martes, 9 de junio de 2026
Espiral en la decadencia, ensayo de historia económica argentina
Fronteras en la historia, prólogo a El tiempo de los otros
El tiempo que ya no es.
Que hay una frontera que delimita un territorio llamado Europa es una convicción que fue ganando fieles desde el siglo XV. Una consecuencia de la avasallante oleada expansionista que en los últimos seis siglos desplegaron los pueblos -que hoy hablando rápido llamamos- europeos. Desde entonces, portugueses, andaluces, castellanos, vascos, galos, francos, flamencos, britones, galeses, escoceses, irlandeses, prusianos, bávaros, exploraron el mundo en busca de mercados y materias primas, identificaron rutas y dibujaron mapas. Describieron accidentes geográficos, flora y fauna de todo el planeta. Tradujeron lenguas, reseñaron formas de organización y explicaron ritos. Diseminaron e incorporaron ganados y cultivos. Entendieron y adaptaron cultos. A lo largo de esos siglos, creció la pregunta sobre si estos desarrollos eran fruto de una unidad espiritual compartida. La idea terminó de coagular hacia el siglo XIX, cuando geógrafos, historiadores, filósofos, etnólogos buscaron responder esa pregunta definiendo la unidad de Europa como región, como cultura y como momento en la historia.
Pero, aun si la unidad de Europa fuese poco más que una hipótesis de trabajo, sería útil preguntar cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la avalancha caucásica que se desató a partir de 1492. ¿Cuándo empezó a gestarse? ¿Por qué causas? ¿Qué condiciones permitieron que se volviese un liderazgo planetario? ¿Y qué relación guarda con las novedades en la vida de esas gentes: la conquista otomana de Constantinopla, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Revolución Gloriosa o la Revolución Francesa. En síntesis ¿Por qué, en los cinco siglos posteriores a 1492, fueron los habitantes de Europa y, en particular, de Europa del norte quiénes, entre todos los habitantes del planeta, sacaron más provecho de los conocimientos y modos de organización disponibles en ese tiempo?
Sabemos que, a partir del siglo XVIII, las mejoras en el uso de fuentes de energía, en la capacidad de las máquinas, en la logística comercial y en la organización de la producción permitieron la acumulación de factores de producción en una escala sin precedentes, y que eso dio inicio a la era de la acumulación de capital. Sabemos que esa nueva economía del capital trajo novedades sociales como el crecimiento de las ciudades y la expansión del proletariado y de la burguesía comerciante y manufacturera. Y sabemos que esas transformaciones sociales de máximo calibre encontraron expresión política en el auge de los estados centralizados, el parlamentarismo inglés, el republicanismo revolucionario francés y, más tarde, en los partidos políticos de masas. La era del carbón y del petróleo; del comercio marítimo, la industria y el capital; de la república y la democracia; fue la era de los europeos. No tanto porque hayan sido inventores o pioneros de estas novedades, como por haber terminado siendo los principales beneficiarios de la distribución global del trabajo que trajeron esos cambios.
Sin embargo, en las últimas cinco décadas algo cambió. Los grandes avances de la tecnología y la organización económica empezaron a llegar desde el este de Asia. Por lo menos, desde mediados de la década de 1970 registramos lo que los economistas bautizaron como "el auge asiático" o, los más expresivos, "el milagro asiático". Una cascada de crecimiento económico que comenzó con la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial; siguió con el desarrollo de las economías de Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, que aprovecharon el contexto de la Guerra Fría; se instaló en las costas chinas durante la década del 1980; y ya hace tres décadas derrama sobre las economías de India, Vietnam, Malasia, Indonesia y Bangladesh.
Entre todas estas novedades: la transformación de China; que no es el inicio ni la conclusión de este auge, pero sí su novedad más relevante y significativa. Más relevante, porque la demanda de la economía china terminó volviéndose el motor de toda la economía mundial. Más significativa, porque el desarrollo productivo chino está reorganizando la distribución internacional del conocimiento. Hoy China es el principal socio comercial del mundo con más de 200 socios a los que exporta y de los que importa, según datos del Banco Mundial. Su PBI es prácticamente igual al de toda la Unión Europea, según el Fondo Monetario Internacional. Y la mayoría de los pronósticos -incluyendo, por ejemplo, el del Citibank- esperan que, promediando la década de 2030, el PBI chino sea mayor que el de Estados Unidos. En los últimos cinco años, casi la mitad de las patentes de nuevos inventos fueron solicitadas desde China, según la Organización Internacional de Propiedad Intelectual. China hace punta en energías verdes, transporte, infraestructura, vigilancia e inteligencia artificial. Acaso, por primera vez en 200 años, lo más avanzado tecnológicamente, lo más productivo, lo que genera más riqueza, no provenga del Atlántico norte, sino de Asia y, específicamente, de China. Si esta tendencia se consolida ganará espacio una pregunta: ¿Estamos en la puerta de un cambio de escala epocal: el paso del tiempo de los europeos al tiempo de los chinos?
