sábado, 26 de noviembre de 2016

Sudáfrica, país caleidoscopio




“En aquellos tiempos, nunca se sabía si era dios u hombre el viajero o el peregrino que se acercaba (...) Allí, la naturaleza de cada mendigo y de cada vagabundo extraño se sospechaba de origen divino”
Ryzard Kapuscinski, Barcelona, 2005.

A mi alrededor no conozco a nadie, nadie me mira. Todos caminan rápido, saben en dónde están y a dónde van, una tranquilidad de la que no participo. Paro para pedir orientación. La primera persona a la que pregunto me escucha, me mira y sigue caminando. La segunda me explica cómo llegar al lugar al que quiero ir y se despide diciéndome: “No deberías estar en un lugar como éste; no hables con nadie”. En las próximas cinco horas pregunto a cuatro personas más, todas vuelven a decirme “No deberías estar acá”. Estoy en el viejo centro financiero de Johannesburgo, en mi primera visita a Sudáfrica y al continente africano. No veo blancos ni latinos, ni tampoco indios, ni orientales. Soy distinto a los demás, un diferente, un extranjero. Por primera vez en mi vida, soy el otro
Como en cualquier centro financiero del mundo, los edificios del viejo centro de Johannesburgo son altos, muy altos. Moles cuadradas, una al lado de la otra, que se elevan muchos metros por encima de mi cabeza. Pero, a diferencia de otros grandes centros económicos, estos edificios no son usados por bancos, ni son de acero ni tienen vidrios azulados, ni brillan. Las torres de Johannesburgo fueron levantadas por las grandes empresas mineras que desde 1884 son el alma de la ciudad; y están hechas de concreto y de vidrios negros y dorados, son del color de la tierra y del oro que hicieron rica y pobre a esta ciudad. En sus fachadas no se refleja el cielo, el sol apenas si rebota opaco contra los vidrios oscuros. Desde el piso cincuenta del Carlton Center, el rascacielos más alto de África, el centro de Johannesburgo parece un hormiguero marrón rodeado de galpones, fábricas y edificios bajos. Por ninguna parte se divisan plazas ni árboles, mucho menos parques, sólo se ven edificios marrones ordenados en un damero sin equivocaciones. Es una ciudad dura, recta y seca, como una Nueva York minera. Más allá de los galpones y los edificios bajos termina la mancha urbana y empieza una meseta sin verde que se extiende hasta donde llega la vista. Las únicas salidas viables son las autopistas que desembocan en los bordes de la ciudad. Abajo, en las calles del centro, las personas llevan bolsas, las camionetas esperan atravesadas en la vereda, los changarines cargan y descargan mercaderías. No se ven hombres en traje ni mujeres con taco alto. Por momentos, el barrio parece más un mercado que una zona de oficinas, muchos menos un centro financiero.
Es que desde el final del apartheid las grandes compañías abandonaron estos edificios escapando de los nuevos vecinos del barrio, esos que hasta hace veinticinco años tenían restringida su circulación por la zona y que desde el final de la política de segregación hacen un uso tan natural como cotidiano de su derecho a circular. Pero los nuevos vecinos no son solamente los viejos sudafricanos que tenían controlada, restringida o vedada la circulación por su país. También son los nuevos migrantes de Malawi, de Nigeria, de Zimbabwe y de Mozambique. Si las grandes empresas se fueron del centro de la ciudad, si sus calles y edificios perdieron su brillo distinguido, si el centro está en decadencia, es, según dicen muchos johannesburgueses en el diario, en un taxi o en los bares, por culpa de estos inmigrantes que trajeron la droga, la inseguridad y la violencia.
Por eso, desde hace veinte años, el nuevo centro económico de Johannesburgo está a quince minutos del viejo, en el barrio de Sandton que es un suburbio distinguido de calles arboladas y casas con jardines. Desde que las grandes empresas sudafricanas empezaron a emigrar del viejo centro financiero de la ciudad, la avenida central del pequeño barrio suburbano se transformó en una impresionante exposición de arquitectura contemporánea. Sin damero ni medianeras, los nuevos edificios del centro de Sandton tienen formas para las que no hay nombres. No son torres, ni cubos bajos, ni siquiera pirámides. Más bien, tienen algo de placas tectónicas o de olas, de misiles o de globos. Son de vidrio y acero relucientes. Es el mismo estilo que se ve en otras ciudades igualmente obsesionadas con la modernidad, como Doha, Dubai, Shangai o Las Vegas.
Uno de estos edificios impresionantes, monumentales e irregulares es el edificio de Sandton City, el inmenso centro comercial en el que uno puede pasarse el día entero sin ver la luz del sol, pero con la temperatura, la música y los olores perfectamente regulados por la gerencia. Son tantos los locales que es posible cansarse de mirar y  comprar y uno puede quedar mareado después de tanta cosa y cosita, de tantas marcas, de tanta información y de tanto estímulo a los sentidos. Pero si llega ese embotamiento, uno puede irse a tomar un trago en alguno de los bares de lujo del complejo, que no están en el patio de comidas, sino, al final del pasillo de las marcas de lujo y abajo del hotel cinco estrellas que también es parte del complejo. O bien, se puede ir a los cines del subsuelo. O bien, se puede seguir gastando y hacer la compra del mes en el hipermercado de la planta baja. O bien, uno puede hartarse de todo este consumo voluptuoso, rechazarlo, e irse. Si no olvidó en cuál de los diez mil espacios de estacionamiento -literal- dejó su auto.
Un sábado a la tarde cualquiera, Sandton City es el espacio de encuentro por excelencia: todas las clases consumidoras de Johannesburgo y todas sus procedencias se cruzan en el patio de comidas. Descendientes de holandeses, con caras redondas y pelo rubio apelirrojado. Negras con peinados infinitamente diferentes: trenzas gruesas, trenzas finas, extensiones, rapadas, rulos cortos, rulos catarata, rulos atados, lacios al costado, lacios a dos aguas. Negros de todas las alturas menos bajos, de cabezas perfectamente circulares o más bien angulosas al estilo somalí. Descendientes de ingleses, flacos, medianos y altos, siempre de ojos claros. Descendientes de indios, tan indios que parece que sus abuelos no hubieran salido nunca de la India. Todos los otros están presentes en el patio de comidas, en los locales de ropa y en los bares de lujo. Sin estar mezclados, consumen, no obstante, sin distinción de razas. La diversidad en el centro comercial es una de las expresiones más exitosas de la política post apartheid, que pudo generar desacoples entre la clase y la raza, es decir, entre la clase social y el barrio de nacimiento, es decir, entre la clase social de una persona y la clase social de sus padres. A este desacople en el consumo le correspondió un desacople en el mundo del trabajo. En el patio de comidas ya no sólo atienden y cocinan personas negras; atrás del mostrador, ahora también hay personas blancas y personas de origen indio. Su trabajo en esos locales muestra el agotamiento del régimen en el que los blancos vivían cómodos mientras las personas de color sobrevivían esforzadas. Es que el nuevo capitalismo sudafricano necesita del esfuerzo de todos: ya no alcanza con la plusvalía del otro.
