jueves, 4 de enero de 2018

Sobre el programa económico de Cambiemos, volver al futuro



Tanto para defenderlas como para criticarlas, se dice que las reformas que impulsa el gobierno desde el final de 2017 son parte de un nuevo intento de modernización económica. Pero, decir “modernización” podría ser demasiado. Tal vez sólo se trate de ponerse al día. Por un lado, porque las reformas buscan adaptar la economía argentina a oportunidades y amenazas de la economía global que no son nuevas, sino que ya tienen décadas. Por el otro, porque el stock de fortalezas económicas con las que cuenta el país tampoco es nuevo, es masomenos el mismo que en 2003, con excepción, desde luego, de que aun hoy queda un cierto margen de endeudamiento. Que el stock de fortalezas y debilidades de nuestros país siga siendo, a trazo grueso, muy similar al de 2003 es una consecuencia de cómo Néstor y Cristina Kirchner entendieron la economía global. Sus críticos dijimos que esta manera de entender la economía atrasaba. Hoy, el programa económico de Cambiemos busca aprovechar las oportunidades de este tiempo. Esto, no obstante, no lo exime de riesgos. Muy al contrario. Las insistentes dificultades para eludir estos riesgos no dan fundamentos, sin embargo, para jactarse de ningún escepticismo en las discusiones sobre cómo hacer más justa la distribución de costos y beneficios. De estas cosas trata este artículo, veamos en más detalle cada uno de estos argumentos.
En primer lugar, sobre la “modernización de la economía argentina”. Lo que propone el gobierno no parece tener que ver con la novedad, ni con el futuro. Al contrario, las condiciones que determinarían la necesidad de estas medidas vienen del pasado, de hace mucho tiempo. De 1973/1974, cuando el aumento del precio internacional del petróleo dio inicio al largo y lento declive del estado de bienestar, al tiempo que dejó en evidencia que los altos niveles de vida de los países industrializados eran subvencionados por los países exportadores de petróleo, casi todos países pobres. De 1991, cuando la disolución de la URSS empeoró las condiciones de negociación de los trabajadores en todo el mundo, del primero, del tercero y, muy especialmente, del mundo comunista. De mediados de los años 90's, cuando el mercado mundial de trabajo volvió a acceder a China, a India y a otras regiones que le habían estado total o parcialmente vedadas por los gobiernos socialistas o de inspiración socialista en Asia, África y Europa del Este. Estos tres impactos delinearon las condiciones actuales de producción y circulación de bienes, de servicios, de trabajadores, de inversiones y de financiamiento. Lo que en todas partes se dice con la palabra “globalización”: globalización comercial, globalización del mercado de trabajo, globalización financiera.
En segundo lugar, sobre las fortalezas de la economía argentina. Aunque las oportunidades y amenazas que estas condiciones suponen para la economía argentina son parecidas para cualquier país en vías de desarrollo y, acaso, sean las mismas para todos los países de Sudamérica, la Argentina se destaca, sin embargo, por la evolución de sus fortalezas y de sus debilidades para afrontar este escenario: son prácticamente las mismas ahora que en 2003, cuando no, que en 1998. Desde 2003, el valor agregado y la competitividad de nuestras manufacturas y servicios no aumentaron; nuestra dependencia de Brasil se profundizó; la falta de competencia en muchos sectores sigue siendo un lastre para la producción en nuestro país. Sólo el campo mejoró su productividad.
En tercer lugar, sobre el atraso de las políticas económicas de Néstor y Cristina Kirchner. Que nuestras fortalezas y nuestras debilidades sigan siendo masomenos las mismas, aun después de diez años de precios extraordinarios para los productos que producimos con mayor facilidad, es consistente con la visión que Néstor y Cristina Kirchner tenían de la economía, con cómo pensaron que era posible generar y distribuir riqueza en nuestro país bajo las condiciones de la globalización. Porque, más allá de la sucesión de ministros de economía, durante los doce años de sus gobiernos ambos mantuvieron una convicción inconmovible: que todavía, después de 2001, era posible vivir en la Argentina como se vivía en los años 60’s: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Más aun, creyeron que 2001 era la señal inconfundible de que en la Argentina sólo se podía vivir como en los 60’s: cualquier otro intento estaría inevitablemente destinado al colapso. No hacían falta reformas, la globalización era un invento de la propaganda norteamericana. Sólo hacía falta voluntad política.
Un comentario sobre las reformas y otro sobre las condiciones que impone la globalización. Sobre las reformas: hay consenso unánime de que 2001 fue el colapso de la convertibilidad, pero no de que haya sido el colapso de todo programa de reformas. Es decir, que mientras es muy difícil encontrar una referente política o un referente político, un analista económico o una analista económica que proponga volver fijar el tipo de cambio con una ley, por el contrario, políticos, políticas y analistas de muy diferentes orientaciones afirman que la economía argentina necesita de reformas. Por otra parte, sobre las condiciones de la globalización. Es cierto que durante los años del kirchnerismo la clase media gozó de importantes beneficios y que muchísimas personas de los sectores de menos recursos accedieron a niveles de consumo que habían perdido hace años. Pero quienes ofrecen estos logros como pruebas de que el programa económico del kirchnerismo acertó en su diagnóstico de la economía global, no deberían descartar que el alto nivel de pobreza con el que terminaron esos años sea prueba justamente de lo contrario: de un error de interpretación fundamental.