¿Estamos preparados?
En un bidón de plástico o en las aplicaciones de inteligencia artificial; en un puerto, un campo de paneles solares o en una mina; en el precio de las monedas, de los derivados financieros o de los commodities; en productos y servicios de todas las calidades, se siente el pulso del desarrollo chino. Por su protagonismo descollante en el escenario internacional, por sus inversiones en todos los continentes, por la presencia de sus manufacturas en las operaciones más cotidianas, China toca -no es una exageración:- la vida de todas las personas del planeta.
Esta presencia todavía es una novedad para muchísimas personas en todo el mundo. Y en los países de América Latina esta novedad es un desafío de conocimiento. En esta parte del mundo, las clases de historia, de geografía o de idioma ayudan a sacar el máximo provecho de la región atlántica, donde, sin embargo, hoy las oportunidades son más escasas y la innovación ya no tiene el impulso que tenía cincuenta, cien o ciento cincuenta años atrás.
¿Qué persona que se haya educado en América Latina no puede nombrar tres ciudades de Estados Unidos o tres capitales europeas? Seguramente habrá visto incontables películas de Hollywood, habrá escuchado más de una decena de bandas musicales de habla inglesa y hasta pueda mencionar algún equipo de fútbol europeo. Seguramente sepa cuándo los europeos llegaron a América y es alta la probabilidad de que logre identificar el retrato de, al menos, un líder político europeo de los últimos dos siglos.
Y, sin embargo ¿Cuántos latinoamericanos pueden ubicar a Beijing o Shanghai en el mapa? ¿Cuántos saben que Shenzhen es la capital de la industria tecnológica china, es decir, de la industria tecnológica mundial, o que el alcalde de Chongqing gobierna un distrito de cuarenta millones de personas? ¿Cuántos pueden nombrar un líder histórico chino, además de Mao Zedong? ¿Saben el nombre de una provincia china, un río, una montaña? ¿Pueden imaginar una esquina de Shanghai para representar una escena romántica de una película? ¿O identificar un edificio en el que se tomen decisiones políticas? ¿Mencionar una red social popular en China? Nos faltan imágenes chinas a quienes crecimos pensando que lo más importante del mundo pasaba entre Moscú y Washington por vía atlántica. El mundo actual va de Seúl a San Francisco, llega por el este y por el oeste, y todo parece indicar que en el centro está China.
Superposición de miradas.
Los profesores que dan vida a este libro son especialistas que miran China y Asia desde las humanidades y las ciencias sociales; están formados en historia, filosofía, lingüística, literatura, ciencia política, economía y antropología. Nacieron, trabajan o se formaron en Argentina, tienen conocimiento de China de primera mano y participan de discusiones globales. Son depositarios del vocabulario español y de otros idiomas indoeuropeos; conocen desde niños ideas de trascendencia, cuerpo y origen que llegan desde las religiones monoteístas del Libro; su formación intelectual se alimentó del canon filosófico que busca su origen en la Grecia antigua. Con esas tradiciones a cuestas descubrieron China y siguen estudiándola.
Sus investigaciones cubren un espectro amplio de temas: la tradición intelectual china y la historia de su literatura; el impacto que tuvo en China la expansión europea; las raíces antiguas del orden político chino; las relaciones entre la América colonial y la China imperial; la renovación de las teorías poscoloniales a la luz del auge asiático; las discusiones contemporáneas sobre democracia y desarrollo; los procesos de democratización en Asia y los debates sobre la democracia en China; las migraciones chinas en Argentina y sus efectos y desafíos lingüísticos. Las entrevistas que aparecen en este libro ayudan a modular una agenda relevante para Argentina y los países de América Latina.
