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lunes, 8 de marzo de 2021

De la urgencia democrática a la urgencia económica



En nuestra discusión política insiste la idea que es imposible salir de la decadencia sin un acuerdo entre los dirigentes. No es capricho. La experiencia internacional muestra que hay correlación entre el éxito económico de un país y un cierto grado de acuerdo entre sus dirigentes. Pero, ¿Es el consenso lo que genera buenos resultados o son los buenos resultados los que generan consenso?

Entre nosotros, el lema del consenso tiene su propia historia. Nacido como respuesta a la inclemencia política post 2008, es el eslabón más reciente de una cadena de consignas que se remonta hasta la vuelta de la democracia: la defensa de las instituciones de la década de 2010, la lucha contra la impunidad y la corrupción de los 90’s, la reivindicación del Estado de Derecho de los 80’s. En el ADN de esta secuencia está el legado ideológico de la democracia moral de los 80’s y los 90’s.

Pero, en la actualidad, nuestro déficit más grave no es democrático, sino económico. Porque mientras que las libertades conseguidas a partir de 1983 siguen vigentes, nuestro PBI/habitante es igual que en 1974, como difundió Martín Rapetti. Nadie puede sorprenderse por este dato si desde 1975 registramos 20 años con recesión, siguiendo un documento del Ministerio de Desarrollo Productivo publicado en 2020 que, justamente, lleva por subtítulo “una visión compartida sobre el desarrollo económico de largo plazo y el cambio estructural”. Este desgaste de nuestra economía se espiralizó en la última década. Entre 2011 y 2019 alternamos un año de crecimiento con uno de caída y desde 2018 sólo años de caída, El promedio de crecimiento de la última década no llega al 1,5%. En este contexto, tampoco sorprende que, aunque el número de personas económicamente activas haya aumentado un 15% en la última década, para igual período, la cantidad de personas con empleo privado registrado haya aumentado sólo un 2,9%. El esfuerzo que se hizo en la década del 80 para cambiar la política, hoy es necesario para cambiar la economía.

A pesar de esto, las reformas económicas todavía no encuentran su lugar en nuestras discusiones. Por un lado, el Frente de Todos representa a quienes no quieren saber nada con reformas de mercado, porque aseguran que son la causa principal de nuestros problemas. Por el otro, la agenda de Juntos por el Cambio sigue dominada por las discusiones sobre calidad democrática, a pesar de ser la fuerza más identificada con un programa de reformas económicas y la mejor dotada para hablar de esto. En este contexto, falta una propuesta política que ponga a la economía en primer lugar. Que explique los problemas políticos como síntomas de la decadencia económica y no al revés. Un giro copernicano que no repita que nuestra economía anda mal porque las instituciones están desguazadas, sino que explique que el mal funcionamiento de las instituciones es imprescindible para controlar una economía explotada. 

Una propuesta así tiene que situar la necesidad, la oportunidad y los objetivos de un programa de reformas económicas. Tiene que explicar que en los últimos cincuenta años la economía global se fue volviendo cada vez más competitiva, después del aumento del precio del petróleo de 1973, de la desaparición del comunismo y del ingreso de miles de millones de trabajadores asiáticos al mercado global. Tiene que dejar en claro que la volatilidad del dólar, el aumento de la inflación o el crecimiento de la deuda no son consecuencias coyunturales de tal o cual política económica, sino síntomas de un agotamiento estructural en nuestra organización económica. Y, sobre todo, mostrar cómo se puede generar empleo, reducir la pobreza y mejorar la oferta de bienes públicos aumentando la productividad general del país. Dar estas explicaciones sobre nuestra economía es una tarea específicamente política. Porque su éxito también depende de inscribir estas reformas en una narrativa de nuestra historia y de saber vincularlas a otras agendas que ordenan la discusión política, como la del movimiento de la economía popular o, incluso, la agenda del movimiento de derechos humanos o del feminismo. Sin un discurso político que sepa hablar el futuro de la economía la discusión argentina gira en falso. 

Nada de esto significa que haya que dejar de lado los estándares democráticos ni renunciar al ideal ético de 1983. Alcanza con entender que aquellas ideas no resuelven estos problemas. Lo que necesitamos ahora es una ingeniería política de los resultados económicos, un materialismo ético que tenga a la democracia como suelo, pero a la economía como motor. Los que queremos una política fundada en la moral, los que creemos que no hay desarrollo sin instituciones y los que valoramos el consenso más que el conflicto, también tenemos que poner la economía en primer lugar. Porque si hay resultados económicos, van a llegar los acuerdos. Si los acuerdos duran lo suficiente, se volverán instituciones. En esas instituciones puede crecer una ética cívica renovada.


martes, 5 de enero de 2021

De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001


 

Orignalmente publicado en el diario La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/de-democracia-moral-1983-democracia-critica-2001-nid2561451

2001 partió en dos la historia de la democracia que nació en 1983: la época de la fundación ética, que corrió entre 1983 y 2001, y la época la de la fundación crítica, que empezó en 2001 y continúa hasta hoy. 

Por un lado, a partir del triunfo de Raúl Alfonsín, un programa de democratización de la sociedad argentina ocupó el centro del debate público. La renovación democrática que se promovía no sólo desde el gobierno tenía por guías la crítica de la violencia política, la defensa a ultranza del Estado de Derecho y el elogio del pluralismo. Argumentos sobre estas cuestiones pueden encontrarse en los debates de Punto de Vista y en las páginas de Un país al margen de la ley de Carlos Nino, verdaderas fuentes teóricas de este ideario. Estos valores expresan una idea de democracia específica y original, que yace en el fondo de los discursos del presidente Alfonsín, del alegato del fiscal Strassera, del informe Nunca Más: la democracia debe estar fundada en la moral. Fundar la democracia en la moral no significaba creer que había una escala de justicia en la que el radicalismo vencedor estaba por encima del peronismo derrotado. Mucho menos, asumir que el presidente Alfonsín sabía cuál era la manera correcta de vivir en democracia. La premisa de este proyecto era más general y fundamental: desde esta perspectiva las preguntas de la política debían responderse después de haber respondido la pregunta por la moral. Es decir, que las consideraciones sobre desarrollo económico, distribución del ingreso, estrategia política o gobernabilidad, debían ser todas derivadas de una primera consideración ética. Martín Farrell, uno de los juristas que pensó la arquitectura del juicio a las Juntas Militares, cuenta una anécdota que sintetiza el espíritu de esta idea: Alfonsín, no sólo preguntaba si legalmente podía tomar tal o cual decisión sino, si moralmente debía hacerlo. 

El proyecto de la democracia moral captó la imaginación más allá del radicalismo. También los peronistas ensayaron sobre un peronismo post violencia en la revista Unidos y empujaron una renovación dentro del movimiento bajo el liderazgo de Antonio Cafiero. Y así como estas ideas excedieron al presidente Alfonsín, del mismo modo sobrevivieron a su gobierno. La crítica política de los años 90 tuvo un tono moral inconfundible no sólo en el radicalismo, también en la CTA y en el Frente Grande. Chacho Álvarez, emblema de este momento político, fue el ideólogo y organizador de un peronismo que sintonizó con las ideas de la democracia moral. Creó una forma completamente nueva de interpretar la tradición peronista, sólo equiparable en su novedad con la reinterpretación menemista. Durante estos años, las críticas a la impunidad y a la corrupción se volvieron el clivaje central del campo político y resultaron la argamasa ideológica de la Alianza entre radicales y frepasistas que ganó las elecciones presidenciales de 1999.

