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sábado, 22 de enero de 2022

Señales de un cambio de época

                            Originalmente publicado en diario La Nación:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/senales-de-un-cambio-de-epoca-nid22012022/   


El rechazo del presupuesto confirma el resultado de las elecciones legislativas: ya no estamos en la época que empezó en 2001. Hoy no alcanza con criticar las reformas de mercado, denunciar conspiraciones de grandes empresas o asedio imperialista para ganar elecciones. Desde 2019 crece el respaldo a una orientación de gobierno pro negocios, se difunde la crítica al alineamiento chavista y las movilizaciones más grandes fueron para reclamar la vuelta a clases. Entre los jóvenes pierde el kirchnerismo, ex funcionarios kirchneristas padecen escraches, los movimientos sociales critican los planes sociales y las nuevas figuras políticas cuestionan la visión kirchnerista de la violencia política de los setentas. Todas señales de que ya no estamos en el tiempo post-2001, el que Carrió entendió mejor que ningún otro radical y los Kirchner mejor que nadie.

No es que la elección haya decretado el final, este cambio ya venía gestándose desde antes. Aunque sea imposible saber exactamente cuándo termina una época y empieza otra, 2015 y, especialísimamente el 2015 bonaerense, fueron señales inequívocas de que algo estaba cambiando. Señales tan novedosas que ni siquiera sus protagonistas supieron interpretarlas en toda su dimensión. Porque, aunque la derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires era evidencia de que algo se había roto, nadie podía saber cuán profunda era la raja. Cambiemos avanzó con pie de plomo, con el modesto, pero ambicioso objetivo de completar el mandato. Dos ejemplos ilustran la precaución: en el escenario nacional, respetó el dogma peronista de que sólo el peronismo puede movilizarse en la calle. En la provincia de Buenos Aires, impulsó una ley mordaza para blindar los dogmas kirchneristas sobre la violencia política de los años 70’s. Sin quererlo, el primer gobierno de Cambiemos fue también el último gobierno kirchnerista. Sólo después de las PASO de 2019, las bases cambiemitas pusieron fin al sueño dogmático con movilizaciones imposibles de entender desde el paradigma post-2001.

El cambio de época que se manifestó en las elecciones, también se verifica en el campo de las ideas, donde lo que se puede decir e imaginar ya no es lo mismo que en los últimos veinte años. Cinco temas fundamentales del espíritu post-2001 dan testimonio del cambio.

En primer lugar, el debate sobre la violencia política de los setentas se liberó del corset que le impuso el kirchnerismo y ya no es tabú discutir los asesinatos de la organizaciones de izquierda y el terrorismo de Estado durante el gobierno peronista. Desde 1983, cada época de nuestra democracia se correspondió con una lectura de la violencia política de los setentas y la vuelta de viejas discusiones son un signo elocuente de que ya no estamos en el tiempo que empezó el 24 de marzo de 2004 en la puerta de la ESMA, cuando Néstor Kirchner inauguró una campaña sistemática de olvido. La presencia en la Cámara de Diputados de la presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, Victoria Villaruel, es un efecto concreto de estos cambios.

En segundo lugar, la orientación política de la juventud militante dio un giro de ciento ochenta grados. Los jóvenes que después de 2001 canalizaron su bronca en el kirchnerismo hoy son parte del establishment político. La fuerza creativa y disruptiva de la juventud militante ahora se vuelca en organizaciones de anti kirchnerismo explícito. Esta militancia anti kirchnerista es la punta de un movimiento más amplio que florece, después de madurar veinte años bajo tierra, para ajustar cuentas con las políticas del así llamado pensamiento crítico. El crecimiento de Juntos por el Cambio es una de las consecuencias más relevantes de este movimiento.

En tercer lugar, el desprestigio de la agenda democrática que sobrevino con el colapso radical de 2001 fue cediendo. Como un reflejo frente a la  intolerancia ideológica y las sospechas de corrupción, el lenguaje de la no violencia y las instituciones democráticas recuperó su lugar en la discusión pública. Ese lenguaje fue el primer santo y seña del electorado antiperonista para reconocerse y reorganizarse. Y hasta el mismo Pro, imposibilitado de avanzar con reformas económicas, se recostó sobre la agenda de la calidad democrática e hizo suyo parte del vocabulario radical. La vigencia de Carrió en todos estos años no puede explicarse sin la supervivencia de este vocabulario y el fortalecimiento de la UCR es el resultado más reciente de la revitalización de la agenda democrática.

En cuarto lugar, la crítica a las reformas de mercado de la década del 90 está en plena revisión. Con el agotamiento del estatismo impulsado después de 2001 entró en crisis su narrativa histórica que lee a esas reformas como una traición nacional. Sin embargo, el estancamiento de la economía mina la confianza en el dirigismo de estado, que no puede excusarse por debilidad política ni contexto internacional desfavorable. Por el contrario, en los últimos veinte años el respaldo político a la intervención estatal fue amplio y las condiciones internacionales muy favorables, como ejemplifican el amplio consenso para estatizar Aerolíneas Argentina en 2008, por un lado, y el precio récord de U$S 650 por la tonelada de soja en 2012, por otro. La política y la economía post-2001 fueron posibles por una paradoja de nuestra historia: el éxito de la agroindustria alargó la agonía de la Argentina peronista.

