martes, 9 de junio de 2026
Espiral en la decadencia, ensayo de historia económica argentina
Discurso de entrega de diplomas
Autoridades de la universidad, sra rectora, señor vicerrector, jefes de departamento, familias, queridos graduados
Buenas tardes. Es un honor estar acá, hablando frente a estudiantes tan destacados, en este acto dedicado a reconocerlos por haber terminado sus estudios en nuestro Colegio. Gracias, rectora Valeria Bergman, gracias vicerrector Barovero por haberme invitado a dar este discurso.
Me pregunto si en las últimas semanas habrán pensando en todo lo que estudiaron en el Colegio. Repasémoslo juntos ¿Sí? Su plan de estudios se organizó sobre dos pilares: las ciencias y las humanidades. En las materias de ciencias, estudiaron los principios newtonianos de la mecánica, la teoría de campos, la estructura del átomo, la organización de las moléculas y la clasificación de los elementos. Mientras aprendían todo esto, practicaron ecuaciones, inecuaciones, funciones, trigonometría y aprendieron a derivar y a integrar. En las clases de biología estudiaron las estructuras básicas de la célula, la organización de los reinos naturales y conceptos de genética. Conocieron la taxonomía botánica y zoológica. Le dedicaron un año entero a entender cómo funciona el cuerpo humano. Y tuvieron la oportunidad de apreciar cómo esos conocimientos los ayudan a cuidar su salud.
El otro pilar de su formación fueron las humanidades. En las clases de castellano, se entrenaron muy intensivamente en gramática, en ortografía y en sintaxis. Y en las de literatura, leyeron autores de toda la historia de la tradición hispanoparlante, desde sus inicios en la península ibérica, hasta los autores de la tradición argentina, sin saltearse la literatura de la América colonial. En latín, recibieron aún más entrenamiento en análisis sintáctico y en gramática, y se familiarizaron con las historias que fundaron la cultura latina. Hicieron el recorrido canónico por lo que todavía llamamos “historia universal”, aunque sea una historia del Océano Atlántico. Empezaron con nociones del antiguo Egipto y de las civilizaciones de la Mesopotamia, estudiaron el crecimiento de la cultura griega, la historia del imperio romano y el desarrollo de la Edad Media Europea; aprendieron sobre la historia de la América colonial y de la Argentina contemporánea. También recibieron un panorama, continente por continente, de la geografía del mundo. Repasaron lecciones de notación músical y se acercaron a la historia de la música académica. Dibujaron, pintaron y aprendieron a reconocer algunos de los movimientos más influyentes en la historia de las artes visuales europeas. También estudiaron derecho, economía, filosofía, psicología, historia del arte, inglés y francés. Y todo esto habría sido muy incompleto sin la actividad física que hicieron, dos veces por semana, durante cinco años.
Como resultado de este entrenamiento, incorporaron recursos del pensamiento científico y se familiarizaron con la medición empírica; entrenaron sus habilidades de cálculo; tallaron sus habilidades expresivas; y aprendieron los fundamentos de la ciencia moderna, de la historia euroamericana y de la literatura en español. Hoy saben usar un calibre, saben leer una isobara, saben moverse en un laboratorio; pueden interpretar textos académicos y pueden expresar sus ideas con elegancia. En estos años en el Colegio, se ganaron una formación clásica, que no es una moda pasajera, ni se va a volver obsoleta. Esta educación es una atalaya magnífica desde donde mirar las novedades del mundo contemporáneo. Y es una estantería formidable para seguir cargándole conocimientos. Lo lograron con su esfuerzo y con la guía de sus profesores. Los felicito.
Déjenme aprovechar la oportunidad para compartir algunas cosas que aprendí desde que recibí mi diploma del colegio secundario, hace veinticuatro años, en este mismo lugar.
