martes, 31 de octubre de 2017

A mis amigas kirchneristas, a mis amigos kirchneristas.
no se molesten por esto que acá les quiero decir.
Los que desconfiamos del peronismo, en general, y los radicales, en particular, nos pasamos varios años diciendo que el kirchnerismo era lo mismo que el menemismo. Lo dijimos, por los menos, hasta 2011. La gente nos miraba con cara de "¿De qué estás hablando?" Al principio, unos cuantos nos miraban con esa cara; con el paso de los años, muchos más. Pero no nos importaba:teníamos una lectura consistente y con fundamentos, en la que creíamos. Pasaron los años, y nosotros seguimos hablando en nuestro idioma, a pesar de que la mayoría de las argentinas y los argentinos ya usaba otras palabras. Fueron años perdidos política e intelectualmente, mientras nos hundíamos abrazados al cofre de nuestra interpretación. Finalmente, Cambiemos ganó las elecciones nacionales sin ninguna mención a nuestras denuncias de continuidades menemistas-kirchneristas.
Desde que asumió Cambiemos, ustedes insisten en lecturas y denuncias que sólo tienen sentido bajo la hipótesis de que Cambiemos es alguna forma de continuidad de la dictadura. Lecturas y denuncias sobre el programa económico del gobierno, sobre la continuidad de los juicios a los represores, sobre las políticas sociales, sobre la relación con las fuerzas de seguridad. Sus reacciones ante la desaparición de Santiago Maldonado dejaron en evidencia cuán extendida y cuán arraigada está esta interpretación entre ustedes. Porque, aun sin que tengamos que dar por segura ninguna versión de las que hoy circulan, su precipitación para denunciar una desaparición forzada sólo se explica por su creencia en que este gobierno es la dictadura, o su continuidad política, o que defiende los mismos intereses o que puede operar con los mismos mecanismos. Que amigos suyos apoyemos al gobierno, incluso que algunos participen en altos cargos, no es prueba suficiente para ustedes, como tampoco lo fue para nosotros su apoyo y participación en el gobierno kirchnerista. Pero mírennos a nosotros y sepan que cada día que insisten en esa idea es un día de demora.

lunes, 21 de agosto de 2017

Estoy azorado por la confusión y la incredulidad sobre Cambiemos que muestra el continente post kirchnerista. En los últimos siete días decenas de artículos buscando explicar o entender a Cambiemos: "la función de sus medidas progresivas", "su naturaleza, finalmente, conservadora", "el fundamento no-económico de sus votos", "el impacto de la obra pública", "su organización de partido político". Casullo, Semán, Touzón, Rodríguez, Natanson, López, Tatián.

Tal vez, no sea tan difícil: en la Argentina nunca nadie gobernó cuarenta años, esto no es la Unión Soviética; cuando el modelo económico de un gobierno se agota, el electorado no confía en que ese mismo gobierno sea quien lo revise; a quince años del 2001, todavía las argentinas y los argentinos organizamos los proyectos políticos en dos grandes continentes: los peronistas y los no-peronistas, cansados de un gobierno peronista, viene uno no-peronista. Ninguna de estas cosas es nueva y, así como explican el triunfo de Cambiemos, es probable que expliquen su derrota, cuando ésta llegue.

No ver líneas tan fundamentales de nuestra política podría ser otra expresión del ombliguismo que caracteriza a los miembros de esta generación que cree que la política, el estado y la historia nacional empezaron el día que ellos los descubrieron. Para esta manera de pensar nuestro país, descubrir la novedad histórica de Cambiemos es salvar la novedad histórica del kirchnerismo. Porque si Cambiemos fuese no más que lo que viene cuando un gobierno peronista encuentra sus límites, el kirchnerismo podría haber sido sóló otro gobierno peronista.

martes, 30 de mayo de 2017

Audición para una Manifestación: 2001, de Lola Arias





El sábado fui a ver una performance sobre el 19 y el 20 de diciembre de 2001. Cuando entré a la sala escuché al público que aplaudía y vitoreaba un relato sobre la plaza ese día 20. De eso se trataba la performance: una sucesión de testimonios de personas que contaban qué habían hecho y sentido esos días y, después, actuaban dos o tres minutos caracterizados en el rol de manifestante, periodista, fotógrafo o policía, con una foto de esos días de fondo; todo esto se proyectaba sobre una pantalla de cine para un público de doscientas personas que iba rotando cada tanto para dejar espacio a nuevo público. Sin introducción, nudo, ni desenlace, la performance sucedía en la reacción del público a esos relatos.
Sentado en mi butaca, con la sala oscura, entre los aplausos y vítores, no pude evitar pensar qué habría dicho yo si me hubiese tocado hablar. No se me escapó que habría dicho algo muy diferente de lo que hubiera dicho hace quince años. No dejé de preguntarme si alguien contaría una historia como la de muchos de nosotros, aun sabiendo que nadie lo haría. No pude sumarme a ninguno de los aplausos, ni vitorear, ni reírme. Estaba sólo entre todos los que festejaban con nostalgia esos días de bronca y de esperanza. Durante una hora y media miré paralizado y enmudecido cada una de las representaciones que se hacían de ese 20 fatídico en el que colapsó un vocabulario y un proyecto a los que pertenezco.
Salí, para qué ocultarlo, amargado. Le escribí a un amigo que me respondió hablándome de "el arte como espacio de reflexión y construcción de identidad, de las obras que nos interpelan y nos ayudan a construir nuestra identidad, de todo eso que nos hace entender para qué estamos en una función pública y cuál es el rol de un espacio cultural. Pluralismo, pensamiento crítico, escuchar para ver". Diego Pimentel me dijo esto; es el director del Centro Cultural San Martín; ahí se presentó esta obra sobre cuando enmudeció el lenguaje con el que, sin embargo, me respondió.

http://lolaarias.com/proyectos/audicion-para-una-manifestacion/

lunes, 8 de mayo de 2017

"Tecnicismos legales" en el 2x1: una discusión sobre el rol del derecho.


