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martes, 9 de junio de 2026

Espiral en la decadencia, ensayo de historia económica argentina

Este ensayo propone una interpretación de los últimos 150 años de la economía argentina a partir de la noción de una “época de ISI agotada”. Sostiene que, desde el Rodrigazo de 1975, el país atraviesa un ciclo de crisis recurrentes que expresan el agotamiento de la industrialización por sustitución de importaciones y la imposibilidad de establecer un nuevo patrón de acumulación duradero. La hipótesis central es que la Argentina vive en una espiral de reformas y contrarreformas —endeudamiento, inflación, devaluaciones y ajustes— que, en lugar de estabilizar la economía, profundizan su fragilidad estructural. El texto remonta el análisis desde la actualidad hacia la organización nacional de fines del siglo XIX, reconstruyendo la trayectoria de una economía “de dos motores” (agroexportador e industrial) y mostrando cómo las transformaciones globales —en especial, el auge asiático desde los años ochenta— condicionaron las posibilidades de desarrollo. En conclusión, el ensayo caracteriza el presente como una época “zombie”: un patrón agotado que, sin desaparecer, impide la consolidación de un modelo alternativo.

Podés leerlo acá.

martes, 12 de diciembre de 2023

Tomar la palabra

Artículo orginalmente pblicado en Revista Seul: https://seul.ar/tomar-la-palabra/

Patricia Bullrich y Javier Milei son candidatos de espacios distintos, pero disputan la conducción de un mismo movimiento, el que nació el 24 de agosto de 2019 cuando las bases cambiemitas desafiaron la máxima duranbarbista de que sólo los peronistas querían hacer política. Esa tarde, sin saber si habría alguien para recibirnos, decenas de miles de personas marchamos en diferentes ciudades para mostrar que la derrota en las PASO no nos retiraba de la escena. Después de haber soportado 12 años de revolución cultural kirchnerista, con sus fotos escupidas, sus informes de 678, sus maestros militantes y el cumpleaños feliz al ritmo de la marcha peronista, no nos íbamos a ir en silencio, como si nuestra presencia hubiera sido una equivocación por la que teníamos que pedir perdón. Huérfanos de ejemplo, las bases se pusieron a la vanguardia del movimiento.

Aquella movilización desencadenó un potencial militante que el fukuyamismo tardío decía que no existía. Hoy hablamos de ese renovado espíritu militante como los actos del Sí, se puede, y evocan en nuestro recuerdo la gira de Deng Xiaoping por el sur de China en 1992. Ese año, con 88 años y ya retirado del día a día del gobierno, el gran maestro de la apertura china se largó a un viaje por el sur del país para hacer campaña en favor de más reformas económicas cuando los mandos del gobierno empezaban a temer que la nueva China hubiera traspasado la raya de lo aceptable. Deng visitó Shenzhen, Zhuhai, Guangzhou y Shanghai, las ciudades que más habían se habían beneficiado por las reformas, para decirles a sus habitantes que ellos eran los únicos que podían sostener el cambio con su ejemplo y firmeza. La gira revitalizó el impulso reformista en el preciso momento en que la disolución de la URSS se volvía una imagen obsesiva entre los cuadros del partido.

En nuestro país, el fervor activista del Sí, se puede de 2019 no salió de la nada, había estado germinando bajo tierra durante muchos años en el almuerzo del trabajo, volviendo en colectivo, en la fila del recital, a la salida del teatro. En esas conversaciones, siempre hubo alguien que, por carácter, por orfandad de argumentos o por miedo a alguna represalia, guardó silencio para no decir en voz alta que no le gustaba lo que hacían el gobierno o sus seguidores. Un escrache en el bar, en el trabajo o en la facultad era peor que volverse un poco amargado a casa mascullando impotencia. Los que en ese tiempo se animaron a presentar críticas jugaron siempre de visitante. Tiraron sin escudo contra los batallones militantes que se improvisaban en cada reunión por la presencia de una nueva víctima propiciatoria: ningún kamikaze termina bien. El resto atravesó esos años un poco en soledad, un poco en silencio, un poco guardados.

