“En aquellos tiempos, nunca se sabía si era dios u hombre el viajero o el peregrino que se acercaba (...) Allí, la naturaleza de cada mendigo y de cada vagabundo extraño se sospechaba de origen divino”
Ryzard Kapuscinski, Barcelona, 2005.
A mi alrededor no conozco a nadie, nadie me mira. Todos caminan rápido, saben en dónde están y a dónde van, una tranquilidad de la que no participo. Paro para pedir orientación. La primera persona a la que pregunto me escucha, me mira y sigue caminando. La segunda me explica cómo llegar al lugar al que quiero ir y se despide diciéndome: “No deberías estar en un lugar como éste; no hables con nadie”. En las próximas cinco horas pregunto a cuatro personas más, todas vuelven a decirme “No deberías estar acá”. Estoy en el viejo centro financiero de Johannesburgo, en mi primera visita a Sudáfrica y al continente africano. No veo blancos ni latinos, ni tampoco indios, ni orientales. Soy distinto a los demás, un diferente, un extranjero. Por primera vez en mi vida, soy el otro
Como en cualquier centro financiero del mundo, los edificios del viejo centro de Johannesburgo son altos, muy altos. Moles cuadradas, una al lado de la otra, que se elevan muchos metros por encima de mi cabeza. Pero, a diferencia de otros grandes centros económicos, estos edificios no son usados por bancos, ni son de acero ni tienen vidrios azulados, ni brillan. Las torres de Johannesburgo fueron levantadas por las grandes empresas mineras que desde 1884 son el alma de la ciudad; y están hechas de concreto y de vidrios negros y dorados, son del color de la tierra y del oro que hicieron rica y pobre a esta ciudad. En sus fachadas no se refleja el cielo, el sol apenas si rebota opaco contra los vidrios oscuros. Desde el piso cincuenta del Carlton Center, el rascacielos más alto de África, el centro de Johannesburgo parece un hormiguero marrón rodeado de galpones, fábricas y edificios bajos. Por ninguna parte se divisan plazas ni árboles, mucho menos parques, sólo se ven edificios marrones ordenados en un damero sin equivocaciones. Es una ciudad dura, recta y seca, como una Nueva York minera. Más allá de los galpones y los edificios bajos termina la mancha urbana y empieza una meseta sin verde que se extiende hasta donde llega la vista. Las únicas salidas viables son las autopistas que desembocan en los bordes de la ciudad. Abajo, en las calles del centro, las personas llevan bolsas, las camionetas esperan atravesadas en la vereda, los changarines cargan y descargan mercaderías. No se ven hombres en traje ni mujeres con taco alto. Por momentos, el barrio parece más un mercado que una zona de oficinas, muchos menos un centro financiero.
Es que desde el final del apartheid las grandes compañías abandonaron estos edificios escapando de los nuevos vecinos del barrio, esos que hasta hace veinticinco años tenían restringida su circulación por la zona y que desde el final de la política de segregación hacen un uso tan natural como cotidiano de su derecho a circular. Pero los nuevos vecinos no son solamente los viejos sudafricanos que tenían controlada, restringida o vedada la circulación por su país. También son los nuevos migrantes de Malawi, de Nigeria, de Zimbabwe y de Mozambique. Si las grandes empresas se fueron del centro de la ciudad, si sus calles y edificios perdieron su brillo distinguido, si el centro está en decadencia, es, según dicen muchos johannesburgueses en el diario, en un taxi o en los bares, por culpa de estos inmigrantes que trajeron la droga, la inseguridad y la violencia.
Por eso, desde hace veinte años, el nuevo centro económico de Johannesburgo está a quince minutos del viejo, en el barrio de Sandton que es un suburbio distinguido de calles arboladas y casas con jardines. Desde que las grandes empresas sudafricanas empezaron a emigrar del viejo centro financiero de la ciudad, la avenida central del pequeño barrio suburbano se transformó en una impresionante exposición de arquitectura contemporánea. Sin damero ni medianeras, los nuevos edificios del centro de Sandton tienen formas para las que no hay nombres. No son torres, ni cubos bajos, ni siquiera pirámides. Más bien, tienen algo de placas tectónicas o de olas, de misiles o de globos. Son de vidrio y acero relucientes. Es el mismo estilo que se ve en otras ciudades igualmente obsesionadas con la modernidad, como Doha, Dubai, Shangai o Las Vegas.