Por último, un cambio más profundo, que afecta los cimientos ideológicos de la época post-2001: la agenda de la pobreza no redujo la pobreza. A pesar de que el gasto social creció cada año, de que la reducción de la pobreza fue una promesa de todos los gobiernos post-2001 y de que “ayudar a los que menos tienen” dio legitimidad a tipo de cosas, los pobres son cada vez más, los desocupados no recuperaron el empleo y la clase media es más angosta y precaria. La decadencia económica deja a la vista los límites de la crítica kirchnerista, como 2001 mostró los límites del iluminismo radical. Con la lucha no se comió, no se curó, ni se educó y esta evidencia deja en suspenso las verdades de los últimos veinte años.

En este escenario, ganan protagonismo actores como López Murphy, Tetaz, Laspina y, desde luego, Espert y Milei. Y se vuelven cotidianos debates sobre productividad, impuestos y déficit fiscal. La discusión sobre cómo repartir la torta pierde audiencia frente a la discusión sobre cómo agrandarla. El debate político está atravesando un sútil desplazamiento desde la agenda de la pobreza hacia la agenda de la riqueza. Este desplazamiento es uno de los factores que explican el declive del kirchnerismo. A fin de cuentas, el gran hallazgo de Néstor Kirchner fue político, no económico: vio antes y con más profundidad las novedades políticas de la Argentina post-2001.

Sin embargo, la política que se fundó sobre el trauma de 2001 pierde eficacia, como en 2001 quedó agotada la política que se había fundado sobre el trauma de la dictadura. La nueva época que se está abriendo ahora mismo parte desde el desconcierto que nos provoca que la Argentina se haya transformado en un país pobre. Veinte años después de 2001, la urgencia económica desplazó a la urgencia política. A “todo es política” le sigue la época de “nada es gratis”.

 

martes, 7 de septiembre de 2021

La oposición y China

Originalmente publicado en diario La Nación:


El arco opositor necesita renovar su mirada sobre China. Segunda economía del mundo y principal fuente de dólares de la Argentina; hace veinte años integra la Organización Mundial del Comercio; y su desarrollo lleva a intelectuales de todo el mundo a revisar sus ideas sobre capitalismo y democracia. Sin embargo, los pocos referentes opositores que le dedican alguna palabra, lo hacen para alimentar la discusión local, asociándola al chavismo, repitiendo siempre dos epítetos: comunista y dictadura. Calificaciones confusas que pasan por alto que la prosperidad china es consecuencia de una política de liberalización económica que incluyó desregulación de precios, privatización de empresas, incentivos para la inversión extranjera y fomento del comercio internacional. Queda a la vista que entre los opositores todavía está pendiente una reflexión sobre China. Mientras tanto, crecen caracterizaciones imprecisas, cuando no fantasiosas, que inhiben una discusión informada sobre China. Sin una estrategia de acercamiento propia, la oposición se excluye de la discusión sobre cómo trabajar con China y se queda sin programa para vincularse con el principal comprador de las exportaciones argentinas. 

En contraste, el kirchnerismo sostiene una visión robusta y de largo plazo para la relación entre China y Argentina, que se remonta al viaje del presidente Kirchner en 2004. Quince años después el vínculo sigue creciendo. Hace semanas el presidente Fernández participó de la reunión que convocó Xi Jinping para celebrar el centenario del Partido Comunista Chino, en la que también participaron presidentes y líderes de partido de Kazajistán, Rusia, Vietnam, Cuba, Filipinas, Camboya, Zimbabwe, Palestina, Serbia, Pakistán, Mozambique, Congo Brazzaville, Sri Lanka, Bolivia, Marruecos, Sudán del Sur y España. Semanas antes, referentes del Partido Justicialista ya habían hablado en el seminario organizado por la embajada china en la Argentina. Representaron al PJ el senador Jorge Taiana, secretario de Relaciones Internacionales del Partido Justicialista, la diputada Cristina Álvarez Rodríguez, vicepresidente del Partido Justicialista, Francisco Cafiero, el secretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa. Estos encuentros del más alto nivel son los frutos notorios de un trabajo constante, de largo aliento y bajo perfil para construir vínculos entre los partidos, que incluye reuniones entre cuadros justicialistas y comunistas, encuentros en foros internacionales y giras.