El triunfo de Cambiemos en 2015 le dio otro tono a las cosas y esos silencios se fueron perdiendo, en un lento proceso de maduración política. Muchas personas volvieron a pensar su relación con la actividad política, en particular con algunos de sus dispositivos más clásicos: la discusión, el liderazgo o la movilización. Esta maduración, no obstante, siguió siendo un trance personal que cada quien dejó crecer a su manera y a su tiempo, porque el movimiento todavía no estaba para grandes encuentros colectivos. Fue un vérselas consigo mismo, con las broncas y con las vergüenzas que te quedan cuando no pudiste evitar que pongan tu casa patas para arriba. De a poco, sin embargo, fue contagiándose una conciencia o, tal vez, sólo una intuición, de que podría ser útil –alguno dijo “necesario”– volver a vincularse con ejercicios democráticos elementales que se habían abandonado después del gran cataclismo de 2001. Aquella incipiente resocialización política tuvo lugar sin programa ni lecturas políticas ni referencias históricas. No hubo formación ni pedagogía políticas: para el duranbarbismo eran cosas de déspotas. Fue todo ganas de juntarse y participar y encontrar la manera de hacerlo. Así, cuando los militantes de Cambiemos revisaron su relación con la política, también revisaron las formas despolíticas que desde la cima del espacio se proponían como virtud o astucia.

NI PENSAMIENTO NI CRÍTICO

Con esta experiencia a cuestas, a partir de 2019 floreció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas con los escraches, los piquetes, las tomas y las huelgas, y con toda la parafernalia ideológica que los respalda, desde el chavismo al ambientalismo, pasando por el estructuralismo económico, el lacanismo y la psicogénesis en la enseñanza de la escritura. Su denominador común ha sido el rechazo de las hipérboles estrafalarias de las militancias, como el negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo. La principal amalgama es la sensación compartida de que la sociedad argentina fue desfondada como una mochila tajeada en el tren. La demografía del movimiento es una cuenca: su río central es el anti-kirchnerismo, que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. Uno empezó a transformarse en el otro en el salto del 8-N, en 2012. Río abajo, los grandes afluentes fueron la bronca contra el encierro eterno, los cierres de escuelas y los vacunados vip, y la desesperación de ver cómo el remolino de la inflación nos iba chupando. Por ahí llegaron personas que no venían del anti-kirchnerismo, muchos menos de una historia antiperonista. En este gran cauce también desembocaron les enojades con el feminismo y los que discutían contra la memoria kirchnerista de los ’70. Todo se mezcló en la cuarentena, gran embalse del tiempo y de la vida.

Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchernismo porque, en primer lugar, no puede ser pensado por esa imaginación. Jóvenes que reivindican a Carlos Menem; candidatos que compiten por el ajuste. La fórmula del libertario austríaco con la activista por las víctimas de la guerrilla saca el 30% de los votos en la elección presidencial. Para el kirchnerismo, el país se volvió una colección de oxímorones, pesadillas y anatemas. Su vocabulario ya no apunta a ninguna experiencia reconocible, es un diccionario que no designa nada. Un “significante vacío” del que Laclau no avisó. El lenguaje de los años kirchneristas se nos vuelve una ruina abandonada por el tiempo, un trabajo para arqueólogos. Las palabras ya empezaron su migración: pueblo, mercado, democracia, justicia, gobernabilidad, kirchnerismo, Bullrich, Milei, Massa, Lousteau, en dos años van a significar cosas muy diferentes a lo que significan hoy.

Si se hunde la experiencia que lo hizo necesario, un vocabulario se hunde con ella. El estatismo deficitario, el proteccionismo anti-exportador, la vigilancia sobre los mercados, encontraron su límite y con ellos la parafernalia ideológica que sostenían. La crisis económica deja una crisis de ideas: no, no era cierta la promesa nestorista de que la Argentina podía volver a vivir como en los años ’60, trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista y esta evidencia pone en suspenso las verdades de los últimos 20 años.

La obsolescencia del lenguaje post-2001 es la causa del Estado de interpretación febril en el que entramos ni bien se conocieron los resultados de las PASO. El graph en la pantalla nos notificó que vivíamos en el pasado. Afásicos súbitos, nos faltaron las palabras: enmudecíamos a los gritos, mientras veíamos los resultados. Ahora se notan más los aportes de Esteban Schmidt, Pola Oloixarac o Franco Rinaldi, que desde mucho antes de 2015 ya hablaban en lenguas que no siguen los dogmas del kirchnerismo. Cada uno lo excede con diferentes dosis de futuro y de pasado. Son de la generación que llegó a la historia con la 125, pero no forman parte de ella porque ellos ya estaban acá cuando Kirchner pidió perdón por lo que nadie había hecho.

