martes, 9 de junio de 2026

Espiral en la decadencia, ensayo de historia económica argentina

Este ensayo propone una interpretación de los últimos 150 años de la economía argentina a partir de la noción de una “época de ISI agotada”. Sostiene que, desde el Rodrigazo de 1975, el país atraviesa un ciclo de crisis recurrentes que expresan el agotamiento de la industrialización por sustitución de importaciones y la imposibilidad de establecer un nuevo patrón de acumulación duradero. La hipótesis central es que la Argentina vive en una espiral de reformas y contrarreformas —endeudamiento, inflación, devaluaciones y ajustes— que, en lugar de estabilizar la economía, profundizan su fragilidad estructural. El texto remonta el análisis desde la actualidad hacia la organización nacional de fines del siglo XIX, reconstruyendo la trayectoria de una economía “de dos motores” (agroexportador e industrial) y mostrando cómo las transformaciones globales —en especial, el auge asiático desde los años ochenta— condicionaron las posibilidades de desarrollo. En conclusión, el ensayo caracteriza el presente como una época “zombie”: un patrón agotado que, sin desaparecer, impide la consolidación de un modelo alternativo.

Podés leerlo acá.

Discurso de entrega de diplomas

Discurso pronunciado el viernes 24 de marzo de abril de 2026 en el acto de entrega de diplomas de la promoción 2024 de del Colegio Nacional de Buenos Aires.


Autoridades de la universidad, sra rectora, señor vicerrector, jefes de departamento, familias, queridos graduados


Buenas tardes. Es un honor estar acá, hablando frente a estudiantes tan destacados, en este acto dedicado a reconocerlos por haber terminado sus estudios en nuestro Colegio. Gracias, rectora Valeria Bergman, gracias vicerrector Barovero por haberme invitado a dar este discurso.

Me pregunto si en las últimas semanas habrán pensando en todo lo que estudiaron en el Colegio. Repasémoslo juntos ¿Sí? Su plan de estudios se organizó sobre dos pilares: las ciencias y las humanidades. En las materias de ciencias, estudiaron los principios newtonianos de la mecánica, la teoría de campos, la estructura del átomo, la organización de las moléculas y la clasificación de los elementos. Mientras aprendían todo esto, practicaron ecuaciones, inecuaciones, funciones, trigonometría y aprendieron a derivar y a integrar. En las clases de biología estudiaron las estructuras básicas de la célula, la organización de los reinos naturales y conceptos de genética. Conocieron la taxonomía botánica y zoológica. Le dedicaron un año entero a entender cómo funciona el cuerpo humano. Y tuvieron la oportunidad de apreciar cómo esos conocimientos los ayudan a cuidar su salud.

El otro pilar de su formación fueron las humanidades. En las clases de castellano, se entrenaron muy intensivamente en gramática, en ortografía y en sintaxis. Y en las de literatura, leyeron autores de toda la historia de la tradición hispanoparlante, desde sus inicios en la península ibérica, hasta los autores de la tradición argentina, sin saltearse la literatura de la América colonial. En latín, recibieron aún más entrenamiento en análisis sintáctico y en gramática, y se familiarizaron con las historias que fundaron la cultura latina. Hicieron el recorrido canónico por lo que todavía llamamos “historia universal”, aunque sea una historia del Océano Atlántico. Empezaron con nociones del antiguo Egipto y de las civilizaciones de la Mesopotamia, estudiaron el crecimiento de la cultura griega, la historia del imperio romano y el desarrollo de la Edad Media Europea; aprendieron sobre la historia de la América colonial y de la Argentina contemporánea. También recibieron un panorama, continente por continente, de la geografía del mundo. Repasaron lecciones de notación músical y se acercaron a la historia de la música académica. Dibujaron, pintaron y aprendieron a reconocer algunos de los movimientos más influyentes en la historia de las artes visuales europeas. También estudiaron derecho, economía, filosofía, psicología, historia del arte, inglés y francés. Y todo esto habría sido muy incompleto sin la actividad física que hicieron, dos veces por semana, durante cinco años.

Como resultado de este entrenamiento, incorporaron recursos del pensamiento científico y se familiarizaron con la medición empírica; entrenaron sus habilidades de cálculo; tallaron sus habilidades expresivas; y aprendieron los fundamentos de la ciencia moderna, de la historia euroamericana y de la literatura en español. Hoy saben usar un calibre, saben leer una isobara, saben moverse en un laboratorio; pueden interpretar textos académicos y pueden expresar sus ideas con elegancia. En estos años en el Colegio, se ganaron una formación clásica, que no es una moda pasajera, ni se va a volver obsoleta. Esta educación es una atalaya magnífica desde donde mirar las novedades del mundo contemporáneo. Y es una estantería formidable para seguir cargándole conocimientos. Lo lograron con su esfuerzo y con la guía de sus profesores. Los felicito.

Déjenme aprovechar la oportunidad para compartir algunas cosas que aprendí desde que recibí mi diploma del colegio secundario, hace veinticuatro años, en este mismo lugar.

Primero: que es bueno llevarse bien con la incertidumbre. Todo lo que viene es desconocido y casi siempre desafía nuestros planes. No pueden saber de quién se van a enamorar, qué les va a interesar, qué desafíos les prepara su salud, ni cuánto dinero van a ganar. La experiencia me enseñó que objetivos y planes casi nunca se vinculan como uno espera. Mi vida no se parece a mis planes y, sin embargo, no deja de ser un producto de ellos. Cuando miro retrospectivamente, mi camino tiene mucho sentido, pero no podría haberlo previsto de antemano. La vida es misterio, graduados, y somos misterio para nosotros mismos.