Leyendo y conversando sobre el fallo de la Corte que otorgó el beneficio del 2x1 a un represor, compartí con muchas personas la preocupación por el retroceso que significa para el castigo de los criminales de la dictadura. Naturalmente, la preocupación compartida no nos eximió de discusiones: sobre el punitivismo, sobre los derechos de los presos comunes y de los condenados por delitos de lesa humanidad, sobre la vigencia de la agenda de Derechos Humanos en la Argentina, sobre la relación de esa agenda con los juicios y con las políticas de memoria. Señalar que estas tres -agenda de derechos humanos, juicios y políticas de memoria- eran cosas distintas fue una discusión en sí misma. En varias conversaciones no pudimos ponernos de acuerdo, aun después de horas de discusión, aun compartiendo el rechazo de la dictadura en todos sus planos.


Entre lo que leí y discutí, una y otra vez, escuché: "el fallo se apoya en un tecnicismo legal" ¿Qué decir de esa noción, "tecnicismo legal"? Usada en todos los casos para señalar que el derecho no alcanza para decidir sobre los temas mayores, los más difíciles en términos éticos, los más marcados ideológicamente, los más trascendentales para nuestra democracia. Como la técnica legal no alcanza para decidir sobre esos temas, entonces, son necesarios otros criterios, acaso menos técnicos y más políticos. Con una sentencia siempre corremos el riesgo de caer en la trampa de los "tecnicismos legales", acaso sea mejor resolver esto con un plebiscito, una ley del Congreso, un decreto del Poder Ejecutivo.

"Con la técnica legal no alcanza, hacen falta criterios morales y políticos". Como si hubiese un momento en el que la técnica legal pudiese ser escindida de la moral, de la ideología o de la política. Como si la técnica legal, que incluye toda la historia de la jurisprudencia y todas las discusiones sobre justicia y derecho, no incorporase ya consideraciones morales y políticas. Como si toda la teoría del derecho no fuera una discusión sobre cuál es el rol de estos criterios, no afuera sino, adentro de la técnica legal. Como si la vigencia de la técnica legal en nuestro país no fuese resultado de una situación política determinada o no supusiese una valoración ética específica. Situación política y valores morales que, justamente, dieron fundamentos y posibilitaron los juicios a los represores. Por el contrario, la idea de "tecnicismo legal" que imagina un derecho vaciado de todo sentido, que reduce su práctica a un algoritmo, es ciencia ficción hasta para el más extravagante positivismo.

Algunos corolarios de esta manera de usar la expresión “tecnicismo legal”.

En primer lugar, que si el derecho no alcanza hay que ponerlo en suspenso para que decida alguien más. Desde Julio César para acá, la idea de suspender el derecho nunca terminó bien. Él mismo terminó asesinado.

En segundo lugar, esto de que “el fallo de la Corte se apoya en un tecnicismo legal” deja ver un cierto principio interpretativo según la cual una mayoría cándida y alienada entiende el derecho "técnicamente", pero un puñado de despabilados es capaz de interpretarlo críticamente. Despabilados que entendieron que en la práctica jurídica entran consideraciones morales, ideológicas y políticas. Más que despabilados, digamos, inocentes que descubren la sospecha.

En tercer lugar, que cuando el derecho no se ajusta a las preferencias morales no es derecho sino, "tecnicismo legal". Parece que no se comprende bien la función y el sentido del derecho: existe, justamente, porque tenemos discusiones morales, y existen jueces porque, aunque discutamos, no vamos a ponernos de acuerdo. Si pudiéramos estar todos satisfechos, nunca habría hecho falta el derecho, habría alcanzado con la lógica o con la paciencia. Si la misión del derecho fuera ajustarse a nuestras preferencias no sería derecho, sería despotismo. El derecho, al contrario, encuentra su lugar en la distancia que separa nuestro deseo de la sentencia. 

En cuarto lugar, esta comprensión que le niega al derecho complejidad y volumen se extiende a la democracia, cada vez que se denuncian sus limitaciones como prueba de su fracaso. Se señala la explotación, la arbitrariedad y el privilegio como indicadores del fracaso de la democracia y, luego, como refutación de toda teoría democrática. Parecería que es exactamente al revés. La explotación, la arbitrariedad y el privilegio no son el fracaso de la democracia sino, su razón de ser, en tanto que plantarles cara es uno de sus sentidos más potentes. De la misma forma, la no disimulada sintonía entre democracia y capitalismo no refuta una teoría que piense la democracia en el horizonte de la justicia, sino que la vuelve necesaria, en tanto que una teoría así pregunta por los límites y problemas de la democracia. La democracia es un objeto complejo, hecho de tensiones, incertezas y equilibrismos. Como el derecho, la democracia es más un compromiso que un muñeco de paja. 

Estas notas sobre la función del derecho en la democracia y sobre sus recursos y sosfisticación para decidir sobre problemas difíciles, no quita que este fallo sea injusto, que esté contra las preferencias morales de muchos de nosotros, ni que la política haya metido la cola. Tampoco refutan que haya historia y disputas hegemónicas. Si estás dimensiones no estuvieran involucradas no estaríamos hablando de derecho, sino de extraterrestres.


sábado, 4 de marzo de 2017

¿Por qué el campo de las políticas públicas todavía vuela bajo?

