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martes, 12 de diciembre de 2023

Tomar la palabra

Artículo orginalmente pblicado en Revista Seul: https://seul.ar/tomar-la-palabra/

Patricia Bullrich y Javier Milei son candidatos de espacios distintos, pero disputan la conducción de un mismo movimiento, el que nació el 24 de agosto de 2019 cuando las bases cambiemitas desafiaron la máxima duranbarbista de que sólo los peronistas querían hacer política. Esa tarde, sin saber si habría alguien para recibirnos, decenas de miles de personas marchamos en diferentes ciudades para mostrar que la derrota en las PASO no nos retiraba de la escena. Después de haber soportado 12 años de revolución cultural kirchnerista, con sus fotos escupidas, sus informes de 678, sus maestros militantes y el cumpleaños feliz al ritmo de la marcha peronista, no nos íbamos a ir en silencio, como si nuestra presencia hubiera sido una equivocación por la que teníamos que pedir perdón. Huérfanos de ejemplo, las bases se pusieron a la vanguardia del movimiento.

Aquella movilización desencadenó un potencial militante que el fukuyamismo tardío decía que no existía. Hoy hablamos de ese renovado espíritu militante como los actos del Sí, se puede, y evocan en nuestro recuerdo la gira de Deng Xiaoping por el sur de China en 1992. Ese año, con 88 años y ya retirado del día a día del gobierno, el gran maestro de la apertura china se largó a un viaje por el sur del país para hacer campaña en favor de más reformas económicas cuando los mandos del gobierno empezaban a temer que la nueva China hubiera traspasado la raya de lo aceptable. Deng visitó Shenzhen, Zhuhai, Guangzhou y Shanghai, las ciudades que más habían se habían beneficiado por las reformas, para decirles a sus habitantes que ellos eran los únicos que podían sostener el cambio con su ejemplo y firmeza. La gira revitalizó el impulso reformista en el preciso momento en que la disolución de la URSS se volvía una imagen obsesiva entre los cuadros del partido.

En nuestro país, el fervor activista del Sí, se puede de 2019 no salió de la nada, había estado germinando bajo tierra durante muchos años en el almuerzo del trabajo, volviendo en colectivo, en la fila del recital, a la salida del teatro. En esas conversaciones, siempre hubo alguien que, por carácter, por orfandad de argumentos o por miedo a alguna represalia, guardó silencio para no decir en voz alta que no le gustaba lo que hacían el gobierno o sus seguidores. Un escrache en el bar, en el trabajo o en la facultad era peor que volverse un poco amargado a casa mascullando impotencia. Los que en ese tiempo se animaron a presentar críticas jugaron siempre de visitante. Tiraron sin escudo contra los batallones militantes que se improvisaban en cada reunión por la presencia de una nueva víctima propiciatoria: ningún kamikaze termina bien. El resto atravesó esos años un poco en soledad, un poco en silencio, un poco guardados.

El triunfo de Cambiemos en 2015 le dio otro tono a las cosas y esos silencios se fueron perdiendo, en un lento proceso de maduración política. Muchas personas volvieron a pensar su relación con la actividad política, en particular con algunos de sus dispositivos más clásicos: la discusión, el liderazgo o la movilización. Esta maduración, no obstante, siguió siendo un trance personal que cada quien dejó crecer a su manera y a su tiempo, porque el movimiento todavía no estaba para grandes encuentros colectivos. Fue un vérselas consigo mismo, con las broncas y con las vergüenzas que te quedan cuando no pudiste evitar que pongan tu casa patas para arriba. De a poco, sin embargo, fue contagiándose una conciencia o, tal vez, sólo una intuición, de que podría ser útil –alguno dijo “necesario”– volver a vincularse con ejercicios democráticos elementales que se habían abandonado después del gran cataclismo de 2001. Aquella incipiente resocialización política tuvo lugar sin programa ni lecturas políticas ni referencias históricas. No hubo formación ni pedagogía políticas: para el duranbarbismo eran cosas de déspotas. Fue todo ganas de juntarse y participar y encontrar la manera de hacerlo. Así, cuando los militantes de Cambiemos revisaron su relación con la política, también revisaron las formas despolíticas que desde la cima del espacio se proponían como virtud o astucia.

NI PENSAMIENTO NI CRÍTICO

Con esta experiencia a cuestas, a partir de 2019 floreció en todo el país un movimiento que ajusta cuentas con los escraches, los piquetes, las tomas y las huelgas, y con toda la parafernalia ideológica que los respalda, desde el chavismo al ambientalismo, pasando por el estructuralismo económico, el lacanismo y la psicogénesis en la enseñanza de la escritura. Su denominador común ha sido el rechazo de las hipérboles estrafalarias de las militancias, como el negacionismo monetario, el abolicionismo penal y el abstencionismo educativo. La principal amalgama es la sensación compartida de que la sociedad argentina fue desfondada como una mochila tajeada en el tren. La demografía del movimiento es una cuenca: su río central es el anti-kirchnerismo, que nació del riachuelo angosto del antiperonismo errante. Uno empezó a transformarse en el otro en el salto del 8-N, en 2012. Río abajo, los grandes afluentes fueron la bronca contra el encierro eterno, los cierres de escuelas y los vacunados vip, y la desesperación de ver cómo el remolino de la inflación nos iba chupando. Por ahí llegaron personas que no venían del anti-kirchnerismo, muchos menos de una historia antiperonista. En este gran cauce también desembocaron les enojades con el feminismo y los que discutían contra la memoria kirchnerista de los ’70. Todo se mezcló en la cuarentena, gran embalse del tiempo y de la vida.

Este movimiento no puede ser descrito con las palabras del kirchernismo porque, en primer lugar, no puede ser pensado por esa imaginación. Jóvenes que reivindican a Carlos Menem; candidatos que compiten por el ajuste. La fórmula del libertario austríaco con la activista por las víctimas de la guerrilla saca el 30% de los votos en la elección presidencial. Para el kirchnerismo, el país se volvió una colección de oxímorones, pesadillas y anatemas. Su vocabulario ya no apunta a ninguna experiencia reconocible, es un diccionario que no designa nada. Un “significante vacío” del que Laclau no avisó. El lenguaje de los años kirchneristas se nos vuelve una ruina abandonada por el tiempo, un trabajo para arqueólogos. Las palabras ya empezaron su migración: pueblo, mercado, democracia, justicia, gobernabilidad, kirchnerismo, Bullrich, Milei, Massa, Lousteau, en dos años van a significar cosas muy diferentes a lo que significan hoy.