Primero: que es bueno llevarse bien con la incertidumbre. Todo lo que viene es desconocido y casi siempre desafía nuestros planes. No pueden saber de quién se van a enamorar, qué les va a interesar, qué desafíos les prepara su salud, ni cuánto dinero van a ganar. La experiencia me enseñó que objetivos y planes casi nunca se vinculan como uno espera. Mi vida no se parece a mis planes y, sin embargo, no deja de ser un producto de ellos. Cuando miro retrospectivamente, mi camino tiene mucho sentido, pero no podría haberlo previsto de antemano. La vida es misterio, graduados, y somos misterio para nosotros mismos.
Segundo: El miedo no es zonzo, pero tampoco tiene grandes consejos para darnos. En la medida en que puedan, intenten no tomar decisiones por miedo, no lo escuchen, está equivocado: les va a ir excelentemente bien. Los años que vienen van a ser, inevitablemente, de muchísimo crecimiento, no hay malaria económica que pueda evitarlo. Y tanto más crecimiento, mientras menos atención le presenten a sus miedos. No es más que bruma sobre el pasto fresco de sus ganas.
Con esto llego al tercer aprendizaje: si el miedo no me parece una buena guía, el talento sí. Confíen en sus talentos. Confíen en eso que les hace bien, que saca lo mejor de ustedes, que hacen con una sonrisa en la cara. Trabajar en grupo, ser detallistas, entender a los otros; escribir, estudiar, dibujar, tocar un instrumento, practicar un deporte; u organizar, o resolver, o inspirar, o seguir planes. O enseñar. No es difícil reconocer esos talentos: los hacemos felices, los hacemos sin importar qué hay a cambio porque tenemos necesidad de hacerlos. Y cuando los ponemos en práctica derramamos bienestar entre los que nos rodean. Estoy seguro que cada uno de ustedes ya va descubriendo los suyos. Confíen. Confíen en sus talentos. Saben cosas que la conciencia ignora. A donde sea que sus talentos los lleven, ahí van a estar bien.
Un cuarto aprendizaje: las creaciones de juventud no son obras menores, incompletas, ni preparatorias.
Niels Bohr tenía 28 años cuando desarrolló su modelo atómico. Y Werner Heisenberg, 25 cuando presentó el principio de incertidumbre.
Gustavo Mercedes Sosa, tenía 24 años cuando grabó La Voz de la Zafra. Y Luis Alberto Spinetta, 23 cuando publicó Artaud.
Picasso tenía 25 años cuando pintó Las señoritas de Avignon, y con esa obra inventó el cubismo. Y Miguel Ángel terminó La Piedad cuando tenía 24 años.
Ginóbili tenía 25 años cuando jugó su primer partido en la NBA. Y Messi tenía 20 la primera vez que le metió tres goles al Real Madrid.
29 años tenían Marx cuando publicó el Manifiesto Comunista y 26, David Hume, cuando terminó su Tratado sobre la Naturaleza Humana.
Silvina Ocampo creó la revista Sur con 27 años. Roberto Arlt publicó Juguete Rabioso con 26. Y Borges, Fervor de Buenos Aires a los 24.
Genialidades que sólo se presentan en ese momento de la vida. Es cierto que después van a tener más recursos para escalar sus ideas y madurez para evaluarlas mejor Pero, las obras de juventud tienen una frescura, una originalidad, una sintonización con su tiempo y una radicalidad que rara vez vuelven a aparecen en otro momento de la vida. Y esa combinación de atributos quizás valga como una manera de definir qué es la juventud.
Y así llego a lo último que quiero dejarles: todo esto lo fui aprendiendo incómodo, en tensión, disconforme. Después del secundario, todos los días, durante más de una década, viví preocupado por no saber si las cosas me iban a salir o no. Pienso en esos años como años tempestuosos, de angustia, pero también de creatividad. Hoy me siento más tranquilo. Aprendí que no hay derrota ni triunfo definitivos. Que ninguna derrota me va a matar, y que tampoco ningún triunfo me va a liberar. Y entendí que en aquella insatisfacción de los veinte también me estaban hablando las ganas. Que no hay objetivos sin una dosis de tormento. Que el deseo muerde. Y, que a los veinte, muerde con tarascones, que a veces extraño y a veces los busco.