Las discusiones del campo de las políticas públicas no tienen el impacto de los debates de otros campos académicos. Sus discusiones crecen entre lo que dejan otras disciplinas, como la economía o la ciencia política. O la misma política. Las políticas públicas son segundas, derivadas, suplementarias, instrumento para otros ¿Pero sabemos qué es una política pública? ¿Qué es el campo de las políticas públicas? ¿Las políticas públicas son una disciplina o una colección de problemas de otras disciplinas? Si -como dijo Facundo Peña Boero- una política pública siempre responde a un problema, tal vez podamos encontrar respuestas si preguntamos qué es un problema de política pública ¿Qué problemas son susceptibles de ser abordados por la política pública? ¿Ya identificamos qué factores determinan que un problema o una familia de problemas tenga más chances de ser abordado por la política pública?

Y, por otra parte ¿A quién se le pregunta por la política pública? ¿Es el Estado es el sujeto exclusivo de la política pública? Finalmente ¿Está medido el impacto de nuestras discusiones? ¿Cuáles son los factores que lo determinan? Estas y otras preguntas serían objeto de una teoría de las políticas públicas. Que no sepamos si una teoría así ya existe es otro índice de lo que se nos aparece como la debilidad del campo de las políticas públicas como disciplina académica y que vemos correlativa con su impacto, desde nuestra perspectiva, todavía bajo. Veamos algunas señales de esta debilidad disciplinar o algunas causas de su bajo impacto en la discusión pública.

La principal señal de una posible debilidad del campo de las políticas públicas es su falta de especificidad. Como campo ¿Las políticas públicas son o pueden ser algo más que una colección de discusiones de otros campos: la economía, la educación, el urbanismo, el sanitarismo, la ciencia política, otros? Y aun si afirmamos que las políticas públicas son sólo una colección de discusiones de otros campos ¿Qué es lo específico de esa colección? ¿Una metodología, un abordaje, un criterio de selección de discusiones, un historia teórica? La falta de especificidad se advierte, también, en la falta de grandes clivajes que organicen el campo. Porque en las discusiones de la política pública los debates son, en casi todos los casos, importados desde otros campos que, ocasionalmente, resultan útiles para entender una discusión de políticas públicas ¿Pero hay clivajes específicos de las discusiones de políticas públicas? Se podrá decir que un análisis riguroso dejaría en evidencia que para toda disciplina las fronteras pueden volverse difusas si uno empieza a indagar. Pero aun esta observación tendría que reconocer, para ponerlas en cuestión, esas fronteras disciplinares que cuestiona ¿Cuál serían las fronteras del campo de las políticas públicas? Si podemos identificar la extensión de la expresión “políticas públicas”: esto y aquello son políticas públicas ¿Podemos definir su intensión, es decir, el criterio por el cual esto y aquello son políticas públicas?  En los debates que no parecen importados de otras disciplinas -arquetípicamente, la investigación sobre el ciclo de las políticas públicas- hay un hilo del que tirar para pensar esta cuestión. Porque, si la principal señal de debilidad de un campo es su falta de especificidad, el primer paso de su fortalecimiento es pensar su posible especificidad.

Una segunda cuestión a pensar es cuál es la pregunta que funda este campo. Si -para ilustrar con unos ejemplos- la pregunta de la economía es qué principios regulan la producción y distribución de bienes escasos y la pregunta de la antropología es cómo se organiza la cultura y cuál es su sentido y la pregunta de la ontología es cuál es la naturaleza de las cosas. Intentemos precisar, entonces, cuál es la pregunta del campo de las políticas públicas. Acaso una primera pregunta, una pregunta fundante -al menos, en nuestro país- sea "¿Qué es una buena política pública?" Una pregunta fundante más allá de que haya o no sido la pregunta que efectiva e históricamente buscaron responder quienes introdujeron este nombre, "políticas públicas", en las discusiones académicas de nuestro país. Fundante porque, más allá de un registro histórico concreto, hoy podemos reconstruir esa pregunta en los textos, las clases y las discusiones sobre políticas públicas como una preocupación subterránea pero permanente. Este pregunta estructura planes de estudio, inspira preguntas de investigación y abordajes metodológicos; discutimos, enseñamos y estudiamos qué hace que una política pública sea mejor o peor ¿Su consistencia económica, su factibilidad política, la posibilidad de ser evaluada, sus criterios de justicia, su forma legal? La manera en que cada uno compone esta lista ya implica una definición de política pública. Esta pregunta fundante no brota de la nada -sea el caso que alguna vez alguien la haya explicitado de esta manera, sea una reconstrucción teórica- sino que se inscribe en largas tradiciones. En términos muy generales, pero también muy desarrollados en la historia del pensamiento, esta pregunta sigue la preocupación que, desde Platón para acá, pregunta por la relación entre conocimiento y gobierno. Más específicamente, la pregunta sobre qué hace buena a una política pública expresa una esperanza también conocida: salvar al gobierno de la política.

Un tercer punto a considerar es la agenda de lo que actualmente conocemos como el campo de las políticas públicas, mayormente dominada por temas, a esta altura, clásicos. La administración de la salud, de la justicia, de la educación, de la seguridad, de las relaciones laborales. Responsabilidades que durante todo el siglo distinguieron al estado de bienestar, un compromiso -como Hobsbawm lo describió-, cuanto menos, dudoso en la Argentina contemporánea. Y, por otra parte, qué pasa con las problemáticas que emergen en el declive del bienestar: la cuestión del género, la accesibilidad, los migrantes, los regulación de la tecnología. Y quién estudia las políticas que no tienen al Estado como protagonista ¿Existe eso? ¿Hay política pública fuera del Estado? El control de la sociedad civil, la economía popular, el mecenazgo  -por mencionar algunos ejemplos- ¿Sólo pueden ser estudiados por la antropología o la sociología? ¿No son campo fértil para las preguntas y las herramientas de las políticas públicas?