Si se hunde la experiencia que lo hizo necesario, un vocabulario se hunde con ella. El estatismo deficitario, el proteccionismo anti-exportador, la vigilancia sobre los mercados, encontraron su límite y con ellos la parafernalia ideológica que sostenían. La crisis económica deja una crisis de ideas: no, no era cierta la promesa nestorista de que la Argentina podía volver a vivir como en los años ’60, trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista y esta evidencia pone en suspenso las verdades de los últimos 20 años.

La obsolescencia del lenguaje post-2001 es la causa del Estado de interpretación febril en el que entramos ni bien se conocieron los resultados de las PASO. El graph en la pantalla nos notificó que vivíamos en el pasado. Afásicos súbitos, nos faltaron las palabras: enmudecíamos a los gritos, mientras veíamos los resultados. Ahora se notan más los aportes de Esteban Schmidt, Pola Oloixarac o Franco Rinaldi, que desde mucho antes de 2015 ya hablaban en lenguas que no siguen los dogmas del kirchnerismo. Cada uno lo excede con diferentes dosis de futuro y de pasado. Son de la generación que llegó a la historia con la 125, pero no forman parte de ella porque ellos ya estaban acá cuando Kirchner pidió perdón por lo que nadie había hecho.

Este torrente anti-pensamiento crítico, por lo tanto alumbró dos liderazgos: Bullrich, sedimento de la historia; Milei, mensajero del futuro. Bullrich, fuerte; Milei, voraz. Bullrich, la que pone orden; Milei, el que dice lo indecible. Bullrich, incombustible; Milei, fuego. Bullrich, Leviatán; Milei, jacobino. Si la competencia entre ambos genera desconcierto es porque esa discusión está en el futuro, con un vocabulario político que todavía se está creando. Los términos de esa discusión recién están siendo escritos. La moneda en el aire, pero ya sabemos que el que gané será el primer presidente pos-kirchnerista.

sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

martes, 7 de septiembre de 2021

La oposición y China

Originalmente publicado en diario La Nación:


El arco opositor necesita renovar su mirada sobre China. Segunda economía del mundo y principal fuente de dólares de la Argentina; hace veinte años integra la Organización Mundial del Comercio; y su desarrollo lleva a intelectuales de todo el mundo a revisar sus ideas sobre capitalismo y democracia. Sin embargo, los pocos referentes opositores que le dedican alguna palabra, lo hacen para alimentar la discusión local, asociándola al chavismo, repitiendo siempre dos epítetos: comunista y dictadura. Calificaciones confusas que pasan por alto que la prosperidad china es consecuencia de una política de liberalización económica que incluyó desregulación de precios, privatización de empresas, incentivos para la inversión extranjera y fomento del comercio internacional. Queda a la vista que entre los opositores todavía está pendiente una reflexión sobre China. Mientras tanto, crecen caracterizaciones imprecisas, cuando no fantasiosas, que inhiben una discusión informada sobre China. Sin una estrategia de acercamiento propia, la oposición se excluye de la discusión sobre cómo trabajar con China y se queda sin programa para vincularse con el principal comprador de las exportaciones argentinas. 

En contraste, el kirchnerismo sostiene una visión robusta y de largo plazo para la relación entre China y Argentina, que se remonta al viaje del presidente Kirchner en 2004. Quince años después el vínculo sigue creciendo. Hace semanas el presidente Fernández participó de la reunión que convocó Xi Jinping para celebrar el centenario del Partido Comunista Chino, en la que también participaron presidentes y líderes de partido de Kazajistán, Rusia, Vietnam, Cuba, Filipinas, Camboya, Zimbabwe, Palestina, Serbia, Pakistán, Mozambique, Congo Brazzaville, Sri Lanka, Bolivia, Marruecos, Sudán del Sur y España. Semanas antes, referentes del Partido Justicialista ya habían hablado en el seminario organizado por la embajada china en la Argentina. Representaron al PJ el senador Jorge Taiana, secretario de Relaciones Internacionales del Partido Justicialista, la diputada Cristina Álvarez Rodríguez, vicepresidente del Partido Justicialista, Francisco Cafiero, el secretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa. Estos encuentros del más alto nivel son los frutos notorios de un trabajo constante, de largo aliento y bajo perfil para construir vínculos entre los partidos, que incluye reuniones entre cuadros justicialistas y comunistas, encuentros en foros internacionales y giras.

Estos vínculos no pueden explicarse sin una red de especialistas experimentados y solventes que desde cátedras universitarias, centros de estudios especializados, organismos de gobierno y cámaras empresariales, asesoran y alimentan el encuentro entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista Chino. El actual embajador en China, Sabino Vaca Narvaja, es un emergente de ese tejido. Con la ayuda de estos expertos, la dirigencia kirchnerista dio forma a un marco interpretativo para describir el entendimiento entre peronismo y comunismo. Esa narrativa se apoya en apelaciones que van desde el bienestar de los trabajadores hasta la convergencia de los reclamos por Malvinas y Taiwán, pasando por coincidencias teóricas entre Perón y Mao, con la consigna del antiimperialismo como un eje central.

En contraste, la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio todavía mira China desde lejos. Con excepción de Mauricio Macri, ninguno de los miembros de su mesa nacional viajó a este país y Gerardo Morales es el único gobernador que hace años trabaja con el gobierno y empresas chinas. Ninguna de las fundaciones de los tres partidos más importantes de la coalición ha presentado publicaciones o actividades sobre la relación entre China y Argentina. Y en la web oficial de la coalición ni el resumen de la plataforma electoral ni el resumen de la gestión presidencial mencionan nada sobre el país. Sin embargo, otro documento, el informe detallado de gestión rescata logros importantes del gobierno de Mauricio Marci: dos visitas de Estado recíprocas, construcción del parque de energía solar en Jujuy y del observatorio espacial en Neuquén, obras de transporte ferroviario y vial, apertura de mercados chinos para exportaciones de carne, cerezas y caballos. Este desfasaje entre el sitio web y el informe detallado de gestión indica que si todavía no hace falta hablar de China en campaña, ya es inevitable hacerlo en la gestión. 

La falta de atención no afecta exclusivamente a China sino que caracteriza la agenda asiática en general. Llegan más dólares a la Argentina desde los países del Sudeste asiático que desde el Mercosur; Vietnam es el segundo destino de las exportaciones cordobesas; y este país, India, e Indonesia fueron visitados tanto por Cristina Kirchner como por Mauricio Macri. Sin embargo, la región sigue siendo una discusión de nicho y una agenda política de pocos. 

