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martes, 5 de enero de 2021

De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001


 

Orignalmente publicado en el diario La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/de-democracia-moral-1983-democracia-critica-2001-nid2561451

2001 partió en dos la historia de la democracia que nació en 1983: la época de la fundación ética, que corrió entre 1983 y 2001, y la época la de la fundación crítica, que empezó en 2001 y continúa hasta hoy. 

Por un lado, a partir del triunfo de Raúl Alfonsín, un programa de democratización de la sociedad argentina ocupó el centro del debate público. La renovación democrática que se promovía no sólo desde el gobierno tenía por guías la crítica de la violencia política, la defensa a ultranza del Estado de Derecho y el elogio del pluralismo. Argumentos sobre estas cuestiones pueden encontrarse en los debates de Punto de Vista y en las páginas de Un país al margen de la ley de Carlos Nino, verdaderas fuentes teóricas de este ideario. Estos valores expresan una idea de democracia específica y original, que yace en el fondo de los discursos del presidente Alfonsín, del alegato del fiscal Strassera, del informe Nunca Más: la democracia debe estar fundada en la moral. Fundar la democracia en la moral no significaba creer que había una escala de justicia en la que el radicalismo vencedor estaba por encima del peronismo derrotado. Mucho menos, asumir que el presidente Alfonsín sabía cuál era la manera correcta de vivir en democracia. La premisa de este proyecto era más general y fundamental: desde esta perspectiva las preguntas de la política debían responderse después de haber respondido la pregunta por la moral. Es decir, que las consideraciones sobre desarrollo económico, distribución del ingreso, estrategia política o gobernabilidad, debían ser todas derivadas de una primera consideración ética. Martín Farrell, uno de los juristas que pensó la arquitectura del juicio a las Juntas Militares, cuenta una anécdota que sintetiza el espíritu de esta idea: Alfonsín, no sólo preguntaba si legalmente podía tomar tal o cual decisión sino, si moralmente debía hacerlo. 

El proyecto de la democracia moral captó la imaginación más allá del radicalismo. También los peronistas ensayaron sobre un peronismo post violencia en la revista Unidos y empujaron una renovación dentro del movimiento bajo el liderazgo de Antonio Cafiero. Y así como estas ideas excedieron al presidente Alfonsín, del mismo modo sobrevivieron a su gobierno. La crítica política de los años 90 tuvo un tono moral inconfundible no sólo en el radicalismo, también en la CTA y en el Frente Grande. Chacho Álvarez, emblema de este momento político, fue el ideólogo y organizador de un peronismo que sintonizó con las ideas de la democracia moral. Creó una forma completamente nueva de interpretar la tradición peronista, sólo equiparable en su novedad con la reinterpretación menemista. Durante estos años, las críticas a la impunidad y a la corrupción se volvieron el clivaje central del campo político y resultaron la argamasa ideológica de la Alianza entre radicales y frepasistas que ganó las elecciones presidenciales de 1999.

Después de 2001, se abrió una nueva época para la democracia argentina y la idea de crisis desplazó a la moral. Desde entonces, fue tomando forma una nueva democracia, la necesaria para no volver a la crisis política, la posible en la crisis económica. Por un lado, evitar la crisis se volvió el valor máximo de la nueva época. Y no poder evitarla, el peor estigma. El destino de De la Rúa, Chacho Álvarez y Cavallo lo confirman. También la historia de Duhalde, cuyo gobierno no pudo superar el asesinato de Kosteki y Santillán. Y la del kirchnerismo, que pagó costos cada vez que no pudo evitar la crisis. Perdió la Ciudad de Buenos Aires después de Cromagnon; llevó al país al caos por la resolución 125 y tuvo su primera gran derrota política; perdió a su fundador siete días después del asesinato de Mariano Ferreyra; perdió el 20% de sus votos un año después de la Tragedia de Once; y no llegó al 20% en la ciudad de Córdoba dos años después de abandonarla a los saqueos; finalmente, fue vencido en elección presidencial el mismo año que murió el fiscal Alberto Nisman.. El resultado de la aversión social a la crisis fue que todo quedó permitido con el objetivo de evitarla. Transfuguismo político, denuncias falsas contra opositores, candidaturas testimoniales, espionaje ilegal, alianzas electorales con adversarios demonizados. Nada de esto empezó en 2001, pero desde entonces son maniobras que se lucen sin vergüenza como cucardas de astucia política. Después de 2001, las reglas no son medios de estabilidad, sino su principal obstáculo. Todas ceden ante el imperativo de evitar la crisis. “Orden y progresismo. Los años kirchneristas” sintetizó Martín Rodríguez en su libro de 2014.