Uno de estos edificios impresionantes, monumentales e irregulares es el edificio de Sandton City, el inmenso centro comercial en el que uno puede pasarse el día entero sin ver la luz del sol, pero con la temperatura, la música y los olores perfectamente regulados por la gerencia. Son tantos los locales que es posible cansarse de mirar y comprar y uno puede quedar mareado después de tanta cosa y cosita, de tantas marcas, de tanta información y de tanto estímulo a los sentidos. Pero si llega ese embotamiento, uno puede irse a tomar un trago en alguno de los bares de lujo del complejo, que no están en el patio de comidas, sino, al final del pasillo de las marcas de lujo y abajo del hotel cinco estrellas que también es parte del complejo. O bien, se puede ir a los cines del subsuelo. O bien, se puede seguir gastando y hacer la compra del mes en el hipermercado de la planta baja. O bien, uno puede hartarse de todo este consumo voluptuoso, rechazarlo, e irse. Si no olvidó en cuál de los diez mil espacios de estacionamiento -literal- dejó su auto.
Un sábado a la tarde cualquiera, Sandton City es el espacio de encuentro por excelencia: todas las clases consumidoras de Johannesburgo y todas sus procedencias se cruzan en el patio de comidas. Descendientes de holandeses, con caras redondas y pelo rubio apelirrojado. Negras con peinados infinitamente diferentes: trenzas gruesas, trenzas finas, extensiones, rapadas, rulos cortos, rulos catarata, rulos atados, lacios al costado, lacios a dos aguas. Negros de todas las alturas menos bajos, de cabezas perfectamente circulares o más bien angulosas al estilo somalí. Descendientes de ingleses, flacos, medianos y altos, siempre de ojos claros. Descendientes de indios, tan indios que parece que sus abuelos no hubieran salido nunca de la India. Todos los otros están presentes en el patio de comidas, en los locales de ropa y en los bares de lujo. Sin estar mezclados, consumen, no obstante, sin distinción de razas. La diversidad en el centro comercial es una de las expresiones más exitosas de la política post apartheid, que pudo generar desacoples entre la clase y la raza, es decir, entre la clase social y el barrio de nacimiento, es decir, entre la clase social de una persona y la clase social de sus padres. A este desacople en el consumo le correspondió un desacople en el mundo del trabajo. En el patio de comidas ya no sólo atienden y cocinan personas negras; atrás del mostrador, ahora también hay personas blancas y personas de origen indio. Su trabajo en esos locales muestra el agotamiento del régimen en el que los blancos vivían cómodos mientras las personas de color sobrevivían esforzadas. Es que el nuevo capitalismo sudafricano necesita del esfuerzo de todos: ya no alcanza con la plusvalía del otro.
Ellis Park, el emblemático estadio de rugby, es el templo nacional del deporte afrikaner. En este estadio, en 1995, la selección de rugby de Sudáfrica ganó el mundial de rugby y Mandela escenificó las esperanzas de un país multicolor. Una hora antes del partido, a los pies del estadio todo es un enorme patio cervecero, la gente va y viene tomando cerveza y comiendo salchichas. No están de paso, ni están apurados. Al contrario, suelen llegar una, dos o tres horas antes de que empìece el partido para pasar la tarde abajo del estadio. Hay chiquitos, hay familias, hay grupos de amigos, hay hombres y hay mujeres de todas las edades. Aunque la inmensa mayoría es hincha de los Leones, el equipo local, también hay hinchas del equipo visitante, los Tiburones de Durban. Todas son personas blancas, salvando a quienes atienden en los puestos de comida, que todas son personas negras. Aunque los hinchas de uno y otro equipo hagan la misma fila para comprar una salchicha o se sienten uno al lado del otro no podemos decir que estén mezclados, porque ellos ya son parte de lo mismo: la fiesta afrikaner.