En este contexto, se destacan los esfuerzos de Diego Guelar, ex embajador en China durante todo el gobierno de Maurico Macri, para que Juntos por el Cambio tenga una narrativa productiva sobre China. Aporta sistemáticamente información sobre el rol vital de China para la economía argentina, difunde los logros del gobierno de Macri y destaca posibles puntos de entendimiento entre ambas culturas. Guelar es consciente de que Juntos por el Cambio necesita su propia estrategia de acercamiento a China. Y sus presentaciones sobre el tema dan cuenta de que Juntos por el Cambio puede acercarse, incluso, con perspectiva liberal ¿O, acaso, las democracias más logradas del mundo no tienen vínculos con China, sus empresas y su gobierno?  ¿O el desarrollo chino no desafía las interpretaciones estructuralistas de la dependencia según las cuáles hay un orden internacional que asegura que los países pobres se mantengan pobres? La prosperidad china, sin embargo, es fruto del comercio internacional, las inversiones extranjeras y la integración de su economía con las de las potencias industrializadas, todas democracias.

Con esto en mente, si la oposición quiere alcanzar una narrativa propia y productiva sobre China necesita evitar tres reflejos muy a la mano: confundir la discusión, negar la novedad, mimetizarse. En primer lugar, si se quiere discutir sobre China hay que asegurarse que la conversación sea sobre China y no sobre Venezuela o Estados Unidos. Cada vez que se critica a China por sus vínculos con el chavismo o por su disputa geopolítica con Estados Unidos se pierde claridad sobre las oportunidades y los desafíos que China representa para la Argentina. China es demasiado importante para quedar confundida en otras discusiones. 

En segundo lugar, para aprender de China hay que asumir su novedad y singularidad. China crea sus propias soluciones innovando en tecnología, políticas públicas e, incluso, arreglos sociales. Desde el comunismo chino, que fue una creación inesperada cuando se pensaba que el socialismo no podía desarrollarse en una sociedad mayoritariamente agraria; hasta la idea de poner en cuarentena a un país entero; pasando por una transición al capitalismo sui generis, la creación de un firewall nacional para controlar la navegación en Internet, el uso del teléfono celular para expandir la inclusión financiera. A la vez que tiene un sistema político de partido único, es una sociedad de consumo en la que el trabajo es una mercancía y los bienes y servicios se distribuyen con mecanismos de mercado. Las oportunidades de la economía y los debates de la política se entienden mejor pensando cómo esta combinación posible, antes que usando el vocabulario de la Guerra Fría. 

En tercer lugar, para vincularse con el gobierno chino no hace falta renunciar a los criterios propios. Analistas de todas las tendencias coinciden en que China no está en campaña para exportar su criterios políticos, ni busca imponer un nuevo modelo de gobernanza global. Aunque en aspectos como el rol de la prensa, la administración de justicia o los derechos individuales el Partido Comunista no sigue estándares liberales, ninguna de las democracias más influyentes abandonó el camino de entendimiento mutuo con China. Theresa May visitó el país dos veces, en 2018 y 2016, y antes David Cameron en 2013. Macron una, en 2019, y antes Hollande tres veces, en 2013, 2015 y 2016. Obama tres veces: en 2009, 2014 y 2016, y Trump una, en 2017. Merkel viajó doce veces a China desde que asumió como canciller en 2005. Derechos Humanos, economía verde, balanza comercial, cooperación tecnológica, seguridad internacional, gobernanza de Internet, aranceles; cada gobierno discute su propia agenda y prioridades, sin necesidad de mimetizarse con la del gobierno chino. 

Acercarse a China es un camino de tareas exigentes. Una historia de miles de años, doce horas de diferencia horaria y compras de productos argentinos por 8.600 millones de dólares necesitan una discusión específica y un vocabulario exacto. En una entrevista reciente, Fernando Pedrosa, uno de los máximos especialistas argentinos sobre Asia, captó el riesgo de no tomarse el trabajo: durante el siglo XX la dirigencia argentina no entendió a Estados Unidos; durante el siglo XXI, no puede caer en el mismo error con China.


viernes, 30 de abril de 2021

Socialdemocracia, del ocaso a la revisión

Originalmente publicado en Nuevos Papeles:

Este artículo presenta una hipótesis sobre las dificultades de la socialdemocracia en la Argentina post-2001: que un cierto déficit interpretativo socialdemócrata relegó sus ideales y valores en el debate argentino de los últimos veinte años. Sigue la discusión abierta por Hernán Iglesias Illa, en la que participaron Hernán Charosky, Mariano Schuster y Fernando Pedrosa, y a la que habría sumar un documento de Jesús Rodríguez. Por otra parte, las ideas de este artículo cierran el arco de otros dos artículos publicados en los últimos meses: De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001 y De la urgencia democrática a la económica. 

Argentina 2001 fue el primero de muchos derrumbes socialdemócratas. En Brasil, la socialdemocracia quedó desplazada por el PT después de 2002. En Venezuela, la Acción Democrática se derrumbó con el resto del sistema político pre-Chávez. La socialdemocracia alemana se mantiene a la sombra de Merkel desde 2005. El laborismo británico no gobierna desde 2010. El PASOK griego, el partido que más tiempo gobernó Grecia durante los 80´s y 90´s, tiene hoy ínfima repercusión electoral, después de su colapso en 2012. En España, el PSOE administra su propia sucesión desde la aparición de Podemos en 2014. En Francia, el socialismo se derrumbó en las elecciones presidenciales de 2017 quedando en quinto lugar, con el 6,36%.

2001 fue el trueno más abrumador de una tormenta que, por un lado, había empezado a gestarse décadas antes con el debilitamiento del Estado de Bienestar y, por el otro, se aceleró con las transformaciones en la democracia de los últimos veinte años. Por una parte, el punto más alto de la economía de bienestar quedó en algún momento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el shock petrolero de 1973. Desde entonces, esa manera de organizar la economía declinó por la erosión de tres fuerzas de calibre verdaderamente histórico: el cambio de precios relativos internacionales, producto del shock petrolero; el debilitamiento del movimiento socialista internacional que siguió a la disolución de la Unión Soviética; y la presión de miles de millones de trabajadores asiáticos incorporándose al mercado global de trabajo. Como consecuencia, los beneficios estatales y el salario de los trabajadores no dejaron de degradarse en Europa, en Estados Unidos y en los países de su periferia que habían logrado cierta prosperidad, como la Argentina. El nuevo equilibrio entre capital y trabajo cambió la cara de muchas sociedades, y el reflejo en el espejo sorprendió especialmente a los países que no pudieron acomodar sus economías al nuevo escenario. 

