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martes, 22 de agosto de 2023

Schmidt, Oloixarac y Rinaldi ya lo saben.

Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, robusta; Milei, voraz. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. El torrente anticrítico alumbró dos liderazgos.


Patricia y Milei disputan la conducción del movimiento que empezó el 28 de septiembre de 2019, cuando las bases cambiemitas desafiaron el mantra kirchnerista, y duranbarbista, de que sólo los peronistas querían organizarse políticamente. 


Esa noche, unas decenas de miles de porteños marcharon a Plaza de Mayo para mostrar que la derrota no los retiraba de la escena, después de haber soportado doce años de revolución cultural kirchnerista. Desde entonces, creció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas los gobiernos del "pensamiento crítico" y pone en revisión las hipérboles estrafalarias de las militancias. El negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo, algunas de las doctrinas más criticadas.


El movimiento tiene varios afluentes. Su río central es el antikirchnerismo que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. El 8N de 2012, uno empezó a transformarse en el otro. Su otro gran afluente, río abajo, es la desesperación. Veintidos años después de 2001, hay más pobreza, más narcotráfico, más inseguridad, más inflación, menos salario, peor servicio de educación, peor servicio de salud. 


Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchnerismo porque su brío revela que ese vocabulario de estado caducó. Es la obsolescencia del lenguaje post-2001 la causa de tanta actividad interpretativa. La necesidad de entender nos pone en estado de deliberación permanente, porque las palabras ya empezaron su migración, empezando por la palabra “pueblo”. De acá a dos años, democracia, Bullrich, Milei, Massa, mercado y kirchnerismo van a significar cosas muy diferentes a los que significan hoy. 


La discusión entre Bullrich y Milei está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando.

 

sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

martes, 7 de septiembre de 2021

La oposición y China

Originalmente publicado en diario La Nación:


El arco opositor necesita renovar su mirada sobre China. Segunda economía del mundo y principal fuente de dólares de la Argentina; hace veinte años integra la Organización Mundial del Comercio; y su desarrollo lleva a intelectuales de todo el mundo a revisar sus ideas sobre capitalismo y democracia. Sin embargo, los pocos referentes opositores que le dedican alguna palabra, lo hacen para alimentar la discusión local, asociándola al chavismo, repitiendo siempre dos epítetos: comunista y dictadura. Calificaciones confusas que pasan por alto que la prosperidad china es consecuencia de una política de liberalización económica que incluyó desregulación de precios, privatización de empresas, incentivos para la inversión extranjera y fomento del comercio internacional. Queda a la vista que entre los opositores todavía está pendiente una reflexión sobre China. Mientras tanto, crecen caracterizaciones imprecisas, cuando no fantasiosas, que inhiben una discusión informada sobre China. Sin una estrategia de acercamiento propia, la oposición se excluye de la discusión sobre cómo trabajar con China y se queda sin programa para vincularse con el principal comprador de las exportaciones argentinas. 

En contraste, el kirchnerismo sostiene una visión robusta y de largo plazo para la relación entre China y Argentina, que se remonta al viaje del presidente Kirchner en 2004. Quince años después el vínculo sigue creciendo. Hace semanas el presidente Fernández participó de la reunión que convocó Xi Jinping para celebrar el centenario del Partido Comunista Chino, en la que también participaron presidentes y líderes de partido de Kazajistán, Rusia, Vietnam, Cuba, Filipinas, Camboya, Zimbabwe, Palestina, Serbia, Pakistán, Mozambique, Congo Brazzaville, Sri Lanka, Bolivia, Marruecos, Sudán del Sur y España. Semanas antes, referentes del Partido Justicialista ya habían hablado en el seminario organizado por la embajada china en la Argentina. Representaron al PJ el senador Jorge Taiana, secretario de Relaciones Internacionales del Partido Justicialista, la diputada Cristina Álvarez Rodríguez, vicepresidente del Partido Justicialista, Francisco Cafiero, el secretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa. Estos encuentros del más alto nivel son los frutos notorios de un trabajo constante, de largo aliento y bajo perfil para construir vínculos entre los partidos, que incluye reuniones entre cuadros justicialistas y comunistas, encuentros en foros internacionales y giras.

Estos vínculos no pueden explicarse sin una red de especialistas experimentados y solventes que desde cátedras universitarias, centros de estudios especializados, organismos de gobierno y cámaras empresariales, asesoran y alimentan el encuentro entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista Chino. El actual embajador en China, Sabino Vaca Narvaja, es un emergente de ese tejido. Con la ayuda de estos expertos, la dirigencia kirchnerista dio forma a un marco interpretativo para describir el entendimiento entre peronismo y comunismo. Esa narrativa se apoya en apelaciones que van desde el bienestar de los trabajadores hasta la convergencia de los reclamos por Malvinas y Taiwán, pasando por coincidencias teóricas entre Perón y Mao, con la consigna del antiimperialismo como un eje central.