Si, exploradas estas preguntas, no llegamos a una definición más precisa de qué es el campo de las políticas públicas, eso no es inevitablemente un problema, si en el camino ayudamos a medir y a pensar sobre el impacto de ese campo, su espesor y su calado, si aclaramos sus usos actuales y si descubrimos nuevas aplicaciones, si entendemos la sociología de la que emerge y qué rol juega en la economía y en la política; también, si parados de nuestro propio lugar en las políticas públicas, vemos qué ideas de la economía, de la ciencia política y de la política delineamos cuando trabajamos.

jueves, 23 de febrero de 2017

1 / agonismo v liberalismo.



La discusión sobre el conflicto se volvió una obsesión de los últimos años ¿Hay conflicto? ¿Hay mucho conflicto? ¿Hay poco? ¿Seguimos en la era post conflicto que Fukuyama dio por inaugurada una vez? ¿Por qué insisten en el conflicto? ¿Alguien oculta el conflicto? ¿La política es sólo conflicto? ¿Hay política sin el conflicto? Estas preguntas y otras similares se repitieron hasta el cansancio en los debates políticos y sobre política en todas partes. En las universidades, en particular, el debate se llevó, a veces, por vías académicas y otras por vías más conflictivas. La vitalidad de preocupación refleja la vitalidad de una discusión más amplia, tal como la luz de la luna es, en realidad, la luz del sol. La discusión más amplia es la discusión sobre la vigencia de las perspectivas liberales de la democracia, tantas veces cuestionadas y tantas veces sobrevivientes. En estos años, fueron las teorías populistas las que cuestionaron el valor epistemológico de estas perspectivas como sus usos y efectos políticos incluso. Quienes se autodenominan populistas sostuvieron que el liberalismo oculta el conflicto, lo niega, o buscar asesinarlo. Estas y otras acusaciones terminaron poniendo a los populistas de un lado y a los liberales, del otro. Sin embargo, la discusión que ubica en un extremo al populismo y en el otro al liberalismo, pasa por alto son extremos de lo mismo ¿Qué es eso mismo que comparten y de lo que son dos expresiones? ¿Qué relaciones de familiaridad, aún en la oposición, los vinculan? ¿Qué podemos pensar sobre populismo y liberalismo si los pensamos, más allá de su oposición, en el horizonte de sus lazos de familiaridad, de sus procedencias comunes, de su cohabitar? En lo que sigue, un intento pensando a partir del agonismo de Chantal Mouffe y del liberalismo democrático de Norberto Bobbio.


