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martes, 9 de junio de 2026

Espiral en la decadencia, ensayo de historia económica argentina

Este ensayo propone una interpretación de los últimos 150 años de la economía argentina a partir de la noción de una “época de ISI agotada”. Sostiene que, desde el Rodrigazo de 1975, el país atraviesa un ciclo de crisis recurrentes que expresan el agotamiento de la industrialización por sustitución de importaciones y la imposibilidad de establecer un nuevo patrón de acumulación duradero. La hipótesis central es que la Argentina vive en una espiral de reformas y contrarreformas —endeudamiento, inflación, devaluaciones y ajustes— que, en lugar de estabilizar la economía, profundizan su fragilidad estructural. El texto remonta el análisis desde la actualidad hacia la organización nacional de fines del siglo XIX, reconstruyendo la trayectoria de una economía “de dos motores” (agroexportador e industrial) y mostrando cómo las transformaciones globales —en especial, el auge asiático desde los años ochenta— condicionaron las posibilidades de desarrollo. En conclusión, el ensayo caracteriza el presente como una época “zombie”: un patrón agotado que, sin desaparecer, impide la consolidación de un modelo alternativo.

Podés leerlo acá.

sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

viernes, 30 de abril de 2021

Socialdemocracia, del ocaso a la revisión

Originalmente publicado en Nuevos Papeles:

Este artículo presenta una hipótesis sobre las dificultades de la socialdemocracia en la Argentina post-2001: que un cierto déficit interpretativo socialdemócrata relegó sus ideales y valores en el debate argentino de los últimos veinte años. Sigue la discusión abierta por Hernán Iglesias Illa, en la que participaron Hernán Charosky, Mariano Schuster y Fernando Pedrosa, y a la que habría sumar un documento de Jesús Rodríguez. Por otra parte, las ideas de este artículo cierran el arco de otros dos artículos publicados en los últimos meses: De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001 y De la urgencia democrática a la económica. 

Argentina 2001 fue el primero de muchos derrumbes socialdemócratas. En Brasil, la socialdemocracia quedó desplazada por el PT después de 2002. En Venezuela, la Acción Democrática se derrumbó con el resto del sistema político pre-Chávez. La socialdemocracia alemana se mantiene a la sombra de Merkel desde 2005. El laborismo británico no gobierna desde 2010. El PASOK griego, el partido que más tiempo gobernó Grecia durante los 80´s y 90´s, tiene hoy ínfima repercusión electoral, después de su colapso en 2012. En España, el PSOE administra su propia sucesión desde la aparición de Podemos en 2014. En Francia, el socialismo se derrumbó en las elecciones presidenciales de 2017 quedando en quinto lugar, con el 6,36%.

2001 fue el trueno más abrumador de una tormenta que, por un lado, había empezado a gestarse décadas antes con el debilitamiento del Estado de Bienestar y, por el otro, se aceleró con las transformaciones en la democracia de los últimos veinte años. Por una parte, el punto más alto de la economía de bienestar quedó en algún momento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el shock petrolero de 1973. Desde entonces, esa manera de organizar la economía declinó por la erosión de tres fuerzas de calibre verdaderamente histórico: el cambio de precios relativos internacionales, producto del shock petrolero; el debilitamiento del movimiento socialista internacional que siguió a la disolución de la Unión Soviética; y la presión de miles de millones de trabajadores asiáticos incorporándose al mercado global de trabajo. Como consecuencia, los beneficios estatales y el salario de los trabajadores no dejaron de degradarse en Europa, en Estados Unidos y en los países de su periferia que habían logrado cierta prosperidad, como la Argentina. El nuevo equilibrio entre capital y trabajo cambió la cara de muchas sociedades, y el reflejo en el espejo sorprendió especialmente a los países que no pudieron acomodar sus economías al nuevo escenario. 

Por otra parte, la democracia cambió significativamente en los últimos veinte años. Cambiaron las formas de protestar y el uso del espacio público, generalizándose lo que se había anunciado en los primeros piquetes de los 90’s. Cambiaron los tiempos y tonos del debate público revolucionado por las redes sociales. El mapa político se reorganizó como consecuencia del achicamiento de la UCR, la peronización de la política y la pérdida de protagonismo de los partidos. Sin embargo, el cambio más importante no es ninguno de estos, sino uno más estructural y que es el suelo en el que crecieron todos los otros cambios: el empobrecimiento de las clases medias que siguió al declive de la economía de bienestar. 

Estas transformaciones y novedades dan contexto al retroceso de la socialdemocracia, pero el repliegue socialdemócrata no es tanto consecuencia de los cambios, como de la dificultad para interpretarlos. En la Argentina, este déficit interpretativo es una causa central del cisma y del declive de la socialdemocracia. Del cisma, porque desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia reconocemos dos grandes grupos socialdemócratas: el que se lamenta por los cambios en el capitalismo y el que se lamenta por los cambios en la democracia. El primero desconfía de las reformas económicas de los años 90 y añora la economía que empezó a terminar en 1973. El segundo critica las prácticas políticas post-2001 y añora las esperanzas de 1983. Por otra parte, del declive, porque ambos grupos custodian los escombros de un capitalismo y una democracia que ya no son, ni funcionan. Padecen el decadentismo de sus propias narrativas: sin un horizonte optimista enunciado con sus propias palabras, sobreviven en el vasallaje de otros lenguajes.  