Ellis Park, el emblemático estadio de rugby, es el templo nacional del deporte afrikaner. En este estadio, en 1995, la selección de rugby de Sudáfrica ganó el mundial de rugby y Mandela escenificó las esperanzas de un país multicolor. Una hora antes del partido, a los pies del estadio todo es un enorme patio cervecero, la gente va y viene tomando cerveza y comiendo salchichas. No están de paso, ni están apurados. Al contrario, suelen llegar una, dos o tres horas antes de que empìece el partido para pasar la tarde abajo del estadio. Hay chiquitos, hay familias, hay grupos de amigos, hay hombres y hay mujeres de todas las edades. Aunque la inmensa mayoría es hincha de los Leones, el equipo local, también hay hinchas del equipo visitante, los Tiburones de Durban. Todas son personas blancas, salvando a quienes atienden en los puestos de comida, que todas son personas negras. Aunque los hinchas de uno y otro equipo hagan la misma fila para comprar una salchicha o se sienten uno al lado del otro no podemos decir que estén mezclados, porque ellos ya son parte de lo mismo: la fiesta afrikaner.
Para la inmensa mayoría de los sudafricanos, el partido de rugby es la fiesta de los otros, pero, sin embargo, también es una fiesta nacional. Porque los afrikaners no son extranjeros en Sudáfrica, no son una fuerza de intervención, ni son colonos de ocupación. Llegaron a estas tierras en 1648 y desde entonces fueron dominados, libraron batallas, ganaron y perdieron territorios, fueron expulsados de sus ciudades y obligados a migrar. Por culpa de los británicos o contra los británicos, en casi todos los casos. Y así como los afrikaners inventaron nombres para los pueblos que conocieron en África, los británicos  inventaron un nombre para los afrikaners: boers, campesinos. Los afrikaners son la tribu blanca de África, que nació, peleó y murió por el suelo africano. Repiten como un rezo que esta tierra también les pertenece, aunque los otros sudafricanos lo sepan hace décadas. Por lo menos, desde 1955, cuando el frente único contra el apartheid estableció como fundamento de su programa político “que Sudáfrica pertenece a todos los que viven en ella, negro y blanco…”. Y aunque siguen siendo los dueños de las grandes riquezas y los directores de las empresas más decisivas en Sudáfrica, muchos afrikaners se lamentan porque ya no controlan la política nacional, es decir, el Estado -si es que es posible una cosa sin la otra. Porque -dicen- ellos fueron quienes planearon este país, mientras -no dicen- las manos de otros lo construían.
Maboneng es un perfecto barrio gentrificado de Johannesburgo donde diseñadores, actores y fotógrafos anidaron en tres manzanas de una zona industrial abandonada. Sus vecinos y sus visitantes son personas increíblemente vestidas que se recortaron de una revista de moda y se pusieron a andar entre los comercios de la zona. Unos prueban vinos en un local chiquito de venta y cata. Otros anda por las escaleras de una fábrica en la que se instalaron un estudio fotográfico, una librería de arte, una cafetería y una feria de diseño. En la terraza de otro edificio, hay un bar donde personas de todos los colores hablan de arte. Todo esto en sólo trescientos metros. Más allá, estas tres cuadras reutilizadas por la movida cultural están rodeadas por varias manzanas de fábricas y galpones donde ya nadie produce ni guarda nada, y que están cruzadas por calles que ya nadie nadie camina, menos de noche, cuando la ausencia total de alumbrado público las transforma en un túnel sin luz.
La noche de Maboneng es oscura, pero bulliciosa. No cambia que sea viernes, domingo o lunes, todas las noches, una fiesta trepa desde la calle hasta la ventana de la habitación que alquilo con Agustina, mi novia. Asomado desde la ventana, no llego a ver mucho, sólo un portón pobremente iluminado por tres foquitos verdes y un hombre con chaleco fluorescente que hace de seguridad. La única manera de saber de dónde viene esa música todas las noches es bajar a la calle y entrar por esa puerta.
Después de pasar la puerta, un calor bochornoso da la bienvenida. El boliche es en un salón rectangular, más bien chico, pero lleno de gente. No hay mesas, todos están parados charlando en grupos o baliando. Hay un televisor que pasa el partido por los cuartos de final de la Eurocopa entre Alemania e Italia; en un costado, hay una mesa de pool; a diez o doce metros de la mesa de pool, pero sobre la otra punta del bar, un disc jockey pasa música. En la pared opuesta a la puerta por la que acabo de entrar se despachan bebidas desde atrás de una reja, como en una despensa. Como no conozco a nadie ni tengo nada para hacer, compro una bebida para distraerme y vuelvo al mismo lugar donde estaba cerca de la entrada. Hay algo en mí que llama la atención, me doy cuenta por cómo me miran: algunos desde lejos, escondiéndose, tratando de ser discretos; otros directo a los ojos, a ver si pueden hundirme la cara. Otros pasan por al lado mio y me miran de arriba abajo sin recato ni consideración, como si ahí estuviera mi cuerpo pero no mi alma, como si eso que ven fuese solamente un figura pegada en la pared, como si mi cuerpo no me perteneciese a mí, sino a su mirada. No puedo descifrar ninguna de esas miradas ¿Son una pregunta? ¿Son un intento pudoroso de invitarme a conversar? ¿Son una advertencia? Con la bebida en la mano, sigo un poco el juego de pool y otro poco el partido de fútbol. Inesperadamente, siento cómo un hombre se cae encima mío. Lo ayudo a levantarse con torpeza y un poco de preocupación ¿Se tropezó accidentalmente? ¿Me está jugando una broma incómoda? ¿Estoy parado donde no debería? Me doy cuenta de que, simplemente, tomó bastante. Me agradece hablándome despacio a cinco centímetros de mi boca. Vuelvo al partido, Italia mete un gol y lo empata, uno a uno, a los setenta y siete minutos del segundo tiempo. Algunos festejan y brindan con un amigo. En mi mente solitaria aparecen los recuerdos de los cuatro partidos que la selección Argentina perdió con Alemania en los últimos siete mundiales y me sumo a los festejos un poco por adentro, sin tener con quién festejar. Vuelvo a mi bebida hasta que, de entre la gente que habla y baila, sale a mi encuentro una chica algo más joven que yo con el pelo arreglado en decenas de trenzas. Me saluda y me pregunta de dónde soy ¿Estará sola o con amigos? ¿Será la novia de alguien en el bar? ¿Me estoy metiendo en problemas? Le cuento que soy de Argentina, que viene a conocer y que es mi primera vez en Johanesburgo. Me cuenta que es de Durban, que estudió turismo y que es guía en la ciudad, y que ahora está en Johannesburgo, pero que no descarta mudarse a Ciudad del Cabo o , incluso, a Italia. Dice que no se ven muchos argentinos en Sudáfrica, pero que por supuesto que conoce a Messi, que quién no lo conoce. Cree que Sudáfrica podría estar mejor, que tiene mucho recursos naturales y universidades. Habla despacio, mira a los ojos y no disimula las dificultades de entendimiento con sonrisas de cotillón. Me pregunta si en Argentina se habla portugués. Conversamos un rato hasta que cada uno vuelve a sus cosas, ella a su grupo de amigos, yo al partido. Ese primer diálogo rompe la burbuja que me sigue desde que llegué al bar y, entonces, otros se acercan a conversar. El partido en la televisión es la excusa ideal. Me preguntan por quién hincho, de dónde soy, quién es mi jugador favorito. Mi diferencia ya no encandila y podemos conversar. Hay dos que me aseguran que Argentina es su país favorito, y casi nadie espera grandes cosas de la selección sudafricana en la próxima Copa Africana de Naciones que se jugará el año próximo en Gabón. Llega la definición por penales, se patean 17 penales en total: Alemana vuelva a ganar. Celebran otros. Los que hinchábamos por Italia nos damos frases de consuelo. La próxima será, me dicen, el próximo mundial lo ganan ustedes, con Messi no pueden perderlo. Me despido de todos con apretones de manos, saludo al hombre de la puerta de chaleco fluorescente y vuelvo a mi departamento.