Este torrente anti-pensamiento crítico, por lo tanto alumbró dos liderazgos: Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, fuerte; Milei, voraz. Bullrich, la que pone orden; Milei, el que dice lo indecible. Bullrich, incombustible; Milei, fuego. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. Si la competencia entre ambos genera desconcierto es porque esa discusión está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando. Los términos de esa discusión recién están siendo escritos. La moneda en el aire, pero ya sabemos que el que gané será el primer presidente pos-kirchnerista.

martes, 22 de agosto de 2023

Schmidt, Oloixarac y Rinaldi ya lo saben.

Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, robusta; Milei, voraz. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. El torrente anticrítico alumbró dos liderazgos.


Patricia y Milei disputan la conducción del movimiento que empezó el 28 de septiembre de 2019, cuando las bases cambiemitas desafiaron el mantra kirchnerista, y duranbarbista, de que sólo los peronistas querían organizarse políticamente. 


Esa noche, unas decenas de miles de porteños marcharon a Plaza de Mayo para mostrar que la derrota no los retiraba de la escena, después de haber soportado doce años de revolución cultural kirchnerista. Desde entonces, creció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas los gobiernos del "pensamiento crítico" y pone en revisión las hipérboles estrafalarias de las militancias. El negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo, algunas de las doctrinas más criticadas.


El movimiento tiene varios afluentes. Su río central es el antikirchnerismo que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. El 8N de 2012, uno empezó a transformarse en el otro. Su otro gran afluente, río abajo, es la desesperación. Veintidos años después de 2001, hay más pobreza, más narcotráfico, más inseguridad, más inflación, menos salario, peor servicio de educación, peor servicio de salud. 


Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchnerismo porque su brío revela que ese vocabulario de estado caducó. Es la obsolescencia del lenguaje post-2001 la causa de tanta actividad interpretativa. La necesidad de entender nos pone en estado de deliberación permanente, porque las palabras ya empezaron su migración, empezando por la palabra “pueblo”. De acá a dos años, democracia, Bullrich, Milei, Massa, mercado y kirchnerismo van a significar cosas muy diferentes a los que significan hoy. 


La discusión entre Bullrich y Milei está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando.

 

sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

lunes, 8 de marzo de 2021

De la urgencia democrática a la urgencia económica



En nuestra discusión política insiste la idea que es imposible salir de la decadencia sin un acuerdo entre los dirigentes. No es capricho. La experiencia internacional muestra que hay correlación entre el éxito económico de un país y un cierto grado de acuerdo entre sus dirigentes. Pero, ¿Es el consenso lo que genera buenos resultados o son los buenos resultados los que generan consenso?

Entre nosotros, el lema del consenso tiene su propia historia. Nacido como respuesta a la inclemencia política post 2008, es el eslabón más reciente de una cadena de consignas que se remonta hasta la vuelta de la democracia: la defensa de las instituciones de la década de 2010, la lucha contra la impunidad y la corrupción de los 90’s, la reivindicación del Estado de Derecho de los 80’s. En el ADN de esta secuencia está el legado ideológico de la democracia moral de los 80’s y los 90’s.

Pero, en la actualidad, nuestro déficit más grave no es democrático, sino económico. Porque mientras que las libertades conseguidas a partir de 1983 siguen vigentes, nuestro PBI/habitante es igual que en 1974, como difundió Martín Rapetti. Nadie puede sorprenderse por este dato si desde 1975 registramos 20 años con recesión, siguiendo un documento del Ministerio de Desarrollo Productivo publicado en 2020 que, justamente, lleva por subtítulo “una visión compartida sobre el desarrollo económico de largo plazo y el cambio estructural”. Este desgaste de nuestra economía se espiralizó en la última década. Entre 2011 y 2019 alternamos un año de crecimiento con uno de caída y desde 2018 sólo años de caída, El promedio de crecimiento de la última década no llega al 1,5%. En este contexto, tampoco sorprende que, aunque el número de personas económicamente activas haya aumentado un 15% en la última década, para igual período, la cantidad de personas con empleo privado registrado haya aumentado sólo un 2,9%. El esfuerzo que se hizo en la década del 80 para cambiar la política, hoy es necesario para cambiar la economía.