Contra una idea muy difundida, estas dificultades de interpretación no se resuelven corrigiendo la posición de la socialdemocracia en el eje izquierda-derecha, porque la crisis de la socialdemocracia es, justamente, una manifestación más en la crisis de ese eje. La socialdemocracia no puede ser un punto entre el capitalismo y el socialismo, porque el socialismo no existe más. No puede ser un punto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, porque la Unión Soviética no existe más. Si hay un intervalo de posibilidades entre el capitalismo de Estados Unidos y el de China, quizás ahí haya un nuevo eje para ubicarse. Pero, cada vez que se piensa la situación de la socialdemocracia como una discusión sobre la izquierda y la derecha, se compran los problemas generales de la segunda discusión sin resolver ninguno específico de la primera.

La socialdemocracia argentina tampoco puede superar estos límites atada “a lo que todavía queda” del bienestar económico del 73 o del compromiso democrático del 83, que es cada día menos y para menos personas. Y cada año que pasa se achica el número de personas que recuerdan esas experiencias. “Lo que todavía queda” de los años dorados de la Argentina se ajusta mal a las transformaciones de la economía y de la democracia. Se intenta compensar este problema con dramatismo comunicativo. Una y otra vez, se repite el parte de una terapia intensiva crónica: que el estado de bienestar apenas sobrevive, que la muerte de la república es inminente. Pero el recurso al sensacionalismo deja al descubierto el agotamiento de esas ideas. No hace falta ser un especialista en teoría política para sentir la incongruencia entre el discurso de la socialdemocracia y lo que vivimos en la calle cada día. 

Esta incongruencia es la señal de una fatiga. No de los valores de la socialdemocracia, ni de sus aspiraciones, pero sí de una manera de interpretar la Argentina post-2001. Los socialdemócratas no podemos resolver este déficit sin revisar lecturas que nos guían desde 1983, pero agotadas después de 2001. A diferencia de lo que afirmábamos en los 80's, hoy podemos decir que la violencia política no venía de afuera de la sociedad y que con la democracia no alcanza. Por otra parte, mucho de lo que sostuvimos en las discusiones económicas de los 90’s estaba equivocado. En primer lugar, las reformas de esos años iban en la dirección correcta, y eran necesarias, cuando no inevitables. En segundo lugar, la naturaleza del mercado no es la de un adversario político: no puede ser vencido acumulando fuerza política. En tercer lugar, la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Por último, después de 2001, tres cosas sabemos con toda certeza: que la ética democrática que promovimos desde los 80’s arraigó menos de lo que quisimos; que nuestra democracia realmente existente no está amenazada por la impunidad, sino fundada en ella; que la Argentina ya no es una sociedad de clases medias escolarizadas y con trabajo estable.

Los desafíos de la socialdemocracia no son meramente “de comunicación” o superficiales. Si queremos recrear la socialdemocracia después del fin de la socialdemocracia, necesitamos un giro copernicano que permita hablar con esperanza de la política, la economía y la sociedad que todavía describimos con lamentos. Nos hacen falta marcos para hablar de la Argentina tal como es hoy, y no de la Argentina “que todavía es”, “la que alguna vez fue” o “la que ya no es”.

 

lunes, 8 de marzo de 2021

De la urgencia democrática a la urgencia económica



En nuestra discusión política insiste la idea que es imposible salir de la decadencia sin un acuerdo entre los dirigentes. No es capricho. La experiencia internacional muestra que hay correlación entre el éxito económico de un país y un cierto grado de acuerdo entre sus dirigentes. Pero, ¿Es el consenso lo que genera buenos resultados o son los buenos resultados los que generan consenso?

Entre nosotros, el lema del consenso tiene su propia historia. Nacido como respuesta a la inclemencia política post 2008, es el eslabón más reciente de una cadena de consignas que se remonta hasta la vuelta de la democracia: la defensa de las instituciones de la década de 2010, la lucha contra la impunidad y la corrupción de los 90’s, la reivindicación del Estado de Derecho de los 80’s. En el ADN de esta secuencia está el legado ideológico de la democracia moral de los 80’s y los 90’s.