Segundo: El miedo no es zonzo, pero tampoco tiene grandes consejos para darnos. En la medida en que puedan, intenten no tomar decisiones por miedo, no lo escuchen, está equivocado: les va a ir excelentemente bien. Los años que vienen van a ser, inevitablemente, de muchísimo crecimiento, no hay malaria económica que pueda evitarlo. Y tanto más crecimiento, mientras menos atención le presenten a sus miedos. No es más que bruma sobre el pasto fresco de sus ganas.

Con esto llego al tercer aprendizaje: si el miedo no me parece una buena guía, el talento sí. Confíen en sus talentos. Confíen en eso que les hace bien, que saca lo mejor de ustedes, que hacen con una sonrisa en la cara. Trabajar en grupo, ser detallistas, entender a los otros; escribir, estudiar, dibujar, tocar un instrumento, practicar un deporte; u organizar, o resolver, o inspirar, o seguir planes. O enseñar. No es difícil reconocer esos talentos: los hacemos felices, los hacemos sin importar qué hay a cambio porque tenemos necesidad de hacerlos. Y cuando los ponemos en práctica derramamos bienestar entre los que nos rodean. Estoy seguro que cada uno de ustedes ya va descubriendo los suyos. Confíen. Confíen en sus talentos. Saben cosas que la conciencia ignora. A donde sea que sus talentos los lleven, ahí van a estar bien.

 Un cuarto aprendizaje: las creaciones de juventud no son obras menores, incompletas, ni preparatorias.

Niels Bohr tenía 28 años cuando desarrolló su modelo atómico. Y Werner Heisenberg, 25  cuando presentó el principio de incertidumbre. 

Gustavo Mercedes Sosa, tenía 24 años cuando grabó La Voz de la Zafra. Y Luis Alberto Spinetta, 23  cuando publicó Artaud.

Picasso tenía 25 años cuando pintó Las señoritas de Avignon, y con esa obra inventó el cubismo. Y Miguel Ángel terminó La Piedad cuando tenía 24 años.

Ginóbili tenía 25 años cuando jugó su primer partido en la NBA. Y Messi tenía 20 la primera vez que le metió tres goles al Real Madrid.

29 años tenían Marx cuando publicó el Manifiesto Comunista y 26, David Hume, cuando terminó su Tratado sobre la Naturaleza Humana.

Silvina Ocampo creó la revista Sur con 27 años. Roberto Arlt publicó Juguete Rabioso con 26. Y Borges, Fervor de Buenos Aires a los 24.


Genialidades que sólo se presentan en ese momento de la vida. Es cierto que después van a tener más recursos para escalar sus ideas y madurez para evaluarlas mejor  Pero, las obras de juventud tienen una frescura, una originalidad, una sintonización con su tiempo y una radicalidad que rara vez vuelven a aparecen en otro momento de la vida. Y esa combinación de atributos quizás valga como una manera de definir qué es la juventud.

Y así llego a lo último que quiero dejarles: todo esto lo fui aprendiendo incómodo, en tensión, disconforme. Después del secundario, todos los días, durante más de una década, viví preocupado por no saber si las cosas me iban a salir o no. Pienso en esos años como años tempestuosos, de angustia, pero también de creatividad. Hoy me siento más tranquilo. Aprendí que no hay derrota ni triunfo definitivos. Que ninguna derrota me va a matar, y que tampoco ningún triunfo me va a liberar. Y entendí que en aquella insatisfacción de los veinte también me estaban hablando las ganas. Que no hay objetivos sin una dosis de tormento. Que el deseo muerde. Y, que a los veinte, muerde con tarascones, que a veces extraño y a veces los busco.

Esto es todo lo que quería transmitirles. ¿Me creerían si les dijera que en los próximos años van a crecer todavía más, que van a aprender aún más? 

Felicitaciones, graduadas, graduados. Son personas fantásticas, con el alma inquieta. Fue mi honor haber hablado frente a ustedes. Gracias.


Fronteras en la historia, prólogo a El tiempo de los otros

 


El tiempo de los otros es un libro de entrevistas a especialistas formados en humanidades que se dedican a estudiar China.
Aquí el prólogo:

  1. El tiempo que ya no es.

Que hay una frontera que delimita un territorio llamado Europa es una convicción que fue ganando fieles desde el siglo XV. Una consecuencia de la avasallante oleada expansionista que en los últimos seis siglos desplegaron los pueblos -que hoy hablando rápido llamamos- europeos. Desde entonces, portugueses, andaluces, castellanos, vascos, galos, francos, flamencos, britones, galeses, escoceses, irlandeses, prusianos, bávaros, exploraron el mundo en busca de mercados y materias primas, identificaron rutas y dibujaron mapas. Describieron accidentes geográficos, flora y fauna de todo el planeta. Tradujeron lenguas, reseñaron formas de organización y explicaron ritos. Diseminaron e incorporaron ganados y cultivos. Entendieron y adaptaron cultos. A lo largo de esos siglos, creció la pregunta sobre si estos desarrollos eran fruto de una unidad espiritual compartida. La idea terminó de coagular hacia el siglo XIX, cuando geógrafos, historiadores, filósofos, etnólogos buscaron responder esa pregunta definiendo la unidad de Europa como región, como cultura y como momento en la historia.