En contraste, la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio todavía mira China desde lejos. Con excepción de Mauricio Macri, ninguno de los miembros de su mesa nacional viajó a este país y Gerardo Morales es el único gobernador que hace años trabaja con el gobierno y empresas chinas. Ninguna de las fundaciones de los tres partidos más importantes de la coalición ha presentado publicaciones o actividades sobre la relación entre China y Argentina. Y en la web oficial de la coalición ni el resumen de la plataforma electoral ni el resumen de la gestión presidencial mencionan nada sobre el país. Sin embargo, otro documento, el informe detallado de gestión rescata logros importantes del gobierno de Mauricio Marci: dos visitas de Estado recíprocas, construcción del parque de energía solar en Jujuy y del observatorio espacial en Neuquén, obras de transporte ferroviario y vial, apertura de mercados chinos para exportaciones de carne, cerezas y caballos. Este desfasaje entre el sitio web y el informe detallado de gestión indica que si todavía no hace falta hablar de China en campaña, ya es inevitable hacerlo en la gestión. 

La falta de atención no afecta exclusivamente a China sino que caracteriza la agenda asiática en general. Llegan más dólares a la Argentina desde los países del Sudeste asiático que desde el Mercosur; Vietnam es el segundo destino de las exportaciones cordobesas; y este país, India, e Indonesia fueron visitados tanto por Cristina Kirchner como por Mauricio Macri. Sin embargo, la región sigue siendo una discusión de nicho y una agenda política de pocos. 

En este contexto, se destacan los esfuerzos de Diego Guelar, ex embajador en China durante todo el gobierno de Maurico Macri, para que Juntos por el Cambio tenga una narrativa productiva sobre China. Aporta sistemáticamente información sobre el rol vital de China para la economía argentina, difunde los logros del gobierno de Macri y destaca posibles puntos de entendimiento entre ambas culturas. Guelar es consciente de que Juntos por el Cambio necesita su propia estrategia de acercamiento a China. Y sus presentaciones sobre el tema dan cuenta de que Juntos por el Cambio puede acercarse, incluso, con perspectiva liberal ¿O, acaso, las democracias más logradas del mundo no tienen vínculos con China, sus empresas y su gobierno?  ¿O el desarrollo chino no desafía las interpretaciones estructuralistas de la dependencia según las cuáles hay un orden internacional que asegura que los países pobres se mantengan pobres? La prosperidad china, sin embargo, es fruto del comercio internacional, las inversiones extranjeras y la integración de su economía con las de las potencias industrializadas, todas democracias.

Con esto en mente, si la oposición quiere alcanzar una narrativa propia y productiva sobre China necesita evitar tres reflejos muy a la mano: confundir la discusión, negar la novedad, mimetizarse. En primer lugar, si se quiere discutir sobre China hay que asegurarse que la conversación sea sobre China y no sobre Venezuela o Estados Unidos. Cada vez que se critica a China por sus vínculos con el chavismo o por su disputa geopolítica con Estados Unidos se pierde claridad sobre las oportunidades y los desafíos que China representa para la Argentina. China es demasiado importante para quedar confundida en otras discusiones. 

En segundo lugar, para aprender de China hay que asumir su novedad y singularidad. China crea sus propias soluciones innovando en tecnología, políticas públicas e, incluso, arreglos sociales. Desde el comunismo chino, que fue una creación inesperada cuando se pensaba que el socialismo no podía desarrollarse en una sociedad mayoritariamente agraria; hasta la idea de poner en cuarentena a un país entero; pasando por una transición al capitalismo sui generis, la creación de un firewall nacional para controlar la navegación en Internet, el uso del teléfono celular para expandir la inclusión financiera. A la vez que tiene un sistema político de partido único, es una sociedad de consumo en la que el trabajo es una mercancía y los bienes y servicios se distribuyen con mecanismos de mercado. Las oportunidades de la economía y los debates de la política se entienden mejor pensando cómo esta combinación posible, antes que usando el vocabulario de la Guerra Fría. 