Más específicamente, Pablo Blitstein discute las ideas de modernidad y la forma Estado-nación a la luz de la experiencia China de los siglos XIX y XX, cuando Europa se vuelve la locomotora de la economía mundial y China entra en largo declive. Osvaldo Cortesi, describe el renacimiento económico de China posterior a la década de 1980 y discute su relación con las reformas de otras economías dentro y fuera de Asia. Ignacio Villagrán considera la idea de historia universal desde el ángulo chino y ayuda a pensar qué lugar tiene la historia de China en esa narrativa. Mariano Bonialian revisa las hipótesis historiográficas que olvidan el peso del Pacífico en el desarrollo de América, explicando las conexiones entre la América colonial y la China imperial. Axel Gasquet encuentra el rastro de antiguas narrativas sobre Asia en los discursos sobre la China contemporánea. María Elena Díaz analiza si cabe o no cabe el nombre “filosofía” para la tradición intelectual que creció en China. Maya Alvisa Barroso explica la fuerza del budismo como sustrato fundamental de la región. Lelia Gándara repasa discusiones sobre vanguardia, propaganda y cultura oficial en la literatura china del siglo XX. Florencia Sartori esquematiza diferencias entre los idiomas chino y español en el marco de diferencias entre las familias indoeuropea y sinotibetana. Cristina Reigadas describe los mecanismos de participación y consulta en China y piensa la crisis de las democracias desde la experiencia de gobierno de la China contemporánea. Fernando Pedrosa ayuda a entender cómo los vecinos en el sudeste asiático perciben a China, mostrando, a la vez, como lo indio y lo chino se cruzan en esa región. Luciana Denardi describe las migraciones de chinos a la Argentina y reflexiona sobre qué efectos tienen estas migraciones en los imaginarios y vínculos con China. Finalmente, Salvador Marinaro desbroza el concepto de sinofuturismo para pensar cómo se imagina el futuro del tiempo chino. Vasta y meticulosa; superpoblada y desértica; tradicional y futurista; de cara al mar, a los pies de los Himalayas y conectada por desiertos; conocida desde el este y desde el oeste; este libro habla de China con método cubista.
El desgarro interior.
Pero ¿Dónde empieza China y dónde termina? Es difícil calibrar qué es lo mismo y qué es lo diferente de la experiencia china. Porque pensar al otro con más detalle lleva a pensarse uno mismo con más detalle. Y si en el camino la imagen del otro se revela un poco ficcional, también empezamos a sentir que los contornos de nuestra propia identidad se vuelven difusos. El carácter mestizo y contingente de toda identidad y de todo fenómeno se revela.
En este sentido, estudiar China desemboca en una arqueología involuntaria de uno mismo. Pensar los fundamentos de la diferencia china enseña sobre las raíces de nuestra manera de ver. Estudiando la historia de China descubrimos a qué partes del pasado renunciamos, enfrascados, todavía y a pesar de todo, en una mirada decimonónica. El pensamiento chino nos muestra cuán profunda es nuestra pertenencia a las tradiciones helénica, latina y del Libro. Estudiar la modernidad en China ayuda a precisar nuestro lugar en ese movimiento, que no fue el mismo para la pampa húmeda que para la costa limeña; para el desierto de Sonora que para la cuenca del río Orinoco; para el altiplano boliviano que para las islas del mar Caribe. Estudiar la geografía china nos permite mirar nuestros bordes desde afuera, revisar nuestra relación con el Pacífico y reconocer que la frontera entre Europa y Asia es incierta. Conocer las tradiciones chinas recuerda que el “folklore” es una invención, en el clima del romanticismo alemán del siglo XIX, para darle sobrevida en el mundo urbano moderno a viejas tradiciones rurales. Atravesando estas reflexiones, queda a la vista que la idea de América se interpreta en constelación con otras ideas: Europa, Oriente, modernidad, clasicismo, tradición.
Pensar China impulsa un triple giro copernicano en el punto de vista: desde donde miramos el mundo, desde donde miramos la historia y en la tarea de pensar -usando la expresión de Martin Heidegger. Un giro en la manera de ver el mundo, porque un efecto ineludible del estudio de China es una cierta reorganización de la ubicación que le damos a los centros y las periferias, la influencia de una potencia no se siente igual entre sus vecinos que en las antípodas. Un giro en la manera de ver la historia, porque el auge chino revela el carácter circunstancial del momento europeo de la historia de la humanidad, que también habrá de cerrarse como en algún momento se cerró el momento árabe y antes el momento maya o el momento egipcio. Por último, un giro copernicano en la tarea del pensar que exige recalibrar el rol de la originalidad y de la crítica para no equivocar la interpretación de un cierto énfasis político y práctico que distingue a la tradición intelectual china, y que es diferente del tono metafísico y especulativo que caracteriza a las filosofías de Europa o India.