TRES TESIS SOBRE EL CONFLICTO
El agonismo que Mouffe desarrolló como otra expresión de la crítica de la democracia liberal se sostiene sobre tres tesis que le asignan al conflicto un lugar cardinal. y son posibles de reconstruirlas a partir de Agonística, el libro en el que ella resume posiciones fundamentales de su agonismo populista, treinta años después de Hegemonía y Estrategia Socialista. En primer lugar, entonces, el agonismo de Mouffe se sostiene sobre una tesis acerca del funcionamiento de las democracias, o tesis politológica. Mouffe plantea que el conflicto está en el corazón de la democracia como régimen político en tanto que, desde su perspectiva, una política democrática trabaja para que los conflictos emerjan en la superficie del debate público. Así, la democracia es entendida como el arreglo institucional que permite legítimamente que los conflictos sean representados, visibilizados u ordenados narrativamente. Para Mouffe, la productividad del régimen democrático reside en su capacidad para organizar simbólica y materialmente los conflictos, siendo que “es a través de la representación que los sujetos políticos son creados, [estos] no existen de antemano”, y la visibilización del conflicto es el primer paso de su resolución. Por esto, para Mouffe una democracia falla hay factores que impiden que los conflictos encuentren representación, tales como su ordenamiento institucional o el mapa de sus fuerzas políticas. Sobre el estado actual de la política internacional, Mouffe señala que “...es la falta de canales políticos para hacer frente a la hegemonía del modelo neoliberal de la globalización lo que da lugar a la proliferación de discursos y prácticas que buscan negar de un modo radical el orden internacional establecido”.
En segundo lugar, una tesis sobre la constitución del sentido de la experiencia o tesis ontología. Para Mouffe, el conflicto es una posibilidad inerradicable en tanto que la experiencia se constituye a partir de una fisura originaria que -primero- no puede ser clausurada y -segundo- está presente en toda región de la experiencia como fundamento de la identidad. En este marco, toda identidad sería manifestación de esta fisura originaria, en tanto que el sentido de cualquier identidad quedaría definido por sus diferencias con respecto a otras identidades. Entonces, determinadas las identidades por su mutua diferencia, que la relación entre ellas sea pacífica es sólo una -entre otras- de las posibilidades de la fisura fundamental que las hace posibles. Dice Mouffe: “...pensar de un modo político requiere el reconocimiento de la dimensión ontológica de la negatividad radical. Es decir, de la existencia de una forma de negatividad que no puede superarse dialécticamente que nunca podría alcanzarse la objetividad plena, y el antagonismo es una posibilidad siempre presente”.
En tercer lugar, una tesis sobre el campo del discurso teórico político, o tesis epistemológica. Mouffe sostiene que reconocer este rol cardinal del conflicto en la democracia es la diferencia específica que distingue sus planteos del resto de los discursos del debate político. Distinción, por un lado, frente a posiciones liberales que, según Mouffe, entenderían la democracia como el régimen político que se orienta al consenso o como el régimen político que es resultado del consenso. Contra esto, Mouffe afirma que “...debemos renunciar a la ilusión de un mundo cosmopolita más allá de la hegemonía y más allá de la soberanía”. Distinción, por otro lado, frente al pensamiento comunista que, pese a fundarse en la tesis de un conflicto fundamental, postula, sin embargo, la posibilidad de una sociedad liberada de ese conflicto fundamental. Al respecto, Mouffe dice: “el mito del comunismo como una sociedad transparente y reconciliada -que claramente implica el fin de la política- debe ser abandonado”. Para Mouffe, entonces, liberalismo y comunismo son dos pensamientos sobre lo imposible que imaginan una política sin conflicto, más allá del conflicto o post-conficlto. En sus palabras: “Esto es lo que puede denominarse ‘el momento de lo político’, el reconocimiento del carácter constitutivo de la división social y de la inerradicabilidad del antagonismo. Esta es la razón por la que los teóricos que no pueden -o no quieren- reconocer esta dimensión no son capaces de ofrecer una guía efectiva para concebir la naturaleza de la política radical”.
Estas tres tesis -sobre el sentido de la democracia como régimen político, sobre el fundamento ontológico de la experiencia y sobre el campo del debate político- sostienen la idea -de Mouffe y de tantos otros- de que sólo el agonismo calibra correctamente el rol del conflicto en la experiencia política. Esta conclusión más que la justificación para un posterior desarrollo del agonismo, ya es ella misma una conclusión cabalmente agonista. No por que resulta de postulados agonistas, ni tampoco porque toda una carta de presentación de posiciones agonistas. Sino, más importante aun, porque la idea de que sólo el populismo calibra correctamente el rol del conflicto en la experiencia política ya opera, ella misma, un movimiento agonista al interior del campo teórico: por un lado, las perspectivas agonistas, que entienden el lugar inerradicable del conflicto; por el otro, todas las otras perspectivas que pretenden una política que -de distintas maneras, por diferentes razones e, incluso, con diferentes objetivos- elimine el conflicto.
Que este movimiento teórico y retórico agonista haya ganado protagonismo en las discusiones de los últimos años es un indicio relevante de la plausibilidad de las tesis agonistas en que se apoya. Es decir, si, primero, las teorías agonistas describen de una manera agonista el ordenamiento del campo teórico -con un movimiento teórico/retórico que opone agonismo al resto de las teorías- y, segundo, esta descripción de las discusiones teóricas ha sido tenido por buena por muchas personas; entonces, podemos concluir que estas descripciones que recurren al movimiento teórico/retórico agonista han tenido éxito -alguna forma del éxito-; corolario: el éxito del movimiento  teórico/retórico agonista al interior del campo teórico -su fuerza persuasiva allí- podría ser interpretado como una prueba de que hay condiciones en la experiencia que permiten que el movimiento agonista tenga efectos relevantes.