En tercer lugar, para vincularse con el gobierno chino no hace falta renunciar a los criterios propios. Analistas de todas las tendencias coinciden en que China no está en campaña para exportar su criterios políticos, ni busca imponer un nuevo modelo de gobernanza global. Aunque en aspectos como el rol de la prensa, la administración de justicia o los derechos individuales el Partido Comunista no sigue estándares liberales, ninguna de las democracias más influyentes abandonó el camino de entendimiento mutuo con China. Theresa May visitó el país dos veces, en 2018 y 2016, y antes David Cameron en 2013. Macron una, en 2019, y antes Hollande tres veces, en 2013, 2015 y 2016. Obama tres veces: en 2009, 2014 y 2016, y Trump una, en 2017. Merkel viajó doce veces a China desde que asumió como canciller en 2005. Derechos Humanos, economía verde, balanza comercial, cooperación tecnológica, seguridad internacional, gobernanza de Internet, aranceles; cada gobierno discute su propia agenda y prioridades, sin necesidad de mimetizarse con la del gobierno chino. 

Acercarse a China es un camino de tareas exigentes. Una historia de miles de años, doce horas de diferencia horaria y compras de productos argentinos por 8.600 millones de dólares necesitan una discusión específica y un vocabulario exacto. En una entrevista reciente, Fernando Pedrosa, uno de los máximos especialistas argentinos sobre Asia, captó el riesgo de no tomarse el trabajo: durante el siglo XX la dirigencia argentina no entendió a Estados Unidos; durante el siglo XXI, no puede caer en el mismo error con China.


viernes, 30 de abril de 2021

Socialdemocracia, del ocaso a la revisión

Originalmente publicado en Nuevos Papeles:

Este artículo presenta una hipótesis sobre las dificultades de la socialdemocracia en la Argentina post-2001: que un cierto déficit interpretativo socialdemócrata relegó sus ideales y valores en el debate argentino de los últimos veinte años. Sigue la discusión abierta por Hernán Iglesias Illa, en la que participaron Hernán Charosky, Mariano Schuster y Fernando Pedrosa, y a la que habría sumar un documento de Jesús Rodríguez. Por otra parte, las ideas de este artículo cierran el arco de otros dos artículos publicados en los últimos meses: De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001 y De la urgencia democrática a la económica. 

Argentina 2001 fue el primero de muchos derrumbes socialdemócratas. En Brasil, la socialdemocracia quedó desplazada por el PT después de 2002. En Venezuela, la Acción Democrática se derrumbó con el resto del sistema político pre-Chávez. La socialdemocracia alemana se mantiene a la sombra de Merkel desde 2005. El laborismo británico no gobierna desde 2010. El PASOK griego, el partido que más tiempo gobernó Grecia durante los 80´s y 90´s, tiene hoy ínfima repercusión electoral, después de su colapso en 2012. En España, el PSOE administra su propia sucesión desde la aparición de Podemos en 2014. En Francia, el socialismo se derrumbó en las elecciones presidenciales de 2017 quedando en quinto lugar, con el 6,36%.

2001 fue el trueno más abrumador de una tormenta que, por un lado, había empezado a gestarse décadas antes con el debilitamiento del Estado de Bienestar y, por el otro, se aceleró con las transformaciones en la democracia de los últimos veinte años. Por una parte, el punto más alto de la economía de bienestar quedó en algún momento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el shock petrolero de 1973. Desde entonces, esa manera de organizar la economía declinó por la erosión de tres fuerzas de calibre verdaderamente histórico: el cambio de precios relativos internacionales, producto del shock petrolero; el debilitamiento del movimiento socialista internacional que siguió a la disolución de la Unión Soviética; y la presión de miles de millones de trabajadores asiáticos incorporándose al mercado global de trabajo. Como consecuencia, los beneficios estatales y el salario de los trabajadores no dejaron de degradarse en Europa, en Estados Unidos y en los países de su periferia que habían logrado cierta prosperidad, como la Argentina. El nuevo equilibrio entre capital y trabajo cambió la cara de muchas sociedades, y el reflejo en el espejo sorprendió especialmente a los países que no pudieron acomodar sus economías al nuevo escenario. 

Por otra parte, la democracia cambió significativamente en los últimos veinte años. Cambiaron las formas de protestar y el uso del espacio público, generalizándose lo que se había anunciado en los primeros piquetes de los 90’s. Cambiaron los tiempos y tonos del debate público revolucionado por las redes sociales. El mapa político se reorganizó como consecuencia del achicamiento de la UCR, la peronización de la política y la pérdida de protagonismo de los partidos. Sin embargo, el cambio más importante no es ninguno de estos, sino uno más estructural y que es el suelo en el que crecieron todos los otros cambios: el empobrecimiento de las clases medias que siguió al declive de la economía de bienestar. 

