Arrollaba. 1,96 mts, 120kg, 100mts en 10,89''. Compartió la naturaleza del rayo y la catarata. Fue a la vez terremoto y estampida.
Transformó defensas en avalanchas y rivales en escombros. A estos últimos se los sacudía como si fueran mosquitos, barro o serpentinas. Mientras corría, recibía la pelota y volvía a pasarla, también practicaba judo. Porque esa manera de manipular la gravedad ajena no resulta del amontonamiento de fuerza y velocidad, es la puesta en práctica de intuiciones precisas sobre el cuerpo. Acelerar antes del contacto, agachar el lomo, avanzar con un brazo delante, levantar las rodillas, no ir al piso. Los resultados de esa técnica están a la vista. Lo que nunca nadie pudo ver es el campo de determinación contra el que chocaban sus rivales.
Pidió todas las pelotas y corrió toda la cancha, buscó el contacto, tackleaba con la pelota en las manos ¿Jugó de wing o jugó de forward parado como wing? Esto se aclarará con los años, porque el rugby no tenía una posición para él. Tal vez, se invente un puesto nuevo, porque su juego creó una nueva manera de usar esa posición. Fue uno de esos revolucionarios del deporte que muestran nuevas posibilidades para técnicas estrategias y posiciones.
En el rugby no se corre para escapar de los rivales, sino para enfrentarlos. Y él encarnó la utopía de correr sin que nadie pueda detenernos. En sus carreras desplegó una potencia nunca antes vista en una cancha de rugby. Sobre la potencia, Aristóteles decía que es la capacidad del ser, no para transformar otras cosas, sino para transformarse a sí mismo en otra cosa. El árbol tiene la potencia de ser mueble, una chica tiene la potencia de volverse mujer, el enfermo tiene la potencia de ser curado, el dolor puede ser calmado, la derrota puede ser superada y la victoria tiene la potencia de estar a nuestro alcance. En los entrenamientos siempre se dice que el éxito es una potencia del sacrificio. La potencia de Lomu fue volverse un sueño: el de liberarse de las ataduras y enfrentar los obstáculos con confianza, para eludirlos o, si no hubiere otra opción, derribarlos.
Transformó defensas en avalanchas y rivales en escombros. A estos últimos se los sacudía como si fueran mosquitos, barro o serpentinas. Mientras corría, recibía la pelota y volvía a pasarla, también practicaba judo. Porque esa manera de manipular la gravedad ajena no resulta del amontonamiento de fuerza y velocidad, es la puesta en práctica de intuiciones precisas sobre el cuerpo. Acelerar antes del contacto, agachar el lomo, avanzar con un brazo delante, levantar las rodillas, no ir al piso. Los resultados de esa técnica están a la vista. Lo que nunca nadie pudo ver es el campo de determinación contra el que chocaban sus rivales.
Pidió todas las pelotas y corrió toda la cancha, buscó el contacto, tackleaba con la pelota en las manos ¿Jugó de wing o jugó de forward parado como wing? Esto se aclarará con los años, porque el rugby no tenía una posición para él. Tal vez, se invente un puesto nuevo, porque su juego creó una nueva manera de usar esa posición. Fue uno de esos revolucionarios del deporte que muestran nuevas posibilidades para técnicas estrategias y posiciones.
En el rugby no se corre para escapar de los rivales, sino para enfrentarlos. Y él encarnó la utopía de correr sin que nadie pueda detenernos. En sus carreras desplegó una potencia nunca antes vista en una cancha de rugby. Sobre la potencia, Aristóteles decía que es la capacidad del ser, no para transformar otras cosas, sino para transformarse a sí mismo en otra cosa. El árbol tiene la potencia de ser mueble, una chica tiene la potencia de volverse mujer, el enfermo tiene la potencia de ser curado, el dolor puede ser calmado, la derrota puede ser superada y la victoria tiene la potencia de estar a nuestro alcance. En los entrenamientos siempre se dice que el éxito es una potencia del sacrificio. La potencia de Lomu fue volverse un sueño: el de liberarse de las ataduras y enfrentar los obstáculos con confianza, para eludirlos o, si no hubiere otra opción, derribarlos.