Hacer este ejercicio reflexivo es exigente porque compromete valores que fundamentan nuestras identidades y búsquedas íntimas. Libertad, solidaridad, propiedad, comunidad, nación, originalidad o crítica encuentran en China posiciones relativas y modulaciones diferentes que en América y Europa. Por esto, es imposible acercarse a China sin sentir algún grado de desgarro en el tejido que nos sostiene. Una herida profunda que, paradójicamente, revitaliza discusiones e identidades. No hay que sorprenderse: si pensar al otro es pensarse uno mismo, el tiempo de China también es el nuestro.
Los agradecimientos.
Esta obra es el resultado de años de investigación y exploración que cuentan con el estímulo constante de Agustina, la profesora Agustina Ramón Michel, que apoya esta búsqueda desde su inicio con paciencia, discusiones y de mil maneras más. También es el resultado del diálogo constante con Guillermo Bravo, socio en la editorial Mil Gotas, con quien compartimos la misión de acercar imágenes y conocimiento sobre China al público hispanoparlante, y cuya confianza y respaldo son vitales para estas investigaciones. El apoyo e interés de EUDEBA y su director Gonzalo Álvarez permitieron que estas discusiones académicas lleguen a más personas, siguiendo la mejor tradición de la editorial señera de las universidades argentinas. Los estudiantes, que mantienen mis ideas a prueba y en permanente refinamiento. Finalmente, les agradezco a las profesoras y a los profesores que participaron de estos diálogos, que desde mucho antes de las entrevistas y también después me ayudan a pensar este valiente mundo nuevo.
miércoles, 1 de abril de 2020
El desafío de los capitalismos asiáticos
sábado, 18 de enero de 2020
Traducciones en disputa
Originalmente publicado en Revista Chopsuey nro 2
No extraña que no sobren traductores. ¿Qué duda cabe? el estudio del chino requiere esfuerzo y dedicación. Los rigores del idioma exigen un trabajo sistemático y constante, que sólo puede sobrevivir si se vuelve una obsesión. Pero, además, si uno fue educado en América Latina o en España, y quiere entender el país asiático, necesita un verdadero giro copernicano en la manera de leer los mapas.
Es sabido que, para la cultura china, el centro del mundo y de la historia es el propio territorio. El rock y el cine de Estados Unidos no son hitos de una cultura universal, sino más bien intereses de nicho. Tampoco el mundial de fútbol o la historia de Europa forman parte del conocimiento general. La Guerra Fría china no fue contra Estados Unidos, sino contra la URSS. China tiene una escritura propia, una historia filosófica que apenas registró las discusiones que se realizaban en Europa y un sistema de expresión artístico con contactos muy tardíos con el mundo occidental. En China, la sociedad no se explica a sí misma como una reunión de individuos, ni espera que la innovación surja de la creatividad o de la genialidad, sino del afán por repetir una tarea hasta la perfección.
Las raíces de estas diferencias hay que buscarlas en lo profundo de la historia. China no viene del Iluminismo, de la Revolución Industrial, ni de la filosofía política de Occidente. No es hija del cristianismo ni del helenismo, sino del confucianismo. Contabiliza su propia historia como una sucesión de dinastías y la historia del mundo como lo que pasaba mientras las dinastías se sucedían. Muchas veces se dice que África es el lado B de la ilustración europea, su cara oculta, sin la cual no es posible entender esa historia. Pero China no tiene lugar en ese alfabeto, porque, a pesar de humillaciones militares, ocupaciones y tratados ruinosos, el país nunca fue conquistado.
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Lu Xun, el padre de la literatura moderna china, es uno de los escritores más editados en otras lenguas, y él mismo fue traductor. En muchos textos explicó que estaba interesado en las “traducciones duras”, esto es, versiones que siguieran el original de la manera más fiel posible, aunque el resultado sonara un poco áspero o confuso. En un artículo sobre el autor chino, el escritor y traductor argentino Miguel Ángel Petrecca explica que las traducciones pueden transformar la lengua, llevando y trayendo palabras de un lado a otro. Advierte que ya están circulando en español varias palabras chinas: “tofu”, “taichí”, “Tao”, “chaufán”, “kungfú” o “lichi”, por ejemplo. Él mismo pone en práctica este principio en algunos de sus poemas, uniendo caracteres chinos y palabras en castellano.