Por otra parte, la democracia cambió significativamente en los últimos veinte años. Cambiaron las formas de protestar y el uso del espacio público, generalizándose lo que se había anunciado en los primeros piquetes de los 90’s. Cambiaron los tiempos y tonos del debate público revolucionado por las redes sociales. El mapa político se reorganizó como consecuencia del achicamiento de la UCR, la peronización de la política y la pérdida de protagonismo de los partidos. Sin embargo, el cambio más importante no es ninguno de estos, sino uno más estructural y que es el suelo en el que crecieron todos los otros cambios: el empobrecimiento de las clases medias que siguió al declive de la economía de bienestar. 

Estas transformaciones y novedades dan contexto al retroceso de la socialdemocracia, pero el repliegue socialdemócrata no es tanto consecuencia de los cambios, como de la dificultad para interpretarlos. En la Argentina, este déficit interpretativo es una causa central del cisma y del declive de la socialdemocracia. Del cisma, porque desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia reconocemos dos grandes grupos socialdemócratas: el que se lamenta por los cambios en el capitalismo y el que se lamenta por los cambios en la democracia. El primero desconfía de las reformas económicas de los años 90 y añora la economía que empezó a terminar en 1973. El segundo critica las prácticas políticas post-2001 y añora las esperanzas de 1983. Por otra parte, del declive, porque ambos grupos custodian los escombros de un capitalismo y una democracia que ya no son, ni funcionan. Padecen el decadentismo de sus propias narrativas: sin un horizonte optimista enunciado con sus propias palabras, sobreviven en el vasallaje de otros lenguajes.  

Contra una idea muy difundida, estas dificultades de interpretación no se resuelven corrigiendo la posición de la socialdemocracia en el eje izquierda-derecha, porque la crisis de la socialdemocracia es, justamente, una manifestación más en la crisis de ese eje. La socialdemocracia no puede ser un punto entre el capitalismo y el socialismo, porque el socialismo no existe más. No puede ser un punto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, porque la Unión Soviética no existe más. Si hay un intervalo de posibilidades entre el capitalismo de Estados Unidos y el de China, quizás ahí haya un nuevo eje para ubicarse. Pero, cada vez que se piensa la situación de la socialdemocracia como una discusión sobre la izquierda y la derecha, se compran los problemas generales de la segunda discusión sin resolver ninguno específico de la primera.

La socialdemocracia argentina tampoco puede superar estos límites atada “a lo que todavía queda” del bienestar económico del 73 o del compromiso democrático del 83, que es cada día menos y para menos personas. Y cada año que pasa se achica el número de personas que recuerdan esas experiencias. “Lo que todavía queda” de los años dorados de la Argentina se ajusta mal a las transformaciones de la economía y de la democracia. Se intenta compensar este problema con dramatismo comunicativo. Una y otra vez, se repite el parte de una terapia intensiva crónica: que el estado de bienestar apenas sobrevive, que la muerte de la república es inminente. Pero el recurso al sensacionalismo deja al descubierto el agotamiento de esas ideas. No hace falta ser un especialista en teoría política para sentir la incongruencia entre el discurso de la socialdemocracia y lo que vivimos en la calle cada día. 

Esta incongruencia es la señal de una fatiga. No de los valores de la socialdemocracia, ni de sus aspiraciones, pero sí de una manera de interpretar la Argentina post-2001. Los socialdemócratas no podemos resolver este déficit sin revisar lecturas que nos guían desde 1983, pero agotadas después de 2001. A diferencia de lo que afirmábamos en los 80's, hoy podemos decir que la violencia política no venía de afuera de la sociedad y que con la democracia no alcanza. Por otra parte, mucho de lo que sostuvimos en las discusiones económicas de los 90’s estaba equivocado. En primer lugar, las reformas de esos años iban en la dirección correcta, y eran necesarias, cuando no inevitables. En segundo lugar, la naturaleza del mercado no es la de un adversario político: no puede ser vencido acumulando fuerza política. En tercer lugar, la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Por último, después de 2001, tres cosas sabemos con toda certeza: que la ética democrática que promovimos desde los 80’s arraigó menos de lo que quisimos; que nuestra democracia realmente existente no está amenazada por la impunidad, sino fundada en ella; que la Argentina ya no es una sociedad de clases medias escolarizadas y con trabajo estable.

Los desafíos de la socialdemocracia no son meramente “de comunicación” o superficiales. Si queremos recrear la socialdemocracia después del fin de la socialdemocracia, necesitamos un giro copernicano que permita hablar con esperanza de la política, la economía y la sociedad que todavía describimos con lamentos. Nos hacen falta marcos para hablar de la Argentina tal como es hoy, y no de la Argentina “que todavía es”, “la que alguna vez fue” o “la que ya no es”.

 

martes, 5 de enero de 2021

De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001


 

Orignalmente publicado en el diario La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/de-democracia-moral-1983-democracia-critica-2001-nid2561451

2001 partió en dos la historia de la democracia que nació en 1983: la época de la fundación ética, que corrió entre 1983 y 2001, y la época la de la fundación crítica, que empezó en 2001 y continúa hasta hoy. 

Por un lado, a partir del triunfo de Raúl Alfonsín, un programa de democratización de la sociedad argentina ocupó el centro del debate público. La renovación democrática que se promovía no sólo desde el gobierno tenía por guías la crítica de la violencia política, la defensa a ultranza del Estado de Derecho y el elogio del pluralismo. Argumentos sobre estas cuestiones pueden encontrarse en los debates de Punto de Vista y en las páginas de Un país al margen de la ley de Carlos Nino, verdaderas fuentes teóricas de este ideario. Estos valores expresan una idea de democracia específica y original, que yace en el fondo de los discursos del presidente Alfonsín, del alegato del fiscal Strassera, del informe Nunca Más: la democracia debe estar fundada en la moral. Fundar la democracia en la moral no significaba creer que había una escala de justicia en la que el radicalismo vencedor estaba por encima del peronismo derrotado. Mucho menos, asumir que el presidente Alfonsín sabía cuál era la manera correcta de vivir en democracia. La premisa de este proyecto era más general y fundamental: desde esta perspectiva las preguntas de la política debían responderse después de haber respondido la pregunta por la moral. Es decir, que las consideraciones sobre desarrollo económico, distribución del ingreso, estrategia política o gobernabilidad, debían ser todas derivadas de una primera consideración ética. Martín Farrell, uno de los juristas que pensó la arquitectura del juicio a las Juntas Militares, cuenta una anécdota que sintetiza el espíritu de esta idea: Alfonsín, no sólo preguntaba si legalmente podía tomar tal o cual decisión sino, si moralmente debía hacerlo. 