Si Johannesburgo es una ciudad de contrastes, es decir, una ciudad del tercer mundo, Ciudad del Cabo, al contrario, es un brote primermundista en el cono sur de África. En el centro de la ciudad, el Parlamento sudafricano de arquitectura colonial holandesa está rodeado de un jardín verde y generoso. Al costado se abre una calle con edificios del siglo XIX que inventan una Londes llena de sol. Sobre la avenida, el antiguo mercado de esclavos del siglo XVII, también de estilo holandés, ahora es un museo de arqueología. Enfrente, edificios típicamente céntricos de hace cuarenta o cincuenta años están tan limpios que parecen nuevos. A ciento cincuenta metros está la catedral de San Jorge. Desde su púlpito, el premio Nobel de la paz, Desmond Tutu, evangelizaba la igualdad de los hombres y las mujeres en la tierra, sea cual sea su raza.
En Ciudad del Cabo, la personas son corteses en todo momento, no importa que sea la enésima vez en el día que cuentan sus recuerdos del apartheid. Tal vez esta amabilidad sea un rasgo más de su herencia anglosajona. Los locales de ropa tienen el mismo olor que en las grandes ciudades del mundo. El comercio informal es mínimo, y casi siempre se limita a las ferias de artesanías para turistas. Nadie parece andar previniéndose de robos ni de pequeñas estafas callejeras. La gente entra y sale del centro de la ciudad viajando en tren. Una tarde cualquiera en hora pico viajo parado al lado de dos oficinistas que van conversando en inglés, ambas blancas, y sentados más adelante, van cuatro estudiantes, tres negros y uno blanco, que discuten animadamente. El tren no está estigmatizado y lo usan todos. No sólo viajan mujeres y estudiantes, también, varones, oficinistas y turistas; no sólo trabajadores no calificados, también profesionales con saco y maletín; no sólo personas negras, también personas blancas e indias. Adentro de la ciudad, el espacio público no está fracturado por precipicios sociales y se ve gente caminando en todos los barrios. El horizonte está moldeado por las montañas que la rodean la ciudad y por el mar que les da a las calles un horizonte infinito o las cubre de bruma, dependiendo del humor solar.
En el Waterkant, el barrio residencial de lujo en terrenos portuarios, está la feria de diseño de la ciudad. El predio en el puerto al lado del agua no es muy grande, a penas de cien metros de largo por cincuenta de ancho, en el que cerca de cien diseñadores venden ropa, carteras, zapatos, juguetes, vajilla o joyas. Nada de lo que está allí lo vimos antes en otro lugar de Sudáfrica: todo tiene detalle, diseño, todo es especial de alguna forma. Es la feria del valor agregado africano. En un puesto, las fuentes hechas de hilo por una cooperativa de mujeres rurales; en otro, las figuras de animales para armar en piezas de diferentes maderas autóctonas;  una diseñadora ofrece remeras que fusionan géneros tradicionales africanos con moldes modernos. De fondo, suena la música lounge que unos djs tocan en vivo en la sector de la feria dedicada a la compra-venta de vinilos. Compran y venden personas de todos los colores.
En Bo-Kaap, el barrio musulmán de Ciudad del Cabo, no se ven marcas del enfrentamiento que hoy define el pulso de la política internacional y que empieza a dominar las geografías de muchas ciudades del mundo. Al contrario, hombres y mujeres vestidos de todas las maneras, según la costumbres islámicas o según los estilos más seculares, van camino a sus casas o a la mezquita, a las casas de venta de muebles o a los bares que rodean la zona. Entre estas calles con casas bajas de muchos colores la religión de los otros no ofende, ni agravia.
Como en otras ciudades del primer mundo, en Ciudad del Cabo las personas caminan por la calle de día y de noche, el tren llega a horario y la gente es amigable. Las veredas, la estación de trenes, el puerto, las plazas, son usados extensa y homogéneamente por locales y eventuales turistas para pasear, trabajar y trasladarse. El conflicto -distributivo, racial o religioso- no irrumpe ineludible e irredimible en las calles En Ciudad del Cabo, la diferencia, propia o de los otros, no es una fuente de sospecha, de desconfianza o de amenaza. En esta ciudad, la nación arcoiris está buenos términos con el capitalismo, y el colonialismo inglés expone sus mayores logros en cuestiones de infraestructura, de integración social y de encuentro intercultural.
Las ciudades en Sudáfrica son nodos destacados de la globalización. Un poco por la historia del país, construida por múltiples procedencias; otro poco por su ubicación geográfica, punto de paso para todo intercambio Sur-Sur; seguramente, también, porque en esas ciudades todos hablan inglés, una de las once lenguas oficiales del país. Pero, no todo en Sudáfrica son sus ciudades seculares, con sus beneficios cosmopolitas y sus conflictos contemporáneos. También hay un campo sudafricano, una vida rural y campesina, donde las cosas son muy diferentes. Mandela, por ejemplo, nació y se educó en ese campo, en Qunu y en Mvezo, dos aldeas que cuando él nacía eran poblados minúsculos y que, un siglo después, están muchos pobladas, aunque no dejan de ser aldeas.
Se llega hasta ahí por una ruta que no está perfectamente asfaltada y señalizada, una particularidad de este rincón del país. La ruta atraviesa el Transkei, la región del pueblo Xhosa -Mandela era xhosa-, en el sureste sudafricano. Y en una distancia de cien kilómetros no hay más que esta ruta y unos caminos de tierra de veinte o treinta metros que, cada tanto, salen desde la ruta. A los costados, sobre las lomas y los valles que ondulan todo el paisaje, hay cientas, miles de casas desparramadas, cada una pintada de un solo color, rosas, verdes, amarillas o naranjas. Casi todas son perfectamente redondas, como antiguas chozas, pero hechas de material; algunas pocas son rectangulares, las más modernas. No están ordenadas en manzanas, ni están sobre calles. Así, sueltas, se esparcen por todo el campo como si el viento hubiera dispersado sus semillas en la tierra. Cada casa tiene su terreno adyacente, pero en ningún terreno se ven plantaciones de ningún tipo. Por ahí cerca se puede ver una vaca suelta, perro un caballo.