Esto es todo lo que quería transmitirles. ¿Me creerían si les dijera que en los próximos años van a crecer todavía más, que van a aprender aún más?
Felicitaciones, graduadas, graduados. Son personas fantásticas, con el alma inquieta. Fue mi honor haber hablado frente a ustedes. Gracias.
Fronteras en la historia, prólogo a El tiempo de los otros
El tiempo que ya no es.
Que hay una frontera que delimita un territorio llamado Europa es una convicción que fue ganando fieles desde el siglo XV. Una consecuencia de la avasallante oleada expansionista que en los últimos seis siglos desplegaron los pueblos -que hoy hablando rápido llamamos- europeos. Desde entonces, portugueses, andaluces, castellanos, vascos, galos, francos, flamencos, britones, galeses, escoceses, irlandeses, prusianos, bávaros, exploraron el mundo en busca de mercados y materias primas, identificaron rutas y dibujaron mapas. Describieron accidentes geográficos, flora y fauna de todo el planeta. Tradujeron lenguas, reseñaron formas de organización y explicaron ritos. Diseminaron e incorporaron ganados y cultivos. Entendieron y adaptaron cultos. A lo largo de esos siglos, creció la pregunta sobre si estos desarrollos eran fruto de una unidad espiritual compartida. La idea terminó de coagular hacia el siglo XIX, cuando geógrafos, historiadores, filósofos, etnólogos buscaron responder esa pregunta definiendo la unidad de Europa como región, como cultura y como momento en la historia.
Pero, aun si la unidad de Europa fuese poco más que una hipótesis de trabajo, sería útil preguntar cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la avalancha caucásica que se desató a partir de 1492. ¿Cuándo empezó a gestarse? ¿Por qué causas? ¿Qué condiciones permitieron que se volviese un liderazgo planetario? ¿Y qué relación guarda con las novedades en la vida de esas gentes: la conquista otomana de Constantinopla, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Revolución Gloriosa o la Revolución Francesa. En síntesis ¿Por qué, en los cinco siglos posteriores a 1492, fueron los habitantes de Europa y, en particular, de Europa del norte quiénes, entre todos los habitantes del planeta, sacaron más provecho de los conocimientos y modos de organización disponibles en ese tiempo?
Sabemos que, a partir del siglo XVIII, las mejoras en el uso de fuentes de energía, en la capacidad de las máquinas, en la logística comercial y en la organización de la producción permitieron la acumulación de factores de producción en una escala sin precedentes, y que eso dio inicio a la era de la acumulación de capital. Sabemos que esa nueva economía del capital trajo novedades sociales como el crecimiento de las ciudades y la expansión del proletariado y de la burguesía comerciante y manufacturera. Y sabemos que esas transformaciones sociales de máximo calibre encontraron expresión política en el auge de los estados centralizados, el parlamentarismo inglés, el republicanismo revolucionario francés y, más tarde, en los partidos políticos de masas. La era del carbón y del petróleo; del comercio marítimo, la industria y el capital; de la república y la democracia; fue la era de los europeos. No tanto porque hayan sido inventores o pioneros de estas novedades, como por haber terminado siendo los principales beneficiarios de la distribución global del trabajo que trajeron esos cambios.
Sin embargo, en las últimas cinco décadas algo cambió. Los grandes avances de la tecnología y la organización económica empezaron a llegar desde el este de Asia. Por lo menos, desde mediados de la década de 1970 registramos lo que los economistas bautizaron como "el auge asiático" o, los más expresivos, "el milagro asiático". Una cascada de crecimiento económico que comenzó con la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial; siguió con el desarrollo de las economías de Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, que aprovecharon el contexto de la Guerra Fría; se instaló en las costas chinas durante la década del 1980; y ya hace tres décadas derrama sobre las economías de India, Vietnam, Malasia, Indonesia y Bangladesh.