EL REVÉS DE LA TRAMA
Sin embargo, subyace a las tesis agonistas una descripción del liberalismo que es, sencillamente, insostenible. Es fácil identificar ejemplos de liberalismo que sean opuestos a lo que describe Mouffe. No es necesario explorar por horas los anales del liberalismo ni forzar interpretaciones. Alcanza con remitirnos a lo que dice la propia Mouffe en su libro, es decir, a Norberto Bobbio, al que trae como referencia de un pluralismo cosmopolita que ignoraría la dimensión polémica de la política. Así, mientras Mouffe dice que: “Las cuestiones políticas propiamente dichas siempre involucran decisiones que requieren hacer una elección entre alternativas opuestas. Esto es algo que la tendencia dominante en el pensamiento liberal, que se caracteriza por un enfoque racionalista e individualista, no puede comprender. Es por esto que el liberalismo es incapaz de concebir de manera adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, con los conflictos que el pluralismo acarrea”; Bobbio dice: “El pluralismo permite darnos cuenta de una característica fundamental de la democracia de los modernos con respecto a la de los antiguos: la libertad, más aun, lo lícito del disenso”. Mouffe asegura que el liberalismo descansa en la esperanza de un mundo “armonioso y no conflictivo”, y Bobbio dice que “la vida política se desarrolla mediante conflictos que jamás son resueltos definitivamente, cuya solución se da mediante acuerdos momentáneos, treguas y aquellos tratados de paz más duraderos que son las constituciones”. Mouffe: “No es posible hacer que desaparezca la dimensión antagónica de lo política simplemente negándola o deseando que desaparezca. Ese es el típico gesto liberal”; Bobbio dice: “..una sociedad en la que el disenso no esté permitido es una sociedad muerta o condenada a morir”.  Finalmente, Mouffe aconseja que “lo que requiere la política democrática liberal es que lo otros no sean percibidos como enemigos a ser destruidos sino como adversarios cuyas ideas pueden ser combatidas, incluso encarnizadamente, pero cuyo derecho a defender esas ideas no sea cuestionado”. Bobbio y cualquier otro liberal dirían exactamente lo mismo.
Entonces, si la oposición entre agonismo y liberalismo no es tal, o no es tal como la describe Mouffe, podemos preguntarnos dos cosas. Primero ¿Cómo es que esta forma de entender la contradicción entre agonismo y liberalismo se sostiene vigente, eficaz, plausible, a pesar de la larga tradición de autores y discusiones liberales que no se ajustan a esta descripción? Segundo ¿Cuál es el estatuto de esa contradicción que ya no es tal, o no es tal como la describen las teorías populistas? Primero, entonces ¿Cómo se sostiene vigente, eficaz, plausible esta forma de entender la contradicción entre agonismo y liberalismo, a pesar de la larga tradición de autores y discusiones liberales que no se ajustan a esta descripción? ¿Cómo se sostiene vigente para un amplio espectro del campo teórico y político -por no decir para todo el espectro, considerando la amplia acogida que esta descripción tiene en las dos orillas de la discusión-? ¿Es que el movimiento teórico/retórico que divide el campo en dos y que atribuye una defección moral a uno de los términos tiene un atractivo destacado, una fuerza persuasiva superior, capaz de hacer olvidar un universo completo de teorías, autores y debates? ¿O, al contrario, es que la eficacia de esa operación teórico/retórica demuestra que, efectivamente, están dadas las condiciones para una descalificación tal? Es decir ¿La descripción agonista del liberalismo es persuasiva porque -por decirlo así- sirve para armar una polémica, o es que la descripción agonista del liberalismo es persuasiva porque, efectivamente, el liberalismo perdió o no tiene fuerza polémica -tal vez tapado por y confundido con las políticas de statu quo que caracterizan a los gobiernos de los regímenes liberales-? En definitiva ¿La vigencia de la descripción agonista proviene de una forma retórica -es decir, de alguna forma disfrazada de realidad- o de los hechos -es decir, de una forma auténtica de realidad-? Pero, antes de empezar a responder esta pregunta ya podemos hacer dos observaciones preliminares. Primera observación preliminar: no dejemos de advertir que, así planteada la pregunta, el conflicto está en el centro de las dos respuestas posibles. O bien, porque el conflicto que resalta la descripción “agonismo vs liberalismo” resulta psicológicamente atractivo. O bien, porque la falta de fuerza polémica de los discursos liberales sería un factor determinante de alguna forma de debilitamiento que los dejaría librados a las reinterpretaciones agonistas. En este sentido, las dos respuestas a la pregunta sobre cómo es que la descripción agonista de la polémica agonismo-liberalismo se mantiene vigente dejan en evidencia la potencia de una interpretación agonista ¿Esto puede ser tomado por una confirmación de la tesis ontológica del agonismo? Segunda observación preliminar sobre si la verdad del agonismo está en forma retórica o en su capacidad de describir hechos: antes de responder esta pregunta, habría que preguntarse si vale la pena siquiera el intento o si, por el contrario, es mejor revisar la propia pregunta, porque ya su formulación es un problema en sí mismo. Una pregunta como ésta, que supone que hay realidad auténtica, que la realidad, aunque auténtica, puede ser falseada y que la realidad falseada puede llegar a ser más atractiva que la realidad auténtica opera una subestimación del ciudadano al que considera “un engañado”. Una descalificación así de la capacidad interpretativa del ciudadano es una condena política: nunca nadie salió de la caverna porque unas voces lo llamaran desde afuera. Tal vez de la insistencia en preguntar de esta forma vengan, si no todos los problemas del liberalismo, muchas de sus dificultades para resolverlos.
Queda la segunda pregunta que se planteó más arriba: ¿Cuál es el estatuto de esta oposición? Porque aunque las citas de Bobbio hayan mostrado que la descripción agonista de la contradicción agonismo-liberalismo sea dudosa, controvertida, inexacta, no podríamos decir que sea falsa, así sin más, mientras vemos que está funcionando ahí afuera todos los días, definiendo lecturas y organizando discusiones por todas partes. Si no es exacta, pero tampoco es falsa ¿Qué es? Si, por un lado, sabemos que la tradición liberal no está exenta de un elogio de la polémica, y, por otro lado, que la teoría agonista de Mouffe se reconoce específicamente como un teoría para la política en el marco de las instituciones de las democracias liberales ¿No podría ser que la discusión entre liberalismo y agonismo se esté dando en un marco mucho más estrecho de lo que unos y otros querrían reconocer? ¿No podría ser que la discusión entre liberalismo y agonismo sea, en definitiva, una discusión al interior de una misma tradición del pensamiento político? ¿No podría ser una discusión interna del liberalismo, entre, por un lado, un liberalismo de la guerra fría, de la edad dorada del capitalismo, de las instituciones del estado de bienestar, y, por otro lado, un liberalismo de capitalismo post industrial y post bienestar? Similar, de alguna forma, a como se piensa a veces que la posmodernidad es la ultramodernidad. Como si en el agonismo pudiéramos rastrear el rescate de tradiciones olvidadas del liberalismo, la exploración de vetas truncas, la puesta en acto de potencias apagadas. Otra vez, antes de responder por sí o por no, hay valor en pensar cómo interpretar esta posibilidad y su efectiva y rotunda negación. Es decir ¿Cómo se verían agonismo y liberalismo a la luz de esta lectura y por qué es que esta lectura está negada? Si el liberalismo fuese el padre del agonismo tendría que admitir que el agonismo explota sus propias tendencias olvidadas y tendría que preguntarse por las razones de este olvido. Un olvido que podría ser empírico e histórico o teórico y lógico ¿O es que un olvido concreto en la historia del liberalismo está revelando que ese olvido es una posibilidad inherente a la lógica del discurso liberal? Por el otro lado, si el agonismo se asumiera hijo del liberalismo tendría que reconocer una deuda o un compromiso con una tradición -que, al menos en su forma actual, se ve- mucho menos transgresora de lo que el agonismo quiere de sí y afrontar la discusión sobre la estrategia revolucionaria y comunista con esta sospecha a cuestas. La incomodidad de estas lecturas para unos y otros resulta evidente y no necesita mayor explicación.