Pero, en la actualidad, nuestro déficit más grave no es democrático, sino económico. Porque mientras que las libertades conseguidas a partir de 1983 siguen vigentes, nuestro PBI/habitante es igual que en 1974, como difundió Martín Rapetti. Nadie puede sorprenderse por este dato si desde 1975 registramos 20 años con recesión, siguiendo un documento del Ministerio de Desarrollo Productivo publicado en 2020 que, justamente, lleva por subtítulo “una visión compartida sobre el desarrollo económico de largo plazo y el cambio estructural”. Este desgaste de nuestra economía se espiralizó en la última década. Entre 2011 y 2019 alternamos un año de crecimiento con uno de caída y desde 2018 sólo años de caída, El promedio de crecimiento de la última década no llega al 1,5%. En este contexto, tampoco sorprende que, aunque el número de personas económicamente activas haya aumentado un 15% en la última década, para igual período, la cantidad de personas con empleo privado registrado haya aumentado sólo un 2,9%. El esfuerzo que se hizo en la década del 80 para cambiar la política, hoy es necesario para cambiar la economía.

A pesar de esto, las reformas económicas todavía no encuentran su lugar en nuestras discusiones. Por un lado, el Frente de Todos representa a quienes no quieren saber nada con reformas de mercado, porque aseguran que son la causa principal de nuestros problemas. Por el otro, la agenda de Juntos por el Cambio sigue dominada por las discusiones sobre calidad democrática, a pesar de ser la fuerza más identificada con un programa de reformas económicas y la mejor dotada para hablar de esto. En este contexto, falta una propuesta política que ponga a la economía en primer lugar. Que explique los problemas políticos como síntomas de la decadencia económica y no al revés. Un giro copernicano que no repita que nuestra economía anda mal porque las instituciones están desguazadas, sino que explique que el mal funcionamiento de las instituciones es imprescindible para controlar una economía explotada. 

Una propuesta así tiene que situar la necesidad, la oportunidad y los objetivos de un programa de reformas económicas. Tiene que explicar que en los últimos cincuenta años la economía global se fue volviendo cada vez más competitiva, después del aumento del precio del petróleo de 1973, de la desaparición del comunismo y del ingreso de miles de millones de trabajadores asiáticos al mercado global. Tiene que dejar en claro que la volatilidad del dólar, el aumento de la inflación o el crecimiento de la deuda no son consecuencias coyunturales de tal o cual política económica, sino síntomas de un agotamiento estructural en nuestra organización económica. Y, sobre todo, mostrar cómo se puede generar empleo, reducir la pobreza y mejorar la oferta de bienes públicos aumentando la productividad general del país. Dar estas explicaciones sobre nuestra economía es una tarea específicamente política. Porque su éxito también depende de inscribir estas reformas en una narrativa de nuestra historia y de saber vincularlas a otras agendas que ordenan la discusión política, como la del movimiento de la economía popular o, incluso, la agenda del movimiento de derechos humanos o del feminismo. Sin un discurso político que sepa hablar el futuro de la economía la discusión argentina gira en falso. 

Nada de esto significa que haya que dejar de lado los estándares democráticos ni renunciar al ideal ético de 1983. Alcanza con entender que aquellas ideas no resuelven estos problemas. Lo que necesitamos ahora es una ingeniería política de los resultados económicos, un materialismo ético que tenga a la democracia como suelo, pero a la economía como motor. Los que queremos una política fundada en la moral, los que creemos que no hay desarrollo sin instituciones y los que valoramos el consenso más que el conflicto, también tenemos que poner la economía en primer lugar. Porque si hay resultados económicos, van a llegar los acuerdos. Si los acuerdos duran lo suficiente, se volverán instituciones. En esas instituciones puede crecer una ética cívica renovada.


martes, 5 de enero de 2021

De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001


 

Orignalmente publicado en el diario La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/de-democracia-moral-1983-democracia-critica-2001-nid2561451

2001 partió en dos la historia de la democracia que nació en 1983: la época de la fundación ética, que corrió entre 1983 y 2001, y la época la de la fundación crítica, que empezó en 2001 y continúa hasta hoy. 

Por un lado, a partir del triunfo de Raúl Alfonsín, un programa de democratización de la sociedad argentina ocupó el centro del debate público. La renovación democrática que se promovía no sólo desde el gobierno tenía por guías la crítica de la violencia política, la defensa a ultranza del Estado de Derecho y el elogio del pluralismo. Argumentos sobre estas cuestiones pueden encontrarse en los debates de Punto de Vista y en las páginas de Un país al margen de la ley de Carlos Nino, verdaderas fuentes teóricas de este ideario. Estos valores expresan una idea de democracia específica y original, que yace en el fondo de los discursos del presidente Alfonsín, del alegato del fiscal Strassera, del informe Nunca Más: la democracia debe estar fundada en la moral. Fundar la democracia en la moral no significaba creer que había una escala de justicia en la que el radicalismo vencedor estaba por encima del peronismo derrotado. Mucho menos, asumir que el presidente Alfonsín sabía cuál era la manera correcta de vivir en democracia. La premisa de este proyecto era más general y fundamental: desde esta perspectiva las preguntas de la política debían responderse después de haber respondido la pregunta por la moral. Es decir, que las consideraciones sobre desarrollo económico, distribución del ingreso, estrategia política o gobernabilidad, debían ser todas derivadas de una primera consideración ética. Martín Farrell, uno de los juristas que pensó la arquitectura del juicio a las Juntas Militares, cuenta una anécdota que sintetiza el espíritu de esta idea: Alfonsín, no sólo preguntaba si legalmente podía tomar tal o cual decisión sino, si moralmente debía hacerlo. 

