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martes, 12 de diciembre de 2023

Tomar la palabra

Artículo orginalmente pblicado en Revista Seul: https://seul.ar/tomar-la-palabra/

Patricia Bullrich y Javier Milei son candidatos de espacios distintos, pero disputan la conducción de un mismo movimiento, el que nació el 24 de agosto de 2019 cuando las bases cambiemitas desafiaron la máxima duranbarbista de que sólo los peronistas querían hacer política. Esa tarde, sin saber si habría alguien para recibirnos, decenas de miles de personas marchamos en diferentes ciudades para mostrar que la derrota en las PASO no nos retiraba de la escena. Después de haber soportado 12 años de revolución cultural kirchnerista, con sus fotos escupidas, sus informes de 678, sus maestros militantes y el cumpleaños feliz al ritmo de la marcha peronista, no nos íbamos a ir en silencio, como si nuestra presencia hubiera sido una equivocación por la que teníamos que pedir perdón. Huérfanos de ejemplo, las bases se pusieron a la vanguardia del movimiento.

Aquella movilización desencadenó un potencial militante que el fukuyamismo tardío decía que no existía. Hoy hablamos de ese renovado espíritu militante como los actos del Sí, se puede, y evocan en nuestro recuerdo la gira de Deng Xiaoping por el sur de China en 1992. Ese año, con 88 años y ya retirado del día a día del gobierno, el gran maestro de la apertura china se largó a un viaje por el sur del país para hacer campaña en favor de más reformas económicas cuando los mandos del gobierno empezaban a temer que la nueva China hubiera traspasado la raya de lo aceptable. Deng visitó Shenzhen, Zhuhai, Guangzhou y Shanghai, las ciudades que más habían se habían beneficiado por las reformas, para decirles a sus habitantes que ellos eran los únicos que podían sostener el cambio con su ejemplo y firmeza. La gira revitalizó el impulso reformista en el preciso momento en que la disolución de la URSS se volvía una imagen obsesiva entre los cuadros del partido.

En nuestro país, el fervor activista del Sí, se puede de 2019 no salió de la nada, había estado germinando bajo tierra durante muchos años en el almuerzo del trabajo, volviendo en colectivo, en la fila del recital, a la salida del teatro. En esas conversaciones, siempre hubo alguien que, por carácter, por orfandad de argumentos o por miedo a alguna represalia, guardó silencio para no decir en voz alta que no le gustaba lo que hacían el gobierno o sus seguidores. Un escrache en el bar, en el trabajo o en la facultad era peor que volverse un poco amargado a casa mascullando impotencia. Los que en ese tiempo se animaron a presentar críticas jugaron siempre de visitante. Tiraron sin escudo contra los batallones militantes que se improvisaban en cada reunión por la presencia de una nueva víctima propiciatoria: ningún kamikaze termina bien. El resto atravesó esos años un poco en soledad, un poco en silencio, un poco guardados.

El triunfo de Cambiemos en 2015 le dio otro tono a las cosas y esos silencios se fueron perdiendo, en un lento proceso de maduración política. Muchas personas volvieron a pensar su relación con la actividad política, en particular con algunos de sus dispositivos más clásicos: la discusión, el liderazgo o la movilización. Esta maduración, no obstante, siguió siendo un trance personal que cada quien dejó crecer a su manera y a su tiempo, porque el movimiento todavía no estaba para grandes encuentros colectivos. Fue un vérselas consigo mismo, con las broncas y con las vergüenzas que te quedan cuando no pudiste evitar que pongan tu casa patas para arriba. De a poco, sin embargo, fue contagiándose una conciencia o, tal vez, sólo una intuición, de que podría ser útil –alguno dijo “necesario”– volver a vincularse con ejercicios democráticos elementales que se habían abandonado después del gran cataclismo de 2001. Aquella incipiente resocialización política tuvo lugar sin programa ni lecturas políticas ni referencias históricas. No hubo formación ni pedagogía políticas: para el duranbarbismo eran cosas de déspotas. Fue todo ganas de juntarse y participar y encontrar la manera de hacerlo. Así, cuando los militantes de Cambiemos revisaron su relación con la política, también revisaron las formas despolíticas que desde la cima del espacio se proponían como virtud o astucia.