A pesar de esto, las reformas económicas todavía no encuentran su lugar en nuestras discusiones. Por un lado, el Frente de Todos representa a quienes no quieren saber nada con reformas de mercado, porque aseguran que son la causa principal de nuestros problemas. Por el otro, la agenda de Juntos por el Cambio sigue dominada por las discusiones sobre calidad democrática, a pesar de ser la fuerza más identificada con un programa de reformas económicas y la mejor dotada para hablar de esto. En este contexto, falta una propuesta política que ponga a la economía en primer lugar. Que explique los problemas políticos como síntomas de la decadencia económica y no al revés. Un giro copernicano que no repita que nuestra economía anda mal porque las instituciones están desguazadas, sino que explique que el mal funcionamiento de las instituciones es imprescindible para controlar una economía explotada. 

Una propuesta así tiene que situar la necesidad, la oportunidad y los objetivos de un programa de reformas económicas. Tiene que explicar que en los últimos cincuenta años la economía global se fue volviendo cada vez más competitiva, después del aumento del precio del petróleo de 1973, de la desaparición del comunismo y del ingreso de miles de millones de trabajadores asiáticos al mercado global. Tiene que dejar en claro que la volatilidad del dólar, el aumento de la inflación o el crecimiento de la deuda no son consecuencias coyunturales de tal o cual política económica, sino síntomas de un agotamiento estructural en nuestra organización económica. Y, sobre todo, mostrar cómo se puede generar empleo, reducir la pobreza y mejorar la oferta de bienes públicos aumentando la productividad general del país. Dar estas explicaciones sobre nuestra economía es una tarea específicamente política. Porque su éxito también depende de inscribir estas reformas en una narrativa de nuestra historia y de saber vincularlas a otras agendas que ordenan la discusión política, como la del movimiento de la economía popular o, incluso, la agenda del movimiento de derechos humanos o del feminismo. Sin un discurso político que sepa hablar el futuro de la economía la discusión argentina gira en falso. 

Nada de esto significa que haya que dejar de lado los estándares democráticos ni renunciar al ideal ético de 1983. Alcanza con entender que aquellas ideas no resuelven estos problemas. Lo que necesitamos ahora es una ingeniería política de los resultados económicos, un materialismo ético que tenga a la democracia como suelo, pero a la economía como motor. Los que queremos una política fundada en la moral, los que creemos que no hay desarrollo sin instituciones y los que valoramos el consenso más que el conflicto, también tenemos que poner la economía en primer lugar. Porque si hay resultados económicos, van a llegar los acuerdos. Si los acuerdos duran lo suficiente, se volverán instituciones. En esas instituciones puede crecer una ética cívica renovada.


martes, 5 de enero de 2021

De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001


 

Orignalmente publicado en el diario La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/de-democracia-moral-1983-democracia-critica-2001-nid2561451

2001 partió en dos la historia de la democracia que nació en 1983: la época de la fundación ética, que corrió entre 1983 y 2001, y la época la de la fundación crítica, que empezó en 2001 y continúa hasta hoy. 

Por un lado, a partir del triunfo de Raúl Alfonsín, un programa de democratización de la sociedad argentina ocupó el centro del debate público. La renovación democrática que se promovía no sólo desde el gobierno tenía por guías la crítica de la violencia política, la defensa a ultranza del Estado de Derecho y el elogio del pluralismo. Argumentos sobre estas cuestiones pueden encontrarse en los debates de Punto de Vista y en las páginas de Un país al margen de la ley de Carlos Nino, verdaderas fuentes teóricas de este ideario. Estos valores expresan una idea de democracia específica y original, que yace en el fondo de los discursos del presidente Alfonsín, del alegato del fiscal Strassera, del informe Nunca Más: la democracia debe estar fundada en la moral. Fundar la democracia en la moral no significaba creer que había una escala de justicia en la que el radicalismo vencedor estaba por encima del peronismo derrotado. Mucho menos, asumir que el presidente Alfonsín sabía cuál era la manera correcta de vivir en democracia. La premisa de este proyecto era más general y fundamental: desde esta perspectiva las preguntas de la política debían responderse después de haber respondido la pregunta por la moral. Es decir, que las consideraciones sobre desarrollo económico, distribución del ingreso, estrategia política o gobernabilidad, debían ser todas derivadas de una primera consideración ética. Martín Farrell, uno de los juristas que pensó la arquitectura del juicio a las Juntas Militares, cuenta una anécdota que sintetiza el espíritu de esta idea: Alfonsín, no sólo preguntaba si legalmente podía tomar tal o cual decisión sino, si moralmente debía hacerlo. 