¿De qué vive la gente que vive en estas casas? Es difícil saberlo. No se ven huertas, corrales, ni pastores. Sí se ve que los más jóvenes toman combis todas las mañanas: van a su trabajo en la ciudad, a una hora de viaje atravesando el campo. Aunque tengan un puesto en la ciudad, eligen seguir viviendo en estas lomas donde se ve un solo hospital, una sola escuela y un solo supermercado en cien kilómetros. En sus casas hay electricidad, pero en la ruta y en las lomas no hay alumbrado público. En la zona no hay servicio de recolección de residuos, pero no se ve basura en ninguna parte. No hay gas natural y muchas veces la gente cocina prendiendo un fuego en su terreno. No hay agua corriente tampoco; entonces, a veces, no hay cómo apagar el fuego que acaban de prender. Si no lo para la ayuda de los vecinos, el rocío matinal o algún otro factor impredecible, el fuego se extenderá y tal vez alguien muera quemado o pierda su casa entre las llamas, porque tampoco hay bomberos en esta zona. Por la noche, se ven pequeños incendios por todas partes; entre las lomas, al costado de la ruta, cada cien o doscientos metros un pedazo de tierra se prende fuego. Nadie se alarma, este escenario de guerra es cosa de todos los días, el fuego ya se apagará.
Si alguien pierde su casa, la comunidad le dará otro lugar donde vivir, porque acá nadie es dueño de su terreno, nadie tiene una escritura, la tierra es de la comunidad. El que necesite un terreno para construir su casa se dirige al líder de la zona para consultar la cuestión, éste, a su vez, consulta con un líder superior que representa a toda la región y ellos dirán qué terreno pueden ofrecerle para que construya su casa e instale a su familia. En esta región del Transkei, como en otras regiones rurales del país, las cosas se siguen haciendo de la manera tradicional. Los líderes no resultan de una votación en un cuarto oscuro, sino de formas antiquísimas de democracia asamblearia donde las discusiones no se resuelven según la regla de la mayoría, sino con el consenso unánime los que participan de la decisión. Y si el consenso no llega, nadie le impone a un grupo la voluntad de otro por medio de una votación. Es mejor dejar de discutir el asunto por un tiempo y retomarlo más adelante. Más tarde o más temprano, el consenso llegará.
Mirando desde el campo, todos los conflictos sociales y raciales que se ven en las ciudades quedan englobados por un clivaje más antiguo y profundo: campo o ciudad, tradición o modernidad. Vistas las cosas desde el campo, el otro no se define por el color de la piel, por el país en que nació o por cuánto gana. El otro es el que no vive de acuerdo a las costumbres tradicionales de su pueblo, el que vive en la ciudad. Porque también en Sudáfrica, como en tantos otros países del tercer mundo, el campo es el refugio de las tradiciones contra la modernización que llegó avasallante desde el mar. En el campo sudafricano se preservan las tradiciones zulú, xhosa, koikoi, san, nama, ndebele, sotho, tsonga, swazi, y, también, la tradición afrikaner amenazada por la integración de estos nuevos tiempos. La tensión -cuando no, el abierto conflicto- entre tradición y modernidad tiene expresiones concretas, como son todos los litigios judiciales sobre restitución de tierras a las comunidades rurales tradicionales que, desde el final del régimen del apartheid, son de máxima prioridad para la Corte Constitucional de Sudáfrica
Una nación siempre surge del esfuerzo de ensamblar espacios diferentes. La Johanesburgo negra, con las marcas de las opresión, pero también, de la democracia; el Sandton lujoso, lugar de la fractura social y, a la vez, de la integración racial. Esa flor de invernadero que es Ciudad del Cabo. El campo negro y conservador, donde todavía cada pueblo cuida sus tradiciones. Es difícil entender qué rol juegan cada uno de estos espacios en la anatomía simbólica del país. En la aspereza de Johannesburgo se ven la heridas del apartheid, del mismo modo que en el brillo de Sandton se ven algunos de los logros posteriores. Los éxitos del colonialismo británico, por su parte, se lucen en Ciudad del Cabo, pacífica, desarrollada, integrada. En el campo queda lo que la política post apartheid todavía no sabe cómo resolver: el conflicto entre, por un lado, sostener el desarrollo sudafricano -moderno, global y, en última instancia, europeo, que es único en el continente y que es valorado por todos los sudafricanos-; y, por otro lado, hacer efectivos los derechos cuya negación fue imprescindible para que ese desarrollo tuviese lugar -como la restitución de la tierra a las comunidades locales ¿Qué es, entonces, Sudáfrica? ¿Cómo conocer la verdad de un país que, más que el país arcoiris -como se decía en la época de Mandela- es un país-caleidoscopio que muestra figuras distintas dependiendo desde dónde se lo mire, figuras en las que lo mismo y lo otro, lo central y lo periférico, son, en cada una, cosas diferentes? Entre todas las figuras posibles del caleidoscopio sudafricano ¿Hay una que pueda explicar a todas las otras? ¿Hay una figura primera, central o fundamental? Si la hay, si efectivamente hay una figura primera, una figura central o una figura fundamental ¿Son la misma figura? ¿Desde dónde mirar a Sudáfrica para conocerle el corazón?
Sandine vive en Johannesburgo, tiene alrededor de treinta y cinco años, trabaja de taxista y conoce varias de las múltiples sudáfricas. Sandine es negro, pero no quiere votar por el ANC, el partido de Mandela que gobierna desde 1994, porque según él, Jacob Zuma, el actual presidente, roba y sólo beneficia a los suyos. En la próxima elección, tal vez vote a la Alianza Democrática, un partido mayoritariamente de blancos que hace años gobierna Ciudad del Cabo, aunque hoy su principal figura nacional es de Johannesburgo y es negro. Sandine dice que él no tiene problemas para distinguir a un zulú, de un xhosa, de un sotho. Unos tienen cicatrices en la cara, otros usan una túnica tradicional, otros tiene una forma de hablar muy especial. Él es zulú y está en pareja con una chica sotho. Cuenta que, antes, las personas de diferentes pueblos no se casaban entre sí, pero que ahora, en las ciudades, todos están mucho más mezclados. Los dos viven en Johannesburgo hace varios años, pero sus familias siguen en el campo, cada una en su pueblo. Cuando la relación avanzó, visitaron a las familias y cada uno tuvo que aprender las tradiciones de la familia del otro. Sandine dice que son diferentes maneras de hacer las cosas, pero que para ellos no es un problema porque sólo tienen que seguir esas tradiciones una o dos veces al años, cuando van de visita al campo para las fiestas o para las vacaciones.
Hay gente que dice que Sudáfrica no es África, por el nivel de su infraestructura, por la educación que se puede recibir en Sudáfrica, porque la historia del Estado sudafricano es anterior a la historia de la descolonización de la década del ‘60 del siglo XX, porque la proporción de población blanca es diez veces más que el 1% de blancos que hay en la mayoría de los países del continente. Y hay gente que dice que África, como un todo, no existe, que es un objeto imaginario, que no hay un referente para “lo africano”, que es una construcción de la literatura europea y que África, como un todo, sólo es un collage de fantasías sobre el Otro: miedo, deseo, desdén, curiosidad, subestimación, compasión, tolerancia, respeto, diálogo, reparación. En la historia de Sudáfrica están todas esas impresiones mezcladas, a veces, de maneras crueles, a veces, de maneras esperanzadoras. Como en una Babel condenada que hace tres décadas busca de su redención.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Entrevista a Diana Maffía para el CBC.