Por otro lado, la crisis económica talló la democracia post 2001. Y esto en tres sentidos específicos. El empobrecimiento de la población definió el perfil de actores centrales de estos años, como el movimiento piquetero, los jóvenes y, desde luego, la clase media. La pobreza también se volvió un argumento ineludible en discusiones clave como la regulación de la protesta, la vigencia de las garantías penales y la sindicalización de las fuerzas de seguridad. Todos debates asociados al control del espacio público, una de las superficies más sensibles a la crisis económica. Por último, el empobrecimiento de las personas y la quiebra del Estado se usan para fundamentar políticas públicas en todas las direcciones. Se dice que hay pobreza porque las instituciones no andan y se dice que las instituciones no pueden andar con semejantes niveles de pobreza. Se dice que la corrupción genera pobreza y se dice que con tanta pobreza el combate a la corrupción no puede ser una prioridad. Se dice que hay que expandir el gasto porque hay pobreza y se dice que hay que ajustarlo para reducirla. Néstor Kirchner entendió prematuramente el impacto que la crisis económica tuvo en el debate político, y se aseguraba de mantenerlo vivo cada vez que recordaba que estábamos saliendo “del infierno”.  

Muchas cosas cambiaron en el paso de la democracia moral a la democracia crítica. En primer lugar, el programa de la democracia moral perdió su capacidad interpretativa; Elisa Carrió fue la última representante de esas ideas que interpeló masivamente. En segundo lugar, el mundo y el comercio internacional son percibidos como amenazas, cada vez por más personas. Tercero, a través de La Cámpora los jóvenes se reconciliaron con el Estado, la historia y el poder, después de muchos años de escepticismo. Cuarto, los derechos humanos -como explicó Luis Alberto Romero- fueron removidos como fundamento del sistema democrático para ser instalados como fundamento de una facción. Por último, la pobreza se fue volviendo el centro de gravedad del debate político: paradójicamente, en la Argentina post 2001 todo se hace “para cuidar a los que menos tienen”.

La época de la democracia moral duró 18 años. Este año se cumplen 19 años de democracia crítica. Los logros de la democracia moral en la década del 80 ya tienen el reconocimiento de la mayoría del arco político. Después de 2008, el mundo no volvió a ser el mismo en el que el kirchnerismo fue posible. Los jóvenes que hicieron las paces con el estado se preparan para tomar el poder. Las discusiones sobre la violencia política durante los setentas se liberan del corset que se les impuso en el auge del kirchnerismo. La pobreza dejó de ser novedosa para ser característica. Lo que fue crisis económica, hoy es decadencia. Quizás ya estemos pisando, sin saberlo, sin nombrarla, una nueva época.