Para la inmensa mayoría de los sudafricanos, el partido de rugby es la fiesta de los otros, pero, sin embargo, también es una fiesta nacional. Porque los afrikaners no son extranjeros en Sudáfrica, no son una fuerza de intervención, ni son colonos de ocupación. Llegaron a estas tierras en 1648 y desde entonces fueron dominados, libraron batallas, ganaron y perdieron territorios, fueron expulsados de sus ciudades y obligados a migrar. Por culpa de los británicos o contra los británicos, en casi todos los casos. Y así como los afrikaners inventaron nombres para los pueblos que conocieron en África, los británicos inventaron un nombre para los afrikaners: boers, campesinos. Los afrikaners son la tribu blanca de África, que nació, peleó y murió por el suelo africano. Repiten como un rezo que esta tierra también les pertenece, aunque los otros sudafricanos lo sepan hace décadas. Por lo menos, desde 1955, cuando el frente único contra el apartheid estableció como fundamento de su programa político “que Sudáfrica pertenece a todos los que viven en ella, negro y blanco…”. Y aunque siguen siendo los dueños de las grandes riquezas y los directores de las empresas más decisivas en Sudáfrica, muchos afrikaners se lamentan porque ya no controlan la política nacional, es decir, el Estado -si es que es posible una cosa sin la otra. Porque -dicen- ellos fueron quienes planearon este país, mientras -no dicen- las manos de otros lo construían.
Maboneng es un perfecto barrio gentrificado de Johannesburgo donde diseñadores, actores y fotógrafos anidaron en tres manzanas de una zona industrial abandonada. Sus vecinos y sus visitantes son personas increíblemente vestidas que se recortaron de una revista de moda y se pusieron a andar entre los comercios de la zona. Unos prueban vinos en un local chiquito de venta y cata. Otros anda por las escaleras de una fábrica en la que se instalaron un estudio fotográfico, una librería de arte, una cafetería y una feria de diseño. En la terraza de otro edificio, hay un bar donde personas de todos los colores hablan de arte. Todo esto en sólo trescientos metros. Más allá, estas tres cuadras reutilizadas por la movida cultural están rodeadas por varias manzanas de fábricas y galpones donde ya nadie produce ni guarda nada, y que están cruzadas por calles que ya nadie nadie camina, menos de noche, cuando la ausencia total de alumbrado público las transforma en un túnel sin luz.
La noche de Maboneng es oscura, pero bulliciosa. No cambia que sea viernes, domingo o lunes, todas las noches, una fiesta trepa desde la calle hasta la ventana de la habitación que alquilo con Agustina, mi novia. Asomado desde la ventana, no llego a ver mucho, sólo un portón pobremente iluminado por tres foquitos verdes y un hombre con chaleco fluorescente que hace de seguridad. La única manera de saber de dónde viene esa música todas las noches es bajar a la calle y entrar por esa puerta.
Después de pasar la puerta, un calor bochornoso da la bienvenida. El boliche es en un salón rectangular, más bien chico, pero lleno de gente. No hay mesas, todos están parados charlando en grupos o baliando. Hay un televisor que pasa el partido por los cuartos de final de la Eurocopa entre Alemania e Italia; en un costado, hay una mesa de pool; a diez o doce metros de la mesa de pool, pero sobre la otra punta del bar, un disc jockey pasa música. En la pared opuesta a la puerta por la que acabo de entrar se despachan bebidas desde atrás de una reja, como en una despensa. Como no conozco a nadie ni tengo nada para hacer, compro una bebida para distraerme y vuelvo al mismo lugar donde estaba cerca de la entrada. Hay algo en mí que llama la atención, me doy cuenta por cómo me miran: algunos desde lejos, escondiéndose, tratando de ser discretos; otros directo a los ojos, a ver si pueden hundirme la cara. Otros pasan por al lado mio y me miran de arriba