El proyecto de la democracia moral captó la imaginación más allá del radicalismo. También los peronistas ensayaron sobre un peronismo post violencia en la revista Unidos y empujaron una renovación dentro del movimiento bajo el liderazgo de Antonio Cafiero. Y así como estas ideas excedieron al presidente Alfonsín, del mismo modo sobrevivieron a su gobierno. La crítica política de los años 90 tuvo un tono moral inconfundible no sólo en el radicalismo, también en la CTA y en el Frente Grande. Chacho Álvarez, emblema de este momento político, fue el ideólogo y organizador de un peronismo que sintonizó con las ideas de la democracia moral. Creó una forma completamente nueva de interpretar la tradición peronista, sólo equiparable en su novedad con la reinterpretación menemista. Durante estos años, las críticas a la impunidad y a la corrupción se volvieron el clivaje central del campo político y resultaron la argamasa ideológica de la Alianza entre radicales y frepasistas que ganó las elecciones presidenciales de 1999.

Después de 2001, se abrió una nueva época para la democracia argentina y la idea de crisis desplazó a la moral. Desde entonces, fue tomando forma una nueva democracia, la necesaria para no volver a la crisis política, la posible en la crisis económica. Por un lado, evitar la crisis se volvió el valor máximo de la nueva época. Y no poder evitarla, el peor estigma. El destino de De la Rúa, Chacho Álvarez y Cavallo lo confirman. También la historia de Duhalde, cuyo gobierno no pudo superar el asesinato de Kosteki y Santillán. Y la del kirchnerismo, que pagó costos cada vez que no pudo evitar la crisis. Perdió la Ciudad de Buenos Aires después de Cromagnon; llevó al país al caos por la resolución 125 y tuvo su primera gran derrota política; perdió a su fundador siete días después del asesinato de Mariano Ferreyra; perdió el 20% de sus votos un año después de la Tragedia de Once; y no llegó al 20% en la ciudad de Córdoba dos años después de abandonarla a los saqueos; finalmente, fue vencido en elección presidencial el mismo año que murió el fiscal Alberto Nisman.. El resultado de la aversión social a la crisis fue que todo quedó permitido con el objetivo de evitarla. Transfuguismo político, denuncias falsas contra opositores, candidaturas testimoniales, espionaje ilegal, alianzas electorales con adversarios demonizados. Nada de esto empezó en 2001, pero desde entonces son maniobras que se lucen sin vergüenza como cucardas de astucia política. Después de 2001, las reglas no son medios de estabilidad, sino su principal obstáculo. Todas ceden ante el imperativo de evitar la crisis. “Orden y progresismo. Los años kirchneristas” sintetizó Martín Rodríguez en su libro de 2014.

Por otro lado, la crisis económica talló la democracia post 2001. Y esto en tres sentidos específicos. El empobrecimiento de la población definió el perfil de actores centrales de estos años, como el movimiento piquetero, los jóvenes y, desde luego, la clase media. La pobreza también se volvió un argumento ineludible en discusiones clave como la regulación de la protesta, la vigencia de las garantías penales y la sindicalización de las fuerzas de seguridad. Todos debates asociados al control del espacio público, una de las superficies más sensibles a la crisis económica. Por último, el empobrecimiento de las personas y la quiebra del Estado se usan para fundamentar políticas públicas en todas las direcciones. Se dice que hay pobreza porque las instituciones no andan y se dice que las instituciones no pueden andar con semejantes niveles de pobreza. Se dice que la corrupción genera pobreza y se dice que con tanta pobreza el combate a la corrupción no puede ser una prioridad. Se dice que hay que expandir el gasto porque hay pobreza y se dice que hay que ajustarlo para reducirla. Néstor Kirchner entendió prematuramente el impacto que la crisis económica tuvo en el debate político, y se aseguraba de mantenerlo vivo cada vez que recordaba que estábamos saliendo “del infierno”.  

Muchas cosas cambiaron en el paso de la democracia moral a la democracia crítica. En primer lugar, el programa de la democracia moral perdió su capacidad interpretativa; Elisa Carrió fue la última representante de esas ideas que interpeló masivamente. En segundo lugar, el mundo y el comercio internacional son percibidos como amenazas, cada vez por más personas. Tercero, a través de La Cámpora los jóvenes se reconciliaron con el Estado, la historia y el poder, después de muchos años de escepticismo. Cuarto, los derechos humanos -como explicó Luis Alberto Romero- fueron removidos como fundamento del sistema democrático para ser instalados como fundamento de una facción. Por último, la pobreza se fue volviendo el centro de gravedad del debate político: paradójicamente, en la Argentina post 2001 todo se hace “para cuidar a los que menos tienen”.