  • Habló sobre filosofía y dijo que la diferencia entre filosofía continental y filosofía analítica es un resultado geopolítico.
  • Habló sobre pensamiento y política y nombró a Genaro Carrió, a Gregorio Klimovsky y a Eduardo Rabossi, a Carlos Rosenkrantz, a Marcelo Alegre, a Roberto Gargarella, a Marcela Rodríguez, a Martín Böhmer y, claro, a Carlos Nino.
  • Habló sobre feminismo y dijo que hay formas de apropiación sociales sobre el cuerpo de las mujeres y que esa apropiación es una forma de esclavitud.

Acá.

martes, 15 de noviembre de 2016

Leandro Giacobone comenta el sentido y los objetivos de la Jornadas de Jóvenes Investigadores sobre Radicalismo

¿Cuál es el sentido de discutir sobre el radicalismo y su historia en el contexto actual?

Bueno, Alfonsín repetía una frase de Bobbio: “somos lo que elegimos recordar”, y justamente eso que elegimos recordar, siempre está condicionado por las preguntas que nos hacemos en el presente.   

¿Sobre qué momentos de la historia del radicalismo creés que puede resultar fructífero discutir para pensar la Argentina actual? 

No sé si hay un momento específico. La historia del radicalismo tiene más de un siglo, se confunde con la de la Nación. Es inmensa en términos cronológicos, espaciales y sociales. Más bien creo que hay temáticas, y formas de abordaje que fueron poco visitadas, y tienen mucho que aportar en el estudio del radicalismo y la Argentina actual. Por ejemplo los desarrollos de los últimos años acerca de la clase media, los populismos, los estudios culturales, la historia de los trabajadores, la historia intelectual, etc. Hoy se discute el tema de los populismos y se recurre para ello a analizar el yrigoyenismo, el discurso de Intransigencia y Renovación durante el primer peronismo, e incluso del alfonsinismo. Cuando se repasa la historia intelectual, los grupos de intelectuales que rodearon a Alfonsín son una visita obligada. Dentro del gran desarrollo de la historia de las izquierdas y de los trabajadores se toca, aunque tangencialmente, las relaciones con el radicalismo.  Los estudios culturales, ya sea enfocados desde la historia de la cultura escrita, del deporte, de la cultura popular o de masas, son importantísimos para explicar el arraigo popular del radicalismo. Su penetración capilar a través de la cultura popular y de masas fue fundamental desde el inicio del radicalismo para convertirse de un grupo de jóvenes críticos escindidos de la aristocracia porteña, a una fuerza social popular que le dio contenido a la democracia.    

La presentación de la jornada afirma que el radicalismo es un objeto de estudio poco trabajado en el campo académico local ¿Cuáles son las causas de esta postergación? 

El radicalismo quedó bastante marginado como objeto de estudio en el campo académico, y sobre todo en la divulgación. Los factores son muchos, algunos propios del radicalismo como la poca valoración que da el partido a las nuevas formas de encarar los estudios históricos, que van más allá de las explicaciones tradicionales de los símbolos y las efemérides. Hay una mirada muy nostálgica de la historia, como de pieza de museo, y no como capital simbólico, con toda la importancia que esto tiene en la formación permanente de la identidad de un partido político. Es un espacio lleno de fórmulas gastadas, y los estudios más renovadores (que los hay) no logran penetrar e insertarse en la discusión cotidiana, en la cosmovisión de los radicales. El sentido común de la historia del radicalismo se sigue formando con textos de hace 50 años como los de David Rock, Gabriel del Mazo o Ezequiel Gallo. Los más recientes aportes de Persello, Adamovsky, Joel Horowitz y Gerchunoff son un poco de aire fresco para renovar un poco estos estudios.   
También hay una serie de autores muy interesantes como Rapallo, Prieto, Tarcus, Martinez Mazzola, etc. que vienen trabajando otras líneas de investigación que se rozan con el radicalismo y dejan puntas para comenzar a trabajar, más que interesantes. Por otro lado, cierto sentido común de que todo comienza con el peronismo, e incluso todo lo que sucedió antes sirve como para explicar el porqué del surgimiento este movimiento político. Además el peronismo es un partido que tiene indudablemente un capital simbólico muy fuerte y maleable, y que le destinan recursos. 
   
Entre los artículos presentados para la jornada y aquellos otros que ya se conocen ¿Cuáles son los temas más trabajados? 

No sé si hay un patrón en los temas que se abordan en las Jornadas. Sí hay distintos perfiles de investigadores. Dentro de los que vienen del campo académico están los que provienen de Ciencia Política y gente que es de Historia. Pero también están los que son graduados y los que recién comienzan y tienen a estas jornadas como su primera experiencia en este tipo de encuentros. También hay jóvenes que desarrollan su tarea de modo independiente de la universidad, como así también quienes provienen de otras carreras como Derecho y tienen interés en estos temas. Desde acá, lo que intentamos hacer es juntar estos mundos que tienen producción de investigaciones y espacios de intercambio propios, pero que funcionan como mundos separados. Hoy la interdisciplinareidad es fundamental, y estamos seguros que se van a dar cruces interesantes entre distintas carreras, entre estudiantes y graduados, y entre profesionales y amateurs. 

¿Por qué eligieron a Pablo Gerchunoff y a Luciano de Privitellio para el cierre de la jornada? 

Mirá, más allá de ser nombres convocantes, lo que nos interesaba era reforzar la imagen del perfil académico de las Jornadas, pero fundamentalmente rescatar el espíritu crítico de las mismas. Lo hicimos desde la convicción de lo que no queríamos que fuera. Eso de caer en el panegírico, de lo bueno que es el radicalismo y de cómo la sociedad no se da cuenta de lo que se pierde. Salir de la visión cristalizada de la historia del radicalismo. Con Gerchunoff y Privitellio, más allá de coincidir o no, tenés un debate de calidad asegurado.     

jueves, 21 de abril de 2016

El Pro y la ideología.