Los problemas de traducción son fundamentales para entender el pensamiento chino ¿Qué tienen que ver los ritos de los que habla Confucio con la filosofía política? ¿Qué otros significados tiene la palabra “armonía”, además de ser una manera elíptica de referirse al poder cohersivo del Estado? ¿Qué quiere decir que hay un “templo” dedicado a Confucio? ¿Y a qué se refieren los analistas cuando hablan de una “religión de Estado”?
La extrañeza del vocabulario político chino es tal que se transmite, incluso, a las palabras que nos resultan conocidas. En China, “censura” o “propaganda” no connotan algo negativo, vergonzoso, que deba ser ocultado; por el contrario, son mecanismos de gobierno oficiales. En China se le dijo 大跃进, Da yuejin, Gran Salto Adelante, a la campaña que generó una caída del 30% del PBI. Y también se le dijo 文化大革命, Wenhua dageming, Revolución Cultural, a los años en los que se cerraron universidades y se destruyeron reliquias. La extrañeza del lenguaje político chino está, incluso, en lo que queda sin nombrar. En China, un político puede terminar su discurso sin haber dicho, ni una sola vez, las palabras “ciudadano”, “derechos” ni “libertad”. Esto son sólo algunos ejemplos de los desafíos de traducir el léxico político chino, lleno de ambigüedades, sutilezas, desplazamientos y ecos históricos. De todas las expresiones de la política china, la que hace dos décadas resulta más difícil de interpretar, es un nombre propio: “Partido Comunista”. En este caso, y en todos los anteriores, la traducción no resuelve el misterio, sino que lo expone.
Las dificultades del lenguaje chino, sin embargo, no empiezan ni terminan con el entrenamiento en el idioma. Por el contrario, el desplazamiento del sentido, la metáfora, la ambigüedad son agujeros negros en el mismo corazón del sistema expresivo. Hace unos años, Petrecca y el poeta Yu Jian conversaron sobre este tema. Al respecto, el escritor chino hablaba de lo escurridizo que es el significado de una palabra china. Según él, este se hunde en un espiral en el que se juegan la historia de los diferentes componentes de la escritura, la relación que estos establecen al interior del caracter, los diversos usos que tuvo, su ubicación espacial en relación con las otros caracteres en el mismo texto y, por último, el sonido. Del juego de remisiones y diferencias entre todos estos elementos surge el sentido. “Las palabras aquí, el sentido más allá”, “las palabras terminan, pero el sentido es infinito”, “el significante se mantiene fijo y el significado se expande sin pausa”, dijo Yu Jian a Petrecca.
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A mediados del siglo XIX, los problemas de la traducción inauguraron las discusiones de la política moderna en el seno mismo del Imperio Qing, la última dinastía. En una país humillado y deprimido por su rezago frente a Europa, Estados Unidos y Japón, funcionarios e intelectuales empezaron a preguntarse cómo traducir los avances de los otros países. ¿Por qué mecanismos? ¿En qué medida? ¿En qué áreas? ¿Qué se podía traducir de esas experiencias? Más en concreto, ¿cuáles eran los fundamentos de la superioridad tecnológica de Europa y Estados Unidos? ¿Esa tecnología era compatible con los valores chinos? ¿O había que sospechar de esa tecnología porque era un vector de enfermedades morales? ¿La fuente de la fuerza europea era esa tecnología o, acaso, el fundamento de esa fuerza no era, en definitiva, espiritual: la consagración de la libertad individual?
Estas preguntas impulsaron la discusión desde la derrota militar de 1842, contra la armada inglesa en la primera Guerra del Opio, hasta la fundación del República Popular en 1949. Entre los infinitos ecos de estos cien años de debates, hay una pregunta que resuena en todas las demás: ¿cómo superar el atraso?