La época de la democracia moral duró 18 años. Este año se cumplen 19 años de democracia crítica. Los logros de la democracia moral en la década del 80 ya tienen el reconocimiento de la mayoría del arco político. Después de 2008, el mundo no volvió a ser el mismo en el que el kirchnerismo fue posible. Los jóvenes que hicieron las paces con el estado se preparan para tomar el poder. Las discusiones sobre la violencia política durante los setentas se liberan del corset que se les impuso en el auge del kirchnerismo. La pobreza dejó de ser novedosa para ser característica. Lo que fue crisis económica, hoy es decadencia. Quizás ya estemos pisando, sin saberlo, sin nombrarla, una nueva época.

viernes, 18 de octubre de 2019

Nuestras dos discusiones

Todavía después de las PASO, el perfil del gobierno y el de la oposición siguen definidos por dos discusiones. Porque sea que hablemos sobre el acuerdo con el FMI, sobre el poder judicial, sobre nuestro sistema previsional, sobre impuestos o sobre Venezuela, las discusiones giran casi siempre alrededor de dos preguntas: ¿Cómo nos tenemos que tratar? y ¿Cómo vamos a producir más riqueza? Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada una de estas dos preguntas.
En primer lugar, entonces, la cuestión de la convivencia. Un tema que es estructurante de toda comunidad, pero sobre el que las argentinas y los argentinos tenemos desacuerdos gruesos. Empezando porque mientras unos subestiman la cuestión, otros la tenemos en el tope de nuestras prioridades. Los que subestiman la cuestión de la convivencia piensan que la discusión es una distracción, una cuestión superficial o cosmética, incluso, un engaño. Desde esta perspectiva, la convivencia es una coartada; la neutralidad, una mentira; la objetividad, imposible. Y el que no se confunde con estas ilusiones conocería las dos verdaderas leyes de la vida en comunidad: que todo es política y que la política es ante todo saber quién no está de nuestro lado. Ésta es la versión moderada del argumento. La versión extrema sostiene que en la Argentina no hay nada que discutir en relación a la convivencia porque la Argentina es, antes que un ámbito de convivencias, un campo de disputas. Disputas entre los que defienden los verdaderos intereses argentinos, los verdaderos argentinos, y los que defienden falsos intereses argentinos, los argentinos falsos. Entre unos y otros nunca hubo ni debe haber convivencia. Entre verdaderos argentinos y argentinos falsos sólo existe enfrentamiento, “disputa hegemónica”. Con diferentes énfasis, esta desconfianza de la convivencia es un axioma común entre los que apoyan a Todos.
Por otra parte, los que tenemos las reglas de convivencia como una prioridad creemos que la democracia es un acuerdo que tiene que fundarse en razones morales. Los más exigentes creen -por ejemplo- que políticos que roban están fuera del acuerdo democrático; los modestos, más (sobre) adaptados a la Argentina post-2001, no creen que el acuerdo democrático pueda evitar el robo, pero que sí que debe criticarlo. Desde cualquiera de estas dos perspectivas, elogiar "el oficio" de robar, respaldar la opción de salir de caño, o pedir robar con códigos son extravagancias que desfondan la vida en democracia.
El segundo desacuerdo fundamental pasa por la cuestión económica: ¿Cómo vamos a generar más riqueza? También en esta discusión hay dos grandes tesis: la que sostiene que las reformas son la causa de los problemas económicos de la Argentina y la que sostiene que no hay solución sin reformas. Para los defensores de la primera, la economía argentina tiene que funcionar lo más parecido posible a como lo hacía en los sesentas, para los segundos tiene que dejar de hacerlo. La primera es la promesa económica de Todos, la segunda, la intuición básica de la política económica del gobierno.
Los que rechazan las reformas señalan sus costos y afirman que todavía es posible vivir en el país como se vivió en un pasado más benévolo: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Incluso, ven en la crisis de 2001 una señal inequívoca de que cualquier intento de reforma económica está destinado al colapso. Y, parapetrados atrás de los grandes desafíos que suponen las reformas económicas, aseguran que es posible volver a vivir como antes, sólo es cuestión de voluntad política.
Por el otro lado, las políticas públicas y los discursos del presidente dejan ver el diagnóstico general del gobierno: el estancamiento de la Argentina no se soluciona mirando al pasado, sino con reformas que pongan la economía argentina al día con un capitalismo -qué duda cabe- más competitivo que el de tiempo atrás. Porque los costos de dejar todo como está se acumulan hace décadas, en la cadena económica y en las condiciones de trabajo de los maestros, en la infraestructura de los hospitales, en el entrenamiento de la policía, en la eficiencia del servicio de justicia. El gobierno insiste con que no hay soluciones en el pasado, porque no cree que los problemas de la Argentina resulten de un desvío circunstancial ni de un tropiezo en el caímos por error o por traición. Sino del agotamiento inapelable de una manera de producir riqueza.
En base a estas discusiones, desde el triunfo de Cambiemos en 2015, la discusión política coaguló en dos grandes acuerdos: el de los que apoyamos a Juntos y el de los que apoyan a Todos. Los que apoyamos a Juntos coincidimos en tres cosas. Uno, que la falta de consenso sobre las cuestiones del orden es un obstáculo para que prosperen soluciones. Dos, que la Argentina se vuelve un lugar disfuncional sin un suelo moral elemental. Tres, que la economía argentina necesita reformas que la pongan al día con el capitalismo contemporáneo. Por el otro lado, los que apoyan a Todos se mueven dentro de los límites de tres acuerdos. Primero, que el conflicto social sólo debe ser abordado como una consecuencia de los problemas, nunca como una causa. Segundo, que la naturaleza de la política determina que no tengamos acuerdos morales robustos. Tercero, que la economía argentina debe alejarse lo más posible de los formatos y las prácticas de mercado, liberales, neoliberales, etc.
Si la convivencia y la producción de riqueza son los ejes del debate político argentino, los puntos cardinales son, por un lado, convivencia democrática o disputa hegemónica; y, por el otro, reforma económica o resistencia al neoliberalismo. Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada eje, es decir, direcciones opuestas para este barquito flotando en el océano que es la Argentina.