NI PENSAMIENTO NI CRÍTICO

Con esta experiencia a cuestas, a partir de 2019 floreció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas con los escraches, los piquetes, las tomas y las huelgas, y con toda la parafernalia ideológica que los respalda, desde el chavismo al ambientalismo, pasando por el estructuralismo económico, el lacanismo y la psicogénesis en la enseñanza de la escritura. Su denominador común ha sido el rechazo de las hipérboles estrafalarias de las militancias, como el negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo. La principal amalgama es la sensación compartida de que la sociedad argentina fue desfondada como una mochila tajeada en el tren. La demografía del movimiento es una cuenca: su río central es el anti-kirchnerismo, que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. Uno empezó a transformarse en el otro en el salto del 8-N, en 2012. Río abajo, los grandes afluentes fueron la bronca contra el encierro eterno, los cierres de escuelas y los vacunados vip, y la desesperación de ver cómo el remolino de la inflación nos iba chupando. Por ahí llegaron personas que no venían del anti-kirchnerismo, muchos menos de una historia antiperonista. En este gran cauce también desembocaron les enojades con el feminismo y los que discutían contra la memoria kirchnerista de los ’70. Todo se mezcló en la cuarentena, gran embalse del tiempo y de la vida.

Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchernismo porque, en primer lugar, no puede ser pensado por esa imaginación. Jóvenes que reivindican a Carlos Menem; candidatos que compiten por el ajuste. La fórmula del libertario austríaco con la activista por las víctimas de la guerrilla saca el 30% de los votos en la elección presidencial. Para el kirchnerismo, el país se volvió una colección de oxímorones, pesadillas y anatemas. Su vocabulario ya no apunta a ninguna experiencia reconocible, es un diccionario que no designa nada. Un “significante vacío” del que Laclau no avisó. El lenguaje de los años kirchneristas se nos vuelve una ruina abandonada por el tiempo, un trabajo para arqueólogos. Las palabras ya empezaron su migración: pueblo, mercado, democracia, justicia, gobernabilidad, kirchnerismo, Bullrich, Milei, Massa, Lousteau, en dos años van a significar cosas muy diferentes a lo que significan hoy.

Si se hunde la experiencia que lo hizo necesario, un vocabulario se hunde con ella. El estatismo deficitario, el proteccionismo anti-exportador, la vigilancia sobre los mercados, encontraron su límite y con ellos la parafernalia ideológica que sostenían. La crisis económica deja una crisis de ideas: no, no era cierta la promesa nestorista de que la Argentina podía volver a vivir como en los años ’60, trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista y esta evidencia pone en suspenso las verdades de los últimos 20 años.

La obsolescencia del lenguaje post-2001 es la causa del Estado de interpretación febril en el que entramos ni bien se conocieron los resultados de las PASO. El graph en la pantalla nos notificó que vivíamos en el pasado. Afásicos súbitos, nos faltaron las palabras: enmudecíamos a los gritos, mientras veíamos los resultados. Ahora se notan más los aportes de Esteban Schmidt, Pola Oloixarac o Franco Rinaldi, que desde mucho antes de 2015 ya hablaban en lenguas que no siguen los dogmas del kirchnerismo. Cada uno lo excede con diferentes dosis de futuro y de pasado. Son de la generación que llegó a la historia con la 125, pero no forman parte de ella porque ellos ya estaban acá cuando Kirchner pidió perdón por lo que nadie había hecho.