abajo sin recato ni consideración, como si ahí estuviera mi cuerpo pero no mi alma, como si eso que ven fuese solamente un figura pegada en la pared, como si mi cuerpo no me perteneciese a mí, sino a su mirada. No puedo descifrar ninguna de esas miradas ¿Son una pregunta? ¿Son un intento pudoroso de invitarme a conversar? ¿Son una advertencia? Con la bebida en la mano, sigo un poco el juego de pool y otro poco el partido de fútbol. Inesperadamente, siento cómo un hombre se cae encima mío. Lo ayudo a levantarse con torpeza y un poco de preocupación ¿Se tropezó accidentalmente? ¿Me está jugando una broma incómoda? ¿Estoy parado donde no debería? Me doy cuenta de que, simplemente, tomó bastante. Me agradece hablándome despacio a cinco centímetros de mi boca. Vuelvo al partido, Italia mete un gol y lo empata, uno a uno, a los setenta y siete minutos del segundo tiempo. Algunos festejan y brindan con un amigo. En mi mente solitaria aparecen los recuerdos de los cuatro partidos que la selección Argentina perdió con Alemania en los últimos siete mundiales y me sumo a los festejos un poco por adentro, sin tener con quién festejar. Vuelvo a mi bebida hasta que, de entre la gente que habla y baila, sale a mi encuentro una chica algo más joven que yo con el pelo arreglado en decenas de trenzas. Me saluda y me pregunta de dónde soy ¿Estará sola o con amigos? ¿Será la novia de alguien en el bar? ¿Me estoy metiendo en problemas? Le cuento que soy de Argentina, que viene a conocer y que es mi primera vez en Johanesburgo. Me cuenta que es de Durban, que estudió turismo y que es guía en la ciudad, y que ahora está en Johannesburgo, pero que no descarta mudarse a Ciudad del Cabo o , incluso, a Italia. Dice que no se ven muchos argentinos en Sudáfrica, pero que por supuesto que conoce a Messi, que quién no lo conoce. Cree que Sudáfrica podría estar mejor, que tiene mucho recursos naturales y universidades. Habla despacio, mira a los ojos y no disimula las dificultades de entendimiento con sonrisas de cotillón. Me pregunta si en Argentina se habla portugués. Conversamos un rato hasta que cada uno vuelve a sus cosas, ella a su grupo de amigos, yo al partido. Ese primer diálogo rompe la burbuja que me sigue desde que llegué al bar y, entonces, otros se acercan a conversar. El partido en la televisión es la excusa ideal. Me preguntan por quién hincho, de dónde soy, quién es mi jugador favorito. Mi diferencia ya no encandila y podemos conversar. Hay dos que me aseguran que Argentina es su país favorito, y casi nadie espera grandes cosas de la selección sudafricana en la próxima Copa Africana de Naciones que se jugará el año próximo en Gabón. Llega la definición por penales, se patean 17 penales en total: Alemana vuelva a ganar. Celebran otros. Los que hinchábamos por Italia nos damos frases de consuelo. La próxima será, me dicen, el próximo mundial lo ganan ustedes, con Messi no pueden perderlo. Me despido de todos con apretones de manos, saludo al hombre de la puerta de chaleco fluorescente y vuelvo a mi departamento.
Si Johannesburgo es una ciudad de contrastes, es decir, una ciudad del tercer mundo, Ciudad del Cabo, al contrario, es un brote primermundista en el cono sur de África. En el centro de la ciudad, el Parlamento sudafricano de arquitectura colonial holandesa está rodeado de un jardín verde y generoso. Al costado se abre una calle con edificios del siglo XIX que inventan una Londes llena de sol. Sobre la avenida, el antiguo mercado de esclavos del siglo XVII, también de estilo holandés, ahora es un museo de arqueología. Enfrente, edificios típicamente céntricos de hace cuarenta o cincuenta años están tan limpios que parecen nuevos. A ciento cincuenta metros está la catedral de San Jorge. Desde su púlpito, el premio Nobel de la paz, Desmond Tutu, evangelizaba la igualdad de los hombres y las mujeres en la tierra, sea cual sea su raza.