Diario La Nación 14-09-19


viernes, 28 de junio de 2019

El paso de la Cámpora





        Hace tiempo que entre la militancia kirchnerista corren críticas a la Cámpora. Esas críticas intentan ser una forma de autocrítica. La Cámpora fueron los excesos. Le critican su arrogancia, su jactancia, su manera de llevarse puesto al otro. Están hartos de su “estilo” en la conducción de la cosa kirchnerista. “El kirchnerismo no es la Cámpora”, dicen. Y tiene razón: el kirchnerismo no es la Cámpora, es su hijo.
         Se dice que el kirchnerismo empezó en 2008, con la 125. Eso es rigurosamente cierto. Pero esa afirmación de historia inmediata no explica por qué la 125 gestaba un kirchnerismo y no otra cosa diferente. De la 125 no se deducen la organización militante, ni la participación de los jóvenes, ni la agenda de los derechos humanos, ni el alineamiento bolivariano. Cuando se dice que el kirchnerismo empezó con la 125 se pasa por alto que, incluso antes de las 125, mientras Kirchner seguía trenzado en el combate filial con Duhalde, los fundadores de la Cámpora ya craneaban con qué palabras, con qué imágenes y en qué escenarios construir su propio momento en la política. La Cámpora fundó un nuevo vocabulario que tradujo la experiencia peronista a una generación que se había criado desconfiando del menemismo, cuando no, del peronismo todo. El Nestornauta, la Crispasión, el blog “Un día peronista”. También los bistrós peronistas del barrio de Palermo y las peñas en Parque Patricios. Son algunas de las mediaciones simbólicas que llegaron de la mano de la Cámpora y crearon un peronismo con más muelles, más fácil de entrarle. Desde las marchas antimenemistas al gobierno kirchnerista, desde las barricadas del 2001 a los despachos, la Cámpora construyó un paso desde el antimenemismo al peronismo. Explicó cómo hacer el salto al peronismo, la vuelta al peronismo, el perdón al peronismo.         
Pero lo que habilitó la Cámpora no fue sólo un paso desde el antimenemismo hacia el kirchnerismo. También explicó cómo hacer la transición desde el propio menemismo. Porque la juventud militante fue para los dirigentes peronistas el río de un nuevo bautismo político. Y fue la Cámpora la que les explicó a esos dirigentes con qué palabras, en qué marchas y al lado de que figuras de los derechos humanos se perfeccionaba ese rito. Y así esa vieja guardia del peronismo aprendió a hablarle a una juventud que, hasta entonces, sólo tenía palabras agrías para describirla. La expresión más acabada de ese aprendizaje es el duhaldismo ricotero de Anibal Fernández. Hasta la llegada de la Cámpora, el kirchnerismo era, ante todo, la síntesis dialéctica del menemismo y del duhaldismo. Con la Cámpora esa síntesis incorporó el 2001. Es decir, a los jóvenes y a la clase media caídos en desgracia. 
En este sentido, si en la Argentina no hubo un Podemos que surja a la izquierda de la UCR, nuestra socialdemocracia menguante, es porque el kirchnerismo hizo lugar para todos los desilusionados, incluso para los desilusionados del reformismo liberal. Son los que votaron a Carrió en 2003 y a Cristina Kirchner en 2011, los que critican el liberalismo de Cambiemos amparados por el liberalismo de las universidades Di Tella y San Andrés, los que ya no leen Tiempo Argentino, pero nunca dejaron de consultar el diario La Nación. Este liberalismo tampoco habría sido posible si la Cámpora no hubiera vuelto a hacer del peronismo una experiencia atractiva para el debate de ideas. SIn embargo, está siempre apurado por echar culpas a la Cámpora, con la esperanza de que menos Cámpora redunde en un kirchnerismo más afin a su sensibilidad y consumos.
       Todo lo que entró al kirchnerismo con ánimo crítico, por izquierda como se decía antes, también entró por el surco que abrió la Cámpora. Por ese camino llegaron todas las experiencias con las que el kirchnerismo todavía sigue oxigenando al peronismo: los derechos humanos, el populismo como teoría crítica, el latinoamericanismo, Sabattella, los socialistas kirchneristas. Y más recientemente, Leandro Santoro, Matías Lammens, Juan Grabois, Itaí Hagman u Ofelia Fernández. Y, por supuesto, el propio Kicillof.
Desde luego, la puerta por la que entró la Cámpora al kirchnerismo la abrieron Néstor y Cristina Kirchner. Esto merece un análisis propio –aparte de este comentario- sobre la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y la Cámpora. Aunque en estas líneas enfocadas en la Cámpora vale señalar una cosa: antes de que Néstor y Cristina eligieran a la Cámpora, la Cámpora ya los había elegido a ellos. 
En estos días, muchos proponen un kirchnerismo que se saque de encima la pesada herencia de la Cámpora. Y quizás sea posible un kirchnerismo con menos Cámpora. Pero, por cómo han sido las cosas hasta ahora, sería, también, un kirchnerismo con menos Cristina. Porque la ideología de Cristina es la de la Cámpora. Cristina es tan crítica como la Cámpora, tan técnica como la Cámpora, tan feminista como la Cámpora y tan centralista como la Cámpora. La Cámpora es lo que abre al kirchnerismo y lo que cierra las listas. La Cámpora le da fuerza al kirchnerismo y es uno de sus flancos más golpeados. En la expectativa de un kirchnerismo menos camporista, esperan proyectos tan diferentes como el Grabois, el de Manzur o, incluso, el de propio Magnetto. Después de la salida del gobierno, la Cámpora sobrevivió a la autocrítica kirchnerista, a la que no sobrevivieron otras referencias, como Moreno, D’Elía o De Vido. Su resiliencia es señal de que la Cámpora se ha vuelto el hecho maldito del movimiento.