Estos vínculos no pueden explicarse sin una red de especialistas experimentados y solventes que desde cátedras universitarias, centros de estudios especializados, organismos de gobierno y cámaras empresariales, asesoran y alimentan el encuentro entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista Chino. El actual embajador en China, Sabino Vaca Narvaja, es un emergente de ese tejido. Con la ayuda de estos expertos, la dirigencia kirchnerista dio forma a un marco interpretativo para describir el entendimiento entre peronismo y comunismo. Esa narrativa se apoya en apelaciones que van desde el bienestar de los trabajadores hasta la convergencia de los reclamos por Malvinas y Taiwán, pasando por coincidencias teóricas entre Perón y Mao, con la consigna del antiimperialismo como un eje central.

En contraste, la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio todavía mira China desde lejos. Con excepción de Mauricio Macri, ninguno de los miembros de su mesa nacional viajó a este país y Gerardo Morales es el único gobernador que hace años trabaja con el gobierno y empresas chinas. Ninguna de las fundaciones de los tres partidos más importantes de la coalición ha presentado publicaciones o actividades sobre la relación entre China y Argentina. Y en la web oficial de la coalición ni el resumen de la plataforma electoral ni el resumen de la gestión presidencial mencionan nada sobre el país. Sin embargo, otro documento, el informe detallado de gestión rescata logros importantes del gobierno de Mauricio Marci: dos visitas de Estado recíprocas, construcción del parque de energía solar en Jujuy y del observatorio espacial en Neuquén, obras de transporte ferroviario y vial, apertura de mercados chinos para exportaciones de carne, cerezas y caballos. Este desfasaje entre el sitio web y el informe detallado de gestión indica que si todavía no hace falta hablar de China en campaña, ya es inevitable hacerlo en la gestión. 

La falta de atención no afecta exclusivamente a China sino que caracteriza la agenda asiática en general. Llegan más dólares a la Argentina desde los países del Sudeste asiático que desde el Mercosur; Vietnam es el segundo destino de las exportaciones cordobesas; y este país, India, e Indonesia fueron visitados tanto por Cristina Kirchner como por Mauricio Macri. Sin embargo, la región sigue siendo una discusión de nicho y una agenda política de pocos. 

En este contexto, se destacan los esfuerzos de Diego Guelar, ex embajador en China durante todo el gobierno de Maurico Macri, para que Juntos por el Cambio tenga una narrativa productiva sobre China. Aporta sistemáticamente información sobre el rol vital de China para la economía argentina, difunde los logros del gobierno de Macri y destaca posibles puntos de entendimiento entre ambas culturas. Guelar es consciente de que Juntos por el Cambio necesita su propia estrategia de acercamiento a China. Y sus presentaciones sobre el tema dan cuenta de que Juntos por el Cambio puede acercarse, incluso, con perspectiva liberal ¿O, acaso, las democracias más logradas del mundo no tienen vínculos con China, sus empresas y su gobierno?  ¿O el desarrollo chino no desafía las interpretaciones estructuralistas de la dependencia según las cuáles hay un orden internacional que asegura que los países pobres se mantengan pobres? La prosperidad china, sin embargo, es fruto del comercio internacional, las inversiones extranjeras y la integración de su economía con las de las potencias industrializadas, todas democracias.

Con esto en mente, si la oposición quiere alcanzar una narrativa propia y productiva sobre China necesita evitar tres reflejos muy a la mano: confundir la discusión, negar la novedad, mimetizarse. En primer lugar, si se quiere discutir sobre China hay que asegurarse que la conversación sea sobre China y no sobre Venezuela o Estados Unidos. Cada vez que se critica a China por sus vínculos con el chavismo o por su disputa geopolítica con Estados Unidos se pierde claridad sobre las oportunidades y los desafíos que China representa para la Argentina. China es demasiado importante para quedar confundida en otras discusiones. 

En segundo lugar, para aprender de China hay que asumir su novedad y singularidad. China crea sus propias soluciones innovando en tecnología, políticas públicas e, incluso, arreglos sociales. Desde el comunismo chino, que fue una creación inesperada cuando se pensaba que el socialismo no podía desarrollarse en una sociedad mayoritariamente agraria; hasta la idea de poner en cuarentena a un país entero; pasando por una transición al capitalismo sui generis, la creación de un firewall nacional para controlar la navegación en Internet, el uso del teléfono celular para expandir la inclusión financiera. A la vez que tiene un sistema político de partido único, es una sociedad de consumo en la que el trabajo es una mercancía y los bienes y servicios se distribuyen con mecanismos de mercado. Las oportunidades de la economía y los debates de la política se entienden mejor pensando cómo esta combinación posible, antes que usando el vocabulario de la Guerra Fría. 