Después de 2001, se abrió una nueva época para la democracia argentina y la idea de crisis desplazó a la moral. Desde entonces, fue tomando forma una nueva democracia, la necesaria para no volver a la crisis política, la posible en la crisis económica. Por un lado, evitar la crisis se volvió el valor máximo de la nueva época. Y no poder evitarla, el peor estigma. El destino de De la Rúa, Chacho Álvarez y Cavallo lo confirman. También la historia de Duhalde, cuyo gobierno no pudo superar el asesinato de Kosteki y Santillán. Y la del kirchnerismo, que pagó costos cada vez que no pudo evitar la crisis. Perdió la Ciudad de Buenos Aires después de Cromagnon; llevó al país al caos por la resolución 125 y tuvo su primera gran derrota política; perdió a su fundador siete días después del asesinato de Mariano Ferreyra; perdió el 20% de sus votos un año después de la Tragedia de Once; y no llegó al 20% en la ciudad de Córdoba dos años después de abandonarla a los saqueos; finalmente, fue vencido en elección presidencial el mismo año que murió el fiscal Alberto Nisman.. El resultado de la aversión social a la crisis fue que todo quedó permitido con el objetivo de evitarla. Transfuguismo político, denuncias falsas contra opositores, candidaturas testimoniales, espionaje ilegal, alianzas electorales con adversarios demonizados. Nada de esto empezó en 2001, pero desde entonces son maniobras que se lucen sin vergüenza como cucardas de astucia política. Después de 2001, las reglas no son medios de estabilidad, sino su principal obstáculo. Todas ceden ante el imperativo de evitar la crisis. “Orden y progresismo. Los años kirchneristas” sintetizó Martín Rodríguez en su libro de 2014.

Por otro lado, la crisis económica talló la democracia post 2001. Y esto en tres sentidos específicos. El empobrecimiento de la población definió el perfil de actores centrales de estos años, como el movimiento piquetero, los jóvenes y, desde luego, la clase media. La pobreza también se volvió un argumento ineludible en discusiones clave como la regulación de la protesta, la vigencia de las garantías penales y la sindicalización de las fuerzas de seguridad. Todos debates asociados al control del espacio público, una de las superficies más sensibles a la crisis económica. Por último, el empobrecimiento de las personas y la quiebra del Estado se usan para fundamentar políticas públicas en todas las direcciones. Se dice que hay pobreza porque las instituciones no andan y se dice que las instituciones no pueden andar con semejantes niveles de pobreza. Se dice que la corrupción genera pobreza y se dice que con tanta pobreza el combate a la corrupción no puede ser una prioridad. Se dice que hay que expandir el gasto porque hay pobreza y se dice que hay que ajustarlo para reducirla. Néstor Kirchner entendió prematuramente el impacto que la crisis económica tuvo en el debate político, y se aseguraba de mantenerlo vivo cada vez que recordaba que estábamos saliendo “del infierno”.  

Muchas cosas cambiaron en el paso de la democracia moral a la democracia crítica. En primer lugar, el programa de la democracia moral perdió su capacidad interpretativa; Elisa Carrió fue la última representante de esas ideas que interpeló masivamente. En segundo lugar, el mundo y el comercio internacional son percibidos como amenazas, cada vez por más personas. Tercero, a través de La Cámpora los jóvenes se reconciliaron con el Estado, la historia y el poder, después de muchos años de escepticismo. Cuarto, los derechos humanos -como explicó Luis Alberto Romero- fueron removidos como fundamento del sistema democrático para ser instalados como fundamento de una facción. Por último, la pobreza se fue volviendo el centro de gravedad del debate político: paradójicamente, en la Argentina post 2001 todo se hace “para cuidar a los que menos tienen”.

La época de la democracia moral duró 18 años. Este año se cumplen 19 años de democracia crítica. Los logros de la democracia moral en la década del 80 ya tienen el reconocimiento de la mayoría del arco político. Después de 2008, el mundo no volvió a ser el mismo en el que el kirchnerismo fue posible. Los jóvenes que hicieron las paces con el estado se preparan para tomar el poder. Las discusiones sobre la violencia política durante los setentas se liberan del corset que se les impuso en el auge del kirchnerismo. La pobreza dejó de ser novedosa para ser característica. Lo que fue crisis económica, hoy es decadencia. Quizás ya estemos pisando, sin saberlo, sin nombrarla, una nueva época.

miércoles, 1 de abril de 2020

El desafío de los capitalismos asiáticos




  La pandemia de Covid-19 vuelve a mostrar logros y desafíos de los capitalismos asiáticos . Como en otras oportunidades, la escala de sus problemas y de sus soluciones desafía la imaginación política en América Latina y en todo el mundo ¿Quién hubiera dicho hace unos años que, ante una crisis de este tipo, no íbamos a buscar respuestas en el Reino Unido o Francia, sino en China y Corea del Sur?

  En este contexto de cuarentena mundial, el pensamiento político en América Latina tomó contacto con soluciones diferentes a las que encuentra en experiencias más familiares. Una de las cuestiones que recibió más atención es la del control digital. Muchos análisis expresan preocupación por la posibilidad de que nuestra libertad sea limitada por el uso gubernamental de tecnologías de información. Otros tantos porque eso ya está pasando. No se puede tener una idea precisa sobre esto si no advertimos, sobre todo reduccionismo y sobre toda exotización, que los regímenes políticos en Asia no son todos iguales. Taiwan es una democracia multipartidaria desde 1996. Singapur es un país con elecciones, gobernado por el mismo partido desde su fundación en 1965, con un parlamento con representación de un partido de oposición. Corea del Sur comenzó su transición hacia la democracia multipartidaria en la década del 90 y hoy diez partidos diferentes integran su Asamblea Nacional. Japón es una monarquía constitucional en la que el primer ministro es elegido por un parlamento, al estilo anglosajón. China tiene un gobierno de partido único, con autoridades regionales designadas por el gobierno central y con sistemas de consultas popular para decisiones locales.

  Estar atentos a estas diferencias nos permite, por un lado, notar que en el este de Asia también las democracias con reglas similares a las de América Latina tienen políticas de seguimiento digital. Por el otro, advertir que ni siquiera en China hay alguien que tenga control total sobre la sociedad. Porque, sin que deje de ser cierto que el gobierno chino tiene reglas diferentes a las de las democracias, es fantasía que allá la población acepte cualquier trato del gobierno. Las muchas diferencias entre América Latina y China no tapan que también allá hay discusiones, mentiras, luchas internas, secretos y resistencias. En este sentido, una de las tareas más difíciles de pensar Asia contemporánea desde América Latina es dar en el clavo con la medida de las diferencias y las similitudes. Porque sin una calibración rigurosa de diferencias y matices corremos el riesgo de quedar abrazados a ideas gruesamente inexactas.


  Una segunda cuestión a precisar es la relación íntima entre la revolución capitalista en Asia y eso a lo que en América Latina se le dice "neoliberalismo". Porque la oferta de fuerza de trabajo barata durante los años 80's y 90's fue un pilar del despegue asiático. Esa oferta de trabajo barato fue posible por el surgimiento de cadenas de producción globales que permitieron a miles de millones de trabajadores asiáticos participar en un mercado global de trabajo. Sin embargo, su incorporación al mercado de trabajo global expuso a los trabajadores de nuestras economías semi industrializadas a una competencia extremadamente áspera . Porque mientras los trabajadores de América Latina buscaban salvar el poder de compra que habían conseguido desde 1945, los nuevos trabajadores asiáticos ofrecían su fuerza de trabajo por muchísimo menos. Esta competencia es una de las razones que explican el estancamiento, cuando no la caída, del poder de compra de los salarios de los trabajadores en América Latina, Estados Unidos y Europa. Para peor, los problemas que esta nueva división internacional del trabajo trajo en América Latina se montaron sobre un problema previo: el repliegue del Estado de Bienestar que había empezado a gestarse después de la crisis del petróleo de 1973. Para cuando tuvimos que afrontar los rigores de la competencia asiática, en América Latina -como en Estados Unidos y Europa- contábamos con Estados que proveían menos servicios que en 1973. La competencia asiática catalizó los mecanismos con los que se afrontó el aumento del precio del petróleo: optimización de la eficiencia, ajuste sistemático de los costos, competencia económica sin cuartel. El análisis de estos dos impactos echa luz sobre un aspecto, aunque crucial, poco presente en las discusiones latinoamericanas. Que la mejora de condiciones de vida que conocimos los latinoamericanos durante el siglo XX también se explica por la fortaleza del capitalismo de Estados Unidos y Europa sobre los países pobres de Medio Oriente, la India y el este de Asia.