LA VUELTA DE LA DEMOCRACIA

Por último, si agonismo y liberalismo se entienden a sí mismos como polos opuestos, no hay que perder de vista que esa oposición se da sobre un mismo espectro, es decir, son dos polos de algo que es común a ambos. Este espectro del que agonismo y liberalismo serían dos polos es el debate sobre la democracia, sobre su sentido y sus posibilidades. Debate reavivado en las últimas dos décadas con la introducción de las teorías populistas ¿Cómo entender esta vuelta de la cuestión democrática a las discusiones teóricas y políticas? ¿Por qué vuelve? ¿En qué condiciones? ¿Cuáles son las condiciones para que el debate sobre la democracia vuelva cada quince o veinte años? ¿Cuáles son las condiciones para que haya vuelto, específicamente, en estos años en particular? ¿O es que nunca se va y siempre estamos en una larga e interrumpida discusión, con diferentes picos? Heidegger explicó que las cosas se nos hacen presentes cuando fallan, cuando no podemos usarlas como esperamos. Al contrario, mientras funcionan y las usamos normalmente, no se nos aparecen en la conciencia, simplemente las usamos, como el teclado en el que ahora mismo escribo esto y del que no tengo conciencia mientras escribo. Pero si una tecla de mi teclado de pronto deja de funcionar, ahí el teclado se me vuelve completamente presente “¡Este teclado que no anda!” ¿La democracia se nos vuelve presente porque está rota? ¿Y esa rotura sería contingente o, como ya explicaron tantos teóricos, la democracia es el régimen político que reconoce la rotura fundamental, es decir, que reconoce que la discusión sobre el fundamento es, cuanto menos, incierta? Y la democracia que hemos conocido, especialmente, todo discurso democrático posterior a la segunda guerra mundial ¿Efectivamente reconoce esa incertidumbre sobre el fundamento o, en realidad, intenta erigirse sobre un fundamento secular? ¿Podemos decir que las democracias no tienen fundamento alguno, que están completamente libradas a la contingencia del tiempo y de los pueblos? ¿Cómo sería construir una pedagogía democrática que no intente reponer fundamento alguno, ni siquiera uno secular, ni siquiera los Derechos Humanos?  ¿Qué derechos habilitaría una democracia así? ¿Qué riesgos conllevaría?

Para un radicalismo post kirchnerista. Respuesta a Jesús Rodríguez.


El documento de Jesús Rodríguez en vísperas del próximo encuentro nacional de la UCR es un análisis sistemático e informado de los antecedentes de Cambiemos, sus desafíos y las tareas de la UCR en relación con estos desafíos. No es sólo un aporte al debate político inmediato, sino que también es un documento de época, en tanto que sistematiza algunas de las principales ideas de la dirigencia radical post-2001. Estas ideas condensan una interpretación del kirchnerismo y una lectura sobre el descalabro de lo hizo posible, el 2001. Son caracterizaciones del rol de los partidos políticos, de las formas de la disputa política, de la representación, de las agendas prioritarias, de quién es el sujeto de la democracia. Cambiemos es el triunfo de estas ideas y del radicalismo post-2001. A partir de estas ideas, en lo que sigue hay otras ideas para un radicalismo post-kirchnerista.


LA DEMOCRACIA NO ES UN PARAÍSO PERDIDO. No compartimos la caracterización de la democracia como paraíso perdido. No creemos que los esfuerzos tengan que estar en recuperar una época normal de la política democrática, con partidos políticos fuertes, con bipartidismo estable, con programas definidos en convenciones regularmente convocadas. No creemos que haya que recuperar todo esto, porque no sabemos si alguna vez existió. En los escasos cuarenta años de la democracia argentina ¿Cuándo fue que vivimos en una “democracia normal”? ¿Entre 1983-1985? ¿Entre 1983 y 1989? ¿Entre 1983 y 1994? Nuestra incredulidad no significa que no veamos diferencias de calidad democrática. No pensamos que todo es lo mismo. Al contrario, partimos del legado excepcional de Raúl Alfonsín. Justamente, excepcional.
EL POPULISMO NO ES UN ERROR CONTINGENTE. Por eso, para nosotros el populismo no es un error contingente, un mal que nos afecta por temporadas, un hueco en el que los argentinos caemos de tanto en tanto. Para los que nacimos en democracia, el populismo es la forma de la política argentina, de la misma manera que lo fue el autoritarismo para quienes hacían política antes de 1983. Prueba de esto no son solamente los veinticinco años de gobiernos peronistas, en treinta y cuatro de democracia contemporánea, sino, también, el ímpetu agonista con el que le respondemos al kirchnerismo. Construimos la legitimidad de Cambiemos definiendo los resultados kirchneristas como una catástrofe y hasta llegamos a decir que “en cierta medida se presenta una situación análoga a 1983”, como si los argentinos no supiéramos de catástrofes, como si los radicales que dicen estas cosas no hubieran sido los protagonistas del 83. Licencias que dejan ver que el agonismo es la figura retórica nacional. Y que quieren inspirar una épica de la que carecemos, no por errores ni por pereza, sino por la obsesión del gobierno de luchar contra las ideologías, una pelea que es presentada como novedad pero que, de 1989 para acá, ya atrasa las mismas tres décadas que el setentismo en 2003. Para explicar por qué nos presentamos contra el kirchnerismo no hace falta erosionarnos con inexactitudes, porque es inexacto decir que el resultado del gobierno kirchnerista fue una catástrofe o que si la Argentina es una catástrofe es por culpa de un gobierno. Por desgracia o por suerte, ningún gobierno puede hacer tanto. Con señalar que fueron patoteros en todas las formas posibles, que su modelo económico estaba fundido y que robaron maniáticamente, alcanza para que explicar por qué los enfrentamos.
Con razones similares, creemos que hay que decir que los “desequilibrios de poder” en los últimos años son responsabilidad, tanto de la acción del gobierno, como de la debilidad del resto de los actores para ponerle límites. Más aun, no podemos dejar de ver que el debilitamiento de los mecanismos de control y la manipulación de las reglas de juego no fueron un impedimento para que la democracia argentina clausurara su crisis después de 2001, más aun fueron los caminos por los que, efectiva e históricamente, avanzó esa sutura. En todos estos años, el rol fundamental del peronismo fue asegurar el orden, no criticarlo.
Por otra parte, no entendemos que se hable de “apatía social” y de “desafección por la política” cuando a nuestro alrededor, por todas partes, vemos intensidad. En el fervor todavía humeante de los tiempos kirchneristas; en la perseverancia de las organizaciones populares que, con o sin kirchnerismo, siguen movilizándose por su porción de la torta; en la sororidad del paro internacional de mujeres convocado para el próximo 8 de marzo. En los debates de la política española. En el referendum por el Brexit. En los discursos de Donald Trump y en los discursos contra Trump. En las movilizaciones en Venezuela, en Chile y en Brasil, a favor y en contra. En el acuerdo de paz en Colombia. En todo esto no vemos apatía alguna. Más bien, nos preguntamos cómo hacer para que la próxima dirigencia radical muestre más interés por todo esto.
LA GENEROSIDAD NO ES UN CRITERIO POLÍTICO. Por otra parte, no entendemos por qué se insiste en pensar la discusión política en términos de concesión o generosidad entre los actores. El problema, acá, no es alguna impugnación del tipo “cuando te tocó tampoco fuiste generoso”. El problema es que de tanto esperar gestos, señales y otras cosas de los aliados -o hasta de los adversarios-, alguien puede terminar pensando que la política se trata de esperar, más que de hacer. O que las relaciones con nuestros aliados se definen más por la gracia de su generosidad que por la eficacia de nuestras acciones. Que si en política no se crece es porque alguien no fue generoso, no se corrió, no se entregó atado de píes y manos. Que nuestro lugar en la política es el de clientes que esperan algo de alguien. O corremos el riesgo de que alguien piense que si no fuimos kirchneristas fue porque el kirchnerismo no nos quiso entre su clientela.