En tercer lugar, para vincularse con el gobierno chino no hace falta renunciar a los criterios propios. Analistas de todas las tendencias coinciden en que China no está en campaña para exportar su criterios políticos, ni busca imponer un nuevo modelo de gobernanza global. Aunque en aspectos como el rol de la prensa, la administración de justicia o los derechos individuales el Partido Comunista no sigue estándares liberales, ninguna de las democracias más influyentes abandonó el camino de entendimiento mutuo con China. Theresa May visitó el país dos veces, en 2018 y 2016, y antes David Cameron en 2013. Macron una, en 2019, y antes Hollande tres veces, en 2013, 2015 y 2016. Obama tres veces: en 2009, 2014 y 2016, y Trump una, en 2017. Merkel viajó doce veces a China desde que asumió como canciller en 2005. Derechos Humanos, economía verde, balanza comercial, cooperación tecnológica, seguridad internacional, gobernanza de Internet, aranceles; cada gobierno discute su propia agenda y prioridades, sin necesidad de mimetizarse con la del gobierno chino. 

Acercarse a China es un camino de tareas exigentes. Una historia de miles de años, doce horas de diferencia horaria y compras de productos argentinos por 8.600 millones de dólares necesitan una discusión específica y un vocabulario exacto. En una entrevista reciente, Fernando Pedrosa, uno de los máximos especialistas argentinos sobre Asia, captó el riesgo de no tomarse el trabajo: durante el siglo XX la dirigencia argentina no entendió a Estados Unidos; durante el siglo XXI, no puede caer en el mismo error con China.


viernes, 30 de abril de 2021

Socialdemocracia, del ocaso a la revisión

Originalmente publicado en Nuevos Papeles:

Este artículo presenta una hipótesis sobre las dificultades de la socialdemocracia en la Argentina post-2001: que un cierto déficit interpretativo socialdemócrata relegó sus ideales y valores en el debate argentino de los últimos veinte años. Sigue la discusión abierta por Hernán Iglesias Illa, en la que participaron Hernán Charosky, Mariano Schuster y Fernando Pedrosa, y a la que habría sumar un documento de Jesús Rodríguez. Por otra parte, las ideas de este artículo cierran el arco de otros dos artículos publicados en los últimos meses: De la democracia moral de 1983 a la democracia crítica de 2001 y De la urgencia democrática a la económica. 

Argentina 2001 fue el primero de muchos derrumbes socialdemócratas. En Brasil, la socialdemocracia quedó desplazada por el PT después de 2002. En Venezuela, la Acción Democrática se derrumbó con el resto del sistema político pre-Chávez. La socialdemocracia alemana se mantiene a la sombra de Merkel desde 2005. El laborismo británico no gobierna desde 2010. El PASOK griego, el partido que más tiempo gobernó Grecia durante los 80´s y 90´s, tiene hoy ínfima repercusión electoral, después de su colapso en 2012. En España, el PSOE administra su propia sucesión desde la aparición de Podemos en 2014. En Francia, el socialismo se derrumbó en las elecciones presidenciales de 2017 quedando en quinto lugar, con el 6,36%.

2001 fue el trueno más abrumador de una tormenta que, por un lado, había empezado a gestarse décadas antes con el debilitamiento del Estado de Bienestar y, por el otro, se aceleró con las transformaciones en la democracia de los últimos veinte años. Por una parte, el punto más alto de la economía de bienestar quedó en algún momento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el shock petrolero de 1973. Desde entonces, esa manera de organizar la economía declinó por la erosión de tres fuerzas de calibre verdaderamente histórico: el cambio de precios relativos internacionales, producto del shock petrolero; el debilitamiento del movimiento socialista internacional que siguió a la disolución de la Unión Soviética; y la presión de miles de millones de trabajadores asiáticos incorporándose al mercado global de trabajo. Como consecuencia, los beneficios estatales y el salario de los trabajadores no dejaron de degradarse en Europa, en Estados Unidos y en los países de su periferia que habían logrado cierta prosperidad, como la Argentina. El nuevo equilibrio entre capital y trabajo cambió la cara de muchas sociedades, y el reflejo en el espejo sorprendió especialmente a los países que no pudieron acomodar sus economías al nuevo escenario. 

Por otra parte, la democracia cambió significativamente en los últimos veinte años. Cambiaron las formas de protestar y el uso del espacio público, generalizándose lo que se había anunciado en los primeros piquetes de los 90’s. Cambiaron los tiempos y tonos del debate público revolucionado por las redes sociales. El mapa político se reorganizó como consecuencia del achicamiento de la UCR, la peronización de la política y la pérdida de protagonismo de los partidos. Sin embargo, el cambio más importante no es ninguno de estos, sino uno más estructural y que es el suelo en el que crecieron todos los otros cambios: el empobrecimiento de las clases medias que siguió al declive de la economía de bienestar. 

Estas transformaciones y novedades dan contexto al retroceso de la socialdemocracia, pero el repliegue socialdemócrata no es tanto consecuencia de los cambios, como de la dificultad para interpretarlos. En la Argentina, este déficit interpretativo es una causa central del cisma y del declive de la socialdemocracia. Del cisma, porque desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia reconocemos dos grandes grupos socialdemócratas: el que se lamenta por los cambios en el capitalismo y el que se lamenta por los cambios en la democracia. El primero desconfía de las reformas económicas de los años 90 y añora la economía que empezó a terminar en 1973. El segundo critica las prácticas políticas post-2001 y añora las esperanzas de 1983. Por otra parte, del declive, porque ambos grupos custodian los escombros de un capitalismo y una democracia que ya no son, ni funcionan. Padecen el decadentismo de sus propias narrativas: sin un horizonte optimista enunciado con sus propias palabras, sobreviven en el vasallaje de otros lenguajes.  