Entre todas estas novedades: la transformación de China; que no es el inicio ni la conclusión de este auge, pero sí su novedad más relevante y significativa. Más relevante, porque la demanda de la economía china terminó volviéndose el motor de toda la economía mundial. Más significativa, porque el desarrollo productivo chino está reorganizando la distribución internacional del conocimiento. Hoy China es el principal socio comercial del mundo con más de 200 socios a los que exporta y de los que importa, según datos del Banco Mundial. Su PBI es prácticamente igual al de toda la Unión Europea, según el Fondo Monetario Internacional. Y la mayoría de los pronósticos -incluyendo, por ejemplo, el del Citibank- esperan que, promediando la década de 2030, el PBI chino sea mayor que el de Estados Unidos. En los últimos cinco años, casi la mitad de las patentes de nuevos inventos fueron solicitadas desde China, según la Organización Internacional de Propiedad Intelectual. China hace punta en energías verdes, transporte, infraestructura, vigilancia e inteligencia artificial. Acaso, por primera vez en 200 años, lo más avanzado tecnológicamente, lo más productivo, lo que genera más riqueza, no provenga del Atlántico norte, sino de Asia y, específicamente, de China. Si esta tendencia se consolida ganará espacio una pregunta: ¿Estamos en la puerta de un cambio de escala epocal: el paso del tiempo de los europeos al tiempo de los chinos?
¿Estamos preparados?
En un bidón de plástico o en las aplicaciones de inteligencia artificial; en un puerto, un campo de paneles solares o en una mina; en el precio de las monedas, de los derivados financieros o de los commodities; en productos y servicios de todas las calidades, se siente el pulso del desarrollo chino. Por su protagonismo descollante en el escenario internacional, por sus inversiones en todos los continentes, por la presencia de sus manufacturas en las operaciones más cotidianas, China toca -no es una exageración:- la vida de todas las personas del planeta.
Esta presencia todavía es una novedad para muchísimas personas en todo el mundo. Y en los países de América Latina esta novedad es un desafío de conocimiento. En esta parte del mundo, las clases de historia, de geografía o de idioma ayudan a sacar el máximo provecho de la región atlántica, donde, sin embargo, hoy las oportunidades son más escasas y la innovación ya no tiene el impulso que tenía cincuenta, cien o ciento cincuenta años atrás.
¿Qué persona que se haya educado en América Latina no puede nombrar tres ciudades de Estados Unidos o tres capitales europeas? Seguramente habrá visto incontables películas de Hollywood, habrá escuchado más de una decena de bandas musicales de habla inglesa y hasta pueda mencionar algún equipo de fútbol europeo. Seguramente sepa cuándo los europeos llegaron a América y es alta la probabilidad de que logre identificar el retrato de, al menos, un líder político europeo de los últimos dos siglos.
Y, sin embargo ¿Cuántos latinoamericanos pueden ubicar a Beijing o Shanghai en el mapa? ¿Cuántos saben que Shenzhen es la capital de la industria tecnológica china, es decir, de la industria tecnológica mundial, o que el alcalde de Chongqing gobierna un distrito de cuarenta millones de personas? ¿Cuántos pueden nombrar un líder histórico chino, además de Mao Zedong? ¿Saben el nombre de una provincia china, un río, una montaña? ¿Pueden imaginar una esquina de Shanghai para representar una escena romántica de una película? ¿O identificar un edificio en el que se tomen decisiones políticas? ¿Mencionar una red social popular en China? Nos faltan imágenes chinas a quienes crecimos pensando que lo más importante del mundo pasaba entre Moscú y Washington por vía atlántica. El mundo actual va de Seúl a San Francisco, llega por el este y por el oeste, y todo parece indicar que en el centro está China.