Este torrente anti-pensamiento crítico, por lo tanto alumbró dos liderazgos: Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, fuerte; Milei, voraz. Bullrich, la que pone orden; Milei, el que dice lo indecible. Bullrich, incombustible; Milei, fuego. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. Si la competencia entre ambos genera desconcierto es porque esa discusión está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando. Los términos de esa discusión recién están siendo escritos. La moneda en el aire, pero ya sabemos que el que gané será el primer presidente pos-kirchnerista.

viernes, 30 de abril de 2021

Socialdemocracia, del ocaso a la revisión

Originalmente publicado en Nuevos Papeles:

Este artículo presenta una hipótesis sobre las dificultades de la socialdemocracia en la Argentina post-2001: que un cierto déficit interpretativo socialdemócrata relegó sus ideales y valores en el debate argentino de los últimos veinte años. Sigue la discusión abierta por Hernán Iglesias Illa, en la que participaron Hernán Charosky, Mariano Schuster y Fernando Pedrosa, y a la que habría sumar un documento de Jesús Rodríguez. Por otra parte, las ideas de este artículo cierran el arco de otros dos artículos publicados en los últimos meses: De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001 y De la urgencia democrática a la económica. 

Argentina 2001 fue el primero de muchos derrumbes socialdemócratas. En Brasil, la socialdemocracia quedó desplazada por el PT después de 2002. En Venezuela, la Acción Democrática se derrumbó con el resto del sistema político pre-Chávez. La socialdemocracia alemana se mantiene a la sombra de Merkel desde 2005. El laborismo británico no gobierna desde 2010. El PASOK griego, el partido que más tiempo gobernó Grecia durante los 80´s y 90´s, tiene hoy ínfima repercusión electoral, después de su colapso en 2012. En España, el PSOE administra su propia sucesión desde la aparición de Podemos en 2014. En Francia, el socialismo se derrumbó en las elecciones presidenciales de 2017 quedando en quinto lugar, con el 6,36%.

2001 fue el trueno más abrumador de una tormenta que, por un lado, había empezado a gestarse décadas antes con el debilitamiento del Estado de Bienestar y, por el otro, se aceleró con las transformaciones en la democracia de los últimos veinte años. Por una parte, el punto más alto de la economía de bienestar quedó en algún momento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el shock petrolero de 1973. Desde entonces, esa manera de organizar la economía declinó por la erosión de tres fuerzas de calibre verdaderamente histórico: el cambio de precios relativos internacionales, producto del shock petrolero; el debilitamiento del movimiento socialista internacional que siguió a la disolución de la Unión Soviética; y la presión de miles de millones de trabajadores asiáticos incorporándose al mercado global de trabajo. Como consecuencia, los beneficios estatales y el salario de los trabajadores no dejaron de degradarse en Europa, en Estados Unidos y en los países de su periferia que habían logrado cierta prosperidad, como la Argentina. El nuevo equilibrio entre capital y trabajo cambió la cara de muchas sociedades, y el reflejo en el espejo sorprendió especialmente a los países que no pudieron acomodar sus economías al nuevo escenario. 

Por otra parte, la democracia cambió significativamente en los últimos veinte años. Cambiaron las formas de protestar y el uso del espacio público, generalizándose lo que se había anunciado en los primeros piquetes de los 90’s. Cambiaron los tiempos y tonos del debate público revolucionado por las redes sociales. El mapa político se reorganizó como consecuencia del achicamiento de la UCR, la peronización de la política y la pérdida de protagonismo de los partidos. Sin embargo, el cambio más importante no es ninguno de estos, sino uno más estructural y que es el suelo en el que crecieron todos los otros cambios: el empobrecimiento de las clases medias que siguió al declive de la economía de bienestar. 