Contra una idea muy difundida, estas dificultades de interpretación no se resuelven corrigiendo la posición de la socialdemocracia en el eje izquierda-derecha, porque la crisis de la socialdemocracia es, justamente, una manifestación más en la crisis de ese eje. La socialdemocracia no puede ser un punto entre el capitalismo y el socialismo, porque el socialismo no existe más. No puede ser un punto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, porque la Unión Soviética no existe más. Si hay un intervalo de posibilidades entre el capitalismo de Estados Unidos y el de China, quizás ahí haya un nuevo eje para ubicarse. Pero, cada vez que se piensa la situación de la socialdemocracia como una discusión sobre la izquierda y la derecha, se compran los problemas generales de la segunda discusión sin resolver ninguno específico de la primera.

La socialdemocracia argentina tampoco puede superar estos límites atada “a lo que todavía queda” del bienestar económico del 73 o del compromiso democrático del 83, que es cada día menos y para menos personas. Y cada año que pasa se achica el número de personas que recuerdan esas experiencias. “Lo que todavía queda” de los años dorados de la Argentina se ajusta mal a las transformaciones de la economía y de la democracia. Se intenta compensar este problema con dramatismo comunicativo. Una y otra vez, se repite el parte de una terapia intensiva crónica: que el estado de bienestar apenas sobrevive, que la muerte de la república es inminente. Pero el recurso al sensacionalismo deja al descubierto el agotamiento de esas ideas. No hace falta ser un especialista en teoría política para sentir la incongruencia entre el discurso de la socialdemocracia y lo que vivimos en la calle cada día. 

Esta incongruencia es la señal de una fatiga. No de los valores de la socialdemocracia, ni de sus aspiraciones, pero sí de una manera de interpretar la Argentina post-2001. Los socialdemócratas no podemos resolver este déficit sin revisar lecturas que nos guían desde 1983, pero agotadas después de 2001. A diferencia de lo que afirmábamos en los 80's, hoy podemos decir que la violencia política no venía de afuera de la sociedad y que con la democracia no alcanza. Por otra parte, mucho de lo que sostuvimos en las discusiones económicas de los 90’s estaba equivocado. En primer lugar, las reformas de esos años iban en la dirección correcta, y eran necesarias, cuando no inevitables. En segundo lugar, la naturaleza del mercado no es la de un adversario político: no puede ser vencido acumulando fuerza política. En tercer lugar, la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Por último, después de 2001, tres cosas sabemos con toda certeza: que la ética democrática que promovimos desde los 80’s arraigó menos de lo que quisimos; que nuestra democracia realmente existente no está amenazada por la impunidad, sino fundada en ella; que la Argentina ya no es una sociedad de clases medias escolarizadas y con trabajo estable.

Los desafíos de la socialdemocracia no son meramente “de comunicación” o superficiales. Si queremos recrear la socialdemocracia después del fin de la socialdemocracia, necesitamos un giro copernicano que permita hablar con esperanza de la política, la economía y la sociedad que todavía describimos con lamentos. Nos hacen falta marcos para hablar de la Argentina tal como es hoy, y no de la Argentina “que todavía es”, “la que alguna vez fue” o “la que ya no es”.

 