Pero, aun si la unidad de Europa fuese poco más que una hipótesis de trabajo, sería útil preguntar cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la avalancha caucásica que se desató a partir de 1492. ¿Cuándo empezó a gestarse? ¿Por qué causas? ¿Qué condiciones permitieron que se volviese un liderazgo planetario? ¿Y qué relación guarda con las novedades en la vida de esas gentes: la conquista otomana de Constantinopla, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Revolución Gloriosa o la Revolución Francesa. En síntesis ¿Por qué, en los cinco siglos posteriores a 1492, fueron los habitantes de Europa y, en particular, de Europa del norte quiénes, entre todos los habitantes del planeta, sacaron más provecho de los conocimientos y modos de organización disponibles en ese tiempo? 

Sabemos que, a partir del siglo XVIII, las mejoras en el uso de fuentes de energía, en la capacidad de las máquinas, en la logística comercial y en la organización de la producción permitieron la acumulación de factores de producción en una escala sin precedentes, y que eso dio inicio a la era de la acumulación de capital. Sabemos que esa nueva economía del capital trajo novedades sociales como el crecimiento de las ciudades y la expansión del proletariado y de la burguesía comerciante y manufacturera. Y sabemos que esas transformaciones sociales de máximo calibre encontraron expresión política en el auge de los estados centralizados, el parlamentarismo inglés, el republicanismo revolucionario francés y, más tarde, en los partidos políticos de masas. La era del carbón y del petróleo; del comercio marítimo, la industria y el capital; de la república y la democracia; fue la era de los europeos. No tanto porque hayan sido inventores o pioneros de estas novedades, como por haber terminado siendo los principales beneficiarios de la distribución global del trabajo que trajeron esos cambios. 

Sin embargo, en las últimas cinco décadas algo cambió. Los grandes avances de la tecnología y la organización económica empezaron a llegar desde el este de Asia. Por lo menos, desde mediados de la década de 1970 registramos lo que los economistas bautizaron como "el auge asiático" o, los más expresivos, "el milagro asiático". Una cascada de crecimiento económico que comenzó con la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial; siguió con el desarrollo de las economías de Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, que aprovecharon el contexto de la Guerra Fría; se instaló en las costas chinas durante la década del 1980; y ya hace tres décadas derrama sobre las economías de India, Vietnam, Malasia, Indonesia y Bangladesh. 

Entre todas estas novedades: la transformación de China; que no es el inicio ni la conclusión de este auge, pero sí su novedad más relevante y significativa. Más relevante, porque la demanda de la economía china terminó volviéndose el motor de toda la economía mundial. Más significativa, porque el desarrollo productivo chino está reorganizando la distribución internacional del conocimiento. Hoy China es el principal socio comercial del mundo con más de 200 socios a los que exporta y de los que importa, según datos del Banco Mundial. Su PBI es prácticamente igual al de toda la Unión Europea, según el Fondo Monetario Internacional. Y la mayoría de los pronósticos -incluyendo, por ejemplo, el del Citibank- esperan que, promediando la década de 2030, el PBI chino sea mayor que el de Estados Unidos. En los últimos cinco años, casi la mitad de las patentes de nuevos inventos fueron solicitadas desde China, según la Organización Internacional de Propiedad Intelectual. China hace punta en energías verdes, transporte, infraestructura, vigilancia e inteligencia artificial. Acaso, por primera vez en 200 años, lo más avanzado tecnológicamente, lo más productivo, lo que genera más riqueza, no provenga del Atlántico norte, sino de Asia y, específicamente, de China. Si esta tendencia se consolida ganará espacio una pregunta: ¿Estamos en la puerta de un cambio de escala epocal: el paso del tiempo de los europeos al tiempo de los chinos?

  1. ¿Estamos preparados?

En un bidón de plástico o en las aplicaciones de inteligencia artificial; en un puerto, un campo de paneles solares o en una mina; en el precio de las monedas, de los derivados financieros o de los commodities; en productos y servicios de todas las calidades, se siente el pulso del desarrollo chino. Por su protagonismo descollante en el escenario internacional, por sus inversiones en todos los continentes, por la presencia de sus manufacturas en las operaciones más cotidianas, China toca -no es una exageración:- la vida de todas las personas del planeta.

Esta presencia todavía es una novedad para muchísimas personas en todo el mundo. Y en los países de América Latina esta novedad es un desafío de conocimiento. En esta parte del mundo, las clases de historia, de geografía o de idioma ayudan a sacar el máximo provecho de la región atlántica, donde, sin embargo, hoy las oportunidades son más escasas y la innovación ya no tiene el impulso que tenía cincuenta, cien o ciento cincuenta años atrás.

¿Qué persona que se haya educado en América Latina no puede nombrar tres ciudades de Estados Unidos o tres capitales europeas? Seguramente habrá visto incontables películas de Hollywood, habrá escuchado más de una decena de bandas musicales de habla inglesa y hasta pueda mencionar algún equipo de fútbol europeo. Seguramente sepa cuándo los europeos llegaron a América y es alta la probabilidad de que logre identificar el retrato de, al menos, un líder político europeo de los últimos dos siglos.