  Ahora bien, si se piensa el capitalismo, no puede quedar sin pensar el Estado. En esto también los modelos asiáticos ofrecen alternativas a las concepciones más presentes en América Latina. Pensemos dos figuras representativas: el Estado como obstáculo de la iniciativa privada; el Estado como una fuente de justicia distributiva. Ambas se fundan en el misma idea: entre Estado y mercado hay tensión, cuando no antinomia. Las discusiones sobre el este de Asia, por el contrario, ofrecen maneras de pensar al Estado y el mercado más en sintonía que en contradicción. Porque hay consenso sobre que los logros en esos países no hubieran sido posibles sin la colaboración entre empresas y Estado. El 5G chino y la industria automotriz japonesa; el éxito internacional del cine coreano y la inteligencia artificial taiwanesa; la reducción de la pobreza en China y la expansión financiera de Hong Kong. Ninguno habría visto la luz sin la colaboración estrechísima de Estado y empresas.

  Todo esto dirige la reflexión a la última cuestión, verdaderamente cardinal: la desconfianza como fundamento de la política en Europa y América. La filosofía moderna expresó estas ideas con claridad meridiana. En términos epistemológicos, ahí están la duda metódica de Descartes. En términos políticos, ahí está el Leviatán de Hobbes. En Corea, en China, en Japón, por el contrario, nadie creería que la sociedad se funda en un contrato entre individuos, ni que los individuos preexisten a la sociedad. Desde esta perspectiva, la sociedad no está unida por la voluntad, el cálculo o el interés, sino por un lazo moral. Deberes y derechos no están definidos por un contrato acordado sino por una moral compartida. Vistas las cosas de esta manera, Estado y mercado son diferentes manifestaciones del mismo vínculo primario, uno que asegura que la armonía entre individuo y comunidad es posible.

viernes, 18 de octubre de 2019

Nuestras dos discusiones

Todavía después de las PASO, el perfil del gobierno y el de la oposición siguen definidos por dos discusiones. Porque sea que hablemos sobre el acuerdo con el FMI, sobre el poder judicial, sobre nuestro sistema previsional, sobre impuestos o sobre Venezuela, las discusiones giran casi siempre alrededor de dos preguntas: ¿Cómo nos tenemos que tratar? y ¿Cómo vamos a producir más riqueza? Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada una de estas dos preguntas.
En primer lugar, entonces, la cuestión de la convivencia. Un tema que es estructurante de toda comunidad, pero sobre el que las argentinas y los argentinos tenemos desacuerdos gruesos. Empezando porque mientras unos subestiman la cuestión, otros la tenemos en el tope de nuestras prioridades. Los que subestiman la cuestión de la convivencia piensan que la discusión es una distracción, una cuestión superficial o cosmética, incluso, un engaño. Desde esta perspectiva, la convivencia es una coartada; la neutralidad, una mentira; la objetividad, imposible. Y el que no se confunde con estas ilusiones conocería las dos verdaderas leyes de la vida en comunidad: que todo es política y que la política es ante todo saber quién no está de nuestro lado. Ésta es la versión moderada del argumento. La versión extrema sostiene que en la Argentina no hay nada que discutir en relación a la convivencia porque la Argentina es, antes que un ámbito de convivencias, un campo de disputas. Disputas entre los que defienden los verdaderos intereses argentinos, los verdaderos argentinos, y los que defienden falsos intereses argentinos, los argentinos falsos. Entre unos y otros nunca hubo ni debe haber convivencia. Entre verdaderos argentinos y argentinos falsos sólo existe enfrentamiento, “disputa hegemónica”. Con diferentes énfasis, esta desconfianza de la convivencia es un axioma común entre los que apoyan a Todos.
Por otra parte, los que tenemos las reglas de convivencia como una prioridad creemos que la democracia es un acuerdo que tiene que fundarse en razones morales. Los más exigentes creen -por ejemplo- que políticos que roban están fuera del acuerdo democrático; los modestos, más (sobre) adaptados a la Argentina post-2001, no creen que el acuerdo democrático pueda evitar el robo, pero que sí que debe criticarlo. Desde cualquiera de estas dos perspectivas, elogiar "el oficio" de robar, respaldar la opción de salir de caño, o pedir robar con códigos son extravagancias que desfondan la vida en democracia.
El segundo desacuerdo fundamental pasa por la cuestión económica: ¿Cómo vamos a generar más riqueza? También en esta discusión hay dos grandes tesis: la que sostiene que las reformas son la causa de los problemas económicos de la Argentina y la que sostiene que no hay solución sin reformas. Para los defensores de la primera, la economía argentina tiene que funcionar lo más parecido posible a como lo hacía en los sesentas, para los segundos tiene que dejar de hacerlo. La primera es la promesa económica de Todos, la segunda, la intuición básica de la política económica del gobierno.
Los que rechazan las reformas señalan sus costos y afirman que todavía es posible vivir en el país como se vivió en un pasado más benévolo: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Incluso, ven en la crisis de 2001 una señal inequívoca de que cualquier intento de reforma económica está destinado al colapso. Y, parapetrados atrás de los grandes desafíos que suponen las reformas económicas, aseguran que es posible volver a vivir como antes, sólo es cuestión de voluntad política.
Por el otro lado, las políticas públicas y los discursos del presidente dejan ver el diagnóstico general del gobierno: el estancamiento de la Argentina no se soluciona mirando al pasado, sino con reformas que pongan la economía argentina al día con un capitalismo -qué duda cabe- más competitivo que el de tiempo atrás. Porque los costos de dejar todo como está se acumulan hace décadas, en la cadena económica y en las condiciones de trabajo de los maestros, en la infraestructura de los hospitales, en el entrenamiento de la policía, en la eficiencia del servicio de justicia. El gobierno insiste con que no hay soluciones en el pasado, porque no cree que los problemas de la Argentina resulten de un desvío circunstancial ni de un tropiezo en el caímos por error o por traición. Sino del agotamiento inapelable de una manera de producir riqueza.
En base a estas discusiones, desde el triunfo de Cambiemos en 2015, la discusión política coaguló en dos grandes acuerdos: el de los que apoyamos a Juntos y el de los que apoyan a Todos. Los que apoyamos a Juntos coincidimos en tres cosas. Uno, que la falta de consenso sobre las cuestiones del orden es un obstáculo para que prosperen soluciones. Dos, que la Argentina se vuelve un lugar disfuncional sin un suelo moral elemental. Tres, que la economía argentina necesita reformas que la pongan al día con el capitalismo contemporáneo. Por el otro lado, los que apoyan a Todos se mueven dentro de los límites de tres acuerdos. Primero, que el conflicto social sólo debe ser abordado como una consecuencia de los problemas, nunca como una causa. Segundo, que la naturaleza de la política determina que no tengamos acuerdos morales robustos. Tercero, que la economía argentina debe alejarse lo más posible de los formatos y las prácticas de mercado, liberales, neoliberales, etc.
Si la convivencia y la producción de riqueza son los ejes del debate político argentino, los puntos cardinales son, por un lado, convivencia democrática o disputa hegemónica; y, por el otro, reforma económica o resistencia al neoliberalismo. Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada eje, es decir, direcciones opuestas para este barquito flotando en el océano que es la Argentina.