El proyecto de la democracia moral captó la imaginación más allá del radicalismo. También los peronistas ensayaron sobre un peronismo post violencia en la revista Unidos y empujaron una renovación dentro del movimiento bajo el liderazgo de Antonio Cafiero. Y así como estas ideas excedieron al presidente Alfonsín, del mismo modo sobrevivieron a su gobierno. La crítica política de los años 90 tuvo un tono moral inconfundible no sólo en el radicalismo, también en la CTA y en el Frente Grande. Chacho Álvarez, emblema de este momento político, fue el ideólogo y organizador de un peronismo que sintonizó con las ideas de la democracia moral. Creó una forma completamente nueva de interpretar la tradición peronista, sólo equiparable en su novedad con la reinterpretación menemista. Durante estos años, las críticas a la impunidad y a la corrupción se volvieron el clivaje central del campo político y resultaron la argamasa ideológica de la Alianza entre radicales y frepasistas que ganó las elecciones presidenciales de 1999.

Después de 2001, se abrió una nueva época para la democracia argentina y la idea de crisis desplazó a la moral. Desde entonces, fue tomando forma una nueva democracia, la necesaria para no volver a la crisis política, la posible en la crisis económica. Por un lado, evitar la crisis se volvió el valor máximo de la nueva época. Y no poder evitarla, el peor estigma. El destino de De la Rúa, Chacho Álvarez y Cavallo lo confirman. También la historia de Duhalde, cuyo gobierno no pudo superar el asesinato de Kosteki y Santillán. Y la del kirchnerismo, que pagó costos cada vez que no pudo evitar la crisis. Perdió la Ciudad de Buenos Aires después de Cromagnon; llevó al país al caos por la resolución 125 y tuvo su primera gran derrota política; perdió a su fundador siete días después del asesinato de Mariano Ferreyra; perdió el 20% de sus votos un año después de la Tragedia de Once; y no llegó al 20% en la ciudad de Córdoba dos años después de abandonarla a los saqueos; finalmente, fue vencido en elección presidencial el mismo año que murió el fiscal Alberto Nisman.. El resultado de la aversión social a la crisis fue que todo quedó permitido con el objetivo de evitarla. Transfuguismo político, denuncias falsas contra opositores, candidaturas testimoniales, espionaje ilegal, alianzas electorales con adversarios demonizados. Nada de esto empezó en 2001, pero desde entonces son maniobras que se lucen sin vergüenza como cucardas de astucia política. Después de 2001, las reglas no son medios de estabilidad, sino su principal obstáculo. Todas ceden ante el imperativo de evitar la crisis. “Orden y progresismo. Los años kirchneristas” sintetizó Martín Rodríguez en su libro de 2014.

Por otro lado, la crisis económica talló la democracia post 2001. Y esto en tres sentidos específicos. El empobrecimiento de la población definió el perfil de actores centrales de estos años, como el movimiento piquetero, los jóvenes y, desde luego, la clase media. La pobreza también se volvió un argumento ineludible en discusiones clave como la regulación de la protesta, la vigencia de las garantías penales y la sindicalización de las fuerzas de seguridad. Todos debates asociados al control del espacio público, una de las superficies más sensibles a la crisis económica. Por último, el empobrecimiento de las personas y la quiebra del Estado se usan para fundamentar políticas públicas en todas las direcciones. Se dice que hay pobreza porque las instituciones no andan y se dice que las instituciones no pueden andar con semejantes niveles de pobreza. Se dice que la corrupción genera pobreza y se dice que con tanta pobreza el combate a la corrupción no puede ser una prioridad. Se dice que hay que expandir el gasto porque hay pobreza y se dice que hay que ajustarlo para reducirla. Néstor Kirchner entendió prematuramente el impacto que la crisis económica tuvo en el debate político, y se aseguraba de mantenerlo vivo cada vez que recordaba que estábamos saliendo “del infierno”.  