Y, sin embargo ¿Cuántos latinoamericanos pueden ubicar a Beijing o Shanghai en el mapa? ¿Cuántos saben que Shenzhen es la capital de la industria tecnológica china, es decir, de la industria tecnológica mundial, o que el alcalde de Chongqing gobierna un distrito de cuarenta millones de personas? ¿Cuántos pueden nombrar un líder histórico chino, además de Mao Zedong? ¿Saben el nombre de una provincia china, un río, una montaña? ¿Pueden imaginar una esquina de Shanghai para representar una escena romántica de una película? ¿O identificar un edificio en el que se tomen decisiones políticas? ¿Mencionar una red social popular en China? Nos faltan imágenes chinas a quienes crecimos pensando que lo más importante del mundo pasaba entre Moscú y Washington por vía atlántica. El mundo actual va de Seúl a San Francisco, llega por el este y por el oeste, y todo parece indicar que en el centro está China.

  1. Superposición de miradas.

Los profesores que dan vida a este libro son especialistas que miran China y Asia desde las humanidades y las ciencias sociales; están formados en historia, filosofía, lingüística, literatura, ciencia política, economía y antropología. Nacieron, trabajan o se formaron en Argentina, tienen conocimiento de China de primera mano y participan de discusiones globales. Son depositarios del vocabulario español y de otros idiomas indoeuropeos; conocen desde niños ideas de trascendencia, cuerpo y origen que llegan desde las religiones monoteístas del Libro; su formación intelectual se alimentó del canon filosófico que busca su origen en la Grecia antigua. Con esas tradiciones a cuestas descubrieron China y siguen estudiándola.

Sus investigaciones cubren un espectro amplio de temas: la tradición intelectual china y la historia de su literatura; el impacto que tuvo en China la expansión europea; las raíces antiguas del orden político chino; las relaciones entre la América colonial y la China imperial; la renovación de las teorías poscoloniales a la luz del auge asiático; las discusiones contemporáneas sobre democracia y desarrollo; los procesos de democratización en Asia y los debates sobre la democracia en China; las migraciones chinas en Argentina y sus efectos y desafíos lingüísticos. Las entrevistas que aparecen en este libro ayudan a modular una agenda relevante para Argentina y los países de América Latina. 

Más específicamente, Pablo Blitstein discute las ideas de modernidad y la forma Estado-nación a la luz de la experiencia China de los siglos XIX y XX, cuando Europa se vuelve la locomotora de la economía mundial y China entra en largo declive. Osvaldo Cortesi, describe el renacimiento económico de China posterior a la década de 1980 y discute su relación con las reformas de otras economías dentro y fuera de Asia. Ignacio Villagrán considera la idea de historia universal desde el ángulo chino y ayuda a pensar qué lugar tiene la historia de China en esa narrativa. Mariano Bonialian revisa las hipótesis historiográficas que olvidan el peso del Pacífico en el desarrollo de América, explicando las conexiones entre la América colonial y la China imperial. Axel Gasquet encuentra el rastro de antiguas narrativas sobre Asia en los discursos sobre la China contemporánea. María Elena Díaz analiza si cabe o no cabe el nombre “filosofía” para la tradición intelectual que creció en China. Maya Alvisa Barroso explica la fuerza del budismo como sustrato fundamental de la región. Lelia Gándara repasa discusiones sobre vanguardia, propaganda y cultura oficial en la literatura china del siglo XX. Florencia Sartori esquematiza diferencias entre los idiomas chino y español en el marco de diferencias entre las familias indoeuropea y sinotibetana. Cristina Reigadas describe los mecanismos de participación y consulta en China y piensa la crisis de las democracias desde la experiencia de gobierno de la China contemporánea. Fernando Pedrosa ayuda a entender cómo los vecinos en el sudeste asiático perciben a China, mostrando, a la vez, como lo indio y lo chino se cruzan en esa región. Luciana Denardi describe las migraciones de chinos a la Argentina y reflexiona sobre qué efectos tienen estas migraciones en los imaginarios y vínculos con China. Finalmente, Salvador Marinaro desbroza el concepto de sinofuturismo para pensar cómo se imagina el futuro del tiempo chino. Vasta y meticulosa; superpoblada y desértica; tradicional y futurista; de cara al mar, a los pies de los Himalayas y conectada por desiertos; conocida desde el este y desde el oeste; este libro habla de China con método cubista. 

  1. El desgarro interior.

Pero ¿Dónde empieza China y dónde termina? Es difícil calibrar qué es lo mismo y qué es lo diferente de la experiencia china. Porque pensar al otro con más detalle lleva a pensarse uno mismo con más detalle. Y si en el camino la imagen del otro se revela un poco ficcional, también empezamos a sentir que los contornos de nuestra propia identidad se vuelven difusos. El carácter mestizo y contingente de toda identidad y de todo fenómeno se revela.

En este sentido, estudiar China desemboca en una arqueología involuntaria de uno mismo. Pensar los fundamentos de la diferencia china enseña sobre las raíces de nuestra manera de ver. Estudiando la historia de China descubrimos a qué partes del pasado renunciamos, enfrascados, todavía y a pesar de todo, en una mirada decimonónica. El pensamiento chino nos muestra cuán profunda es nuestra pertenencia a las tradiciones helénica, latina y del Libro. Estudiar la modernidad en China ayuda a precisar nuestro lugar en ese movimiento, que no fue el mismo para la pampa húmeda que para la costa limeña; para el desierto de Sonora que para la cuenca del río Orinoco; para el altiplano boliviano que para las islas del mar Caribe. Estudiar la geografía china nos permite mirar nuestros bordes desde afuera, revisar nuestra relación con el Pacífico y reconocer que la frontera entre Europa y Asia es incierta. Conocer las tradiciones chinas recuerda que el “folklore” es una invención, en el clima del romanticismo alemán del siglo XIX, para darle sobrevida en el mundo urbano moderno a viejas tradiciones rurales. Atravesando estas reflexiones, queda a la vista que la idea de América se interpreta en constelación con otras ideas: Europa, Oriente, modernidad, clasicismo, tradición.  