Diario La Nación 14-09-19


viernes, 28 de junio de 2019

El paso de la Cámpora





        Hace tiempo que entre la militancia kirchnerista corren críticas a la Cámpora. Esas críticas intentan ser una forma de autocrítica. La Cámpora fueron los excesos. Le critican su arrogancia, su jactancia, su manera de llevarse puesto al otro. Están hartos de su “estilo” en la conducción de la cosa kirchnerista. “El kirchnerismo no es la Cámpora”, dicen. Y tiene razón: el kirchnerismo no es la Cámpora, es su hijo.
         Se dice que el kirchnerismo empezó en 2008, con la 125. Eso es rigurosamente cierto. Pero esa afirmación de historia inmediata no explica por qué la 125 gestaba un kirchnerismo y no otra cosa diferente. De la 125 no se deducen la organización militante, ni la participación de los jóvenes, ni la agenda de los derechos humanos, ni el alineamiento bolivariano. Cuando se dice que el kirchnerismo empezó con la 125 se pasa por alto que, incluso antes de las 125, mientras Kirchner seguía trenzado en el combate filial con Duhalde, los fundadores de la Cámpora ya craneaban con qué palabras, con qué imágenes y en qué escenarios construir su propio momento en la política. La Cámpora fundó un nuevo vocabulario que tradujo la experiencia peronista a una generación que se había criado desconfiando del menemismo, cuando no, del peronismo todo. El Nestornauta, la Crispasión, el blog “Un día peronista”. También los bistrós peronistas del barrio de Palermo y las peñas en Parque Patricios. Son algunas de las mediaciones simbólicas que llegaron de la mano de la Cámpora y crearon un peronismo con más muelles, más fácil de entrarle. Desde las marchas antimenemistas al gobierno kirchnerista, desde las barricadas del 2001 a los despachos, la Cámpora construyó un paso desde el antimenemismo al peronismo. Explicó cómo hacer el salto al peronismo, la vuelta al peronismo, el perdón al peronismo.         
Pero lo que habilitó la Cámpora no fue sólo un paso desde el antimenemismo hacia el kirchnerismo. También explicó cómo hacer la transición desde el propio menemismo. Porque la juventud militante fue para los dirigentes peronistas el río de un nuevo bautismo político. Y fue la Cámpora la que les explicó a esos dirigentes con qué palabras, en qué marchas y al lado de que figuras de los derechos humanos se perfeccionaba ese rito. Y así esa vieja guardia del peronismo aprendió a hablarle a una juventud que, hasta entonces, sólo tenía palabras agrías para describirla. La expresión más acabada de ese aprendizaje es el duhaldismo ricotero de Anibal Fernández. Hasta la llegada de la Cámpora, el kirchnerismo era, ante todo, la síntesis dialéctica del menemismo y del duhaldismo. Con la Cámpora esa síntesis incorporó el 2001. Es decir, a los jóvenes y a la clase media caídos en desgracia. 
En este sentido, si en la Argentina no hubo un Podemos que surja a la izquierda de la UCR, nuestra socialdemocracia menguante, es porque el kirchnerismo hizo lugar para todos los desilusionados, incluso para los desilusionados del reformismo liberal. Son los que votaron a Carrió en 2003 y a Cristina Kirchner en 2011, los que critican el liberalismo de Cambiemos amparados por el liberalismo de las universidades Di Tella y San Andrés, los que ya no leen Tiempo Argentino, pero nunca dejaron de consultar el diario La Nación. Este liberalismo tampoco habría sido posible si la Cámpora no hubiera vuelto a hacer del peronismo una experiencia atractiva para el debate de ideas. SIn embargo, está siempre apurado por echar culpas a la Cámpora, con la esperanza de que menos Cámpora redunde en un kirchnerismo más afin a su sensibilidad y consumos.
       Todo lo que entró al kirchnerismo con ánimo crítico, por izquierda como se decía antes, también entró por el surco que abrió la Cámpora. Por ese camino llegaron todas las experiencias con las que el kirchnerismo todavía sigue oxigenando al peronismo: los derechos humanos, el populismo como teoría crítica, el latinoamericanismo, Sabattella, los socialistas kirchneristas. Y más recientemente, Leandro Santoro, Matías Lammens, Juan Grabois, Itaí Hagman u Ofelia Fernández. Y, por supuesto, el propio Kicillof.
Desde luego, la puerta por la que entró la Cámpora al kirchnerismo la abrieron Néstor y Cristina Kirchner. Esto merece un análisis propio –aparte de este comentario- sobre la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y la Cámpora. Aunque en estas líneas enfocadas en la Cámpora vale señalar una cosa: antes de que Néstor y Cristina eligieran a la Cámpora, la Cámpora ya los había elegido a ellos. 
En estos días, muchos proponen un kirchnerismo que se saque de encima la pesada herencia de la Cámpora. Y quizás sea posible un kirchnerismo con menos Cámpora. Pero, por cómo han sido las cosas hasta ahora, sería, también, un kirchnerismo con menos Cristina. Porque la ideología de Cristina es la de la Cámpora. Cristina es tan crítica como la Cámpora, tan técnica como la Cámpora, tan feminista como la Cámpora y tan centralista como la Cámpora. La Cámpora es lo que abre al kirchnerismo y lo que cierra las listas. La Cámpora le da fuerza al kirchnerismo y es uno de sus flancos más golpeados. En la expectativa de un kirchnerismo menos camporista, esperan proyectos tan diferentes como el Grabois, el de Manzur o, incluso, el de propio Magnetto. Después de la salida del gobierno, la Cámpora sobrevivió a la autocrítica kirchnerista, a la que no sobrevivieron otras referencias, como Moreno, D’Elía o De Vido. Su resiliencia es señal de que la Cámpora se ha vuelto el hecho maldito del movimiento.



martes, 21 de mayo de 2019

No va más





¿Y qué no es actuación en una candidatura, Marcos Novaro? Une buene candidate es alguien que puede decir las cosas de una manera más dramática que los demas ¿O, Marcos Novaro, usted preferiría un candidato bien plomo?

El contraperonismo formado en los noventas, que esta nota representa de pe a pa, no puede dar ninguna respuesta más, está completamente agotado. Como están agotadas todas las perspectivas políticas que explican la Argentina con esas palabras, esos prejuicios y esos injuicios. Ese contraperonismo de los noventas tiene unas ideas de la verdad, de la razón, de la voluntad de las personas, de la relación entre deseo y política completamente insostenibles. Para este contraperonismo de los noventas, le argentine medie es una persona que le dedica 40 minutos diarios a reflexionar sobre las noticias del día, a lo largo cuatro años, para formar un juicio desapasionado sobre a quién sería conveniente votar en la próxima elección. Las ideas de este contraperonismo de los noventas no hablan de nada que exista en la Argentina contemporánea.Y lo más problable es que no hayan existido nunca en ningún lugar.

Ojo, no se me malentienda. Novaro y todes les contraperonistas de los noventa se merecen el mayor respeto. Ponen el pecho cada vez que el peronismo se larga con sus salvajadas. Yo les admiro y tiro para el mismo lado. Pero esa manera de enteder las cosas no camina más. Nos condena. Una de las expresiones más elocuentes de esta crisis es ese fenómeno llamado "Corea del Centro": personas que tradicionalmente desconfían del peronismo, pero que ven la impotencia de estas ideas y se van corriendo.

Hace cuatro años la tecnología de Durán Barba y el dramatismo de Carrió salvaron la papas. Este vuelta, después del video del sábado, va a hacer falta bastante más.

martes, 30 de mayo de 2017

Audición para una Manifestación: 2001, de Lola Arias





El sábado fui a ver una performance sobre el 19 y el 20 de diciembre de 2001. Cuando entré a la sala escuché al público que aplaudía y vitoreaba un relato sobre la plaza ese día 20. De eso se trataba la performance: una sucesión de testimonios de personas que contaban qué habían hecho y sentido esos días y, después, actuaban dos o tres minutos caracterizados en el rol de manifestante, periodista, fotógrafo o policía, con una foto de esos días de fondo; todo esto se proyectaba sobre una pantalla de cine para un público de doscientas personas que iba rotando cada tanto para dejar espacio a nuevo público. Sin introducción, nudo, ni desenlace, la performance sucedía en la reacción del público a esos relatos.
Sentado en mi butaca, con la sala oscura, entre los aplausos y vítores, no pude evitar pensar qué habría dicho yo si me hubiese tocado hablar. No se me escapó que habría dicho algo muy diferente de lo que hubiera dicho hace quince años. No dejé de preguntarme si alguien contaría una historia como la de muchos de nosotros, aun sabiendo que nadie lo haría. No pude sumarme a ninguno de los aplausos, ni vitorear, ni reírme. Estaba sólo entre todos los que festejaban con nostalgia esos días de bronca y de esperanza. Durante una hora y media miré paralizado y enmudecido cada una de las representaciones que se hacían de ese 20 fatídico en el que colapsó un vocabulario y un proyecto a los que pertenezco.
Salí, para qué ocultarlo, amargado. Le escribí a un amigo que me respondió hablándome de "el arte como espacio de reflexión y construcción de identidad, de las obras que nos interpelan y nos ayudan a construir nuestra identidad, de todo eso que nos hace entender para qué estamos en una función pública y cuál es el rol de un espacio cultural. Pluralismo, pensamiento crítico, escuchar para ver". Diego Pimentel me dijo esto; es el director del Centro Cultural San Martín; ahí se presentó esta obra sobre cuando enmudeció el lenguaje con el que, sin embargo, me respondió.

http://lolaarias.com/proyectos/audicion-para-una-manifestacion/

jueves, 23 de febrero de 2017

1 / agonismo v liberalismo.