Superposición de miradas.
Los profesores que dan vida a este libro son especialistas que miran China y Asia desde las humanidades y las ciencias sociales; están formados en historia, filosofía, lingüística, literatura, ciencia política, economía y antropología. Nacieron, trabajan o se formaron en Argentina, tienen conocimiento de China de primera mano y participan de discusiones globales. Son depositarios del vocabulario español y de otros idiomas indoeuropeos; conocen desde niños ideas de trascendencia, cuerpo y origen que llegan desde las religiones monoteístas del Libro; su formación intelectual se alimentó del canon filosófico que busca su origen en la Grecia antigua. Con esas tradiciones a cuestas descubrieron China y siguen estudiándola.
Sus investigaciones cubren un espectro amplio de temas: la tradición intelectual china y la historia de su literatura; el impacto que tuvo en China la expansión europea; las raíces antiguas del orden político chino; las relaciones entre la América colonial y la China imperial; la renovación de las teorías poscoloniales a la luz del auge asiático; las discusiones contemporáneas sobre democracia y desarrollo; los procesos de democratización en Asia y los debates sobre la democracia en China; las migraciones chinas en Argentina y sus efectos y desafíos lingüísticos. Las entrevistas que aparecen en este libro ayudan a modular una agenda relevante para Argentina y los países de América Latina.
Más específicamente, Pablo Blitstein discute las ideas de modernidad y la forma Estado-nación a la luz de la experiencia China de los siglos XIX y XX, cuando Europa se vuelve la locomotora de la economía mundial y China entra en largo declive. Osvaldo Cortesi, describe el renacimiento económico de China posterior a la década de 1980 y discute su relación con las reformas de otras economías dentro y fuera de Asia. Ignacio Villagrán considera la idea de historia universal desde el ángulo chino y ayuda a pensar qué lugar tiene la historia de China en esa narrativa. Mariano Bonialian revisa las hipótesis historiográficas que olvidan el peso del Pacífico en el desarrollo de América, explicando las conexiones entre la América colonial y la China imperial. Axel Gasquet encuentra el rastro de antiguas narrativas sobre Asia en los discursos sobre la China contemporánea. María Elena Díaz analiza si cabe o no cabe el nombre “filosofía” para la tradición intelectual que creció en China. Maya Alvisa Barroso explica la fuerza del budismo como sustrato fundamental de la región. Lelia Gándara repasa discusiones sobre vanguardia, propaganda y cultura oficial en la literatura china del siglo XX. Florencia Sartori esquematiza diferencias entre los idiomas chino y español en el marco de diferencias entre las familias indoeuropea y sinotibetana. Cristina Reigadas describe los mecanismos de participación y consulta en China y piensa la crisis de las democracias desde la experiencia de gobierno de la China contemporánea. Fernando Pedrosa ayuda a entender cómo los vecinos en el sudeste asiático perciben a China, mostrando, a la vez, como lo indio y lo chino se cruzan en esa región. Luciana Denardi describe las migraciones de chinos a la Argentina y reflexiona sobre qué efectos tienen estas migraciones en los imaginarios y vínculos con China. Finalmente, Salvador Marinaro desbroza el concepto de sinofuturismo para pensar cómo se imagina el futuro del tiempo chino. Vasta y meticulosa; superpoblada y desértica; tradicional y futurista; de cara al mar, a los pies de los Himalayas y conectada por desiertos; conocida desde el este y desde el oeste; este libro habla de China con método cubista.
El desgarro interior.
Pero ¿Dónde empieza China y dónde termina? Es difícil calibrar qué es lo mismo y qué es lo diferente de la experiencia china. Porque pensar al otro con más detalle lleva a pensarse uno mismo con más detalle. Y si en el camino la imagen del otro se revela un poco ficcional, también empezamos a sentir que los contornos de nuestra propia identidad se vuelven difusos. El carácter mestizo y contingente de toda identidad y de todo fenómeno se revela.