   Del Pro no se conocen textos fundacionales, ni fundamentales, ni discursos históricos, ni grandes gestas, ni próceres. Es un partido que no construye monumentos. Ni da lecciones de historia, ni de moral, ni de política. Por el contrario, su forma es la proximidad, hecha de palabras fáciles, objetivos que pueden lograrse y siempre enfocada en las soluciones. Que nada quede muy lejos en el orden del tiempo, ni en el de las ideas. Después de 2001, cuando ninguna palabra política resultaba creíble, Macri y su equipo buscaron credibilidad en un retórica de lo concreto, de las cosas, preferentemente de las que se tocan. “Pasión por hacer” ya era su lema de campaña en 2003. Identificación de problemas concretos y promesa de soluciones específicas son el uno-dos de su estrategia que busca el knock out con una definición explícita: el Pro no asume ninguna filiación con las ideologías del siglo XX, o con las grandes ideologías o, simplemente, con las ideologías. Esta estrategia -muchos dicen- desideologizante estuvo en el centro del debate sobre el Pro desde su aparición en la política de la Ciudad de Buenos Aires. Los críticos del Pro todavía se mofan y se enojan por lo que sería su falta de ideología, pero, también, su falta de militancia y su falta de arraigo en el territorio y en la historia. Sus adherentes sólo se ríen. Para unos y para otros, la llegada del Pro al gobierno nacional es un fin de las ideologías nuestroamericano.
   Ahora bien, esta acción -insistamos, a falta de una mejor expresión:- desideologizante no fue un posicionamiento exclusivamente dirigido contra ese perfeccionismo moral que es el kirchnerismo, ni es una medida de coyuntura para enfriar momentáneamente la retórica y bajar la inflación de palabras.  Por el contrario, desde su comienzo el Pro lanzó una insurgencia generalizada contra la densidad simbólica que caracteriza a la política de masas, que en todas partes y tiempos ha sido fuente de confusiones cuando no de abiertos engaños; de demoras, cuando no de impedimentos; de desencuentros entre las personas, cuando no de animadversiones, sesgos y prejuicios. Para el Pro, en términos generales, una estrategia -mal calificada como- desideologizante puede liberar la vocación creativa de las personas y su capacidad de mancomunión. Y, más concretamente, es su seña de identidad más particular y original. Se distingue de la melancolía peronista; diluye el legado del radicalismo, espeso y ritual; evita los compromisos dramáticos de Carrió; agujerea el agonismo kirchnerista. Diferenciados de todo el espectro político, Macri y el Pro, son lo nuevo.
  La acción -digámosle, equivocadamente- desideologizante tiene, no obstante, sus símbolos que están a la vista de todos y son para tranquilidad de todos: la “pasión por hacer”; “los vecinos”, la bienvenida, la tarima en el centro de salón; los globos y el color amarillo, por supuesto; también el baile del presidente; el cambio de cuadros en el despacho presidencial; el perro Balcarce, el “sí se puede”. El Pro constituye símbolos sin grandes solemnidades, es sobrio, le alcanza con gestos de respeto y de ubicación. Mucho menos, se complace con relatos edificantes sobre la historia nacional: para eso está el revisionismo. Las solemnidades, la historia, las grandes hombres, las utopías, todo eso trajo muchas desgracias y pocas soluciones. El Pro elige enfocarse en lo concreto, en el presente y, en todo caso, en el futuro. El Pro no moviliza desde la reivindicación sino desde la aspiración. Los símbolos del Pro son abiertos y próximos, son optimistas, son modernos, pacíficos y tolerantes, nos dan un descanso después de doce años de melodramática intensidad simbólica. Nadie puede sentirse amenazado por estos símbolos que no descalifican ni acusan. 
  Los símbolos del Pro, además, no quieren hacer apelaciones emocionales ni identificar enemigos. El Pro renuncia a las enunciaciones demasiado candentes y efusivas. Porque el Pro quiere, y nosotros queremos, una acción política eficiente y, eficaz, con menos vaho y con menos humo . Después de doce años de intensidad simbólica tenemos hambre de cosas, queremos saber que hay problemas que fueron resueltos, queremos la satisfacción que da una lista de cosas hechas. Sólo entonces vamos a creer que se endereza el camino hacia alguna forma de justicia. El Pro, entonces, representa diciendo que no se va a disfrazar con el poncho justiciero porque abajo de esa retórica se esconde la daga de los demagogos.
   Pero ¿Hay un acto de justicia que no se vuelva gesto justiciero? ¿Acaso no es esa la forma en que la justicia aparece en la política? ¿No reside en esa operación, la de hacer de la justicia algo justiciero, toda la eficacia política de la justicia? ¿Un acto de justicia que no es justiciero, no se vuelve invisible, políticamente inútil, un mero acto administrativo, ni justo ni injusto?
  Para nosotros, no. Para nosotros, hay justicia sin gesto justiciero, hay justicia antes del lenguaje. Para nosotros, hay justicia en un mero acto administrativo, aun más creemos que una de las formas más radicales de justicia tiene la forma de un acto administrativo: pedir de cada cual según sus capacidades, dar a cada cual según sus necesidades.
Pero ¿La justicia de la administración es la única justicia política? Los que tenemos hambre de hechos, los que conocemos la justicia de la administración ¿No apreciamos la justicia que hay en el lenguaje? ¿No podemos ver que el gesto justiciero puede ser, él mismo, un acto de justicia? O, acaso, visibilizar injusticias, encontrar a los responsables, ofrecer el compromiso en primera persona ¿No son, ya, formas de realización de la justicia? No ver esto puede ser un riesgo para la justicia y para la eficacia política.
   Para la justicia, porque en su afán por hacer, el Pro rechaza todo gesto justiciero, y corre el riesgo de tirar al niño con el agua. Porque deshaciéndose de los discursos justicieros, el Pro queda desprovisto, si no de justicia, cuanto menos, de un sentido de justicia. Cuando confunde todo gesto justiciero con demagogia cae en el mismo error que los que confunden todo gesto justiciero con justicia. 
   Para la eficacia política, porque esta renuncia programática a los discursos justicieros nos deja tanteando entre preguntas ¿Cómo es una política que se construye sin un sentido de justicia, o contra ninguna injusticia o, incluso, que cree que los discursos justicieros son una rémora arcaica del siglo XX, sólo la mascarada demagógica de autoritarismos atávicos? ¿De dónde toma fuerza una política así? ¿Dónde gana cuerpo? ¿No tiene pasado, está obligada a inventarlo todo de cero? ¿Podrá? Para pensar estas preguntas estemos advertidos de lo siguiente: un liberalismo sin cuerpo ni justicia podría no ser lo opuesto al kirchnerismo sino, uno de sus axiomas.
   Por todo esto se ceban los ideologistas con el Pro, por su renuncia a un sentido de justicia. Seguramente porque ellos entienden esa renuncia de la misma manera que Durán Barba: como subversiones cotidianas contra las ideologías. Subversión de la que el consultor se ufana de ser el ideólogo. 
   Sin embargo, a pesar de todos los lamentos y enojos por una supuesta falta de ideología o por una política que no tendría sentido de justicia, el Pro tiene sus símbolos. Porque los símbolos son un resultado inevitable de un momento y de una época, de una psicología, de una lengua y de una clase. Y nadie puede renunciar a esos compromisos, que ya no son políticos, sino ontológicos ¿O es posible una política plana, sin volumen, evidente, traslúcida? ¿Un grado cero de la acción política desprovisto de símbolos, de rito, de gesto, existe en algún lado? ¿Cómo funcionaría una política así que pudiera renunciar a la representación? ¿La política no trabaja, en realidad, exactamente al revés: transformando todo acto en un gesto? Pongamos este ejemplo: “actuación” es todo lo que hace el actor mientras está actuando, todo movimiento o toda quietud, toda palabra o todo silencio, esté el actor arriba o abajo del escenario, se lo vea o sólo se escuche su voz; en todos los casos, su acción siempre tiene un sentido dramático. Del mismo modo ¿No es gesto o símbolo todo lo que el político hace mientras está haciendo política? ¿Y en qué momento un político deja de hacer política? 