El proyecto de la democracia moral captó la imaginación más allá del radicalismo. También los peronistas ensayaron sobre un peronismo post violencia en la revista Unidos y empujaron una renovación dentro del movimiento bajo el liderazgo de Antonio Cafiero. Y así como estas ideas excedieron al presidente Alfonsín, del mismo modo sobrevivieron a su gobierno. La crítica política de los años 90 tuvo un tono moral inconfundible no sólo en el radicalismo, también en la CTA y en el Frente Grande. Chacho Álvarez, emblema de este momento político, fue el ideólogo y organizador de un peronismo que sintonizó con las ideas de la democracia moral. Creó una forma completamente nueva de interpretar la tradición peronista, sólo equiparable en su novedad con la reinterpretación menemista. Durante estos años, las críticas a la impunidad y a la corrupción se volvieron el clivaje central del campo político y resultaron la argamasa ideológica de la Alianza entre radicales y frepasistas que ganó las elecciones presidenciales de 1999.

Después de 2001, se abrió una nueva época para la democracia argentina y la idea de crisis desplazó a la moral. Desde entonces, fue tomando forma una nueva democracia, la necesaria para no volver a la crisis política, la posible en la crisis económica. Por un lado, evitar la crisis se volvió el valor máximo de la nueva época. Y no poder evitarla, el peor estigma. El destino de De la Rúa, Chacho Álvarez y Cavallo lo confirman. También la historia de Duhalde, cuyo gobierno no pudo superar el asesinato de Kosteki y Santillán. Y la del kirchnerismo, que pagó costos cada vez que no pudo evitar la crisis. Perdió la Ciudad de Buenos Aires después de Cromagnon; llevó al país al caos por la resolución 125 y tuvo su primera gran derrota política; perdió a su fundador siete días después del asesinato de Mariano Ferreyra; perdió el 20% de sus votos un año después de la Tragedia de Once; y no llegó al 20% en la ciudad de Córdoba dos años después de abandonarla a los saqueos; finalmente, fue vencido en elección presidencial el mismo año que murió el fiscal Alberto Nisman.. El resultado de la aversión social a la crisis fue que todo quedó permitido con el objetivo de evitarla. Transfuguismo político, denuncias falsas contra opositores, candidaturas testimoniales, espionaje ilegal, alianzas electorales con adversarios demonizados. Nada de esto empezó en 2001, pero desde entonces son maniobras que se lucen sin vergüenza como cucardas de astucia política. Después de 2001, las reglas no son medios de estabilidad, sino su principal obstáculo. Todas ceden ante el imperativo de evitar la crisis. “Orden y progresismo. Los años kirchneristas” sintetizó Martín Rodríguez en su libro de 2014.

Por otro lado, la crisis económica talló la democracia post 2001. Y esto en tres sentidos específicos. El empobrecimiento de la población definió el perfil de actores centrales de estos años, como el movimiento piquetero, los jóvenes y, desde luego, la clase media. La pobreza también se volvió un argumento ineludible en discusiones clave como la regulación de la protesta, la vigencia de las garantías penales y la sindicalización de las fuerzas de seguridad. Todos debates asociados al control del espacio público, una de las superficies más sensibles a la crisis económica. Por último, el empobrecimiento de las personas y la quiebra del Estado se usan para fundamentar políticas públicas en todas las direcciones. Se dice que hay pobreza porque las instituciones no andan y se dice que las instituciones no pueden andar con semejantes niveles de pobreza. Se dice que la corrupción genera pobreza y se dice que con tanta pobreza el combate a la corrupción no puede ser una prioridad. Se dice que hay que expandir el gasto porque hay pobreza y se dice que hay que ajustarlo para reducirla. Néstor Kirchner entendió prematuramente el impacto que la crisis económica tuvo en el debate político, y se aseguraba de mantenerlo vivo cada vez que recordaba que estábamos saliendo “del infierno”.  

Muchas cosas cambiaron en el paso de la democracia moral a la democracia crítica. En primer lugar, el programa de la democracia moral perdió su capacidad interpretativa; Elisa Carrió fue la última representante de esas ideas que interpeló masivamente. En segundo lugar, el mundo y el comercio internacional son percibidos como amenazas, cada vez por más personas. Tercero, a través de La Cámpora los jóvenes se reconciliaron con el Estado, la historia y el poder, después de muchos años de escepticismo. Cuarto, los derechos humanos -como explicó Luis Alberto Romero- fueron removidos como fundamento del sistema democrático para ser instalados como fundamento de una facción. Por último, la pobreza se fue volviendo el centro de gravedad del debate político: paradójicamente, en la Argentina post 2001 todo se hace “para cuidar a los que menos tienen”.

La época de la democracia moral duró 18 años. Este año se cumplen 19 años de democracia crítica. Los logros de la democracia moral en la década del 80 ya tienen el reconocimiento de la mayoría del arco político. Después de 2008, el mundo no volvió a ser el mismo en el que el kirchnerismo fue posible. Los jóvenes que hicieron las paces con el estado se preparan para tomar el poder. Las discusiones sobre la violencia política durante los setentas se liberan del corset que se les impuso en el auge del kirchnerismo. La pobreza dejó de ser novedosa para ser característica. Lo que fue crisis económica, hoy es decadencia. Quizás ya estemos pisando, sin saberlo, sin nombrarla, una nueva época.