Pensar China impulsa un triple giro copernicano en el punto de vista: desde donde miramos el mundo, desde donde miramos la historia y en la tarea de pensar -usando la expresión de Martin Heidegger. Un giro en la manera de ver el mundo, porque un efecto ineludible del estudio de China es una cierta reorganización de la ubicación que le damos a los centros y las periferias, la influencia de una potencia no se siente igual entre sus vecinos que en las antípodas. Un giro en la manera de ver la historia, porque el auge chino revela el carácter circunstancial del momento europeo de la historia de la humanidad, que también habrá de cerrarse como en algún momento se cerró el momento árabe y antes el momento maya o el momento egipcio. Por último, un giro copernicano en la tarea del pensar que exige recalibrar el rol de la originalidad y de la crítica para no equivocar la interpretación de un cierto énfasis político y práctico que distingue a la tradición intelectual china, y que es diferente del tono metafísico y especulativo que caracteriza a las filosofías de Europa o India.

Hacer este ejercicio reflexivo es exigente porque compromete valores que fundamentan nuestras identidades y búsquedas íntimas. Libertad, solidaridad, propiedad, comunidad, nación, originalidad o crítica encuentran en China posiciones relativas y modulaciones diferentes que en América y Europa. Por esto, es imposible acercarse a China sin sentir algún grado de desgarro en el tejido que nos sostiene. Una herida profunda que, paradójicamente, revitaliza discusiones e identidades. No hay que sorprenderse: si pensar al otro es pensarse uno mismo, el tiempo de China también es el nuestro.

  1. Los agradecimientos.

Esta obra es el resultado de años de investigación y exploración que cuentan  con el estímulo constante de Agustina, la profesora Agustina Ramón Michel, que apoya esta búsqueda desde su inicio con paciencia, discusiones y de mil maneras más. También es el resultado del diálogo constante con Guillermo Bravo, socio en la editorial Mil Gotas, con quien compartimos la misión de acercar imágenes y conocimiento sobre China al público hispanoparlante, y cuya confianza y respaldo son vitales para estas investigaciones. El apoyo e interés de EUDEBA y su director Gonzalo Álvarez permitieron que estas discusiones académicas lleguen a más personas, siguiendo la mejor tradición de la editorial señera de las universidades argentinas. Los estudiantes, que mantienen mis ideas a prueba y en permanente refinamiento. Finalmente, les agradezco a las profesoras y a los profesores que participaron de estos diálogos, que desde mucho antes de las entrevistas y también después me ayudan a pensar este valiente mundo nuevo.







martes, 12 de diciembre de 2023

Tomar la palabra

Artículo orginalmente pblicado en Revista Seul: https://seul.ar/tomar-la-palabra/

Patricia Bullrich y Javier Milei son candidatos de espacios distintos, pero disputan la conducción de un mismo movimiento, el que nació el 24 de agosto de 2019 cuando las bases cambiemitas desafiaron la máxima duranbarbista de que sólo los peronistas querían hacer política. Esa tarde, sin saber si habría alguien para recibirnos, decenas de miles de personas marchamos en diferentes ciudades para mostrar que la derrota en las PASO no nos retiraba de la escena. Después de haber soportado 12 años de revolución cultural kirchnerista, con sus fotos escupidas, sus informes de 678, sus maestros militantes y el cumpleaños feliz al ritmo de la marcha peronista, no nos íbamos a ir en silencio, como si nuestra presencia hubiera sido una equivocación por la que teníamos que pedir perdón. Huérfanos de ejemplo, las bases se pusieron a la vanguardia del movimiento.

Aquella movilización desencadenó un potencial militante que el fukuyamismo tardío decía que no existía. Hoy hablamos de ese renovado espíritu militante como los actos del Sí, se puede, y evocan en nuestro recuerdo la gira de Deng Xiaoping por el sur de China en 1992. Ese año, con 88 años y ya retirado del día a día del gobierno, el gran maestro de la apertura china se largó a un viaje por el sur del país para hacer campaña en favor de más reformas económicas cuando los mandos del gobierno empezaban a temer que la nueva China hubiera traspasado la raya de lo aceptable. Deng visitó Shenzhen, Zhuhai, Guangzhou y Shanghai, las ciudades que más habían se habían beneficiado por las reformas, para decirles a sus habitantes que ellos eran los únicos que podían sostener el cambio con su ejemplo y firmeza. La gira revitalizó el impulso reformista en el preciso momento en que la disolución de la URSS se volvía una imagen obsesiva entre los cuadros del partido.