En este sentido, estudiar China desemboca en una arqueología involuntaria de uno mismo. Pensar los fundamentos de la diferencia china enseña sobre las raíces de nuestra manera de ver. Estudiando la historia de China descubrimos a qué partes del pasado renunciamos, enfrascados, todavía y a pesar de todo, en una mirada decimonónica. El pensamiento chino nos muestra cuán profunda es nuestra pertenencia a las tradiciones helénica, latina y del Libro. Estudiar la modernidad en China ayuda a precisar nuestro lugar en ese movimiento, que no fue el mismo para la pampa húmeda que para la costa limeña; para el desierto de Sonora que para la cuenca del río Orinoco; para el altiplano boliviano que para las islas del mar Caribe. Estudiar la geografía china nos permite mirar nuestros bordes desde afuera, revisar nuestra relación con el Pacífico y reconocer que la frontera entre Europa y Asia es incierta. Conocer las tradiciones chinas recuerda que el “folklore” es una invención, en el clima del romanticismo alemán del siglo XIX, para darle sobrevida en el mundo urbano moderno a viejas tradiciones rurales. Atravesando estas reflexiones, queda a la vista que la idea de América se interpreta en constelación con otras ideas: Europa, Oriente, modernidad, clasicismo, tradición.
Pensar China impulsa un triple giro copernicano en el punto de vista: desde donde miramos el mundo, desde donde miramos la historia y en la tarea de pensar -usando la expresión de Martin Heidegger. Un giro en la manera de ver el mundo, porque un efecto ineludible del estudio de China es una cierta reorganización de la ubicación que le damos a los centros y las periferias, la influencia de una potencia no se siente igual entre sus vecinos que en las antípodas. Un giro en la manera de ver la historia, porque el auge chino revela el carácter circunstancial del momento europeo de la historia de la humanidad, que también habrá de cerrarse como en algún momento se cerró el momento árabe y antes el momento maya o el momento egipcio. Por último, un giro copernicano en la tarea del pensar que exige recalibrar el rol de la originalidad y de la crítica para no equivocar la interpretación de un cierto énfasis político y práctico que distingue a la tradición intelectual china, y que es diferente del tono metafísico y especulativo que caracteriza a las filosofías de Europa o India.
Hacer este ejercicio reflexivo es exigente porque compromete valores que fundamentan nuestras identidades y búsquedas íntimas. Libertad, solidaridad, propiedad, comunidad, nación, originalidad o crítica encuentran en China posiciones relativas y modulaciones diferentes que en América y Europa. Por esto, es imposible acercarse a China sin sentir algún grado de desgarro en el tejido que nos sostiene. Una herida profunda que, paradójicamente, revitaliza discusiones e identidades. No hay que sorprenderse: si pensar al otro es pensarse uno mismo, el tiempo de China también es el nuestro.
Los agradecimientos.
Esta obra es el resultado de años de investigación y exploración que cuentan con el estímulo constante de Agustina, la profesora Agustina Ramón Michel, que apoya esta búsqueda desde su inicio con paciencia, discusiones y de mil maneras más. También es el resultado del diálogo constante con Guillermo Bravo, socio en la editorial Mil Gotas, con quien compartimos la misión de acercar imágenes y conocimiento sobre China al público hispanoparlante, y cuya confianza y respaldo son vitales para estas investigaciones. El apoyo e interés de EUDEBA y su director Gonzalo Álvarez permitieron que estas discusiones académicas lleguen a más personas, siguiendo la mejor tradición de la editorial señera de las universidades argentinas. Los estudiantes, que mantienen mis ideas a prueba y en permanente refinamiento. Finalmente, les agradezco a las profesoras y a los profesores que participaron de estos diálogos, que desde mucho antes de las entrevistas y también después me ayudan a pensar este valiente mundo nuevo.