La discusión sobre el conflicto se volvió una obsesión de los últimos años ¿Hay conflicto? ¿Hay mucho conflicto? ¿Hay poco? ¿Seguimos en la era post conflicto que Fukuyama dio por inaugurada una vez? ¿Por qué insisten en el conflicto? ¿Alguien oculta el conflicto? ¿La política es sólo conflicto? ¿Hay política sin el conflicto? Estas preguntas y otras similares se repitieron hasta el cansancio en los debates políticos y sobre política en todas partes. En las universidades, en particular, el debate se llevó, a veces, por vías académicas y otras por vías más conflictivas. La vitalidad de preocupación refleja la vitalidad de una discusión más amplia, tal como la luz de la luna es, en realidad, la luz del sol. La discusión más amplia es la discusión sobre la vigencia de las perspectivas liberales de la democracia, tantas veces cuestionadas y tantas veces sobrevivientes. En estos años, fueron las teorías populistas las que cuestionaron el valor epistemológico de estas perspectivas como sus usos y efectos políticos incluso. Quienes se autodenominan populistas sostuvieron que el liberalismo oculta el conflicto, lo niega, o buscar asesinarlo. Estas y otras acusaciones terminaron poniendo a los populistas de un lado y a los liberales, del otro. Sin embargo, la discusión que ubica en un extremo al populismo y en el otro al liberalismo, pasa por alto son extremos de lo mismo ¿Qué es eso mismo que comparten y de lo que son dos expresiones? ¿Qué relaciones de familiaridad, aún en la oposición, los vinculan? ¿Qué podemos pensar sobre populismo y liberalismo si los pensamos, más allá de su oposición, en el horizonte de sus lazos de familiaridad, de sus procedencias comunes, de su cohabitar? En lo que sigue, un intento pensando a partir del agonismo de Chantal Mouffe y del liberalismo democrático de Norberto Bobbio.


TRES TESIS SOBRE EL CONFLICTO
El agonismo que Mouffe desarrolló como otra expresión de la crítica de la democracia liberal se sostiene sobre tres tesis que le asignan al conflicto un lugar cardinal. y son posibles de reconstruirlas a partir de Agonística, el libro en el que ella resume posiciones fundamentales de su agonismo populista, treinta años después de Hegemonía y Estrategia Socialista. En primer lugar, entonces, el agonismo de Mouffe se sostiene sobre una tesis acerca del funcionamiento de las democracias, o tesis politológica. Mouffe plantea que el conflicto está en el corazón de la democracia como régimen político en tanto que, desde su perspectiva, una política democrática trabaja para que los conflictos emerjan en la superficie del debate público. Así, la democracia es entendida como el arreglo institucional que permite legítimamente que los conflictos sean representados, visibilizados u ordenados narrativamente. Para Mouffe, la productividad del régimen democrático reside en su capacidad para organizar simbólica y materialmente los conflictos, siendo que “es a través de la representación que los sujetos políticos son creados, [estos] no existen de antemano”, y la visibilización del conflicto es el primer paso de su resolución. Por esto, para Mouffe una democracia falla hay factores que impiden que los conflictos encuentren representación, tales como su ordenamiento institucional o el mapa de sus fuerzas políticas. Sobre el estado actual de la política internacional, Mouffe señala que “...es la falta de canales políticos para hacer frente a la hegemonía del modelo neoliberal de la globalización lo que da lugar a la proliferación de discursos y prácticas que buscan negar de un modo radical el orden internacional establecido”.
En segundo lugar, una tesis sobre la constitución del sentido de la experiencia o tesis ontología. Para Mouffe, el conflicto es una posibilidad inerradicable en tanto que la experiencia se constituye a partir de una fisura originaria que -primero- no puede ser clausurada y -segundo- está presente en toda región de la experiencia como fundamento de la identidad. En este marco, toda identidad sería manifestación de esta fisura originaria, en tanto que el sentido de cualquier identidad quedaría definido por sus diferencias con respecto a otras identidades. Entonces, determinadas las identidades por su mutua diferencia, que la relación entre ellas sea pacífica es sólo una -entre otras- de las posibilidades de la fisura fundamental que las hace posibles. Dice Mouffe: “...pensar de un modo político requiere el reconocimiento de la dimensión ontológica de la negatividad radical. Es decir, de la existencia de una forma de negatividad que no puede superarse dialécticamente que nunca podría alcanzarse la objetividad plena, y el antagonismo es una posibilidad siempre presente”.
En tercer lugar, una tesis sobre el campo del discurso teórico político, o tesis epistemológica. Mouffe sostiene que reconocer este rol cardinal del conflicto en la democracia es la diferencia específica que distingue sus planteos del resto de los discursos del debate político. Distinción, por un lado, frente a posiciones liberales que, según Mouffe, entenderían la democracia como el régimen político que se orienta al consenso o como el régimen político que es resultado del consenso. Contra esto, Mouffe afirma que “...debemos renunciar a la ilusión de un mundo cosmopolita más allá de la hegemonía y más allá de la soberanía”. Distinción, por otro lado, frente al pensamiento comunista que, pese a fundarse en la tesis de un conflicto fundamental, postula, sin embargo, la posibilidad de una sociedad liberada de ese conflicto fundamental. Al respecto, Mouffe dice: “el mito del comunismo como una sociedad transparente y reconciliada -que claramente implica el fin de la política- debe ser abandonado”. Para Mouffe, entonces, liberalismo y comunismo son dos pensamientos sobre lo imposible que imaginan una política sin conflicto, más allá del conflicto o post-conficlto. En sus palabras: “Esto es lo que puede denominarse ‘el momento de lo político’, el reconocimiento del carácter constitutivo de la división social y de la inerradicabilidad del antagonismo. Esta es la razón por la que los teóricos que no pueden -o no quieren- reconocer esta dimensión no son capaces de ofrecer una guía efectiva para concebir la naturaleza de la política radical”.
Estas tres tesis -sobre el sentido de la democracia como régimen político, sobre el fundamento ontológico de la experiencia y sobre el campo del debate político- sostienen la idea -de Mouffe y de tantos otros- de que sólo el agonismo calibra correctamente el rol del conflicto en la experiencia política. Esta conclusión más que la justificación para un posterior desarrollo del agonismo, ya es ella misma una conclusión cabalmente agonista. No por que resulta de postulados agonistas, ni tampoco porque toda una carta de presentación de posiciones agonistas. Sino, más importante aun, porque la idea de que sólo el populismo calibra correctamente el rol del conflicto en la experiencia política ya opera, ella misma, un movimiento agonista al interior del campo teórico: por un lado, las perspectivas agonistas, que entienden el lugar inerradicable del conflicto; por el otro, todas las otras perspectivas que pretenden una política que -de distintas maneras, por diferentes razones e, incluso, con diferentes objetivos- elimine el conflicto.
Que este movimiento teórico y retórico agonista haya ganado protagonismo en las discusiones de los últimos años es un indicio relevante de la plausibilidad de las tesis agonistas en que se apoya. Es decir, si, primero, las teorías agonistas describen de una manera agonista el ordenamiento del campo teórico -con un movimiento teórico/retórico que opone agonismo al resto de las teorías- y, segundo, esta descripción de las discusiones teóricas ha sido tenido por buena por muchas personas; entonces, podemos concluir que estas descripciones que recurren al movimiento teórico/retórico agonista han tenido éxito -alguna forma del éxito-; corolario: el éxito del movimiento  teórico/retórico agonista al interior del campo teórico -su fuerza persuasiva allí- podría ser interpretado como una prueba de que hay condiciones en la experiencia que permiten que el movimiento agonista tenga efectos relevantes.