En nuestro país, el fervor activista del Sí, se puede de 2019 no salió de la nada, había estado germinando bajo tierra durante muchos años en el almuerzo del trabajo, volviendo en colectivo, en la fila del recital, a la salida del teatro. En esas conversaciones, siempre hubo alguien que, por carácter, por orfandad de argumentos o por miedo a alguna represalia, guardó silencio para no decir en voz alta que no le gustaba lo que hacían el gobierno o sus seguidores. Un escrache en el bar, en el trabajo o en la facultad era peor que volverse un poco amargado a casa mascullando impotencia. Los que en ese tiempo se animaron a presentar críticas jugaron siempre de visitante. Tiraron sin escudo contra los batallones militantes que se improvisaban en cada reunión por la presencia de una nueva víctima propiciatoria: ningún kamikaze termina bien. El resto atravesó esos años un poco en soledad, un poco en silencio, un poco guardados.

El triunfo de Cambiemos en 2015 le dio otro tono a las cosas y esos silencios se fueron perdiendo, en un lento proceso de maduración política. Muchas personas volvieron a pensar su relación con la actividad política, en particular con algunos de sus dispositivos más clásicos: la discusión, el liderazgo o la movilización. Esta maduración, no obstante, siguió siendo un trance personal que cada quien dejó crecer a su manera y a su tiempo, porque el movimiento todavía no estaba para grandes encuentros colectivos. Fue un vérselas consigo mismo, con las broncas y con las vergüenzas que te quedan cuando no pudiste evitar que pongan tu casa patas para arriba. De a poco, sin embargo, fue contagiándose una conciencia o, tal vez, sólo una intuición, de que podría ser útil –alguno dijo “necesario”– volver a vincularse con ejercicios democráticos elementales que se habían abandonado después del gran cataclismo de 2001. Aquella incipiente resocialización política tuvo lugar sin programa ni lecturas políticas ni referencias históricas. No hubo formación ni pedagogía políticas: para el duranbarbismo eran cosas de déspotas. Fue todo ganas de juntarse y participar y encontrar la manera de hacerlo. Así, cuando los militantes de Cambiemos revisaron su relación con la política, también revisaron las formas despolíticas que desde la cima del espacio se proponían como virtud o astucia.

NI PENSAMIENTO NI CRÍTICO

Con esta experiencia a cuestas, a partir de 2019 floreció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas con los escraches, los piquetes, las tomas y las huelgas, y con toda la parafernalia ideológica que los respalda, desde el chavismo al ambientalismo, pasando por el estructuralismo económico, el lacanismo y la psicogénesis en la enseñanza de la escritura. Su denominador común ha sido el rechazo de las hipérboles estrafalarias de las militancias, como el negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo. La principal amalgama es la sensación compartida de que la sociedad argentina fue desfondada como una mochila tajeada en el tren. La demografía del movimiento es una cuenca: su río central es el anti-kirchnerismo, que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. Uno empezó a transformarse en el otro en el salto del 8-N, en 2012. Río abajo, los grandes afluentes fueron la bronca contra el encierro eterno, los cierres de escuelas y los vacunados vip, y la desesperación de ver cómo el remolino de la inflación nos iba chupando. Por ahí llegaron personas que no venían del anti-kirchnerismo, muchos menos de una historia antiperonista. En este gran cauce también desembocaron les enojades con el feminismo y los que discutían contra la memoria kirchnerista de los ’70. Todo se mezcló en la cuarentena, gran embalse del tiempo y de la vida.

Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchernismo porque, en primer lugar, no puede ser pensado por esa imaginación. Jóvenes que reivindican a Carlos Menem; candidatos que compiten por el ajuste. La fórmula del libertario austríaco con la activista por las víctimas de la guerrilla saca el 30% de los votos en la elección presidencial. Para el kirchnerismo, el país se volvió una colección de oxímorones, pesadillas y anatemas. Su vocabulario ya no apunta a ninguna experiencia reconocible, es un diccionario que no designa nada. Un “significante vacío” del que Laclau no avisó. El lenguaje de los años kirchneristas se nos vuelve una ruina abandonada por el tiempo, un trabajo para arqueólogos. Las palabras ya empezaron su migración: pueblo, mercado, democracia, justicia, gobernabilidad, kirchnerismo, Bullrich, Milei, Massa, Lousteau, en dos años van a significar cosas muy diferentes a lo que significan hoy.

Si se hunde la experiencia que lo hizo necesario, un vocabulario se hunde con ella. El estatismo deficitario, el proteccionismo anti-exportador, la vigilancia sobre los mercados, encontraron su límite y con ellos la parafernalia ideológica que sostenían. La crisis económica deja una crisis de ideas: no, no era cierta la promesa nestorista de que la Argentina podía volver a vivir como en los años ’60, trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista y esta evidencia pone en suspenso las verdades de los últimos 20 años.

La obsolescencia del lenguaje post-2001 es la causa del Estado de interpretación febril en el que entramos ni bien se conocieron los resultados de las PASO. El graph en la pantalla nos notificó que vivíamos en el pasado. Afásicos súbitos, nos faltaron las palabras: enmudecíamos a los gritos, mientras veíamos los resultados. Ahora se notan más los aportes de Esteban Schmidt, Pola Oloixarac o Franco Rinaldi, que desde mucho antes de 2015 ya hablaban en lenguas que no siguen los dogmas del kirchnerismo. Cada uno lo excede con diferentes dosis de futuro y de pasado. Son de la generación que llegó a la historia con la 125, pero no forman parte de ella porque ellos ya estaban acá cuando Kirchner pidió perdón por lo que nadie había hecho.