En Ciudad del Cabo, la personas son corteses en todo momento, no importa que sea la enésima vez en el día que cuentan sus recuerdos del apartheid. Tal vez esta amabilidad sea un rasgo más de su herencia anglosajona. Los locales de ropa tienen el mismo olor que en las grandes ciudades del mundo. El comercio informal es mínimo, y casi siempre se limita a las ferias de artesanías para turistas. Nadie parece andar previniéndose de robos ni de pequeñas estafas callejeras. La gente entra y sale del centro de la ciudad viajando en tren. Una tarde cualquiera en hora pico viajo parado al lado de dos oficinistas que van conversando en inglés, ambas blancas, y sentados más adelante, van cuatro estudiantes, tres negros y uno blanco, que discuten animadamente. El tren no está estigmatizado y lo usan todos. No sólo viajan mujeres y estudiantes, también, varones, oficinistas y turistas; no sólo trabajadores no calificados, también profesionales con saco y maletín; no sólo personas negras, también personas blancas e indias. Adentro de la ciudad, el espacio público no está fracturado por precipicios sociales y se ve gente caminando en todos los barrios. El horizonte está moldeado por las montañas que la rodean la ciudad y por el mar que les da a las calles un horizonte infinito o las cubre de bruma, dependiendo del humor solar.
En el Waterkant, el barrio residencial de lujo en terrenos portuarios, está la feria de diseño de la ciudad. El predio en el puerto al lado del agua no es muy grande, a penas de cien metros de largo por cincuenta de ancho, en el que cerca de cien diseñadores venden ropa, carteras, zapatos, juguetes, vajilla o joyas. Nada de lo que está allí lo vimos antes en otro lugar de Sudáfrica: todo tiene detalle, diseño, todo es especial de alguna forma. Es la feria del valor agregado africano. En un puesto, las fuentes hechas de hilo por una cooperativa de mujeres rurales; en otro, las figuras de animales para armar en piezas de diferentes maderas autóctonas; una diseñadora ofrece remeras que fusionan géneros tradicionales africanos con moldes modernos. De fondo, suena la música lounge que unos djs tocan en vivo en la sector de la feria dedicada a la compra-venta de vinilos. Compran y venden personas de todos los colores.
En Bo-Kaap, el barrio musulmán de Ciudad del Cabo, no se ven marcas del enfrentamiento que hoy define el pulso de la política internacional y que empieza a dominar las geografías de muchas ciudades del mundo. Al contrario, hombres y mujeres vestidos de todas las maneras, según la costumbres islámicas o según los estilos más seculares, van camino a sus casas o a la mezquita, a las casas de venta de muebles o a los bares que rodean la zona. Entre estas calles con casas bajas de muchos colores la religión de los otros no ofende, ni agravia.
Como en otras ciudades del primer mundo, en Ciudad del Cabo las personas caminan por la calle de día y de noche, el tren llega a horario y la gente es amigable. Las veredas, la estación de trenes, el puerto, las plazas, son usados extensa y homogéneamente por locales y eventuales turistas para pasear, trabajar y trasladarse. El conflicto -distributivo, racial o religioso- no irrumpe ineludible e irredimible en las calles En Ciudad del Cabo, la diferencia, propia o de los otros, no es una fuente de sospecha, de desconfianza o de amenaza. En esta ciudad, la nación arcoiris está buenos términos con el capitalismo, y el colonialismo inglés expone sus mayores logros en cuestiones de infraestructura, de integración social y de encuentro intercultural.
Las ciudades en Sudáfrica son nodos destacados de la globalización. Un poco por la historia del país, construida por múltiples procedencias; otro poco por su ubicación geográfica, punto de paso para todo intercambio Sur-Sur; seguramente, también, porque en esas ciudades todos hablan inglés, una de las once lenguas oficiales del país. Pero, no todo en Sudáfrica son sus ciudades seculares, con sus beneficios cosmopolitas y sus conflictos contemporáneos. También hay un campo sudafricano, una vida rural y campesina, donde las cosas son muy diferentes. Mandela, por ejemplo, nació y se educó en ese campo, en Qunu y en Mvezo, dos aldeas que cuando él nacía eran poblados minúsculos y que, un siglo después, están muchos pobladas, aunque no dejan de ser aldeas.