viernes, 18 de octubre de 2019

Nuestras dos discusiones

Todavía después de las PASO, el perfil del gobierno y el de la oposición siguen definidos por dos discusiones. Porque sea que hablemos sobre el acuerdo con el FMI, sobre el poder judicial, sobre nuestro sistema previsional, sobre impuestos o sobre Venezuela, las discusiones giran casi siempre alrededor de dos preguntas: ¿Cómo nos tenemos que tratar? y ¿Cómo vamos a producir más riqueza? Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada una de estas dos preguntas.
En primer lugar, entonces, la cuestión de la convivencia. Un tema que es estructurante de toda comunidad, pero sobre el que las argentinas y los argentinos tenemos desacuerdos gruesos. Empezando porque mientras unos subestiman la cuestión, otros la tenemos en el tope de nuestras prioridades. Los que subestiman la cuestión de la convivencia piensan que la discusión es una distracción, una cuestión superficial o cosmética, incluso, un engaño. Desde esta perspectiva, la convivencia es una coartada; la neutralidad, una mentira; la objetividad, imposible. Y el que no se confunde con estas ilusiones conocería las dos verdaderas leyes de la vida en comunidad: que todo es política y que la política es ante todo saber quién no está de nuestro lado. Ésta es la versión moderada del argumento. La versión extrema sostiene que en la Argentina no hay nada que discutir en relación a la convivencia porque la Argentina es, antes que un ámbito de convivencias, un campo de disputas. Disputas entre los que defienden los verdaderos intereses argentinos, los verdaderos argentinos, y los que defienden falsos intereses argentinos, los argentinos falsos. Entre unos y otros nunca hubo ni debe haber convivencia. Entre verdaderos argentinos y argentinos falsos sólo existe enfrentamiento, “disputa hegemónica”. Con diferentes énfasis, esta desconfianza de la convivencia es un axioma común entre los que apoyan a Todos.
Por otra parte, los que tenemos las reglas de convivencia como una prioridad creemos que la democracia es un acuerdo que tiene que fundarse en razones morales. Los más exigentes creen -por ejemplo- que políticos que roban están fuera del acuerdo democrático; los modestos, más (sobre) adaptados a la Argentina post-2001, no creen que el acuerdo democrático pueda evitar el robo, pero que sí que debe criticarlo. Desde cualquiera de estas dos perspectivas, elogiar "el oficio" de robar, respaldar la opción de salir de caño, o pedir robar con códigos son extravagancias que desfondan la vida en democracia.
El segundo desacuerdo fundamental pasa por la cuestión económica: ¿Cómo vamos a generar más riqueza? También en esta discusión hay dos grandes tesis: la que sostiene que las reformas son la causa de los problemas económicos de la Argentina y la que sostiene que no hay solución sin reformas. Para los defensores de la primera, la economía argentina tiene que funcionar lo más parecido posible a como lo hacía en los sesentas, para los segundos tiene que dejar de hacerlo. La primera es la promesa económica de Todos, la segunda, la intuición básica de la política económica del gobierno.
Los que rechazan las reformas señalan sus costos y afirman que todavía es posible vivir en el país como se vivió en un pasado más benévolo: trabajando en las mismas actividades, bajo las mismas condiciones, por los mismos salarios. Incluso, ven en la crisis de 2001 una señal inequívoca de que cualquier intento de reforma económica está destinado al colapso. Y, parapetrados atrás de los grandes desafíos que suponen las reformas económicas, aseguran que es posible volver a vivir como antes, sólo es cuestión de voluntad política.
Por el otro lado, las políticas públicas y los discursos del presidente dejan ver el diagnóstico general del gobierno: el estancamiento de la Argentina no se soluciona mirando al pasado, sino con reformas que pongan la economía argentina al día con un capitalismo -qué duda cabe- más competitivo que el de tiempo atrás. Porque los costos de dejar todo como está se acumulan hace décadas, en la cadena económica y en las condiciones de trabajo de los maestros, en la infraestructura de los hospitales, en el entrenamiento de la policía, en la eficiencia del servicio de justicia. El gobierno insiste con que no hay soluciones en el pasado, porque no cree que los problemas de la Argentina resulten de un desvío circunstancial ni de un tropiezo en el caímos por error o por traición. Sino del agotamiento inapelable de una manera de producir riqueza.
En base a estas discusiones, desde el triunfo de Cambiemos en 2015, la discusión política coaguló en dos grandes acuerdos: el de los que apoyamos a Juntos y el de los que apoyan a Todos. Los que apoyamos a Juntos coincidimos en tres cosas. Uno, que la falta de consenso sobre las cuestiones del orden es un obstáculo para que prosperen soluciones. Dos, que la Argentina se vuelve un lugar disfuncional sin un suelo moral elemental. Tres, que la economía argentina necesita reformas que la pongan al día con el capitalismo contemporáneo. Por el otro lado, los que apoyan a Todos se mueven dentro de los límites de tres acuerdos. Primero, que el conflicto social sólo debe ser abordado como una consecuencia de los problemas, nunca como una causa. Segundo, que la naturaleza de la política determina que no tengamos acuerdos morales robustos. Tercero, que la economía argentina debe alejarse lo más posible de los formatos y las prácticas de mercado, liberales, neoliberales, etc.
Si la convivencia y la producción de riqueza son los ejes del debate político argentino, los puntos cardinales son, por un lado, convivencia democrática o disputa hegemónica; y, por el otro, reforma económica o resistencia al neoliberalismo. Juntos por el Cambio y Todos representan respuestas diferentes en cada eje, es decir, direcciones opuestas para este barquito flotando en el océano que es la Argentina.

Diario La Nación 14-09-19


miércoles, 22 de mayo de 2019

De Cuba a Singapur








Un cartel con una foto de Fidel Castro en la Sierra Maestra publicita la conferencia que el profesor Fernando Pedrosa dará en la Universidad de Salamanca. La historia de la izquierda latinoamericana es una de sus dos especialidades. La otra es la historia del sudeste asiático.