jueves, 7 de abril de 2016

Los demócratas

La corrupción, las mafias, la división de poderes, la libertad de prensa, la justicia independiente, la igualdad ante la ley ¿A quién le importan, si ya nadie vota a los demócratas? I Durante los doce años de gobiernos kirchneristas, las discusiones sobre una -por así llamarla- “cuestión de las instituciones” ocuparon un lugar central en el debate. Estuvieron presentes cada vez que se discutió la relación del Poder Ejecutivo con los otros poderes; la posibilidad de dar con algún grado de independencia judicial; la existencia o inexistencia del federalismo en nuestro país; la regulación de los medios de comunicación; el rol de los partidos políticos; la necesidad de contar con organismos de control; la legitimidad de las candidaturas testimoniales; la legitimidad de los escraches; la legitimidad y los efectos de la intervención del INDEC; la independencia de las organizaciones sindicales y su democracia interna; la vías de las protesta. Esta cuestión de las instituciones llegó al centro de la agenda política como una reacción ante la “crisis de la democracia” posterior a 2001, cuando la estabilidad política en nuestro país había quedado pulverizada y se aflojaban los nudos de todo lo que la política mantiene unido en la Argentina. A esa falta de ataduras se la temía como el primer síntoma de la anomia. En esos años iniciales, dos personas entendieron antes que nadie que la crisis de la democracia y la cuestión de las instituciones se habían vuelto de máxima prioridad para los argentinos. Por un lado, el presidente Kirchner, el 19 de junio de 2003, cuando, sin haber cumplido un mes a cargo del gobierno, promulgó el decreto 222/03 por el cual se autolimitaba en el uso de sus facultades para proponer miembros de la Corte Suprema. Por el otro, Elisa Carrió, también el 19 de junio de 2003, cuando calificó la medida como “un avance extraordinario para las instituciones”. En todo este tiempo, entre estos debates, que terminaron configurando en todo esto de la cuestión de las instituciones, maduraron tres discusiones principales sobre la crisis de la democracia. En primer lugar, la discusión sobre las reglas de juego: si algún sentido fundamental de la política argentina está en riesgo como consecuencia de la manipulación de las reglas de juego político o si, por el contrario, la modificación de las reglas de juego es una de las posibilidades esenciales del juego político. En segundo lugar, la discusión sobre la competencia política: si la existencia de reglas de juego político es la garantía imprescindible para asegurar la competencia política, o si, por el contrario, la competitividad de nuestro sistema político es un resultado de la capacidad de cada fuerza para seguir siendo representativa. En tercer lugar, la discusión sobre la distribución del poder: si la distribución balanceada del poder es una condición de posibilidad de la democracia que debe ser garantizada con independencia de los resultados electorales, o si la distribución balanceada del poder es solamente un efecto, entre otros, de la competencia política. Sin que sea sorpresa para nadie, estas tres discusiones terminaron por dividir el campo político en dos grupos: por un lado, quienes creen que la distribución balanceada de los recursos del Estado y del poder político es, cuanto menos, una condición valiosa para asegurar los beneficios de la democracia; y por otro lado, quienes, al menos hasta el cambio de gobierno, sostuvieron que la distribución del poder debilita la capacidad del Estado para asegurar los beneficios de la democracia. En este marco, y nutrida del argumento constitucionalista según el cual cuando el poder no tiene límites peligran los derechos que la democracia busca garantizar, la crítica opositora delineó los bordes de su perfil político sosteniendo que la manipulación de las reglas por parte del gobierno profundizaba la crisis de la democracia argentina post 2001, cada vez que esas manipulaciones obstaculizan, de una u otra forma, la competencia política que habría de asegurar la alternancia en el poder, imprescindible para asegurar los beneficios de la democracia. Sin embargo, las cosas parecen haber resultado más bien al revés: el debilitamiento de las instituciones y la falta de reglas de juego resultaron una consecuencia de la crisis de la democracia, antes que su causa. Es decir, que sólo porque estaba en crisis una cierta idea de democracia -la que tiene a la alternancia de los partidos en el gobierno como prueba fundamental de su virtud y de su buen funcionamiento- es que fue posible debilitar las instituciones y manipular las reglas de juego. Esto es lo que podemos concluir dados los muy moderados costos políticos que en los últimos doce años pagaron quienes afectaron las instituciones o manipularon las reglas de juego político vigentes hasta 2001. Si, por el contrario, esta idea de democracia no hubiera estado en crisis, las manipulaciones denunciadas no habrían, siquiera, asomado como posibilidad dado el rechazo popular que habrían generado. La supervivencia electoral de los candidatos testimoniales, las generalizadas especulaciones sobre el calendario electoral y las idas y vueltas sobre el sistema de votación en diferentes distritos, son indicios que fundamentan esta hipótesis, porque no hay evidencia de que ninguna de estas manipulaciones haya afectado la credibilidad de quienes las pusieron en práctica. Pero lo que es más, el debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego no sólo no parecen ser la causa de la crisis de la democracia, sino que, incluso, parecen haber sido su solución. Ya que casi quince años después de 2001 la democracia argentina no está amenazada por la inestabilidad que entonces nos amenazaba con fulminarla. Y podemos notar que esa amenaza no se disipó porque se hayan restablecido las reglas de juego previas a la crisis, sino que, muy al contrario, lo que vemos es que esa amenaza se conjuró correlativamente al debilitamiento de las instituciones y a la manipulación -cuando no su completa desaparición- de las reglas vigentes hasta 2001. Esta manera de avanzar la crisis y su solución nos señala que en estos años emergieron formas de interacción política inéditas o inéditamente legítimas, algunas de las cuales o, incluso, caracterizaron los momentos más dramáticos de la crisis. En este sentido, la concentración del poder -que resulta de una concentración de votos que, a su vez, expresa la concentración de la confianza popular en una fuerza- resultó ser una de las vías más relevantes para la reconstitución de la confianza en la democracia argentina después de 2001. Los resultados electorales son indicios de esta hipótesis. En la elección presidencial de 2003, el candidato que más votos sacó no llegó al 25%, su inmediato seguidor quedó a menos de 3 puntos porcentuales de distancia, y los tres candidatos siguientes recibieron entre el 16% y el 14% de los votos; todavía ninguno alcanzaba los niveles de apoyo que dos años antes había alcanzado la consigna “que se vayan todos”. En febrero de 2012, la situación era la inversa: meses después de que la presidente Cristina Fernández lograra su reelección con el 54% de los votos, a casi 38 puntos porcentuales de diferencia de la segunda fuerza, la consigna fue “vamos por todo”. La democracia argentina pasó de la falta de confianza en el sistema de partidos a la concentración de la confianza en el partido de gobierno. El debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego no sólo no prolongaron la crisis de la democracia sino que resultaron ser las vías por las que efectiva e históricamente la Argentina clausuró esa crisis.