Este torrente anti-pensamiento crítico, por lo tanto alumbró dos liderazgos: Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, fuerte; Milei, voraz. Bullrich, la que pone orden; Milei, el que dice lo indecible. Bullrich, incombustible; Milei, fuego. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. Si la competencia entre ambos genera desconcierto es porque esa discusión está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando. Los términos de esa discusión recién están siendo escritos. La moneda en el aire, pero ya sabemos que el que gané será el primer presidente pos-kirchnerista.

martes, 22 de agosto de 2023

Schmidt, Oloixarac y Rinaldi ya lo saben.

Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, robusta; Milei, voraz. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. El torrente anticrítico alumbró dos liderazgos.


Patricia y Milei disputan la conducción del movimiento que empezó el 28 de septiembre de 2019, cuando las bases cambiemitas desafiaron el mantra kirchnerista, y duranbarbista, de que sólo los peronistas querían organizarse políticamente. 


Esa noche, unas decenas de miles de porteños marcharon a Plaza de Mayo para mostrar que la derrota no los retiraba de la escena, después de haber soportado doce años de revolución cultural kirchnerista. Desde entonces, creció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas los gobiernos del "pensamiento crítico" y pone en revisión las hipérboles estrafalarias de las militancias. El negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo, algunas de las doctrinas más criticadas.


El movimiento tiene varios afluentes. Su río central es el antikirchnerismo que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. El 8N de 2012, uno empezó a transformarse en el otro. Su otro gran afluente, río abajo, es la desesperación. Veintidos años después de 2001, hay más pobreza, más narcotráfico, más inseguridad, más inflación, menos salario, peor servicio de educación, peor servicio de salud. 


Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchnerismo porque su brío revela que ese vocabulario de estado caducó. Es la obsolescencia del lenguaje post-2001 la causa de tanta actividad interpretativa. La necesidad de entender nos pone en estado de deliberación permanente, porque las palabras ya empezaron su migración, empezando por la palabra “pueblo”. De acá a dos años, democracia, Bullrich, Milei, Massa, mercado y kirchnerismo van a significar cosas muy diferentes a los que significan hoy. 


La discusión entre Bullrich y Milei está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando.

 

sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

martes, 7 de septiembre de 2021

La oposición y China

Originalmente publicado en diario La Nación:


El arco opositor necesita renovar su mirada sobre China. Segunda economía del mundo y principal fuente de dólares de la Argentina; hace veinte años integra la Organización Mundial del Comercio; y su desarrollo lleva a intelectuales de todo el mundo a revisar sus ideas sobre capitalismo y democracia. Sin embargo, los pocos referentes opositores que le dedican alguna palabra, lo hacen para alimentar la discusión local, asociándola al chavismo, repitiendo siempre dos epítetos: comunista y dictadura. Calificaciones confusas que pasan por alto que la prosperidad china es consecuencia de una política de liberalización económica que incluyó desregulación de precios, privatización de empresas, incentivos para la inversión extranjera y fomento del comercio internacional. Queda a la vista que entre los opositores todavía está pendiente una reflexión sobre China. Mientras tanto, crecen caracterizaciones imprecisas, cuando no fantasiosas, que inhiben una discusión informada sobre China. Sin una estrategia de acercamiento propia, la oposición se excluye de la discusión sobre cómo trabajar con China y se queda sin programa para vincularse con el principal comprador de las exportaciones argentinas. 

En contraste, el kirchnerismo sostiene una visión robusta y de largo plazo para la relación entre China y Argentina, que se remonta al viaje del presidente Kirchner en 2004. Quince años después el vínculo sigue creciendo. Hace semanas el presidente Fernández participó de la reunión que convocó Xi Jinping para celebrar el centenario del Partido Comunista Chino, en la que también participaron presidentes y líderes de partido de Kazajistán, Rusia, Vietnam, Cuba, Filipinas, Camboya, Zimbabwe, Palestina, Serbia, Pakistán, Mozambique, Congo Brazzaville, Sri Lanka, Bolivia, Marruecos, Sudán del Sur y España. Semanas antes, referentes del Partido Justicialista ya habían hablado en el seminario organizado por la embajada china en la Argentina. Representaron al PJ el senador Jorge Taiana, secretario de Relaciones Internacionales del Partido Justicialista, la diputada Cristina Álvarez Rodríguez, vicepresidente del Partido Justicialista, Francisco Cafiero, el secretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa. Estos encuentros del más alto nivel son los frutos notorios de un trabajo constante, de largo aliento y bajo perfil para construir vínculos entre los partidos, que incluye reuniones entre cuadros justicialistas y comunistas, encuentros en foros internacionales y giras.

Estos vínculos no pueden explicarse sin una red de especialistas experimentados y solventes que desde cátedras universitarias, centros de estudios especializados, organismos de gobierno y cámaras empresariales, asesoran y alimentan el encuentro entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista Chino. El actual embajador en China, Sabino Vaca Narvaja, es un emergente de ese tejido. Con la ayuda de estos expertos, la dirigencia kirchnerista dio forma a un marco interpretativo para describir el entendimiento entre peronismo y comunismo. Esa narrativa se apoya en apelaciones que van desde el bienestar de los trabajadores hasta la convergencia de los reclamos por Malvinas y Taiwán, pasando por coincidencias teóricas entre Perón y Mao, con la consigna del antiimperialismo como un eje central.