LAS TAREAS ESTÁN MARCHA. Con estas caracterizaciones, para nosotros las tareas más urgentes del Radicalismo son las siguientes. 
DARLE DENSIDAD A CAMBIEMOS. Si no quiere volverse una experiencia frívola y tilinga, Cambiemos tiene que ganar más densidad. En estos doce años hablamos de ética, de democracia, de instituciones. Todo esto no se trata de apego a las normas, ni de ser prolijos administrativamente, sino de compromisos, de trayectorias, de ejemplos. Si reclamamos equilibrio de poderes, no elegimos jueces por decreto. Si hablamos de respetar las leyes, no las cambiamos para remover funcionarios. Si reclamamos alternancia democrática fuera de nuestro país, la exigimos en las provincias argentinas. Si hablamos de los beneficios económicos de la competencia, no favorecemos la concentración. Para que la relevancia de estas cuestiones gane nitidez, hay que apartarse de la cruzada trasnochada contra la historia y la ideología que llevan adelante los ideólogos del Pro y dejar la pavada del anti intelectualismo ¡Cómo si el pensamiento, la historia y la ideología fueran inventos del kirchnerismo! Para darle densidad a Cambiemos, el Radicalismo mismo tiene que volverse más denso. Vamos a ganar no sólo cuerpo, especialmente, espíritu.
ECHAR RAÍCES. El Radicalismo tiene que echar raíces en lugares de los que fue extirpado, en lugares que abandonó y en lugares a los que nunca llegó. Echar raíces no entre “la gente”, en ”el pueblo”, ni entre “los compatriotas”. Echar raíces entre las madres solteras, entre los comerciantes y los comerciantes de las ferias, con las personas a las que les llueve adentro de sus casas, con los enfermos que tienen que pagar sus insumos en los hospitales públicos, entre las migrantes que son explotadas clandestinamente, entre los inquilinos que viven preocupados, entre las víctimas de violencia institucional, con las personas con discapacidades que son invisibilizadas, con los ancianos que son invisibilizados. No echamos raíces dando discursos melodramáticos, sino hablando con las personas, más aun, dejándoles hablar a ellas.  
SACARSE DE ENCIMA TODO ESCEPTICISMO. Sacudirse todo escepticismo, todo pesimismo, que nos haga pensar que para ganar hay que robar, hay que ser insensible, hay que volverse una patota. Hacer las cosas sin importar cómo ni con quién no es ambición, es extravío. Es no venir de ningún lado, ni tener ningún destino. Ganar haciendo las cosas bien es doblemente difícil, todos los sabemos. Ganar haciéndolas mal, es nuestra derrota. 

Como creemos que éstas son tareas urgentes, no decimos que “hay que” hacerlas, ni esperamos a que las haga “el partido”, nos pusimos a hacerlas nosotros mismo. No empiezan con este documento, ni empezaron cuando ganó Cambiemos. Hace ya varios años que están en marcha por diferentes vías, en diferentes territorios, con diferentes formatos, con marchas y contramarchas, con triunfos y derrotas. Porque es como dice el documento de Jesús Rodríguez, el desafío que el Radicalismo tiene ante sí es extraordinario: extenderse a lo largo y a lo ancho de la realidad argentina.

Documento de Jesús Rodríguez: http://www.jesusrodriguez.com.ar/hacia-una-nueva-era-politica/