Estas transformaciones y novedades dan contexto al retroceso de la socialdemocracia, pero el repliegue socialdemócrata no es tanto consecuencia de los cambios, como de la dificultad para interpretarlos. En la Argentina, este déficit interpretativo es una causa central del cisma y del declive de la socialdemocracia. Del cisma, porque desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia reconocemos dos grandes grupos socialdemócratas: el que se lamenta por los cambios en el capitalismo y el que se lamenta por los cambios en la democracia. El primero desconfía de las reformas económicas de los años 90 y añora la economía que empezó a terminar en 1973. El segundo critica las prácticas políticas post-2001 y añora las esperanzas de 1983. Por otra parte, del declive, porque ambos grupos custodian los escombros de un capitalismo y una democracia que ya no son, ni funcionan. Padecen el decadentismo de sus propias narrativas: sin un horizonte optimista enunciado con sus propias palabras, sobreviven en el vasallaje de otros lenguajes.  

Contra una idea muy difundida, estas dificultades de interpretación no se resuelven corrigiendo la posición de la socialdemocracia en el eje izquierda-derecha, porque la crisis de la socialdemocracia es, justamente, una manifestación más en la crisis de ese eje. La socialdemocracia no puede ser un punto entre el capitalismo y el socialismo, porque el socialismo no existe más. No puede ser un punto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, porque la Unión Soviética no existe más. Si hay un intervalo de posibilidades entre el capitalismo de Estados Unidos y el de China, quizás ahí haya un nuevo eje para ubicarse. Pero, cada vez que se piensa la situación de la socialdemocracia como una discusión sobre la izquierda y la derecha, se compran los problemas generales de la segunda discusión sin resolver ninguno específico de la primera.

La socialdemocracia argentina tampoco puede superar estos límites atada “a lo que todavía queda” del bienestar económico del 73 o del compromiso democrático del 83, que es cada día menos y para menos personas. Y cada año que pasa se achica el número de personas que recuerdan esas experiencias. “Lo que todavía queda” de los años dorados de la Argentina se ajusta mal a las transformaciones de la economía y de la democracia. Se intenta compensar este problema con dramatismo comunicativo. Una y otra vez, se repite el parte de una terapia intensiva crónica: que el estado de bienestar apenas sobrevive, que la muerte de la república es inminente. Pero el recurso al sensacionalismo deja al descubierto el agotamiento de esas ideas. No hace falta ser un especialista en teoría política para sentir la incongruencia entre el discurso de la socialdemocracia y lo que vivimos en la calle cada día. 

Esta incongruencia es la señal de una fatiga. No de los valores de la socialdemocracia, ni de sus aspiraciones, pero sí de una manera de interpretar la Argentina post-2001. Los socialdemócratas no podemos resolver este déficit sin revisar lecturas que nos guían desde 1983, pero agotadas después de 2001. A diferencia de lo que afirmábamos en los 80's, hoy podemos decir que la violencia política no venía de afuera de la sociedad y que con la democracia no alcanza. Por otra parte, mucho de lo que sostuvimos en las discusiones económicas de los 90’s estaba equivocado. En primer lugar, las reformas de esos años iban en la dirección correcta, y eran necesarias, cuando no inevitables. En segundo lugar, la naturaleza del mercado no es la de un adversario político: no puede ser vencido acumulando fuerza política. En tercer lugar, la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Por último, después de 2001, tres cosas sabemos con toda certeza: que la ética democrática que promovimos desde los 80’s arraigó menos de lo que quisimos; que nuestra democracia realmente existente no está amenazada por la impunidad, sino fundada en ella; que la Argentina ya no es una sociedad de clases medias escolarizadas y con trabajo estable.

Los desafíos de la socialdemocracia no son meramente “de comunicación” o superficiales. Si queremos recrear la socialdemocracia después del fin de la socialdemocracia, necesitamos un giro copernicano que permita hablar con esperanza de la política, la economía y la sociedad que todavía describimos con lamentos. Nos hacen falta marcos para hablar de la Argentina tal como es hoy, y no de la Argentina “que todavía es”, “la que alguna vez fue” o “la que ya no es”.

 

lunes, 8 de mayo de 2017

"Tecnicismos legales" en el 2x1: una discusión sobre el rol del derecho.


Leyendo y conversando sobre el fallo de la Corte que otorgó el beneficio del 2x1 a un represor, compartí con muchas personas la preocupación por el retroceso que significa para el castigo de los criminales de la dictadura. Naturalmente, la preocupación compartida no nos eximió de discusiones: sobre el punitivismo, sobre los derechos de los presos comunes y de los condenados por delitos de lesa humanidad, sobre la vigencia de la agenda de Derechos Humanos en la Argentina, sobre la relación de esa agenda con los juicios y con las políticas de memoria. Señalar que estas tres -agenda de derechos humanos, juicios y políticas de memoria- eran cosas distintas fue una discusión en sí misma. En varias conversaciones no pudimos ponernos de acuerdo, aun después de horas de discusión, aun compartiendo el rechazo de la dictadura en todos sus planos.