EL REVÉS DE LA TRAMA
Sin embargo, subyace a las tesis agonistas una descripción del liberalismo que es, sencillamente, insostenible. Es fácil identificar ejemplos de liberalismo que sean opuestos a lo que describe Mouffe. No es necesario explorar por horas los anales del liberalismo ni forzar interpretaciones. Alcanza con remitirnos a lo que dice la propia Mouffe en su libro, es decir, a Norberto Bobbio, al que trae como referencia de un pluralismo cosmopolita que ignoraría la dimensión polémica de la política. Así, mientras Mouffe dice que: “Las cuestiones políticas propiamente dichas siempre involucran decisiones que requieren hacer una elección entre alternativas opuestas. Esto es algo que la tendencia dominante en el pensamiento liberal, que se caracteriza por un enfoque racionalista e individualista, no puede comprender. Es por esto que el liberalismo es incapaz de concebir de manera adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, con los conflictos que el pluralismo acarrea”; Bobbio dice: “El pluralismo permite darnos cuenta de una característica fundamental de la democracia de los modernos con respecto a la de los antiguos: la libertad, más aun, lo lícito del disenso”. Mouffe asegura que el liberalismo descansa en la esperanza de un mundo “armonioso y no conflictivo”, y Bobbio dice que “la vida política se desarrolla mediante conflictos que jamás son resueltos definitivamente, cuya solución se da mediante acuerdos momentáneos, treguas y aquellos tratados de paz más duraderos que son las constituciones”. Mouffe: “No es posible hacer que desaparezca la dimensión antagónica de lo política simplemente negándola o deseando que desaparezca. Ese es el típico gesto liberal”; Bobbio dice: “..una sociedad en la que el disenso no esté permitido es una sociedad muerta o condenada a morir”.  Finalmente, Mouffe aconseja que “lo que requiere la política democrática liberal es que lo otros no sean percibidos como enemigos a ser destruidos sino como adversarios cuyas ideas pueden ser combatidas, incluso encarnizadamente, pero cuyo derecho a defender esas ideas no sea cuestionado”. Bobbio y cualquier otro liberal dirían exactamente lo mismo.
Entonces, si la oposición entre agonismo y liberalismo no es tal, o no es tal como la describe Mouffe, podemos preguntarnos dos cosas. Primero ¿Cómo es que esta forma de entender la contradicción entre agonismo y liberalismo se sostiene vigente, eficaz, plausible, a pesar de la larga tradición de autores y discusiones liberales que no se ajustan a esta descripción? Segundo ¿Cuál es el estatuto de esa contradicción que ya no es tal, o no es tal como la describen las teorías populistas? Primero, entonces ¿Cómo se sostiene vigente, eficaz, plausible esta forma de entender la contradicción entre agonismo y liberalismo, a pesar de la larga tradición de autores y discusiones liberales que no se ajustan a esta descripción? ¿Cómo se sostiene vigente para un amplio espectro del campo teórico y político -por no decir para todo el espectro, considerando la amplia acogida que esta descripción tiene en las dos orillas de la discusión-? ¿Es que el movimiento teórico/retórico que divide el campo en dos y que atribuye una defección moral a uno de los términos tiene un atractivo destacado, una fuerza persuasiva superior, capaz de hacer olvidar un universo completo de teorías, autores y debates? ¿O, al contrario, es que la eficacia de esa operación teórico/retórica demuestra que, efectivamente, están dadas las condiciones para una descalificación tal? Es decir ¿La descripción agonista del liberalismo es persuasiva porque -por decirlo así- sirve para armar una polémica, o es que la descripción agonista del liberalismo es persuasiva porque, efectivamente, el liberalismo perdió o no tiene fuerza polémica -tal vez tapado por y confundido con las políticas de statu quo que caracterizan a los gobiernos de los regímenes liberales-? En definitiva ¿La vigencia de la descripción agonista proviene de una forma retórica -es decir, de alguna forma disfrazada de realidad- o de los hechos -es decir, de una forma auténtica de realidad-? Pero, antes de empezar a responder esta pregunta ya podemos hacer dos observaciones preliminares. Primera observación preliminar: no dejemos de advertir que, así planteada la pregunta, el conflicto está en el centro de las dos respuestas posibles. O bien, porque el conflicto que resalta la descripción “agonismo vs liberalismo” resulta psicológicamente atractivo. O bien, porque la falta de fuerza polémica de los discursos liberales sería un factor determinante de alguna forma de debilitamiento que los dejaría librados a las reinterpretaciones agonistas. En este sentido, las dos respuestas a la pregunta sobre cómo es que la descripción agonista de la polémica agonismo-liberalismo se mantiene vigente dejan en evidencia la potencia de una interpretación agonista ¿Esto puede ser tomado por una confirmación de la tesis ontológica del agonismo? Segunda observación preliminar sobre si la verdad del agonismo está en forma retórica o en su capacidad de describir hechos: antes de responder esta pregunta, habría que preguntarse si vale la pena siquiera el intento o si, por el contrario, es mejor revisar la propia pregunta, porque ya su formulación es un problema en sí mismo. Una pregunta como ésta, que supone que hay realidad auténtica, que la realidad, aunque auténtica, puede ser falseada y que la realidad falseada puede llegar a ser más atractiva que la realidad auténtica opera una subestimación del ciudadano al que considera “un engañado”. Una descalificación así de la capacidad interpretativa del ciudadano es una condena política: nunca nadie salió de la caverna porque unas voces lo llamaran desde afuera. Tal vez de la insistencia en preguntar de esta forma vengan, si no todos los problemas del liberalismo, muchas de sus dificultades para resolverlos.
Queda la segunda pregunta que se planteó más arriba: ¿Cuál es el estatuto de esta oposición? Porque aunque las citas de Bobbio hayan mostrado que la descripción agonista de la contradicción agonismo-liberalismo sea dudosa, controvertida, inexacta, no podríamos decir que sea falsa, así sin más, mientras vemos que está funcionando ahí afuera todos los días, definiendo lecturas y organizando discusiones por todas partes. Si no es exacta, pero tampoco es falsa ¿Qué es? Si, por un lado, sabemos que la tradición liberal no está exenta de un elogio de la polémica, y, por otro lado, que la teoría agonista de Mouffe se reconoce específicamente como un teoría para la política en el marco de las instituciones de las democracias liberales ¿No podría ser que la discusión entre liberalismo y agonismo se esté dando en un marco mucho más estrecho de lo que unos y otros querrían reconocer? ¿No podría ser que la discusión entre liberalismo y agonismo sea, en definitiva, una discusión al interior de una misma tradición del pensamiento político? ¿No podría ser una discusión interna del liberalismo, entre, por un lado, un liberalismo de la guerra fría, de la edad dorada del capitalismo, de las instituciones del estado de bienestar, y, por otro lado, un liberalismo de capitalismo post industrial y post bienestar? Similar, de alguna forma, a como se piensa a veces que la posmodernidad es la ultramodernidad. Como si en el agonismo pudiéramos rastrear el rescate de tradiciones olvidadas del liberalismo, la exploración de vetas truncas, la puesta en acto de potencias apagadas. Otra vez, antes de responder por sí o por no, hay valor en pensar cómo interpretar esta posibilidad y su efectiva y rotunda negación. Es decir ¿Cómo se verían agonismo y liberalismo a la luz de esta lectura y por qué es que esta lectura está negada? Si el liberalismo fuese el padre del agonismo tendría que admitir que el agonismo explota sus propias tendencias olvidadas y tendría que preguntarse por las razones de este olvido. Un olvido que podría ser empírico e histórico o teórico y lógico ¿O es que un olvido concreto en la historia del liberalismo está revelando que ese olvido es una posibilidad inherente a la lógica del discurso liberal? Por el otro lado, si el agonismo se asumiera hijo del liberalismo tendría que reconocer una deuda o un compromiso con una tradición -que, al menos en su forma actual, se ve- mucho menos transgresora de lo que el agonismo quiere de sí y afrontar la discusión sobre la estrategia revolucionaria y comunista con esta sospecha a cuestas. La incomodidad de estas lecturas para unos y otros resulta evidente y no necesita mayor explicación.