Estas transformaciones y novedades dan contexto al retroceso de la socialdemocracia, pero el repliegue socialdemócrata no es tanto consecuencia de los cambios, como de la dificultad para interpretarlos. En la Argentina, este déficit interpretativo es una causa central del cisma y del declive de la socialdemocracia. Del cisma, porque desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia reconocemos dos grandes grupos socialdemócratas: el que se lamenta por los cambios en el capitalismo y el que se lamenta por los cambios en la democracia. El primero desconfía de las reformas económicas de los años 90 y añora la economía que empezó a terminar en 1973. El segundo critica las prácticas políticas post-2001 y añora las esperanzas de 1983. Por otra parte, del declive, porque ambos grupos custodian los escombros de un capitalismo y una democracia que ya no son, ni funcionan. Padecen el decadentismo de sus propias narrativas: sin un horizonte optimista enunciado con sus propias palabras, sobreviven en el vasallaje de otros lenguajes.  

Contra una idea muy difundida, estas dificultades de interpretación no se resuelven corrigiendo la posición de la socialdemocracia en el eje izquierda-derecha, porque la crisis de la socialdemocracia es, justamente, una manifestación más en la crisis de ese eje. La socialdemocracia no puede ser un punto entre el capitalismo y el socialismo, porque el socialismo no existe más. No puede ser un punto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, porque la Unión Soviética no existe más. Si hay un intervalo de posibilidades entre el capitalismo de Estados Unidos y el de China, quizás ahí haya un nuevo eje para ubicarse. Pero, cada vez que se piensa la situación de la socialdemocracia como una discusión sobre la izquierda y la derecha, se compran los problemas generales de la segunda discusión sin resolver ninguno específico de la primera.

La socialdemocracia argentina tampoco puede superar estos límites atada “a lo que todavía queda” del bienestar económico del 73 o del compromiso democrático del 83, que es cada día menos y para menos personas. Y cada año que pasa se achica el número de personas que recuerdan esas experiencias. “Lo que todavía queda” de los años dorados de la Argentina se ajusta mal a las transformaciones de la economía y de la democracia. Se intenta compensar este problema con dramatismo comunicativo. Una y otra vez, se repite el parte de una terapia intensiva crónica: que el estado de bienestar apenas sobrevive, que la muerte de la república es inminente. Pero el recurso al sensacionalismo deja al descubierto el agotamiento de esas ideas. No hace falta ser un especialista en teoría política para sentir la incongruencia entre el discurso de la socialdemocracia y lo que vivimos en la calle cada día. 

Esta incongruencia es la señal de una fatiga. No de los valores de la socialdemocracia, ni de sus aspiraciones, pero sí de una manera de interpretar la Argentina post-2001. Los socialdemócratas no podemos resolver este déficit sin revisar lecturas que nos guían desde 1983, pero agotadas después de 2001. A diferencia de lo que afirmábamos en los 80's, hoy podemos decir que la violencia política no venía de afuera de la sociedad y que con la democracia no alcanza. Por otra parte, mucho de lo que sostuvimos en las discusiones económicas de los 90’s estaba equivocado. En primer lugar, las reformas de esos años iban en la dirección correcta, y eran necesarias, cuando no inevitables. En segundo lugar, la naturaleza del mercado no es la de un adversario político: no puede ser vencido acumulando fuerza política. En tercer lugar, la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Por último, después de 2001, tres cosas sabemos con toda certeza: que la ética democrática que promovimos desde los 80’s arraigó menos de lo que quisimos; que nuestra democracia realmente existente no está amenazada por la impunidad, sino fundada en ella; que la Argentina ya no es una sociedad de clases medias escolarizadas y con trabajo estable.

Los desafíos de la socialdemocracia no son meramente “de comunicación” o superficiales. Si queremos recrear la socialdemocracia después del fin de la socialdemocracia, necesitamos un giro copernicano que permita hablar con esperanza de la política, la economía y la sociedad que todavía describimos con lamentos. Nos hacen falta marcos para hablar de la Argentina tal como es hoy, y no de la Argentina “que todavía es”, “la que alguna vez fue” o “la que ya no es”.