En contraste, la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio todavía mira China desde lejos. Con excepción de Mauricio Macri, ninguno de los miembros de su mesa nacional viajó a este país y Gerardo Morales es el único gobernador que hace años trabaja con el gobierno y empresas chinas. Ninguna de las fundaciones de los tres partidos más importantes de la coalición ha presentado publicaciones o actividades sobre la relación entre China y Argentina. Y en la web oficial de la coalición ni el resumen de la plataforma electoral ni el resumen de la gestión presidencial mencionan nada sobre el país. Sin embargo, otro documento, el informe detallado de gestión rescata logros importantes del gobierno de Mauricio Marci: dos visitas de Estado recíprocas, construcción del parque de energía solar en Jujuy y del observatorio espacial en Neuquén, obras de transporte ferroviario y vial, apertura de mercados chinos para exportaciones de carne, cerezas y caballos. Este desfasaje entre el sitio web y el informe detallado de gestión indica que si todavía no hace falta hablar de China en campaña, ya es inevitable hacerlo en la gestión. 

La falta de atención no afecta exclusivamente a China sino que caracteriza la agenda asiática en general. Llegan más dólares a la Argentina desde los países del Sudeste asiático que desde el Mercosur; Vietnam es el segundo destino de las exportaciones cordobesas; y este país, India, e Indonesia fueron visitados tanto por Cristina Kirchner como por Mauricio Macri. Sin embargo, la región sigue siendo una discusión de nicho y una agenda política de pocos. 

En este contexto, se destacan los esfuerzos de Diego Guelar, ex embajador en China durante todo el gobierno de Maurico Macri, para que Juntos por el Cambio tenga una narrativa productiva sobre China. Aporta sistemáticamente información sobre el rol vital de China para la economía argentina, difunde los logros del gobierno de Macri y destaca posibles puntos de entendimiento entre ambas culturas. Guelar es consciente de que Juntos por el Cambio necesita su propia estrategia de acercamiento a China. Y sus presentaciones sobre el tema dan cuenta de que Juntos por el Cambio puede acercarse, incluso, con perspectiva liberal ¿O, acaso, las democracias más logradas del mundo no tienen vínculos con China, sus empresas y su gobierno?  ¿O el desarrollo chino no desafía las interpretaciones estructuralistas de la dependencia según las cuáles hay un orden internacional que asegura que los países pobres se mantengan pobres? La prosperidad china, sin embargo, es fruto del comercio internacional, las inversiones extranjeras y la integración de su economía con las de las potencias industrializadas, todas democracias.

Con esto en mente, si la oposición quiere alcanzar una narrativa propia y productiva sobre China necesita evitar tres reflejos muy a la mano: confundir la discusión, negar la novedad, mimetizarse. En primer lugar, si se quiere discutir sobre China hay que asegurarse que la conversación sea sobre China y no sobre Venezuela o Estados Unidos. Cada vez que se critica a China por sus vínculos con el chavismo o por su disputa geopolítica con Estados Unidos se pierde claridad sobre las oportunidades y los desafíos que China representa para la Argentina. China es demasiado importante para quedar confundida en otras discusiones. 

En segundo lugar, para aprender de China hay que asumir su novedad y singularidad. China crea sus propias soluciones innovando en tecnología, políticas públicas e, incluso, arreglos sociales. Desde el comunismo chino, que fue una creación inesperada cuando se pensaba que el socialismo no podía desarrollarse en una sociedad mayoritariamente agraria; hasta la idea de poner en cuarentena a un país entero; pasando por una transición al capitalismo sui generis, la creación de un firewall nacional para controlar la navegación en Internet, el uso del teléfono celular para expandir la inclusión financiera. A la vez que tiene un sistema político de partido único, es una sociedad de consumo en la que el trabajo es una mercancía y los bienes y servicios se distribuyen con mecanismos de mercado. Las oportunidades de la economía y los debates de la política se entienden mejor pensando cómo esta combinación posible, antes que usando el vocabulario de la Guerra Fría. 

En tercer lugar, para vincularse con el gobierno chino no hace falta renunciar a los criterios propios. Analistas de todas las tendencias coinciden en que China no está en campaña para exportar su criterios políticos, ni busca imponer un nuevo modelo de gobernanza global. Aunque en aspectos como el rol de la prensa, la administración de justicia o los derechos individuales el Partido Comunista no sigue estándares liberales, ninguna de las democracias más influyentes abandonó el camino de entendimiento mutuo con China. Theresa May visitó el país dos veces, en 2018 y 2016, y antes David Cameron en 2013. Macron una, en 2019, y antes Hollande tres veces, en 2013, 2015 y 2016. Obama tres veces: en 2009, 2014 y 2016, y Trump una, en 2017. Merkel viajó doce veces a China desde que asumió como canciller en 2005. Derechos Humanos, economía verde, balanza comercial, cooperación tecnológica, seguridad internacional, gobernanza de Internet, aranceles; cada gobierno discute su propia agenda y prioridades, sin necesidad de mimetizarse con la del gobierno chino. 

Acercarse a China es un camino de tareas exigentes. Una historia de miles de años, doce horas de diferencia horaria y compras de productos argentinos por 8.600 millones de dólares necesitan una discusión específica y un vocabulario exacto. En una entrevista reciente, Fernando Pedrosa, uno de los máximos especialistas argentinos sobre Asia, captó el riesgo de no tomarse el trabajo: durante el siglo XX la dirigencia argentina no entendió a Estados Unidos; durante el siglo XXI, no puede caer en el mismo error con China.