La charla estará enfocada en la izquierda latinoamericana de las décadas del 70 y del 80 y es poco probable que haya elogios para sus estrategias y resultados. El profesor Pedrosa es un crítico quirúrgico de esa tradición, que conoce en profundidad, y también de primera mano. Como estudiante de la carrera de historia de la Universidad de Buenos Aires recorrió la vasta estepa de las discusiones de la historiografía marxista y aprendió al derecho y al revés el recorrido de los movimientos socialistas en América Latina. La fundación de los primeros partidos socialistas, los pioneros del marxismo latinoamericano, los frentes antifascistas, la consagración regional del Partido Comunista con la revolución cubana, el clivaje entre Fidel y el Che, la introducción del maoísmo, la radicalización de los sesentas, el rechazo al reformismo democrático en la década del 80, la orfandad post soviética, la transformación populista. Como graduado, el profesor Pedrosa lanzó una discusión de amplio espectro sobre esa tradición. En artículos y clases criticó las interpretaciones ortodoxas de la historia latinoamericana y la estrategia de las izquierdas frente los procesos democráticos. Y, al mismo tiempo, en el consejo de gobierno de la facultad, discutió prioridades de asignación de recursos y criterios de selección docente. Habló en asambleas, en despachos y en conspiraciones de medianoche. Redactó programas académicos y armó listas electorales. Yendo de una clase a una reunión, de una reunión a un artículo, miró el horizonte y el detalle, en la pelea por la facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Después de 2001 la izquierda tomó la facultad y, sin más resto político, el profesor Pedrosa emigró a España; ahí encontraría tiempo y mente para encarar su doctorado de una vez por todas. Entre 2002 y 2008 se enfocó en sus estudios de posgrado en la Universidad de Salamanca, que coronó con una tesis sobre la influencia de la socialdemocracia europea en las transiciones latinoamericanas de la década del 80. Ni bien aprobada, la editorial Capital Intelectual se interesó en publicarla. Las conversaciones avanzaron satisfactoriamente, se firmaron los papeles necesarios y, finalmente, el trabajo entró a la imprenta a finales de 2011. El libro salió a luz con un título diferente al de la tesis, pero más ajustado a los tiempos que corrían. Se publicó con el nombre de “La otra izquierda”, en lugar de “El fin del voluntarismo”.

Con el doctorado bajo el brazo, el profesor Pedrosa volvió a la Argentina y a la UBA. Primero con un cargo de funcionario de relaciones internacionales y después como profesor. Pero nadie vuelve a donde invocan su sombra, tampoco el profesor Pedrosa, que no volvió a la facultad de Filosofía y Letras, sino a la de Ciencias Sociales. Con los años, la vida y la curiosidad lo llevaron a interesarse por el sudeste asiático. Viajó por la región y estudió la historia de esos países. En 2016 fundó la revista especializada Asia-América Latina, que dirige desde entonces. La revista analiza los vínculos entre las dos regiones con artículos sobre muy diferentes temas: la política previsional china, la transición democrática en Taiwán, el lugar de Asia en la literatura de Octavio Paz, las traducciones de Borges en las Filipinas, las similitudes entre la música tailandesa y la capoeira brasileño, el desarrollo del maoísmo en América Latina. Por otra parte, en sus clases en la universidad, el profesor Pedrosa intenta despertar el interés de sus estudiantes por los temas de Asia. Comenta el afortunado hecho de que Vietnam se mantenga como un destino destacado de las exportaciones argentinas, a pesar de que en el país nadie conozca a alguien que hable vietnamita. Compara la transición democrática argentina con la justicia transicional en Camboya. Y nunca falta un comentario, aunque sea pasajero, sobre Singapur, la joya milagrosa de estos capitalismos paternalistas del Este. Singapur es un país del tamaño de la Ciudad de Buenos Aires, pero con reservas e inversiones internacionales que podrían alcanzar un cuarto de las reservas de China. En Singapur, el 85% de la población es dueña de un departamento de un valor promedio de 3 millones de dólares. En sus escuelas, los estudiantes aprenden dos idiomas y, si se destacan, acceden a aprender un tercero. Junto con Japón, es el país con más inversión per cápita en tecnología médica y se especula que su fuerza aérea podría ser la tercera más potente de Asia oriental, después de la de China y la de Japón.

Mientras profundiza sus investigaciones sobre Asia, el profesor Pedrosa sigue debatiendo sobre la izquierda y la socialdemocracia latinoamericanas. El camino que une un tema con el otro es incierto, pero el trabajo del profesor Pedrosa deja a la vista sus dificultades. Para ir de una experiencia a la otra hay que revisar creencias, asumir limitaciones y aceptar una crítica sin concesiones. Porque no se puede hacer este tránsito sin ajustar la mirada sobre el sentido de vivir en comunidad, sobre el funcionamiento de la democracia, sobre el rol de la crítica, sobre el trabajo y la riqueza. Todas cosas que se piensan muy distinto en América Latina y en Asia. En el este de Asia, la comunidad precede al individuo, la democracia no es una prioridad, el pensamiento no se consagra en la crítica, trabajar de nueve a nueve seis días a la semana es un lema popular y enriquecerse es glorioso. Ante estos rigores, no extraña que sean pocos los que intentan avanzar por ese verdadero estrecho de montaña. La sola idea de querer recorrer ese camino hasta el final despierta espanto. Es que esta empresa podría significar una verdadera renovación del pensamiento latinoamericano si muestra que existe una ruta para ir de Cuba a Singapur.

martes, 21 de mayo de 2019

No va más





¿Y qué no es actuación en una candidatura, Marcos Novaro? Une buene candidate es alguien que puede decir las cosas de una manera más dramática que los demas ¿O, Marcos Novaro, usted preferiría un candidato bien plomo?