LA VUELTA DE LA DEMOCRACIA

Por último, si agonismo y liberalismo se entienden a sí mismos como polos opuestos, no hay que perder de vista que esa oposición se da sobre un mismo espectro, es decir, son dos polos de algo que es común a ambos. Este espectro del que agonismo y liberalismo serían dos polos es el debate sobre la democracia, sobre su sentido y sus posibilidades. Debate reavivado en las últimas dos décadas con la introducción de las teorías populistas ¿Cómo entender esta vuelta de la cuestión democrática a las discusiones teóricas y políticas? ¿Por qué vuelve? ¿En qué condiciones? ¿Cuáles son las condiciones para que el debate sobre la democracia vuelva cada quince o veinte años? ¿Cuáles son las condiciones para que haya vuelto, específicamente, en estos años en particular? ¿O es que nunca se va y siempre estamos en una larga e interrumpida discusión, con diferentes picos? Heidegger explicó que las cosas se nos hacen presentes cuando fallan, cuando no podemos usarlas como esperamos. Al contrario, mientras funcionan y las usamos normalmente, no se nos aparecen en la conciencia, simplemente las usamos, como el teclado en el que ahora mismo escribo esto y del que no tengo conciencia mientras escribo. Pero si una tecla de mi teclado de pronto deja de funcionar, ahí el teclado se me vuelve completamente presente “¡Este teclado que no anda!” ¿La democracia se nos vuelve presente porque está rota? ¿Y esa rotura sería contingente o, como ya explicaron tantos teóricos, la democracia es el régimen político que reconoce la rotura fundamental, es decir, que reconoce que la discusión sobre el fundamento es, cuanto menos, incierta? Y la democracia que hemos conocido, especialmente, todo discurso democrático posterior a la segunda guerra mundial ¿Efectivamente reconoce esa incertidumbre sobre el fundamento o, en realidad, intenta erigirse sobre un fundamento secular? ¿Podemos decir que las democracias no tienen fundamento alguno, que están completamente libradas a la contingencia del tiempo y de los pueblos? ¿Cómo sería construir una pedagogía democrática que no intente reponer fundamento alguno, ni siquiera uno secular, ni siquiera los Derechos Humanos?  ¿Qué derechos habilitaría una democracia así? ¿Qué riesgos conllevaría?