Se llega hasta ahí por una ruta que no está perfectamente asfaltada y señalizada, una particularidad de este rincón del país. La ruta atraviesa el Transkei, la región del pueblo Xhosa -Mandela era xhosa-, en el sureste sudafricano. Y en una distancia de cien kilómetros no hay más que esta ruta y unos caminos de tierra de veinte o treinta metros que, cada tanto, salen desde la ruta. A los costados, sobre las lomas y los valles que ondulan todo el paisaje, hay cientas, miles de casas desparramadas, cada una pintada de un solo color, rosas, verdes, amarillas o naranjas. Casi todas son perfectamente redondas, como antiguas chozas, pero hechas de material; algunas pocas son rectangulares, las más modernas. No están ordenadas en manzanas, ni están sobre calles. Así, sueltas, se esparcen por todo el campo como si el viento hubiera dispersado sus semillas en la tierra. Cada casa tiene su terreno adyacente, pero en ningún terreno se ven plantaciones de ningún tipo. Por ahí cerca se puede ver una vaca suelta, perro un caballo.
¿De qué vive la gente que vive en estas casas? Es difícil saberlo. No se ven huertas, corrales, ni pastores. Sí se ve que los más jóvenes toman combis todas las mañanas: van a su trabajo en la ciudad, a una hora de viaje atravesando el campo. Aunque tengan un puesto en la ciudad, eligen seguir viviendo en estas lomas donde se ve un solo hospital, una sola escuela y un solo supermercado en cien kilómetros. En sus casas hay electricidad, pero en la ruta y en las lomas no hay alumbrado público. En la zona no hay servicio de recolección de residuos, pero no se ve basura en ninguna parte. No hay gas natural y muchas veces la gente cocina prendiendo un fuego en su terreno. No hay agua corriente tampoco; entonces, a veces, no hay cómo apagar el fuego que acaban de prender. Si no lo para la ayuda de los vecinos, el rocío matinal o algún otro factor impredecible, el fuego se extenderá y tal vez alguien muera quemado o pierda su casa entre las llamas, porque tampoco hay bomberos en esta zona. Por la noche, se ven pequeños incendios por todas partes; entre las lomas, al costado de la ruta, cada cien o doscientos metros un pedazo de tierra se prende fuego. Nadie se alarma, este escenario de guerra es cosa de todos los días, el fuego ya se apagará.
Si alguien pierde su casa, la comunidad le dará otro lugar donde vivir, porque acá nadie es dueño de su terreno, nadie tiene una escritura, la tierra es de la comunidad. El que necesite un terreno para construir su casa se dirige al líder de la zona para consultar la cuestión, éste, a su vez, consulta con un líder superior que representa a toda la región y ellos dirán qué terreno pueden ofrecerle para que construya su casa e instale a su familia. En esta región del Transkei, como en otras regiones rurales del país, las cosas se siguen haciendo de la manera tradicional. Los líderes no resultan de una votación en un cuarto oscuro, sino de formas antiquísimas de democracia asamblearia donde las discusiones no se resuelven según la regla de la mayoría, sino con el consenso unánime los que participan de la decisión. Y si el consenso no llega, nadie le impone a un grupo la voluntad de otro por medio de una votación. Es mejor dejar de discutir el asunto por un tiempo y retomarlo más adelante. Más tarde o más temprano, el consenso llegará.