viernes, 18 de octubre de 2019

Nuestras dos discusiones

Todavía después de las PASO, el perfil del gobierno y el de la oposición siguen definidos por dos discusiones. Porque sea que hablemos sobre el acuerdo con el FMI, sobre el poder judicial, sobre nuestro sistema previsional, sobre impuestos o sobre Venezuela, las discusiones giran casi siempre alrededor de dos preguntas: ¿Cómo nos tenemos que tratar? y ¿Cómo vamos a producir más riqueza? Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada una de estas dos preguntas.
En primer lugar, entonces, la cuestión de la convivencia. Un tema que es estructurante de toda comunidad, pero sobre el que las argentinas y los argentinos tenemos desacuerdos gruesos. Empezando porque mientras unos subestiman la cuestión, otros la tenemos en el tope de nuestras prioridades. Los que subestiman la cuestión de la convivencia piensan que la discusión es una distracción, una cuestión superficial o cosmética, incluso, un engaño. Desde esta perspectiva, la convivencia es una coartada; la neutralidad, una mentira; la objetividad, imposible. Y el que no se confunde con estas ilusiones conocería las dos verdaderas leyes de la vida en comunidad: que todo es política y que la política es ante todo saber quién no está de nuestro lado. Ésta es la versión moderada del argumento. La versión extrema sostiene que en la Argentina no hay nada que discutir en relación a la convivencia porque la Argentina es, antes que un ámbito de convivencias, un campo de disputas. Disputas entre los que defienden los verdaderos intereses argentinos, los verdaderos argentinos, y los que defienden falsos intereses argentinos, los argentinos falsos. Entre unos y otros nunca hubo ni debe haber convivencia. Entre verdaderos argentinos y argentinos falsos sólo existe enfrentamiento, “disputa hegemónica”. Con diferentes énfasis, esta desconfianza de la convivencia es un axioma común entre los que apoyan a Todos.
Por otra parte, los que tenemos las reglas de convivencia como una prioridad creemos que la democracia es un acuerdo que tiene que fundarse en razones morales. Los más exigentes creen -por ejemplo- que políticos que roban están fuera del acuerdo democrático; los modestos, más (sobre) adaptados a la Argentina post-2001, no creen que el acuerdo democrático pueda evitar el robo, pero que sí que debe criticarlo. Desde cualquiera de estas dos perspectivas, elogiar "el oficio" de robar, respaldar la opción de salir de caño, o pedir robar con códigos son extravagancias que desfondan la vida en democracia.
El segundo desacuerdo fundamental pasa por la cuestión económica: ¿Cómo vamos a generar más riqueza? También en esta discusión hay dos grandes tesis: la que sostiene que las reformas son la causa de los problemas económicos de la Argentina y la que sostiene que no hay solución sin reformas. Para los defensores de la primera, la economía argentina tiene que funcionar lo más parecido posible a como lo hacía en los sesentas, para los segundos tiene que dejar de hacerlo. La primera es la promesa económica de Todos, la segunda, la intuición básica de la política económica del gobierno.
Los que rechazan las reformas señalan sus costos y afirman que todavía es posible vivir en el país como se vivió en un pasado más benévolo: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Incluso, ven en la crisis de 2001 una señal inequívoca de que cualquier intento de reforma económica está destinado al colapso. Y, parapetrados atrás de los grandes desafíos que suponen las reformas económicas, aseguran que es posible volver a vivir como antes, sólo es cuestión de voluntad política.
Por el otro lado, las políticas públicas y los discursos del presidente dejan ver el diagnóstico general del gobierno: el estancamiento de la Argentina no se soluciona mirando al pasado, sino con reformas que pongan la economía argentina al día con un capitalismo -qué duda cabe- más competitivo que el de tiempo atrás. Porque los costos de dejar todo como está se acumulan hace décadas, en la cadena económica y en las condiciones de trabajo de los maestros, en la infraestructura de los hospitales, en el entrenamiento de la policía, en la eficiencia del servicio de justicia. El gobierno insiste con que no hay soluciones en el pasado, porque no cree que los problemas de la Argentina resulten de un desvío circunstancial ni de un tropiezo en el caímos por error o por traición. Sino del agotamiento inapelable de una manera de producir riqueza.
En base a estas discusiones, desde el triunfo de Cambiemos en 2015, la discusión política coaguló en dos grandes acuerdos: el de los que apoyamos a Juntos y el de los que apoyan a Todos. Los que apoyamos a Juntos coincidimos en tres cosas. Uno, que la falta de consenso sobre las cuestiones del orden es un obstáculo para que prosperen soluciones. Dos, que la Argentina se vuelve un lugar disfuncional sin un suelo moral elemental. Tres, que la economía argentina necesita reformas que la pongan al día con el capitalismo contemporáneo. Por el otro lado, los que apoyan a Todos se mueven dentro de los límites de tres acuerdos. Primero, que el conflicto social sólo debe ser abordado como una consecuencia de los problemas, nunca como una causa. Segundo, que la naturaleza de la política determina que no tengamos acuerdos morales robustos. Tercero, que la economía argentina debe alejarse lo más posible de los formatos y las prácticas de mercado, liberales, neoliberales, etc.
Si la convivencia y la producción de riqueza son los ejes del debate político argentino, los puntos cardinales son, por un lado, convivencia democrática o disputa hegemónica; y, por el otro, reforma económica o resistencia al neoliberalismo. Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada eje, es decir, direcciones opuestas para este barquito flotando en el océano que es la Argentina.

Diario La Nación 14-09-19


jueves, 23 de febrero de 2017

Para un radicalismo post kirchnerista. Respuesta a Jesús Rodríguez.


El documento de Jesús Rodríguez en vísperas del próximo encuentro nacional de la UCR es un análisis sistemático e informado de los antecedentes de Cambiemos, sus desafíos y las tareas de la UCR en relación con estos desafíos. No es sólo un aporte al debate político inmediato, sino que también es un documento de época, en tanto que sistematiza algunas de las principales ideas de la dirigencia radical post-2001. Estas ideas condensan una interpretación del kirchnerismo y una lectura sobre el descalabro de lo hizo posible, el 2001. Son caracterizaciones del rol de los partidos políticos, de las formas de la disputa política, de la representación, de las agendas prioritarias, de quién es el sujeto de la democracia. Cambiemos es el triunfo de estas ideas y del radicalismo post-2001. A partir de estas ideas, en lo que sigue hay otras ideas para un radicalismo post-kirchnerista.