Muchas cosas cambiaron en el paso de la democracia moral a la democracia crítica. En primer lugar, el programa de la democracia moral perdió su capacidad interpretativa; Elisa Carrió fue la última representante de esas ideas que interpeló masivamente. En segundo lugar, el mundo y el comercio internacional son percibidos como amenazas, cada vez por más personas. Tercero, a través de La Cámpora los jóvenes se reconciliaron con el Estado, la historia y el poder, después de muchos años de escepticismo. Cuarto, los derechos humanos -como explicó Luis Alberto Romero- fueron removidos como fundamento del sistema democrático para ser instalados como fundamento de una facción. Por último, la pobreza se fue volviendo el centro de gravedad del debate político: paradójicamente, en la Argentina post 2001 todo se hace “para cuidar a los que menos tienen”.

La época de la democracia moral duró 18 años. Este año se cumplen 19 años de democracia crítica. Los logros de la democracia moral en la década del 80 ya tienen el reconocimiento de la mayoría del arco político. Después de 2008, el mundo no volvió a ser el mismo en el que el kirchnerismo fue posible. Los jóvenes que hicieron las paces con el estado se preparan para tomar el poder. Las discusiones sobre la violencia política durante los setentas se liberan del corset que se les impuso en el auge del kirchnerismo. La pobreza dejó de ser novedosa para ser característica. Lo que fue crisis económica, hoy es decadencia. Quizás ya estemos pisando, sin saberlo, sin nombrarla, una nueva época.

viernes, 28 de junio de 2019

El paso de la Cámpora





        Hace tiempo que entre la militancia kirchnerista corren críticas a la Cámpora. Esas críticas intentan ser una forma de autocrítica. La Cámpora fueron los excesos. Le critican su arrogancia, su jactancia, su manera de llevarse puesto al otro. Están hartos de su “estilo” en la conducción de la cosa kirchnerista. “El kirchnerismo no es la Cámpora”, dicen. Y tiene razón: el kirchnerismo no es la Cámpora, es su hijo.
         Se dice que el kirchnerismo empezó en 2008, con la 125. Eso es rigurosamente cierto. Pero esa afirmación de historia inmediata no explica por qué la 125 gestaba un kirchnerismo y no otra cosa diferente. De la 125 no se deducen la organización militante, ni la participación de los jóvenes, ni la agenda de los derechos humanos, ni el alineamiento bolivariano. Cuando se dice que el kirchnerismo empezó con la 125 se pasa por alto que, incluso antes de las 125, mientras Kirchner seguía trenzado en el combate filial con Duhalde, los fundadores de la Cámpora ya craneaban con qué palabras, con qué imágenes y en qué escenarios construir su propio momento en la política. La Cámpora fundó un nuevo vocabulario que tradujo la experiencia peronista a una generación que se había criado desconfiando del menemismo, cuando no, del peronismo todo. El Nestornauta, la Crispasión, el blog “Un día peronista”. También los bistrós peronistas del barrio de Palermo y las peñas en Parque Patricios. Son algunas de las mediaciones simbólicas que llegaron de la mano de la Cámpora y crearon un peronismo con más muelles, más fácil de entrarle. Desde las marchas antimenemistas al gobierno kirchnerista, desde las barricadas del 2001 a los despachos, la Cámpora construyó un paso desde el antimenemismo al peronismo. Explicó cómo hacer el salto al peronismo, la vuelta al peronismo, el perdón al peronismo.         
Pero lo que habilitó la Cámpora no fue sólo un paso desde el antimenemismo hacia el kirchnerismo. También explicó cómo hacer la transición desde el propio menemismo. Porque la juventud militante fue para los dirigentes peronistas el río de un nuevo bautismo político. Y fue la Cámpora la que les explicó a esos dirigentes con qué palabras, en qué marchas y al lado de que figuras de los derechos humanos se perfeccionaba ese rito. Y así esa vieja guardia del peronismo aprendió a hablarle a una juventud que, hasta entonces, sólo tenía palabras agrías para describirla. La expresión más acabada de ese aprendizaje es el duhaldismo ricotero de Anibal Fernández. Hasta la llegada de la Cámpora, el kirchnerismo era, ante todo, la síntesis dialéctica del menemismo y del duhaldismo. Con la Cámpora esa síntesis incorporó el 2001. Es decir, a los jóvenes y a la clase media caídos en desgracia. 
En este sentido, si en la Argentina no hubo un Podemos que surja a la izquierda de la UCR, nuestra socialdemocracia menguante, es porque el kirchnerismo hizo lugar para todos los desilusionados, incluso para los desilusionados del reformismo liberal. Son los que votaron a Carrió en 2003 y a Cristina Kirchner en 2011, los que critican el liberalismo de Cambiemos amparados por el liberalismo de las universidades Di Tella y San Andrés, los que ya no leen Tiempo Argentino, pero nunca dejaron de consultar el diario La Nación. Este liberalismo tampoco habría sido posible si la Cámpora no hubiera vuelto a hacer del peronismo una experiencia atractiva para el debate de ideas. SIn embargo, está siempre apurado por echar culpas a la Cámpora, con la esperanza de que menos Cámpora redunde en un kirchnerismo más afin a su sensibilidad y consumos.
       Todo lo que entró al kirchnerismo con ánimo crítico, por izquierda como se decía antes, también entró por el surco que abrió la Cámpora. Por ese camino llegaron todas las experiencias con las que el kirchnerismo todavía sigue oxigenando al peronismo: los derechos humanos, el populismo como teoría crítica, el latinoamericanismo, Sabattella, los socialistas kirchneristas. Y más recientemente, Leandro Santoro, Matías Lammens, Juan Grabois, Itaí Hagman u Ofelia Fernández. Y, por supuesto, el propio Kicillof.
Desde luego, la puerta por la que entró la Cámpora al kirchnerismo la abrieron Néstor y Cristina Kirchner. Esto merece un análisis propio –aparte de este comentario- sobre la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y la Cámpora. Aunque en estas líneas enfocadas en la Cámpora vale señalar una cosa: antes de que Néstor y Cristina eligieran a la Cámpora, la Cámpora ya los había elegido a ellos. 
En estos días, muchos proponen un kirchnerismo que se saque de encima la pesada herencia de la Cámpora. Y quizás sea posible un kirchnerismo con menos Cámpora. Pero, por cómo han sido las cosas hasta ahora, sería, también, un kirchnerismo con menos Cristina. Porque la ideología de Cristina es la de la Cámpora. Cristina es tan crítica como la Cámpora, tan técnica como la Cámpora, tan feminista como la Cámpora y tan centralista como la Cámpora. La Cámpora es lo que abre al kirchnerismo y lo que cierra las listas. La Cámpora le da fuerza al kirchnerismo y es uno de sus flancos más golpeados. En la expectativa de un kirchnerismo menos camporista, esperan proyectos tan diferentes como el Grabois, el de Manzur o, incluso, el de propio Magnetto. Después de la salida del gobierno, la Cámpora sobrevivió a la autocrítica kirchnerista, a la que no sobrevivieron otras referencias, como Moreno, D’Elía o De Vido. Su resiliencia es señal de que la Cámpora se ha vuelto el hecho maldito del movimiento.



