semana, durante cinco años.
Como resultado de este entrenamiento, incorporaron recursos del pensamiento científico y se familiarizaron con la medición empírica; entrenaron sus habilidades de cálculo; tallaron sus habilidades expresivas; y aprendieron los fundamentos de la ciencia moderna, de la historia euroamericana y de la literatura en español. Hoy saben usar un calibre, saben leer una isobara, saben moverse en un laboratorio; pueden interpretar textos académicos y pueden expresar sus ideas con elegancia. En estos años en el Colegio, se ganaron una formación clásica, que no es una moda pasajera, ni se va a volver obsoleta. Esta educación es una atalaya magnífica desde donde mirar las novedades del mundo contemporáneo. Y es una estantería formidable para seguir cargándole conocimientos. Lo lograron con su esfuerzo y con la guía de sus profesores. Los felicito.
Déjenme aprovechar la oportunidad para compartir algunas cosas que aprendí desde que recibí mi diploma del colegio secundario, hace veinticuatro años, en este mismo lugar.
Primero: que es bueno llevarse bien con la incertidumbre. Todo lo que viene es desconocido y casi siempre desafía nuestros planes. No pueden saber de quién se van a enamorar, qué les va a interesar, qué desafíos les prepara su salud, ni cuánto dinero van a ganar. La experiencia me enseñó que objetivos y planes casi nunca se vinculan como uno espera. Mi vida no se parece a mis planes y, sin embargo, no deja de ser un producto de ellos. Cuando miro retrospectivamente, mi camino tiene mucho sentido, pero no podría haberlo previsto de antemano. La vida es misterio, graduados, y somos misterio para nosotros mismos.
Segundo: El miedo no es zonzo, pero tampoco tiene grandes consejos para darnos. En la medida en que puedan, intenten no tomar decisiones por miedo, no lo escuchen, está equivocado: les va a ir excelentemente bien. Los años que vienen van a ser, inevitablemente, de muchísimo crecimiento, no hay malaria económica que pueda evitarlo. Y tanto más crecimiento, mientras menos atención le presenten a sus miedos. No es más que bruma sobre el pasto fresco de sus ganas.
Con esto llego al tercer aprendizaje: si el miedo no me parece una buena guía, el talento sí. Confíen en sus talentos. Confíen en eso que les hace bien, que saca lo mejor de ustedes, que hacen con una sonrisa en la cara. Trabajar en grupo, ser detallistas, entender a los otros; escribir, estudiar, dibujar, tocar un instrumento, practicar un deporte; u organizar, o resolver, o inspirar, o seguir planes. O enseñar. No es difícil reconocer esos talentos: los hacemos felices, los hacemos sin importar qué hay a cambio porque tenemos necesidad de hacerlos. Y cuando los ponemos en práctica derramamos bienestar entre los que nos rodean. Estoy seguro que cada uno de ustedes ya va descubriendo los suyos. Confíen. Confíen en sus talentos. Saben cosas que la conciencia ignora. A donde sea que sus talentos los lleven, ahí van a estar bien.
Un cuarto aprendizaje: las creaciones de juventud no son obras menores, incompletas, ni preparatorias.
Niels Bohr tenía 28 años cuando desarrolló su modelo atómico. Y Werner Heisenberg, 25 cuando presentó el principio de incertidumbre.
Gustavo Mercedes Sosa, tenía 24 años cuando grabó La Voz de la Zafra. Y Luis Alberto Spinetta, 23 cuando publicó Artaud.
Picasso tenía 25 años cuando pintó Las señoritas de Avignon, y con esa obra inventó el cubismo. Y Miguel Ángel terminó La Piedad cuando tenía 24 años.
Ginóbili tenía 25 años cuando jugó su primer partido en la NBA. Y Messi tenía 20 la primera vez que le metió tres goles al Real Madrid.
29 años tenían Marx cuando publicó el Manifiesto Comunista y 26, David Hume, cuando terminó su Tratado sobre la Naturaleza Humana.
Silvina Ocampo creó la revista Sur con 27 años. Roberto Arlt publicó Juguete Rabioso con 26. Y Borges, Fervor de Buenos Aires a los 24.
Genialidades que sólo se presentan en ese momento de la vida. Es cierto que después van a tener más recursos para escalar sus ideas y madurez para evaluarlas mejor Pero, las obras de juventud tienen una frescura, una originalidad, una sintonización con su tiempo y una radicalidad que rara vez vuelven a aparecen en otro momento de la vida. Y esa combinación de atributos quizás valga como una manera de definir qué es la juventud.
Y así llego a lo último que quiero dejarles: todo esto lo fui aprendiendo incómodo, en tensión, disconforme. Después del secundario, todos los días, durante más de una década, viví preocupado por no saber si las cosas me iban a salir o no. Pienso en esos años como años tempestuosos, de angustia, pero también de creatividad. Hoy me siento más tranquilo. Aprendí que no hay derrota ni triunfo definitivos. Que ninguna derrota me va a matar, y que tampoco ningún triunfo me va a liberar. Y entendí que en aquella insatisfacción de los veinte también me estaban hablando las ganas. Que no hay objetivos sin una dosis de tormento. Que el deseo muerde. Y, que a los veinte, muerde con tarascones, que a veces extraño y a veces los busco.
Esto es todo lo que quería transmitirles. ¿Me creerían si les dijera que en los próximos años van a crecer todavía más, que van a aprender aún más?
Felicitaciones, graduadas, graduados. Son personas fantásticas, con el alma inquieta. Fue mi honor haber hablado frente a ustedes. Gracias.
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