Entre lo que leí y discutí, una y otra vez, escuché: "el fallo se apoya en un tecnicismo legal" ¿Qué decir de esa noción, "tecnicismo legal"? Usada en todos los casos para señalar que el derecho no alcanza para decidir sobre los temas mayores, los más difíciles en términos éticos, los más marcados ideológicamente, los más trascendentales para nuestra democracia. Como la técnica legal no alcanza para decidir sobre esos temas, entonces, son necesarios otros criterios, acaso menos técnicos y más políticos. Con una sentencia siempre corremos el riesgo de caer en la trampa de los "tecnicismos legales", acaso sea mejor resolver esto con un plebiscito, una ley del Congreso, un decreto del Poder Ejecutivo.

"Con la técnica legal no alcanza, hacen falta criterios morales y políticos". Como si hubiese un momento en el que la técnica legal pudiese ser escindida de la moral, de la ideología o de la política. Como si la técnica legal, que incluye toda la historia de la jurisprudencia y todas las discusiones sobre justicia y derecho, no incorporase ya consideraciones morales y políticas. Como si toda la teoría del derecho no fuera una discusión sobre cuál es el rol de estos criterios, no afuera sino, adentro de la técnica legal. Como si la vigencia de la técnica legal en nuestro país no fuese resultado de una situación política determinada o no supusiese una valoración ética específica. Situación política y valores morales que, justamente, dieron fundamentos y posibilitaron los juicios a los represores. Por el contrario, la idea de "tecnicismo legal" que imagina un derecho vaciado de todo sentido, que reduce su práctica a un algoritmo, es ciencia ficción hasta para el más extravagante positivismo.

Algunos corolarios de esta manera de usar la expresión “tecnicismo legal”.

En primer lugar, que si el derecho no alcanza hay que ponerlo en suspenso para que decida alguien más. Desde Julio César para acá, la idea de suspender el derecho nunca terminó bien. Él mismo terminó asesinado.

En segundo lugar, esto de que “el fallo de la Corte se apoya en un tecnicismo legal” deja ver un cierto principio interpretativo según la cual una mayoría cándida y alienada entiende el derecho "técnicamente", pero un puñado de despabilados es capaz de interpretarlo críticamente. Despabilados que entendieron que en la práctica jurídica entran consideraciones morales, ideológicas y políticas. Más que despabilados, digamos, inocentes que descubren la sospecha.

En tercer lugar, que cuando el derecho no se ajusta a las preferencias morales no es derecho sino, "tecnicismo legal". Parece que no se comprende bien la función y el sentido del derecho: existe, justamente, porque tenemos discusiones morales, y existen jueces porque, aunque discutamos, no vamos a ponernos de acuerdo. Si pudiéramos estar todos satisfechos, nunca habría hecho falta el derecho, habría alcanzado con la lógica o con la paciencia. Si la misión del derecho fuera ajustarse a nuestras preferencias no sería derecho, sería despotismo. El derecho, al contrario, encuentra su lugar en la distancia que separa nuestro deseo de la sentencia. 

En cuarto lugar, esta comprensión que le niega al derecho complejidad y volumen se extiende a la democracia, cada vez que se denuncian sus limitaciones como prueba de su fracaso. Se señala la explotación, la arbitrariedad y el privilegio como indicadores del fracaso de la democracia y, luego, como refutación de toda teoría democrática. Parecería que es exactamente al revés. La explotación, la arbitrariedad y el privilegio no son el fracaso de la democracia sino, su razón de ser, en tanto que plantarles cara es uno de sus sentidos más potentes. De la misma forma, la no disimulada sintonía entre democracia y capitalismo no refuta una teoría que piense la democracia en el horizonte de la justicia, sino que la vuelve necesaria, en tanto que una teoría así pregunta por los límites y problemas de la democracia. La democracia es un objeto complejo, hecho de tensiones, incertezas y equilibrismos. Como el derecho, la democracia es más un compromiso que un muñeco de paja. 

Estas notas sobre la función del derecho en la democracia y sobre sus recursos y sosfisticación para decidir sobre problemas difíciles, no quita que este fallo sea injusto, que esté contra las preferencias morales de muchos de nosotros, ni que la política haya metido la cola. Tampoco refutan que haya historia y disputas hegemónicas. Si estás dimensiones no estuvieran involucradas no estaríamos hablando de derecho, sino de extraterrestres.