martes, 21 de mayo de 2019

No va más





¿Y qué no es actuación en una candidatura, Marcos Novaro? Une buene candidate es alguien que puede decir las cosas de una manera más dramática que los demas ¿O, Marcos Novaro, usted preferiría un candidato bien plomo?

El contraperonismo formado en los noventas, que esta nota representa de pe a pa, no puede dar ninguna respuesta más, está completamente agotado. Como están agotadas todas las perspectivas políticas que explican la Argentina con esas palabras, esos prejuicios y esos injuicios. Ese contraperonismo de los noventas tiene unas ideas de la verdad, de la razón, de la voluntad de las personas, de la relación entre deseo y política completamente insostenibles. Para este contraperonismo de los noventas, le argentine medie es una persona que le dedica 40 minutos diarios a reflexionar sobre las noticias del día, a lo largo cuatro años, para formar un juicio desapasionado sobre a quién sería conveniente votar en la próxima elección. Las ideas de este contraperonismo de los noventas no hablan de nada que exista en la Argentina contemporánea.Y lo más problable es que no hayan existido nunca en ningún lugar.

Ojo, no se me malentienda. Novaro y todes les contraperonistas de los noventa se merecen el mayor respeto. Ponen el pecho cada vez que el peronismo se larga con sus salvajadas. Yo les admiro y tiro para el mismo lado. Pero esa manera de enteder las cosas no camina más. Nos condena. Una de las expresiones más elocuentes de esta crisis es ese fenómeno llamado "Corea del Centro": personas que tradicionalmente desconfían del peronismo, pero que ven la impotencia de estas ideas y se van corriendo.