Cuarto, cuando se dice que el kirchnerismo atrasaba se está hablando de estas cosas, de que nunca tuvo política para la globalización. Toda la audacia y la creatividad que Néstor y Cristina Kirchner sí tuvieron para interpretar la política post-partidos les faltó, en cambio, para articular la economía post-bienestar. Esa falta de visión para la economía global fue emparchada con políticas que pocas veces fueron más que concesiones a reclamos sectoriales. Para los gobiernos kirchneristas la política económica fue, antes que una herramienta para producir y distribuir riqueza, un mecanismo de gobernabilidad. Porque su principal preocupación y su primer mandato no fue recuperar la igualdad perdida en los 90's sino, el orden perdido en 2001.
Quinto, de vuelta sobre la “modernización de la economía argentina”. En 2017 nadie puede decir, entonces, que un programa económico como el del gobierno que busca, a penas, prepararse para la globalización sea algo moderno. Moderno hubiera sido en 1985. Entonces hubiera sido una apuesta de vanguardia, una estrategia para el futuro. Pero hoy ya no tiene nada audaz, menos de épico: es solamente ponerse al día. O, incluso menos: transparentar, blanquear, explicitar, lo que en la economía nunca dejó de pasar. Porque, asumidas o negadas, las condiciones de la economía global nunca dejaron de operar durante estos años, en la superficie del debate público o subterráneamente. Ahí estuvieron la prima de riesgo argentina, la escasez de divisas  y el empleo informal, como pruebas.
Sexto, sobre las chances de éxito. En este contexto, las chances de éxito del programa económico del gobierno de Cambiemos son, en términos generales, similares a las de los gobiernos anteriores: antes de la experiencia, inciertas. Ningún programa económico tiene asegurado su éxito, tampoco su fracaso. Todos son, esencialmente, una apuesta. Nadie puede asegurar que las reformas que plantea el gobierno nos lleven a buen puerto, como tampoco que el éxito del viaje dependa exclusivamente del timonel. Lo que sí parece más fácil de ver es que los argentinos navegamos aguas muy tormentosas a bordo de un barquito muy modesto. También es cierto que el programa anterior, más o menos agudo en sus diagnósticos y propuestas, se agotó y ahora un nuevo programa económico prueba su suerte. Nada nuevo bajo el sol.
Séptimo, la viabilidad de alguna reforma. Los que se oponen a las reformas del nuevo programa dicen que, aun siendo exitosas, dejarán un país para pocos. Lo más preocupante es que hasta ahora nadie haya sido muy exitoso en lograr lo contrario: desde 1983, todos los períodos políticos terminaron con altas tasas de pobreza. También se dice que, aun si la política de empleo fuese exitosa, éste sería de menor calidad o con menos beneficios y protecciones. Hacemos bien en preocuparnos por este tema porque es posible que la Argentina no tenga los recursos para escapar a una tendencia mundial de la que no escaparon siquiera Estados Unidos ni el Reino Unido. En definitiva, que el gobierno de Cambiemos puede perder su batalla económica, es algo posible. Pero el problema más grave no sería que eso pase, sino que tampoco el gobierno anterior haya ganado la suya. Porque si en la Argentina ningún programa económico puede ganar su batalla económica, en el largo plazo todos estamos perdidos. Nada de esto es feliz, ni alegre. Por eso, más que cuando habla de alegría y de todo bien, el gobierno es claro cuando habla de desafíos muy grandes, de responsabilidades, de esfuerzos colectivos.
Por último, para una justicia distributiva. No obstante, es importante recordar que de ningún panorama, por más difícil que sea, se sigue que el escepticismo esté fundamentado. Por eso, aunque los asalariados no podamos evitar estar expuestos a una competencia extremadamente exigente, aun en el declive del estado de bienestar, no hay por qué sacar a la justicia del centro de nuestras preocupaciones ¿Cuál es, entonces, una política progresista en este contexto? No es fácil ni siquiera pensarlo. Pero apunto tres cosas. Primero, trabajar para que esos esfuerzos sean justos. Justicia, en este caso, requiere algún grado de asimetría: que los más beneficiados hagan una parte mayor del esfuerzo. Para lograr esto hay que mirar muy fino las políticas públicas para intentar superar los escollos que plantean los mecanismos del mercado. Segundo, asegurar la protección de las personas que están en situaciones más vulnerables. En esto, las organizaciones y el gobierno ya se están entendiendo. Tercero, trabajar -con discurso, con organización política y con políticas públicas- para que cada punto de crecimiento del PBI redunde en mejor calidad de vida.