LA DEMOCRACIA NO ES UN PARAÍSO PERDIDO. No compartimos la caracterización de la democracia como paraíso perdido. No creemos que los esfuerzos tengan que estar en recuperar una época normal de la política democrática, con partidos políticos fuertes, con bipartidismo estable, con programas definidos en convenciones regularmente convocadas. No creemos que haya que recuperar todo esto, porque no sabemos si alguna vez existió. En los escasos cuarenta años de la democracia argentina ¿Cuándo fue que vivimos en una “democracia normal”? ¿Entre 1983-1985? ¿Entre 1983 y 1989? ¿Entre 1983 y 1994? Nuestra incredulidad no significa que no veamos diferencias de calidad democrática. No pensamos que todo es lo mismo. Al contrario, partimos del legado excepcional de Raúl Alfonsín. Justamente, excepcional.
EL POPULISMO NO ES UN ERROR CONTINGENTE. Por eso, para nosotros el populismo no es un error contingente, un mal que nos afecta por temporadas, un hueco en el que los argentinos caemos de tanto en tanto. Para los que nacimos en democracia, el populismo es la forma de la política argentina, de la misma manera que lo fue el autoritarismo para quienes hacían política antes de 1983. Prueba de esto no son solamente los veinticinco años de gobiernos peronistas, en treinta y cuatro de democracia contemporánea, sino, también, el ímpetu agonista con el que le respondemos al kirchnerismo. Construimos la legitimidad de Cambiemos definiendo los resultados kirchneristas como una catástrofe y hasta llegamos a decir que “en cierta medida se presenta una situación análoga a 1983”, como si los argentinos no supiéramos de catástrofes, como si los radicales que dicen estas cosas no hubieran sido los protagonistas del 83. Licencias que dejan ver que el agonismo es la figura retórica nacional. Y que quieren inspirar una épica de la que carecemos, no por errores ni por pereza, sino por la obsesión del gobierno de luchar contra las ideologías, una pelea que es presentada como novedad pero que, de 1989 para acá, ya atrasa las mismas tres décadas que el setentismo en 2003. Para explicar por qué nos presentamos contra el kirchnerismo no hace falta erosionarnos con inexactitudes, porque es inexacto decir que el resultado del gobierno kirchnerista fue una catástrofe o que si la Argentina es una catástrofe es por culpa de un gobierno. Por desgracia o por suerte, ningún gobierno puede hacer tanto. Con señalar que fueron patoteros en todas las formas posibles, que su modelo económico estaba fundido y que robaron maniáticamente, alcanza para que explicar por qué los enfrentamos.
Con razones similares, creemos que hay que decir que los “desequilibrios de poder” en los últimos años son responsabilidad, tanto de la acción del gobierno, como de la debilidad del resto de los actores para ponerle límites. Más aun, no podemos dejar de ver que el debilitamiento de los mecanismos de control y la manipulación de las reglas de juego no fueron un impedimento para que la democracia argentina clausurara su crisis después de 2001, más aun fueron los caminos por los que, efectiva e históricamente, avanzó esa sutura. En todos estos años, el rol fundamental del peronismo fue asegurar el orden, no criticarlo.
Por otra parte, no entendemos que se hable de “apatía social” y de “desafección por la política” cuando a nuestro alrededor, por todas partes, vemos intensidad. En el fervor todavía humeante de los tiempos kirchneristas; en la perseverancia de las organizaciones populares que, con o sin kirchnerismo, siguen movilizándose por su porción de la torta; en la sororidad del paro internacional de mujeres convocado para el próximo 8 de marzo. En los debates de la política española. En el referendum por el Brexit. En los discursos de Donald Trump y en los discursos contra Trump. En las movilizaciones en Venezuela, en Chile y en Brasil, a favor y en contra. En el acuerdo de paz en Colombia. En todo esto no vemos apatía alguna. Más bien, nos preguntamos cómo hacer para que la próxima dirigencia radical muestre más interés por todo esto.
LA GENEROSIDAD NO ES UN CRITERIO POLÍTICO. Por otra parte, no entendemos por qué se insiste en pensar la discusión política en términos de concesión o generosidad entre los actores. El problema, acá, no es alguna impugnación del tipo “cuando te tocó tampoco fuiste generoso”. El problema es que de tanto esperar gestos, señales y otras cosas de los aliados -o hasta de los adversarios-, alguien puede terminar pensando que la política se trata de esperar, más que de hacer. O que las relaciones con nuestros aliados se definen más por la gracia de su generosidad que por la eficacia de nuestras acciones. Que si en política no se crece es porque alguien no fue generoso, no se corrió, no se entregó atado de píes y manos. Que nuestro lugar en la política es el de clientes que esperan algo de alguien. O corremos el riesgo de que alguien piense que si no fuimos kirchneristas fue porque el kirchnerismo no nos quiso entre su clientela.

LAS TAREAS ESTÁN MARCHA. Con estas caracterizaciones, para nosotros las tareas más urgentes del Radicalismo son las siguientes. 
DARLE DENSIDAD A CAMBIEMOS. Si no quiere volverse una experiencia frívola y tilinga, Cambiemos tiene que ganar más densidad. En estos doce años hablamos de ética, de democracia, de instituciones. Todo esto no se trata de apego a las normas, ni de ser prolijos administrativamente, sino de compromisos, de trayectorias, de ejemplos. Si reclamamos equilibrio de poderes, no elegimos jueces por decreto. Si hablamos de respetar las leyes, no las cambiamos para remover funcionarios. Si reclamamos alternancia democrática fuera de nuestro país, la exigimos en las provincias argentinas. Si hablamos de los beneficios económicos de la competencia, no favorecemos la concentración. Para que la relevancia de estas cuestiones gane nitidez, hay que apartarse de la cruzada trasnochada contra la historia y la ideología que llevan adelante los ideólogos del Pro y dejar la pavada del anti intelectualismo ¡Cómo si el pensamiento, la historia y la ideología fueran inventos del kirchnerismo! Para darle densidad a Cambiemos, el Radicalismo mismo tiene que volverse más denso. Vamos a ganar no sólo cuerpo, especialmente, espíritu.
ECHAR RAÍCES. El Radicalismo tiene que echar raíces en lugares de los que fue extirpado, en lugares que abandonó y en lugares a los que nunca llegó. Echar raíces no entre “la gente”, en ”el pueblo”, ni entre “los compatriotas”. Echar raíces entre las madres solteras, entre los comerciantes y los comerciantes de las ferias, con las personas a las que les llueve adentro de sus casas, con los enfermos que tienen que pagar sus insumos en los hospitales públicos, entre las migrantes que son explotadas clandestinamente, entre los inquilinos que viven preocupados, entre las víctimas de violencia institucional, con las personas con discapacidades que son invisibilizadas, con los ancianos que son invisibilizados. No echamos raíces dando discursos melodramáticos, sino hablando con las personas, más aun, dejándoles hablar a ellas.  
SACARSE DE ENCIMA TODO ESCEPTICISMO. Sacudirse todo escepticismo, todo pesimismo, que nos haga pensar que para ganar hay que robar, hay que ser insensible, hay que volverse una patota. Hacer las cosas sin importar cómo ni con quién no es ambición, es extravío. Es no venir de ningún lado, ni tener ningún destino. Ganar haciendo las cosas bien es doblemente difícil, todos los sabemos. Ganar haciéndolas mal, es nuestra derrota. 