Antes de saldarse con una guerra civil, esta polémica se sostuvo a través de un entramado muy complejo de revistas, disputas universitarias, debates intelectuales, exiliados en Japón, viajeros que se aventuraban al Oeste y movilizaciones callejeras. En plena efervescencia, se delinearon tres grandes orientaciones: el reformismo occidentalizador, el neotradicionalismo y el socialismo radical. El primero expresaba las críticas más cáusticas a las maneras tradicionales de ser en China, como el rol de la autoridad, el peso de la aristocracia o la arrogancia cultural frente a las novedades de Occidente. El neotradicionalismo buscaba una reinterpretación de las fuentes chinas que pudiera dialogar con los avances occidentales; mientras que el socialismo radical rechazaba la apatía colectiva de la sociedad y cultivaba la esperanza de una gran transformación social, mirando lo que estaba pasando del otro lado de la frontera en Rusia.
Este debate fue la escuela común en la que se formaron todas las tendencias políticas de la China moderna, y definió un campo de discusiones que se mantuvo vigente durante todo el siglo XX. Porque a la distancia se ven, debajo de las enemistades inamovibles entre los comunistas y nacionalistas, cuatro ideas o sentimientos que dieron forma a una conciencia de época. En primer lugar, la humillación que todas las tendencias sentían por la subordinación a las potencias europeas. Segundo, el reconocimiento de la superioridad tecnológica, administrativa, comercial y económica de esas potencias extranjeras. Tercero, la convicción de que eran necesarias reformas en las maneras chinas de hacer las cosas. Por último, la supervivencia sigilosa de la tradición clásica china se mantenía solapada, incluso, entre las propuestas de cambios más radicales. Estas cuatro ideas definieron la experiencia política china, por lo menos hasta mediados del siglo XX, y tal vez hasta hoy sigan siendo sus puntos cardinales. Salvo, claro, por una: en China ya nadie se siente menos que Europa y Estados Unidos.
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Las vanguardias suelen fundarse con dos preguntas. Una que mira hacia lo desconocido: “¿Qué hace falta aprender?”; y otra que mira a lo conocido: “¿Qué hacemos con el presente?”. Con esas dos preguntas, se construye la novedad, pero también se rescatan aspectos del pasado. Las vanguardias plantean con qué elementos construir un mundo nuevo y aquellos que deben quedar en pie del viejo. China no fue la excepción, y ambas cuestiones marcaron el camino de los vanguardistas, los modernizadores y los reformistas que querían dejar atrás el viejo régimen.
Lu Xun fue el más influyente de los vanguardistas chinos. Protagonizó uno de los cambios más trascendentes del modernismo literario, algo crucial en los debates sobre el sentido de la modernización y los valores tradicionales: la lengua erudita, el wenyan (文言), fue reemplazada por la lengua hablada, el baihua (白话).
Leída únicamente por una minoría educada en la tradición clásica, la vieja lengua erudita se había permanecido casi inalterada desde el principio de los tiempos. La China por venir, pensaba Lu Xun, necesitaba un lenguaje que pudiera contar nuevas historias. Al fin y al cabo, el repertorio de ideas y valores del wenya sólo servía para contar un arrullo melancólico sobre una grandeza que ya no existía. Para Lu Xun, la lengua erudita era el orgullo de una cultura dormida en su arrogancia y él buscaba despertar a China de su sueño jactancioso y tradicionalista. Para eso, necesitaba hablar con otras palabras.
La trascendencia de este cambio puede ilustrarse con una analogía europea. Según el traductor Petrecca, la reforma puede compararse con lo que significó el paso del latín hacia las lenguas vernáculas en las literaturas y filosofías de Europa. La comparación no es exagerada y da la escala para medir el tamaño de lo que estaba en discusión durante esos años. El modernismo chino se planteaba poner al día un país en el que no había habido ni Reforma de la Iglesia, ni Revolución Francesa, ni Revolución Industrial.
Ahora bien, Lu Xun era consciente de que no podía cambiar su país, sin cambiar, también, él mismo. El vocabulario que quería reemplazar era con el que había aprendido leer, los valores que buscaba cambiar eran los que su familia le había legado. No fue el único en esta situación, todos los reformistas chinos tuvieron que revisar sus convicciones más arraigadas. Desde los funcionarios imperiales del siglo XIX, que empezaron los debates sobre qué aprender de las potencias europeas, hasta los líderes históricos del Partido Comunista. Todos querían cambiar a China, pero todos habían recibido una educación basada en la poesía, los autores clásicos, la lengua erudita y la caligrafía. Ninguno podía ignorar el peso de esa tradición. Ninguno sabía si iba a estar a la altura del pasado que quería dejar atrás. Pero todos tenían una certeza: lo que querían cambiar empezaba muy adentro suyo.