Hace cuatro años la tecnología de Durán Barba y el dramatismo de Carrió salvaron la papas. Este vuelta, después del video del sábado, va a hacer falta bastante más.

martes, 31 de octubre de 2017

A mis amigas kirchneristas, a mis amigos kirchneristas.
no se molesten por esto que acá les quiero decir.
Los que desconfiamos del peronismo, en general, y los radicales, en particular, nos pasamos varios años diciendo que el kirchnerismo era lo mismo que el menemismo. Lo dijimos, por los menos, hasta 2011. La gente nos miraba con cara de "¿De qué estás hablando?" Al principio, unos cuantos nos miraban con esa cara; con el paso de los años, muchos más. Pero no nos importaba:teníamos una lectura consistente y con fundamentos, en la que creíamos. Pasaron los años, y nosotros seguimos hablando en nuestro idioma, a pesar de que la mayoría de las argentinas y los argentinos ya usaba otras palabras. Fueron años perdidos política e intelectualmente, mientras nos hundíamos abrazados al cofre de nuestra interpretación. Finalmente, Cambiemos ganó las elecciones nacionales sin ninguna mención a nuestras denuncias de continuidades menemistas-kirchneristas.
Desde que asumió Cambiemos, ustedes insisten en lecturas y denuncias que sólo tienen sentido bajo la hipótesis de que Cambiemos es alguna forma de continuidad de la dictadura. Lecturas y denuncias sobre el programa económico del gobierno, sobre la continuidad de los juicios a los represores, sobre las políticas sociales, sobre la relación con las fuerzas de seguridad. Sus reacciones ante la desaparición de Santiago Maldonado dejaron en evidencia cuán extendida y cuán arraigada está esta interpretación entre ustedes. Porque, aun sin que tengamos que dar por segura ninguna versión de las que hoy circulan, su precipitación para denunciar una desaparición forzada sólo se explica por su creencia en que este gobierno es la dictadura, o su continuidad política, o que defiende los mismos intereses o que puede operar con los mismos mecanismos. Que amigos suyos apoyemos al gobierno, incluso que algunos participen en altos cargos, no es prueba suficiente para ustedes, como tampoco lo fue para nosotros su apoyo y participación en el gobierno kirchnerista. Pero mírennos a nosotros y sepan que cada día que insisten en esa idea es un día de demora.

lunes, 21 de agosto de 2017

Estoy azorado por la confusión y la incredulidad sobre Cambiemos que muestra el continente post kirchnerista. En los últimos siete días decenas de artículos buscando explicar o entender a Cambiemos: "la función de sus medidas progresivas", "su naturaleza, finalmente, conservadora", "el fundamento no-económico de sus votos", "el impacto de la obra pública", "su organización de partido político". Casullo, Semán, Touzón, Rodríguez, Natanson, López, Tatián.

Tal vez, no sea tan difícil: en la Argentina nunca nadie gobernó cuarenta años, esto no es la Unión Soviética; cuando el modelo económico de un gobierno se agota, el electorado no confía en que ese mismo gobierno sea quien lo revise; a quince años del 2001, todavía las argentinas y los argentinos organizamos los proyectos políticos en dos grandes continentes: los peronistas y los no-peronistas, cansados de un gobierno peronista, viene uno no-peronista. Ninguna de estas cosas es nueva y, así como explican el triunfo de Cambiemos, es probable que expliquen su derrota, cuando ésta llegue.

No ver líneas tan fundamentales de nuestra política podría ser otra expresión del ombliguismo que caracteriza a los miembros de esta generación que cree que la política, el estado y la historia nacional empezaron el día que ellos los descubrieron. Para esta manera de pensar nuestro país, descubrir la novedad histórica de Cambiemos es salvar la novedad histórica del kirchnerismo. Porque si Cambiemos fuese no más que lo que viene cuando un gobierno peronista encuentra sus límites, el kirchnerismo podría haber sido sóló otro gobierno peronista.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Jimena Valdez, idealismo y emancipación



Hay un forma un poco elemental y otro poco perezosa de reducir todo debate a las cosas, "los hechos", la materia, la economía, lo duro, lo incuestionable. De tan incuestionables que son estas cosas, todos las tenemos presente y, a veces, no son una gran revelación para gente grande.


Sobre estos argumentos con ideas a partir de un texto de Jimena Valdez: http://artepolitica.com/comunidad/jimena-valdez-idealismo-y-emancipacion/