Como creemos que éstas son tareas urgentes, no decimos que “hay que” hacerlas, ni esperamos a que las haga “el partido”, nos pusimos a hacerlas nosotros mismo. No empiezan con este documento, ni empezaron cuando ganó Cambiemos. Hace ya varios años que están en marcha por diferentes vías, en diferentes territorios, con diferentes formatos, con marchas y contramarchas, con triunfos y derrotas. Porque es como dice el documento de Jesús Rodríguez, el desafío que el Radicalismo tiene ante sí es extraordinario: extenderse a lo largo y a lo ancho de la realidad argentina.

Documento de Jesús Rodríguez: http://www.jesusrodriguez.com.ar/hacia-una-nueva-era-politica/

martes, 15 de noviembre de 2016

Leandro Giacobone comenta el sentido y los objetivos de la Jornadas de Jóvenes Investigadores sobre Radicalismo

¿Cuál es el sentido de discutir sobre el radicalismo y su historia en el contexto actual?

Bueno, Alfonsín repetía una frase de Bobbio: “somos lo que elegimos recordar”, y justamente eso que elegimos recordar, siempre está condicionado por las preguntas que nos hacemos en el presente.   

¿Sobre qué momentos de la historia del radicalismo creés que puede resultar fructífero discutir para pensar la Argentina actual? 

No sé si hay un momento específico. La historia del radicalismo tiene más de un siglo, se confunde con la de la Nación. Es inmensa en términos cronológicos, espaciales y sociales. Más bien creo que hay temáticas, y formas de abordaje que fueron poco visitadas, y tienen mucho que aportar en el estudio del radicalismo y la Argentina actual. Por ejemplo los desarrollos de los últimos años acerca de la clase media, los populismos, los estudios culturales, la historia de los trabajadores, la historia intelectual, etc. Hoy se discute el tema de los populismos y se recurre para ello a analizar el yrigoyenismo, el discurso de Intransigencia y Renovación durante el primer peronismo, e incluso del alfonsinismo. Cuando se repasa la historia intelectual, los grupos de intelectuales que rodearon a Alfonsín son una visita obligada. Dentro del gran desarrollo de la historia de las izquierdas y de los trabajadores se toca, aunque tangencialmente, las relaciones con el radicalismo.  Los estudios culturales, ya sea enfocados desde la historia de la cultura escrita, del deporte, de la cultura popular o de masas, son importantísimos para explicar el arraigo popular del radicalismo. Su penetración capilar a través de la cultura popular y de masas fue fundamental desde el inicio del radicalismo para convertirse de un grupo de jóvenes críticos escindidos de la aristocracia porteña, a una fuerza social popular que le dio contenido a la democracia.    

La presentación de la jornada afirma que el radicalismo es un objeto de estudio poco trabajado en el campo académico local ¿Cuáles son las causas de esta postergación? 

El radicalismo quedó bastante marginado como objeto de estudio en el campo académico, y sobre todo en la divulgación. Los factores son muchos, algunos propios del radicalismo como la poca valoración que da el partido a las nuevas formas de encarar los estudios históricos, que van más allá de las explicaciones tradicionales de los símbolos y las efemérides. Hay una mirada muy nostálgica de la historia, como de pieza de museo, y no como capital simbólico, con toda la importancia que esto tiene en la formación permanente de la identidad de un partido político. Es un espacio lleno de fórmulas gastadas, y los estudios más renovadores (que los hay) no logran penetrar e insertarse en la discusión cotidiana, en la cosmovisión de los radicales. El sentido común de la historia del radicalismo se sigue formando con textos de hace 50 años como los de David Rock, Gabriel del Mazo o Ezequiel Gallo. Los más recientes aportes de Persello, Adamovsky, Joel Horowitz y Gerchunoff son un poco de aire fresco para renovar un poco estos estudios.   
También hay una serie de autores muy interesantes como Rapallo, Prieto, Tarcus, Martinez Mazzola, etc. que vienen trabajando otras líneas de investigación que se rozan con el radicalismo y dejan puntas para comenzar a trabajar, más que interesantes. Por otro lado, cierto sentido común de que todo comienza con el peronismo, e incluso todo lo que sucedió antes sirve como para explicar el porqué del surgimiento este movimiento político. Además el peronismo es un partido que tiene indudablemente un capital simbólico muy fuerte y maleable, y que le destinan recursos. 
   
Entre los artículos presentados para la jornada y aquellos otros que ya se conocen ¿Cuáles son los temas más trabajados? 

No sé si hay un patrón en los temas que se abordan en las Jornadas. Sí hay distintos perfiles de investigadores. Dentro de los que vienen del campo académico están los que provienen de Ciencia Política y gente que es de Historia. Pero también están los que son graduados y los que recién comienzan y tienen a estas jornadas como su primera experiencia en este tipo de encuentros. También hay jóvenes que desarrollan su tarea de modo independiente de la universidad, como así también quienes provienen de otras carreras como Derecho y tienen interés en estos temas. Desde acá, lo que intentamos hacer es juntar estos mundos que tienen producción de investigaciones y espacios de intercambio propios, pero que funcionan como mundos separados. Hoy la interdisciplinareidad es fundamental, y estamos seguros que se van a dar cruces interesantes entre distintas carreras, entre estudiantes y graduados, y entre profesionales y amateurs. 

¿Por qué eligieron a Pablo Gerchunoff y a Luciano de Privitellio para el cierre de la jornada? 

Mirá, más allá de ser nombres convocantes, lo que nos interesaba era reforzar la imagen del perfil académico de las Jornadas, pero fundamentalmente rescatar el espíritu crítico de las mismas. Lo hicimos desde la convicción de lo que no queríamos que fuera. Eso de caer en el panegírico, de lo bueno que es el radicalismo y de cómo la sociedad no se da cuenta de lo que se pierde. Salir de la visión cristalizada de la historia del radicalismo. Con Gerchunoff y Privitellio, más allá de coincidir o no, tenés un debate de calidad asegurado.