II De la persistencia de la cuestión de las instituciones como centro de la crítica opositora durante los doce años kirchneristas podemos sacar dos conclusiones. En primer lugar, que fueron Carrió y el panradicalismo quienes durante estos doce años estructuraron ideológica y políticamente la oposición al kirchnerismo, dado que fueron ellos quienes desde 2003 pusieron a la crisis de la democracia y la cuestión de las instituciones en el centro de la agenda política. En este sentido, que durante los últimos doce años los éxitos nacionales de la oposición hayan estado directamente correlacionados con los encuentros y desencuentros entre Carrió, los líderes del radicalismo y sus aliados, es la expresión política más concreta de este protagonismo político, que quedó trunco. En segundo lugar, que las discusiones sobre la cuestión de las instituciones y su relación con la crisis de la democracia coagularon en dos maneras diferentes de caracterizar esta crisis, sus posibles causas y sus eventuales vías de solución. Por un lado, los que creen que un cierto debilitamiento de nuestra democracia es consecuencia del debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego político. Y creen, en consecuencia, que ese debilitamiento se supera devolviendo autoridad a las instituciones previas a 2001 y permitiendo que sus reglas recuperen su estado inicial después de haber sido estiradas muchas veces. Por el otro, los que creen que la confianza y la potencia de nuestra democracia se restituyen con nuevas instituciones y nuevas reglas de juego que reemplacen a las reglas vigentes hasta 2001, cuyo agotamiento irrevocable habría quedado entonces de manifiesto. Catorce años después de 2001, podemos pensar si acaso toda distinción entre el kirchnerismo y la oposición en los últimos doce años no fue una discusión entre estas dos manera de intepretar la crisis de la democracia. Es decir, podemos pensar si no fue la pregunta sobre cómo actuar ante la crisis de la democracia el clivaje fundamental inscripto en toda distinción entre el kirchnerismo y la crítica democrática a partir de cual unos y otros se definieron especularmente. Definición especular que se manifestó, entre tantas otras cosas, en una serie de confusiones a las que tanto unos como otros abonaron: confundir lucha con hostigamiento, movilización con extorsión, arraigo histórico con nostalgia, memoria con ilusión, organización con rentismo. Unos para construir organización política, otros para abstenerse de hacerlo. Por otra parte, del triunfo de Mauricio Macri también podemos sacar conclusiones. En primer lugar, que el desgaste al que la crítica democrática sometió al kirchnerismo terminó por desgastarla a ella misma, dado que fue Macri quien se quedó con el premio mayor del postkirchnerismo, aun cuando fueron los críticos democrácticos quienes durante doce años definieron temas, tonos y palabras de la crítica opositora. En segundo lugar, que el espejo en el que kirchnerismo y crítica democrática se reflejaron uno al otro está roto. Y, en este sentido, la raja de este espejo es la señal de un doble desplazamiento en el conglomerado político que se formó en la oposición al kirchnerismo. Primero, lo que ya es historia: que la fuerza o la debilidad de este conglomerado que convergió en Cambiemos ya no están determinadas por los encuentros y desencuentros entre Carrió, el panradicalismo y sus aliados, sino por la capacidad política de Macri y los suyos. Segundo: que la agenda de la calidad democrática cedió su lugar a la agenda de la expansión del capitalismo. En tercer lugar, que si el triunfo de Macri señala un cambio de guardia en el espacio que se formó en la oposición al kirchnerismo, Macri tiene entre sus tareas más necesarias y urgentes fortalecer y expandir un relato propio en sintonía con su agenda, tomando la posta de Carrió y el panradicalismo que fueron quienes en estos doce años dieron forma y dirección al electorado que terminó apoyándolo. 
III La crítica democrática atravesó doce años de kirchnerismo sin torcer el brazo. Se sobrepuso a derrotas estruendosas y a deserciones dolorosas. Fue paciente ante la falta de horizonte. No abandonó su fe en que la cuestión democrática es el mapa para desatar nudos dramáticos de nuestro capitalismo periférico. En los últimos doce años se atrevió a denunciar la borocotización de los políticos, la intervención del INDEC, el escrache indiscriminado, las candidaturas testimoniales, los usos patoteros del espacio público, el ataque a la memoria colectiva, la obturación y la desarticulación de los mecanismos de control, el abandono de los reglamentos parlamentarios, la manipulación del calendario electoral, cuando no de los resultados de las elecciones, el hostigamiento a opositores, la inoportuna muerte de un fiscal, el desvío sistemático de fondos estatales, la promoción de jueces, militares y periodistas asociados a la última dictadura militar, el monopolio comunicacional o la reglamentación de los medios de comunicación, el estado de excepción como regla de la acción estatal. Muchos alimentamos esta crítica con nuestra militancia. Sin embargo, que ninguno de sus referentes -Carrió, Sanz o Stolbitzer, por mencionar los que compitieron en 2015; pero, también, Ricardo Alfonsín o Hermes Binner; o incluso gente más joven como Adrián Pérez- se haya quedado con el premio mayor de la contienda que esta misma crítica lideró, tal vez sea la señal más cabal del agotamiento de esta crítica. Durante los tres gobiernos kirchneristas, cada vez que quienes apoyamos la crítica democrática pusimos en cuestión las formas de la gobernabilidad kirchnerista, cada vez que defendimos la legitimidad, la razonabilidad y la relevancia de nuestra crítica o que discutimos las diferentes maneras de participación, decisión y control popular en nuestra democracia, insistimos en que estas nuevas formas políticas eran causas de la crisis de nuestra democracia. Sin embargo, vistas las cosas desde la actualidad, nuestra insistencia hoy se ve, más bien, como una expresión porfiada de nuestras dificultades para hacer política después de 2001. Porque esta insistencia no parece haber ayudado a mantener la vigencia de los derechos, las garantías y las libertades clásicamente asociados a las luchas democráticas. Sino, más bien, lo contrario. Su efecto más relevante no fue resguardar a la democracia argentina de los efectos de las nuevas formas políticas, sino impedirnos apreciar la transformación que estaba ocurriendo delante de nuestros ojos: que la crisis de la democracia argentina iba encontrando las vías de su solución. Así, cuando poníamos en discusión los efectos inflamantes que las nuevas formas políticas podrían tener sobre la crisis de la democracia argentina estábamos discutiendo -no lo veíamos entonces- las causas de su solución, es decir, los modos por los que efectivamente la democracia argentina fue resolviendo su crisis y que son las formas que fueron estableciéndose después de 2001. En este sentido, y como tantas otras veces en la historia, los diagnósticos que insisten durante demasiado tiempo en denunciar una crisis, se vuelven restauradores: apostamos a restaurar el régimen democrático previo a 2001 restaurando las antiguas reglas de juego. Pero, como otras veces en la historia, los diagnósticos restauradores no advierten que las crisis, de una u otra manera, encuentran su solución. De esta forma, preocupados por las formas democráticas que ya no encontrábamos, impugnando la legitimidad de las nuevas, obturamos entre nosotros el debate sobre cómo asegurar derechos y libertades en la Argentina actual, post crisis de la democracia. Cerrada la crisis de la democracia, sólo quedó la crisis de los demócratas. Esta crisis es uno de los efectos más duraderos y más costosos de la crisis de la democracia. Duradero, porque desde 2001 y todavía hoy determina hegemonías y subordinaciones, ganadores y perdedores. Nuestras dificultades fueron condición indispensable para la consolidación de la hegemonía kirchnerista. Nuestro relevo, para su derrota. Costoso, porque la debilidad política del único actor que impulsa la agenda por la igualdad ante la ley, que tiene en el centro de sus preocupaciones que los aparatos del Estado respeten la vida y la libertad de las personas y que lleva el rechazo de todas las formas de corrupción como una marca de identidad irrenunciable, no es sólo la debilidad de los demócratas, sino de la democracia en su conjunto.