Pensando esto, Petrecca explica que la modernidad china está fundada en el trauma de una ruptura, pero que, a diferencia de otros procesos modernizadores, el quiebre no es contra un conquistador o un tirano. El trauma chino es un desgarro interior: no encontrar otra salida, más que romper deliberadamente con uno mismo.
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Sería un error, sin embargo, pensar que las principales dificultades para aprender de China vienen de su idioma. El principal problema es la falta de imágenes. En la actualidad, en América Latina hay dos grandes imaginarios sobre China: el del paisaje bucólico de la poesía, la música y la pintura clásicas; y el de la superpotencia de los medios de comunicación y los analistas internacionales. Tal vez, se podría agregar un tercer imaginario que circula en las redes sociales y las noticia de color, el de la China absurda. “Chino intentó viajar con su tortuga en un avión, escondiéndola en una hamburguesa”, informó el diario hongkonés South China Morning Post, tan solo un ejemplo de esta tendencia.
Interpretar estos imaginarios expone a cualquiera a varios desafíos. No porque estas imágenes sean falsas, no existan o sean exageradas, más bien porque efectivamente están allí, pero tienen la medida que cada cual les quiere asignar. La dificultad está en calibrar hasta dónde responden las preguntas que cada uno ya tenía sobre el país asiático.
Para eso hace falta un aparato crítico que ubique esas imágenes en un contexto, que las pese en relación con otras. La China clásica bucólica, por ejemplo, es hermana –o, tal vez, hija- de la China budista, de la China taoísta y de la China confuciana, y también forma parte de la China moderna actual. Es, de hecho, un producto más de la modernidad. Si las imágenes plácidas de montañas y ríos llegaron hasta el mundo hispano, lo más probable es que haya sido a través de un tradicionalismo, incluso un orientalismo autoimpuesto, común en la industria cultural china en su búsqueda por comunicarse con nuevos mercados. Basta ver el catálogo de películas chinas en las plataformas hispánicas de Netflix, mayoritariamente ambientadas en “la china milenaria”.
Por otro lado, en América Latina, la idea de China como potencia oscila entre dos campos de interpretación. O bien, el que insiste sobre el miedo estadounidense ante el crecimiento China, o bien, el de la reivindicación vernácula antiimperialista. El miedo aparece simplemente en los medios norteamericanos con más repercusión en América Latina. Una búsqueda rápida en octubre de 2019 en el sitio del New York Times mostraba que los diez primeros diez artículos al poner como palabra clave “China” eran malas noticias, críticas o tenían la premisa de que en el gigante asiático estaba pasando algo fundamentalmente incómodo o equivocado. En el sitio del Washington Post, nueve de cada diez artículos eran similares. En el de Los Angeles Times, también nueve malas noticias sobre diez. En el Wall Street Journal, había noticias que asociaban a China con Irán y con Venezuela. Por otra parte, no apareció ninguna noticia sobre el anuncio de Nicolás Maduro de inversiones inmediatas para respaldar a Huawei en su disputa con gobierno de Estados Unidos. De los discursos sobre la China absurda, por último, mejor cuidarse, porque nunca salió nada bueno de reírse del otro.
Las imágenes chinas llegan a cuentagotas a las costas americanas. Lo que conocemos como “industria cultural” no tiene en China el ímpetu exportador que tiene en Estados Unidos o, incluso, otros países, como Japón y Corea del Sur. Con sus propias redes sociales y plataformas, son muy pocas las películas y las bandas chinas que circulan por América Latina o España, el tamaño del público local ya ofrece muchas oportunidades para las producciones chinos. Los lenguajes que tienen más éxito para establecer un vocabulario común son los sistemas operativos de los teléfonos celulares, los videojuegos y la ciencia ficción.
En este contexto, traducir del chino al español es, todavía, un esfuerzo por acercar fragmentos del mundo chino a nuestro idioma. El invierno de Beijing, los usos del color rojo, la presencia del campo en las ciudades, las formas de la vida familiar, el trasfondo que otorgan los veintidós siglos de continuidad jurídica son trozos con los que armar una maqueta del país asiático. Estos fragmentos que van llegando son condición de posibilidad para la formación de un gusto, un paso imprescindible para pensar qué es China y cómo traducirla.