Mirando desde el campo, todos los conflictos sociales y raciales que se ven en las ciudades quedan englobados por un clivaje más antiguo y profundo: campo o ciudad, tradición o modernidad. Vistas las cosas desde el campo, el otro no se define por el color de la piel, por el país en que nació o por cuánto gana. El otro es el que no vive de acuerdo a las costumbres tradicionales de su pueblo, el que vive en la ciudad. Porque también en Sudáfrica, como en tantos otros países del tercer mundo, el campo es el refugio de las tradiciones contra la modernización que llegó avasallante desde el mar. En el campo sudafricano se preservan las tradiciones zulú, xhosa, koikoi, san, nama, ndebele, sotho, tsonga, swazi, y, también, la tradición afrikaner amenazada por la integración de estos nuevos tiempos. La tensión -cuando no, el abierto conflicto- entre tradición y modernidad tiene expresiones concretas, como son todos los litigios judiciales sobre restitución de tierras a las comunidades rurales tradicionales que, desde el final del régimen del apartheid, son de máxima prioridad para la Corte Constitucional de Sudáfrica
Una nación siempre surge del esfuerzo de ensamblar espacios diferentes. La Johanesburgo negra, con las marcas de las opresión, pero también, de la democracia; el Sandton lujoso, lugar de la fractura social y, a la vez, de la integración racial. Esa flor de invernadero que es Ciudad del Cabo. El campo negro y conservador, donde todavía cada pueblo cuida sus tradiciones. Es difícil entender qué rol juegan cada uno de estos espacios en la anatomía simbólica del país. En la aspereza de Johannesburgo se ven la heridas del apartheid, del mismo modo que en el brillo de Sandton se ven algunos de los logros posteriores. Los éxitos del colonialismo británico, por su parte, se lucen en Ciudad del Cabo, pacífica, desarrollada, integrada. En el campo queda lo que la política post apartheid todavía no sabe cómo resolver: el conflicto entre, por un lado, sostener el desarrollo sudafricano -moderno, global y, en última instancia, europeo, que es único en el continente y que es valorado por todos los sudafricanos-; y, por otro lado, hacer efectivos los derechos cuya negación fue imprescindible para que ese desarrollo tuviese lugar -como la restitución de la tierra a las comunidades locales ¿Qué es, entonces, Sudáfrica? ¿Cómo conocer la verdad de un país que, más que el país arcoiris -como se decía en la época de Mandela- es un país-caleidoscopio que muestra figuras distintas dependiendo desde dónde se lo mire, figuras en las que lo mismo y lo otro, lo central y lo periférico, son, en cada una, cosas diferentes? Entre todas las figuras posibles del caleidoscopio sudafricano ¿Hay una que pueda explicar a todas las otras? ¿Hay una figura primera, central o fundamental? Si la hay, si efectivamente hay una figura primera, una figura central o una figura fundamental ¿Son la misma figura? ¿Desde dónde mirar a Sudáfrica para conocerle el corazón?
Sandine vive en Johannesburgo, tiene alrededor de treinta y cinco años, trabaja de taxista y conoce varias de las múltiples sudáfricas. Sandine es negro, pero no quiere votar por el ANC, el partido de Mandela que gobierna desde 1994, porque según él, Jacob Zuma, el actual presidente, roba y sólo beneficia a los suyos. En la próxima elección, tal vez vote a la Alianza Democrática, un partido mayoritariamente de blancos que hace años gobierna Ciudad del Cabo, aunque hoy su principal figura nacional es de Johannesburgo y es negro. Sandine dice que él no tiene problemas para distinguir a un zulú, de un xhosa, de un sotho. Unos tienen cicatrices en la cara, otros usan una túnica tradicional, otros tiene una forma de hablar muy especial. Él es zulú y está en pareja con una chica sotho. Cuenta que, antes, las personas de diferentes pueblos no se casaban entre sí, pero que ahora, en las ciudades, todos están mucho más mezclados. Los dos viven en Johannesburgo hace varios años, pero sus familias siguen en el campo, cada una en su pueblo. Cuando la relación avanzó, visitaron a las familias y cada uno tuvo que aprender las tradiciones de la familia del otro. Sandine dice que son diferentes maneras de hacer las cosas, pero que para ellos no es un problema porque sólo tienen que seguir esas tradiciones una o dos veces al años, cuando van de visita al campo para las fiestas o para las vacaciones.
Hay gente que dice que Sudáfrica no es África, por el nivel de su infraestructura, por la educación que se puede recibir en Sudáfrica, porque la historia del Estado sudafricano es anterior a la historia de la descolonización de la década del ‘60 del siglo XX, porque la proporción de población blanca es diez veces más que el 1% de blancos que hay en la mayoría de los países del continente. Y hay gente que dice que África, como un todo, no existe, que es un objeto imaginario, que no hay un referente para “lo africano”, que es una construcción de la literatura europea y que África, como un todo, sólo es un collage de fantasías sobre el Otro: miedo, deseo, desdén, curiosidad, subestimación, compasión, tolerancia, respeto, diálogo, reparación. En la historia de Sudáfrica están todas esas impresiones mezcladas, a veces, de maneras crueles, a veces, de maneras esperanzadoras. Como en una Babel condenada que hace tres décadas busca de su redención.