jueves, 7 de abril de 2016

Los demócratas

La corrupción, las mafias, la división de poderes, la libertad de prensa, la justicia independiente, la igualdad ante la ley ¿A quién le importan, si ya nadie vota a los demócratas? I Durante los doce años de gobiernos kirchneristas, las discusiones sobre una -por así llamarla- “cuestión de las instituciones” ocuparon un lugar central en el debate. Estuvieron presentes cada vez que se discutió la relación del Poder Ejecutivo con los otros poderes; la posibilidad de dar con algún grado de independencia judicial; la existencia o inexistencia del federalismo en nuestro país; la regulación de los medios de comunicación; el rol de los partidos políticos; la necesidad de contar con organismos de control; la legitimidad de las candidaturas testimoniales; la legitimidad de los escraches; la legitimidad y los efectos de la intervención del INDEC; la independencia de las organizaciones sindicales y su democracia interna; la vías de las protesta. Esta cuestión de las instituciones llegó al centro de la agenda política como una reacción ante la “crisis de la democracia” posterior a 2001, cuando la estabilidad política en nuestro país había quedado pulverizada y se aflojaban los nudos de todo lo que la política mantiene unido en la Argentina. A esa falta de ataduras se la temía como el primer síntoma de la anomia. En esos años iniciales, dos personas entendieron antes que nadie que la crisis de la democracia y la cuestión de las instituciones se habían vuelto de máxima prioridad para los argentinos. Por un lado, el presidente Kirchner, el 19 de junio de 2003, cuando, sin haber cumplido un mes a cargo del gobierno, promulgó el decreto 222/03 por el cual se autolimitaba en el uso de sus facultades para proponer miembros de la Corte Suprema. Por el otro, Elisa Carrió, también el 19 de junio de 2003, cuando calificó la medida como “un avance extraordinario para las instituciones”. En todo este tiempo, entre estos debates, que terminaron configurando en todo esto de la cuestión de las instituciones, maduraron tres discusiones principales sobre la crisis de la democracia. En primer lugar, la discusión sobre las reglas de juego: si algún sentido fundamental de la política argentina está en riesgo como consecuencia de la manipulación de las reglas de juego político o si, por el contrario, la modificación de las reglas de juego es una de las posibilidades esenciales del juego político. En segundo lugar, la discusión sobre la competencia política: si la existencia de reglas de juego político es la garantía imprescindible para asegurar la competencia política, o si, por el contrario, la competitividad de nuestro sistema político es un resultado de la capacidad de cada fuerza para seguir siendo representativa. En tercer lugar, la discusión sobre la distribución del poder: si la distribución balanceada del poder es una condición de posibilidad de la democracia que debe ser garantizada con independencia de los resultados electorales, o si la distribución balanceada del poder es solamente un efecto, entre otros, de la competencia política. Sin que sea sorpresa para nadie, estas tres discusiones terminaron por dividir el campo político en dos grupos: por un lado, quienes creen que la distribución balanceada de los recursos del Estado y del poder político es, cuanto menos, una condición valiosa para asegurar los beneficios de la democracia; y por otro lado, quienes, al menos hasta el cambio de gobierno, sostuvieron que la distribución del poder debilita la capacidad del Estado para asegurar los beneficios de la democracia. En este marco, y nutrida del argumento constitucionalista según el cual cuando el poder no tiene límites peligran los derechos que la democracia busca garantizar, la crítica opositora delineó los bordes de su perfil político sosteniendo que la manipulación de las reglas por parte del gobierno profundizaba la crisis de la democracia argentina post 2001, cada vez que esas manipulaciones obstaculizan, de una u otra forma, la competencia política que habría de asegurar la alternancia en el poder, imprescindible para asegurar los beneficios de la democracia. Sin embargo, las cosas parecen haber resultado más bien al revés: el debilitamiento de las instituciones y la falta de reglas de juego resultaron una consecuencia de la crisis de la democracia, antes que su causa. Es decir, que sólo porque estaba en crisis una cierta idea de democracia -la que tiene a la alternancia de los partidos en el gobierno como prueba fundamental de su virtud y de su buen funcionamiento- es que fue posible debilitar las instituciones y manipular las reglas de juego. Esto es lo que podemos concluir dados los muy moderados costos políticos que en los últimos doce años pagaron quienes afectaron las instituciones o manipularon las reglas de juego político vigentes hasta 2001. Si, por el contrario, esta idea de democracia no hubiera estado en crisis, las manipulaciones denunciadas no habrían, siquiera, asomado como posibilidad dado el rechazo popular que habrían generado. La supervivencia electoral de los candidatos testimoniales, las generalizadas especulaciones sobre el calendario electoral y las idas y vueltas sobre el sistema de votación en diferentes distritos, son indicios que fundamentan esta hipótesis, porque no hay evidencia de que ninguna de estas manipulaciones haya afectado la credibilidad de quienes las pusieron en práctica. Pero lo que es más, el debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego no sólo no parecen ser la causa de la crisis de la democracia, sino que, incluso, parecen haber sido su solución. Ya que casi quince años después de 2001 la democracia argentina no está amenazada por la inestabilidad que entonces nos amenazaba con fulminarla. Y podemos notar que esa amenaza no se disipó porque se hayan restablecido las reglas de juego previas a la crisis, sino que, muy al contrario, lo que vemos es que esa amenaza se conjuró correlativamente al debilitamiento de las instituciones y a la manipulación -cuando no su completa desaparición- de las reglas vigentes hasta 2001. Esta manera de avanzar la crisis y su solución nos señala que en estos años emergieron formas de interacción política inéditas o inéditamente legítimas, algunas de las cuales o, incluso, caracterizaron los momentos más dramáticos de la crisis. En este sentido, la concentración del poder -que resulta de una concentración de votos que, a su vez, expresa la concentración de la confianza popular en una fuerza- resultó ser una de las vías más relevantes para la reconstitución de la confianza en la democracia argentina después de 2001. Los resultados electorales son indicios de esta hipótesis. En la elección presidencial de 2003, el candidato que más votos sacó no llegó al 25%, su inmediato seguidor quedó a menos de 3 puntos porcentuales de distancia, y los tres candidatos siguientes recibieron entre el 16% y el 14% de los votos; todavía ninguno alcanzaba los niveles de apoyo que dos años antes había alcanzado la consigna “que se vayan todos”. En febrero de 2012, la situación era la inversa: meses después de que la presidente Cristina Fernández lograra su reelección con el 54% de los votos, a casi 38 puntos porcentuales de diferencia de la segunda fuerza, la consigna fue “vamos por todo”. La democracia argentina pasó de la falta de confianza en el sistema de partidos a la concentración de la confianza en el partido de gobierno. El debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego no sólo no prolongaron la crisis de la democracia sino que resultaron ser las vías por las que efectiva e históricamente la Argentina clausuró esa crisis.
II De la persistencia de la cuestión de las instituciones como centro de la crítica opositora durante los doce años kirchneristas podemos sacar dos conclusiones. En primer lugar, que fueron Carrió y el panradicalismo quienes durante estos doce años estructuraron ideológica y políticamente la oposición al kirchnerismo, dado que fueron ellos quienes desde 2003 pusieron a la crisis de la democracia y la cuestión de las instituciones en el centro de la agenda política. En este sentido, que durante los últimos doce años los éxitos nacionales de la oposición hayan estado directamente correlacionados con los encuentros y desencuentros entre Carrió, los líderes del radicalismo y sus aliados, es la expresión política más concreta de este protagonismo político, que quedó trunco. En segundo lugar, que las discusiones sobre la cuestión de las instituciones y su relación con la crisis de la democracia coagularon en dos maneras diferentes de caracterizar esta crisis, sus posibles causas y sus eventuales vías de solución. Por un lado, los que creen que un cierto debilitamiento de nuestra democracia es consecuencia del debilitamiento de las instituciones y la manipulación de las reglas de juego político. Y creen, en consecuencia, que ese debilitamiento se supera devolviendo autoridad a las instituciones previas a 2001 y permitiendo que sus reglas recuperen su estado inicial después de haber sido estiradas muchas veces. Por el otro, los que creen que la confianza y la potencia de nuestra democracia se restituyen con nuevas instituciones y nuevas reglas de juego que reemplacen a las reglas vigentes hasta 2001, cuyo agotamiento irrevocable habría quedado entonces de manifiesto. Catorce años después de 2001, podemos pensar si acaso toda distinción entre el kirchnerismo y la oposición en los últimos doce años no fue una discusión entre estas dos manera de intepretar la crisis de la democracia. Es decir, podemos pensar si no fue la pregunta sobre cómo actuar ante la crisis de la democracia el clivaje fundamental inscripto en toda distinción entre el kirchnerismo y la crítica democrática a partir de cual unos y otros se definieron especularmente. Definición especular que se manifestó, entre tantas otras cosas, en una serie de confusiones a las que tanto unos como otros abonaron: confundir lucha con hostigamiento, movilización con extorsión, arraigo histórico con nostalgia, memoria con ilusión, organización con rentismo. Unos para construir organización política, otros para abstenerse de hacerlo. Por otra parte, del triunfo de Mauricio Macri también podemos sacar conclusiones. En primer lugar, que el desgaste al que la crítica democrática sometió al kirchnerismo terminó por desgastarla a ella misma, dado que fue Macri quien se quedó con el premio mayor del postkirchnerismo, aun cuando fueron los críticos democrácticos quienes durante doce años definieron temas, tonos y palabras de la crítica opositora. En segundo lugar, que el espejo en el que kirchnerismo y crítica democrática se reflejaron uno al otro está roto. Y, en este sentido, la raja de este espejo es la señal de un doble desplazamiento en el conglomerado político que se formó en la oposición al kirchnerismo. Primero, lo que ya es historia: que la fuerza o la debilidad de este conglomerado que convergió en Cambiemos ya no están determinadas por los encuentros y desencuentros entre Carrió, el panradicalismo y sus aliados, sino por la capacidad política de Macri y los suyos. Segundo: que la agenda de la calidad democrática cedió su lugar a la agenda de la expansión del capitalismo. En tercer lugar, que si el triunfo de Macri señala un cambio de guardia en el espacio que se formó en la oposición al kirchnerismo, Macri tiene entre sus tareas más necesarias y urgentes fortalecer y expandir un relato propio en sintonía con su agenda, tomando la posta de Carrió y el panradicalismo que fueron quienes en estos doce años dieron forma y dirección al electorado que terminó apoyándolo. 
III La crítica democrática atravesó doce años de kirchnerismo sin torcer el brazo. Se sobrepuso a derrotas estruendosas y a deserciones dolorosas. Fue paciente ante la falta de horizonte. No abandonó su fe en que la cuestión democrática es el mapa para desatar nudos dramáticos de nuestro capitalismo periférico. En los últimos doce años se atrevió a denunciar la borocotización de los políticos, la intervención del INDEC, el escrache indiscriminado, las candidaturas testimoniales, los usos patoteros del espacio público, el ataque a la memoria colectiva, la obturación y la desarticulación de los mecanismos de control, el abandono de los reglamentos parlamentarios, la manipulación del calendario electoral, cuando no de los resultados de las elecciones, el hostigamiento a opositores, la inoportuna muerte de un fiscal, el desvío sistemático de fondos estatales, la promoción de jueces, militares y periodistas asociados a la última dictadura militar, el monopolio comunicacional o la reglamentación de los medios de comunicación, el estado de excepción como regla de la acción estatal. Muchos alimentamos esta crítica con nuestra militancia. Sin embargo, que ninguno de sus referentes -Carrió, Sanz o Stolbitzer, por mencionar los que compitieron en 2015; pero, también, Ricardo Alfonsín o Hermes Binner; o incluso gente más joven como Adrián Pérez- se haya quedado con el premio mayor de la contienda que esta misma crítica lideró, tal vez sea la señal más cabal del agotamiento de esta crítica. Durante los tres gobiernos kirchneristas, cada vez que quienes apoyamos la crítica democrática pusimos en cuestión las formas de la gobernabilidad kirchnerista, cada vez que defendimos la legitimidad, la razonabilidad y la relevancia de nuestra crítica o que discutimos las diferentes maneras de participación, decisión y control popular en nuestra democracia, insistimos en que estas nuevas formas políticas eran causas de la crisis de nuestra democracia. Sin embargo, vistas las cosas desde la actualidad, nuestra insistencia hoy se ve, más bien, como una expresión porfiada de nuestras dificultades para hacer política después de 2001. Porque esta insistencia no parece haber ayudado a mantener la vigencia de los derechos, las garantías y las libertades clásicamente asociados a las luchas democráticas. Sino, más bien, lo contrario. Su efecto más relevante no fue resguardar a la democracia argentina de los efectos de las nuevas formas políticas, sino impedirnos apreciar la transformación que estaba ocurriendo delante de nuestros ojos: que la crisis de la democracia argentina iba encontrando las vías de su solución. Así, cuando poníamos en discusión los efectos inflamantes que las nuevas formas políticas podrían tener sobre la crisis de la democracia argentina estábamos discutiendo -no lo veíamos entonces- las causas de su solución, es decir, los modos por los que efectivamente la democracia argentina fue resolviendo su crisis y que son las formas que fueron estableciéndose después de 2001. En este sentido, y como tantas otras veces en la historia, los diagnósticos que insisten durante demasiado tiempo en denunciar una crisis, se vuelven restauradores: apostamos a restaurar el régimen democrático previo a 2001 restaurando las antiguas reglas de juego. Pero, como otras veces en la historia, los diagnósticos restauradores no advierten que las crisis, de una u otra manera, encuentran su solución. De esta forma, preocupados por las formas democráticas que ya no encontrábamos, impugnando la legitimidad de las nuevas, obturamos entre nosotros el debate sobre cómo asegurar derechos y libertades en la Argentina actual, post crisis de la democracia. Cerrada la crisis de la democracia, sólo quedó la crisis de los demócratas. Esta crisis es uno de los efectos más duraderos y más costosos de la crisis de la democracia. Duradero, porque desde 2001 y todavía hoy determina hegemonías y subordinaciones, ganadores y perdedores. Nuestras dificultades fueron condición indispensable para la consolidación de la hegemonía kirchnerista. Nuestro relevo, para su derrota. Costoso, porque la debilidad política del único actor que impulsa la agenda por la igualdad ante la ley, que tiene en el centro de sus preocupaciones que los aparatos del Estado respeten la vida y la libertad de las personas y que lleva el rechazo de todas las formas de corrupción como una marca de identidad irrenunciable, no es sólo la debilidad de los demócratas, sino de la democracia en su conjunto.