El contraperonismo formado en los noventas, que esta nota representa de pe a pa, no puede dar ninguna respuesta más, está completamente agotado. Como están agotadas todas las perspectivas políticas que explican la Argentina con esas palabras, esos prejuicios y esos injuicios. Ese contraperonismo de los noventas tiene unas ideas de la verdad, de la razón, de la voluntad de las personas, de la relación entre deseo y política completamente insostenibles. Para este contraperonismo de los noventas, le argentine medie es una persona que le dedica 40 minutos diarios a reflexionar sobre las noticias del día, a lo largo cuatro años, para formar un juicio desapasionado sobre a quién sería conveniente votar en la próxima elección. Las ideas de este contraperonismo de los noventas no hablan de nada que exista en la Argentina contemporánea.Y lo más problable es que no hayan existido nunca en ningún lugar.

Ojo, no se me malentienda. Novaro y todes les contraperonistas de los noventa se merecen el mayor respeto. Ponen el pecho cada vez que el peronismo se larga con sus salvajadas. Yo les admiro y tiro para el mismo lado. Pero esa manera de enteder las cosas no camina más. Nos condena. Una de las expresiones más elocuentes de esta crisis es ese fenómeno llamado "Corea del Centro": personas que tradicionalmente desconfían del peronismo, pero que ven la impotencia de estas ideas y se van corriendo.

Hace cuatro años la tecnología de Durán Barba y el dramatismo de Carrió salvaron la papas. Este vuelta, después del video del sábado, va a hacer falta bastante más.

viernes, 26 de julio de 2013

Tozuda modernidad. Entrevista a Beatriz Sarlo

Pensada, editada, publicada, esperada con Sofía Mercader. 
Entrevista completa: http://artepolitica.com/articulos/entrevista-a-beatriz-sarlo/

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¿Y cómo ocultaban ese material de lectura?
No lo ocultamos. No enterramos libros ni los quemamos. Dijimos: “a nosotros, o nos agarran o nos exiliamos, pero con los libros”.
¿Por qué esa perseverancia?
Porque lo contrario hubiera sido, sobre nosotros, la victoria de la dictadura, porque habría estado señalando que no había nada para hacer acá, sino exiliarse. Si vos te desprendés de tus libros, te desprendes de una parte de tu identidad fuertísima. Nosotros no nos desprendimos de los libros, de ninguno. Si entraba alguien y decía “yo quemé todo” vos mirabas para otro lado. Nosotros no le decíamos a nadie que no había que hacerlo. Te digo lo que nosotros hicimos. Porque si no podíamos tener libros, nos teníamos que ir.

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¿Vos podrías decir que la generación que se fue de Punto de Vista dejó de buscar y que vos seguís buscando y por eso seguiste incorporando gente joven?
Mi mundo de relaciones es en general un mundo de relaciones bastante más joven. La gente que tiene setenta años como yo tiende a hacer balances, yo prefiero no hacer balances porque más bien me suicidaría si hago un balance. Prefiero no pensar digamos, punto. Prefiero explorar, ser contemporánea del presente. Este es mi esfuerzo con cosas mucho menos visibles. De lo que hice en los últimos cinco años, de lo que más me enorgullezco es de las notas de literatura argentina nueva. Porque eso fue leer y leer y leer para elegir el libro que iba a comentar, para ser contemporánea de un presente. Si vos me dijeses “¿Por qué no volvés a escribir algo decente sobre alguna otra cosa que sepas más?” Yo te digo que no. Son cuestiones personales, no es juicio, cada uno se arregla como puede.

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¿También cuando empezaron a hacer Punto de Vista?
No, cuando empezamos a hacer Punto de Vista –yo creo que esto lo dije en muchos reportajes- fue como los ejercicios físicos que hacen los presos. Eso que cuenta gente que estuvo mucho tiempo presa, que todos los días tenés que levantarte y darle como si estuvieras en un gimnasio, es parte de tu rutina.  PdV era para nosotros eso, era el ejercicio del preso. El preso que se fija por dónde entra el sol para ponerse ahí, los 40 minutos que el sol entra porque tiene que hacer ejercicios de brazos, piernas, abdominales, colgarse. Tiene que mantenerse perfecto, porque las condiciones de privación de libertad son tan extremas. Eso fue para nosotros PdV. Era más una salvación de ese núcleo de personas, y de quienes lo rodeaban, una apuesta para que ese núcleo pudiera seguir subsistiendo en la Argentina.