miércoles, 22 de mayo de 2019

De Cuba a Singapur








Un cartel con una foto de Fidel Castro en la Sierra Maestra publicita la conferencia que el profesor Fernando Pedrosa dará en la Universidad de Salamanca. La historia de la izquierda latinoamericana es una de sus dos especialidades. La otra es la historia del sudeste asiático.

La charla estará enfocada en la izquierda latinoamericana de las décadas del 70 y del 80 y es poco probable que haya elogios para sus estrategias y resultados. El profesor Pedrosa es un crítico quirúrgico de esa tradición, que conoce en profundidad, y también de primera mano. Como estudiante de la carrera de historia de la Universidad de Buenos Aires recorrió la vasta estepa de las discusiones de la historiografía marxista y aprendió al derecho y al revés el recorrido de los movimientos socialistas en América Latina. La fundación de los primeros partidos socialistas, los pioneros del marxismo latinoamericano, los frentes antifascistas, la consagración regional del Partido Comunista con la revolución cubana, el clivaje entre Fidel y el Che, la introducción del maoísmo, la radicalización de los sesentas, el rechazo al reformismo democrático en la década del 80, la orfandad post soviética, la transformación populista. Como graduado, el profesor Pedrosa lanzó una discusión de amplio espectro sobre esa tradición. En artículos y clases criticó las interpretaciones ortodoxas de la historia latinoamericana y la estrategia de las izquierdas frente los procesos democráticos. Y, al mismo tiempo, en el consejo de gobierno de la facultad, discutió prioridades de asignación de recursos y criterios de selección docente. Habló en asambleas, en despachos y en conspiraciones de medianoche. Redactó programas académicos y armó listas electorales. Yendo de una clase a una reunión, de una reunión a un artículo, miró el horizonte y el detalle, en la pelea por la facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Después de 2001 la izquierda tomó la facultad y, sin más resto político, el profesor Pedrosa emigró a España; ahí encontraría tiempo y mente para encarar su doctorado de una vez por todas. Entre 2002 y 2008 se enfocó en sus estudios de posgrado en la Universidad de Salamanca, que coronó con una tesis sobre la influencia de la socialdemocracia europea en las transiciones latinoamericanas de la década del 80. Ni bien aprobada, la editorial Capital Intelectual se interesó en publicarla. Las conversaciones avanzaron satisfactoriamente, se firmaron los papeles necesarios y, finalmente, el trabajo entró a la imprenta a finales de 2011. El libro salió a luz con un título diferente al de la tesis, pero más ajustado a los tiempos que corrían. Se publicó con el nombre de “La otra izquierda”, en lugar de “El fin del voluntarismo”.