viernes, 28 de junio de 2019

El paso de la Cámpora





        Hace tiempo que entre la militancia kirchnerista corren críticas a la Cámpora. Esas críticas intentan ser una forma de autocrítica. La Cámpora fueron los excesos. Le critican su arrogancia, su jactancia, su manera de llevarse puesto al otro. Están hartos de su “estilo” en la conducción de la cosa kirchnerista. “El kirchnerismo no es la Cámpora”, dicen. Y tiene razón: el kirchnerismo no es la Cámpora, es su hijo.
         Se dice que el kirchnerismo empezó en 2008, con la 125. Eso es rigurosamente cierto. Pero esa afirmación de historia inmediata no explica por qué la 125 gestaba un kirchnerismo y no otra cosa diferente. De la 125 no se deducen la organización militante, ni la participación de los jóvenes, ni la agenda de los derechos humanos, ni el alineamiento bolivariano. Cuando se dice que el kirchnerismo empezó con la 125 se pasa por alto que, incluso antes de las 125, mientras Kirchner seguía trenzado en el combate filial con Duhalde, los fundadores de la Cámpora ya craneaban con qué palabras, con qué imágenes y en qué escenarios construir su propio momento en la política. La Cámpora fundó un nuevo vocabulario que tradujo la experiencia peronista a una generación que se había criado desconfiando del menemismo, cuando no, del peronismo todo. El Nestornauta, la Crispasión, el blog “Un día peronista”. También los bistrós peronistas del barrio de Palermo y las peñas en Parque Patricios. Son algunas de las mediaciones simbólicas que llegaron de la mano de la Cámpora y crearon un peronismo con más muelles, más fácil de entrarle. Desde las marchas antimenemistas al gobierno kirchnerista, desde las barricadas del 2001 a los despachos, la Cámpora construyó un paso desde el antimenemismo al peronismo. Explicó cómo hacer el salto al peronismo, la vuelta al peronismo, el perdón al peronismo.         
Pero lo que habilitó la Cámpora no fue sólo un paso desde el antimenemismo hacia el kirchnerismo. También explicó cómo hacer la transición desde el propio menemismo. Porque la juventud militante fue para los dirigentes peronistas el río de un nuevo bautismo político. Y fue la Cámpora la que les explicó a esos dirigentes con qué palabras, en qué marchas y al lado de que figuras de los derechos humanos se perfeccionaba ese rito. Y así esa vieja guardia del peronismo aprendió a hablarle a una juventud que, hasta entonces, sólo tenía palabras agrías para describirla. La expresión más acabada de ese aprendizaje es el duhaldismo ricotero de Anibal Fernández. Hasta la llegada de la Cámpora, el kirchnerismo era, ante todo, la síntesis dialéctica del menemismo y del duhaldismo. Con la Cámpora esa síntesis incorporó el 2001. Es decir, a los jóvenes y a la clase media caídos en desgracia. 
En este sentido, si en la Argentina no hubo un Podemos que surja a la izquierda de la UCR, nuestra socialdemocracia menguante, es porque el kirchnerismo hizo lugar para todos los desilusionados, incluso para los desilusionados del reformismo liberal. Son los que votaron a Carrió en 2003 y a Cristina Kirchner en 2011, los que critican el liberalismo de Cambiemos amparados por el liberalismo de las universidades Di Tella y San Andrés, los que ya no leen Tiempo Argentino, pero nunca dejaron de consultar el diario La Nación. Este liberalismo tampoco habría sido posible si la Cámpora no hubiera vuelto a hacer del peronismo una experiencia atractiva para el debate de ideas. SIn embargo, está siempre apurado por echar culpas a la Cámpora, con la esperanza de que menos Cámpora redunde en un kirchnerismo más afin a su sensibilidad y consumos.
       Todo lo que entró al kirchnerismo con ánimo crítico, por izquierda como se decía antes, también entró por el surco que abrió la Cámpora. Por ese camino llegaron todas las experiencias con las que el kirchnerismo todavía sigue oxigenando al peronismo: los derechos humanos, el populismo como teoría crítica, el latinoamericanismo, Sabattella, los socialistas kirchneristas. Y más recientemente, Leandro Santoro, Matías Lammens, Juan Grabois, Itaí Hagman u Ofelia Fernández. Y, por supuesto, el propio Kicillof.
Desde luego, la puerta por la que entró la Cámpora al kirchnerismo la abrieron Néstor y Cristina Kirchner. Esto merece un análisis propio –aparte de este comentario- sobre la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y la Cámpora. Aunque en estas líneas enfocadas en la Cámpora vale señalar una cosa: antes de que Néstor y Cristina eligieran a la Cámpora, la Cámpora ya los había elegido a ellos. 
En estos días, muchos proponen un kirchnerismo que se saque de encima la pesada herencia de la Cámpora. Y quizás sea posible un kirchnerismo con menos Cámpora. Pero, por cómo han sido las cosas hasta ahora, sería, también, un kirchnerismo con menos Cristina. Porque la ideología de Cristina es la de la Cámpora. Cristina es tan crítica como la Cámpora, tan técnica como la Cámpora, tan feminista como la Cámpora y tan centralista como la Cámpora. La Cámpora es lo que abre al kirchnerismo y lo que cierra las listas. La Cámpora le da fuerza al kirchnerismo y es uno de sus flancos más golpeados. En la expectativa de un kirchnerismo menos camporista, esperan proyectos tan diferentes como el Grabois, el de Manzur o, incluso, el de propio Magnetto. Después de la salida del gobierno, la Cámpora sobrevivió a la autocrítica kirchnerista, a la que no sobrevivieron otras referencias, como Moreno, D’Elía o De Vido. Su resiliencia es señal de que la Cámpora se ha vuelto el hecho maldito del movimiento.



viernes, 14 de junio de 2019

¿Pichetto es peronista?