Con el doctorado bajo el brazo, el profesor Pedrosa volvió a la Argentina y a la UBA. Primero con un cargo de funcionario de relaciones internacionales y después como profesor. Pero nadie vuelve a donde invocan su sombra, tampoco el profesor Pedrosa, que no volvió a la facultad de Filosofía y Letras, sino a la de Ciencias Sociales. Con los años, la vida y la curiosidad lo llevaron a interesarse por el sudeste asiático. Viajó por la región y estudió la historia de esos países. En 2016 fundó la revista especializada Asia-América Latina, que dirige desde entonces. La revista analiza los vínculos entre las dos regiones con artículos sobre muy diferentes temas: la política previsional china, la transición democrática en Taiwán, el lugar de Asia en la literatura de Octavio Paz, las traducciones de Borges en las Filipinas, las similitudes entre la música tailandesa y la capoeira brasileño, el desarrollo del maoísmo en América Latina. Por otra parte, en sus clases en la universidad, el profesor Pedrosa intenta despertar el interés de sus estudiantes por los temas de Asia. Comenta el afortunado hecho de que Vietnam se mantenga como un destino destacado de las exportaciones argentinas, a pesar de que en el país nadie conozca a alguien que hable vietnamita. Compara la transición democrática argentina con la justicia transicional en Camboya. Y nunca falta un comentario, aunque sea pasajero, sobre Singapur, la joya milagrosa de estos capitalismos paternalistas del Este. Singapur es un país del tamaño de la Ciudad de Buenos Aires, pero con reservas e inversiones internacionales que podrían alcanzar un cuarto de las reservas de China. En Singapur, el 85% de la población es dueña de un departamento de un valor promedio de 3 millones de dólares. En sus escuelas, los estudiantes aprenden dos idiomas y, si se destacan, acceden a aprender un tercero. Junto con Japón, es el país con más inversión per cápita en tecnología médica y se especula que su fuerza aérea podría ser la tercera más potente de Asia oriental, después de la de China y la de Japón.

Mientras profundiza sus investigaciones sobre Asia, el profesor Pedrosa sigue debatiendo sobre la izquierda y la socialdemocracia latinoamericanas. El camino que une un tema con el otro es incierto, pero el trabajo del profesor Pedrosa deja a la vista sus dificultades. Para ir de una experiencia a la otra hay que revisar creencias, asumir limitaciones y aceptar una crítica sin concesiones. Porque no se puede hacer este tránsito sin ajustar la mirada sobre el sentido de vivir en comunidad, sobre el funcionamiento de la democracia, sobre el rol de la crítica, sobre el trabajo y la riqueza. Todas cosas que se piensan muy distinto en América Latina y en Asia. En el este de Asia, la comunidad precede al individuo, la democracia no es una prioridad, el pensamiento no se consagra en la crítica, trabajar de nueve a nueve seis días a la semana es un lema popular y enriquecerse es glorioso. Ante estos rigores, no extraña que sean pocos los que intentan avanzar por ese verdadero estrecho de montaña. La sola idea de querer recorrer ese camino hasta el final despierta espanto. Es que esta empresa podría significar una verdadera renovación del pensamiento latinoamericano si muestra que existe una ruta para ir de Cuba a Singapur.

martes, 30 de mayo de 2017

Audición para una Manifestación: 2001, de Lola Arias





El sábado fui a ver una performance sobre el 19 y el 20 de diciembre de 2001. Cuando entré a la sala escuché al público que aplaudía y vitoreaba un relato sobre la plaza ese día 20. De eso se trataba la performance: una sucesión de testimonios de personas que contaban qué habían hecho y sentido esos días y, después, actuaban dos o tres minutos caracterizados en el rol de manifestante, periodista, fotógrafo o policía, con una foto de esos días de fondo; todo esto se proyectaba sobre una pantalla de cine para un público de doscientas personas que iba rotando cada tanto para dejar espacio a nuevo público. Sin introducción, nudo, ni desenlace, la performance sucedía en la reacción del público a esos relatos.
Sentado en mi butaca, con la sala oscura, entre los aplausos y vítores, no pude evitar pensar qué habría dicho yo si me hubiese tocado hablar. No se me escapó que habría dicho algo muy diferente de lo que hubiera dicho hace quince años. No dejé de preguntarme si alguien contaría una historia como la de muchos de nosotros, aun sabiendo que nadie lo haría. No pude sumarme a ninguno de los aplausos, ni vitorear, ni reírme. Estaba sólo entre todos los que festejaban con nostalgia esos días de bronca y de esperanza. Durante una hora y media miré paralizado y enmudecido cada una de las representaciones que se hacían de ese 20 fatídico en el que colapsó un vocabulario y un proyecto a los que pertenezco.
Salí, para qué ocultarlo, amargado. Le escribí a un amigo que me respondió hablándome de "el arte como espacio de reflexión y construcción de identidad, de las obras que nos interpelan y nos ayudan a construir nuestra identidad, de todo eso que nos hace entender para qué estamos en una función pública y cuál es el rol de un espacio cultural. Pluralismo, pensamiento crítico, escuchar para ver". Diego Pimentel me dijo esto; es el director del Centro Cultural San Martín; ahí se presentó esta obra sobre cuando enmudeció el lenguaje con el que, sin embargo, me respondió.

http://lolaarias.com/proyectos/audicion-para-una-manifestacion/