Se discute mucho quién es peronista y quién no es peronista. Un tema mucho más transparente años atrás, pero que, visto desde 2019, es muy difícil de definir en términos lógicos, ideológicos, o de valores. Esa manera de definir las cosas da resultados que no coinciden con las intuiciones de nadie sobre quién es peronista y quién no lo es, porque, abordada la discusión así, surgen ejemplos y contraejemplos que dejan insatisfecho a todo mundo. A los peronistas, por ejemplo, les gusta jactarse de sus maneras manejarse, pero después de 2001, muchas de esas formas ya no son exclusivas de su patrimonio. Por otra parte, entre los no peronistas, después de la experiencia kirchnerista, ganó peso la idea de que ser patotero es igual a ser peronista y no ser patotero es igual a no ser peronista. Pero ése tampoco es un buen criterio para definir quién es y quién no es. Ya se ve, por ejemplo, que Pichetto no tiene esos modos.

Creo que hay otro criterio para definir peronismo y no peronismo que ofrece resultados que se ajustan mejor a nuestras intuiciones sobre quién es peronista y quién no lo es. Un criterio histórico. Podemos decir de una persona que es peronista o que no es peronista, según qué posición tuvo en ocho discusiones claves: la elección de 1983, el juicio a las juntas, las leyes de punto final y obediencia debida, a elección de 1989, el FREPASO, la elección de 1994, la de 1999 y el 2001. Estas ocho discusiones definieron el mapa ideológico de todas las personas que se formaron políticamente antes del kirchnerismo, y eso incluye a todos los candidatos y a todas las candidatas actuales a la Presidencia y a la Vicepresidencia de la Nación. Mirando estas ocho discusiones, seguramente estemos acuerdo si decimos que son peronistas las personas que tuvieron la misma posición que Ubaldini, Ménem o Duhalde. Siguiendo este criterio, NK, CFK y, desde luego, Pichetto son peronistas. Por el otro lado, vamos a estar de acuerdo si decimos que no son peronistas las personas que sostuvieron la misma posición que Alfonsín, Angeloz, Massaccesi o De la Rua. Estas dos opciones, desde luego, no cubren todas posibilidades. Las decisiones de Cafiero y del Chacho Álvarez, por ejemplo, fueron demasiado sensatas o demasiado creativas para ajustarse a esta dicotomía. Pero los dos polos que dibuja este criterio ayudan a ordenar la discusión. Mirando las cosas de este modo, Leandro Santoro no es peronista. Cristian Ritondo sí lo es. Patricia Bullrich no se sabe. La cuestión de 2001 es polémica, porque hay diferentes lecturas sobre cómo actuaron unos y otros actores. Sin embargo, si nos atenemos estrictamente a lo que cada figura dijo en público, la definición sigue funcionado. Si 2001 es el punto débil de esta definición, es porque en ese momento empezó a tambalear el orden político que, desde 1983, se había sostenido sobre la dicotomía.

En consecuencia, en esta elección muchos incrédulos del peronismo vamos a votar una fórmula, digamos, bastante más peronista de lo que alguna vez hubiéramos imaginado. Esto confirma una de las tendencias de largo aliento de la política post-2001: la peronización de la política y el atrofiamiento progresivo de la política no peronista.

En este nuevo escenario, se equivocan los que creen que el gobierno hace antiperonismo. Ésa es una interpretación equivocada, a la que el propio gobierno muchas veces recurre. A falta de mejores imágenes para explicar lo que quiere hacer, deja correr la versión de que hace antiperonismo. Pero, la política del gobierno no es para nada antiperonista: hay acuerdos con los bloques justicialistas, hay ministros peronistas, se inauguran monumentos a Perón. Al gobierno no le interesan esas discusiones de la historia y del corazón. El gobierno lo único que quiere es reformismo modernizador y moderación política. Ése es su programa. Y Pichetto uno de sus más claros defensores.