jueves, 23 de febrero de 2017

Para un radicalismo post kirchnerista. Respuesta a Jesús Rodríguez.


El documento de Jesús Rodríguez en vísperas del próximo encuentro nacional de la UCR es un análisis sistemático e informado de los antecedentes de Cambiemos, sus desafíos y las tareas de la UCR en relación con estos desafíos. No es sólo un aporte al debate político inmediato, sino que también es un documento de época, en tanto que sistematiza algunas de las principales ideas de la dirigencia radical post-2001. Estas ideas condensan una interpretación del kirchnerismo y una lectura sobre el descalabro de lo hizo posible, el 2001. Son caracterizaciones del rol de los partidos políticos, de las formas de la disputa política, de la representación, de las agendas prioritarias, de quién es el sujeto de la democracia. Cambiemos es el triunfo de estas ideas y del radicalismo post-2001. A partir de estas ideas, en lo que sigue hay otras ideas para un radicalismo post-kirchnerista.


LA DEMOCRACIA NO ES UN PARAÍSO PERDIDO. No compartimos la caracterización de la democracia como paraíso perdido. No creemos que los esfuerzos tengan que estar en recuperar una época normal de la política democrática, con partidos políticos fuertes, con bipartidismo estable, con programas definidos en convenciones regularmente convocadas. No creemos que haya que recuperar todo esto, porque no sabemos si alguna vez existió. En los escasos cuarenta años de la democracia argentina ¿Cuándo fue que vivimos en una “democracia normal”? ¿Entre 1983-1985? ¿Entre 1983 y 1989? ¿Entre 1983 y 1994? Nuestra incredulidad no significa que no veamos diferencias de calidad democrática. No pensamos que todo es lo mismo. Al contrario, partimos del legado excepcional de Raúl Alfonsín. Justamente, excepcional.
EL POPULISMO NO ES UN ERROR CONTINGENTE. Por eso, para nosotros el populismo no es un error contingente, un mal que nos afecta por temporadas, un hueco en el que los argentinos caemos de tanto en tanto. Para los que nacimos en democracia, el populismo es la forma de la política argentina, de la misma manera que lo fue el autoritarismo para quienes hacían política antes de 1983. Prueba de esto no son solamente los veinticinco años de gobiernos peronistas, en treinta y cuatro de democracia contemporánea, sino, también, el ímpetu agonista con el que le respondemos al kirchnerismo. Construimos la legitimidad de Cambiemos definiendo los resultados kirchneristas como una catástrofe y hasta llegamos a decir que “en cierta medida se presenta una situación análoga a 1983”, como si los argentinos no supiéramos de catástrofes, como si los radicales que dicen estas cosas no hubieran sido los protagonistas del 83. Licencias que dejan ver que el agonismo es la figura retórica nacional. Y que quieren inspirar una épica de la que carecemos, no por errores ni por pereza, sino por la obsesión del gobierno de luchar contra las ideologías, una pelea que es presentada como novedad pero que, de 1989 para acá, ya atrasa las mismas tres décadas que el setentismo en 2003. Para explicar por qué nos presentamos contra el kirchnerismo no hace falta erosionarnos con inexactitudes, porque es inexacto decir que el resultado del gobierno kirchnerista fue una catástrofe o que si la Argentina es una catástrofe es por culpa de un gobierno. Por desgracia o por suerte, ningún gobierno puede hacer tanto. Con señalar que fueron patoteros en todas las formas posibles, que su modelo económico estaba fundido y que robaron maniáticamente, alcanza para que explicar por qué los enfrentamos.
Con razones similares, creemos que hay que decir que los “desequilibrios de poder” en los últimos años son responsabilidad, tanto de la acción del gobierno, como de la debilidad del resto de los actores para ponerle límites. Más aun, no podemos dejar de ver que el debilitamiento de los mecanismos de control y la manipulación de las reglas de juego no fueron un impedimento para que la democracia argentina clausurara su crisis después de 2001, más aun fueron los caminos por los que, efectiva e históricamente, avanzó esa sutura. En todos estos años, el rol fundamental del peronismo fue asegurar el orden, no criticarlo.
Por otra parte, no entendemos que se hable de “apatía social” y de “desafección por la política” cuando a nuestro alrededor, por todas partes, vemos intensidad. En el fervor todavía humeante de los tiempos kirchneristas; en la perseverancia de las organizaciones populares que, con o sin kirchnerismo, siguen movilizándose por su porción de la torta; en la sororidad del paro internacional de mujeres convocado para el próximo 8 de marzo. En los debates de la política española. En el referendum por el Brexit. En los discursos de Donald Trump y en los discursos contra Trump. En las movilizaciones en Venezuela, en Chile y en Brasil, a favor y en contra. En el acuerdo de paz en Colombia. En todo esto no vemos apatía alguna. Más bien, nos preguntamos cómo hacer para que la próxima dirigencia radical muestre más interés por todo esto.
LA GENEROSIDAD NO ES UN CRITERIO POLÍTICO. Por otra parte, no entendemos por qué se insiste en pensar la discusión política en términos de concesión o generosidad entre los actores. El problema, acá, no es alguna impugnación del tipo “cuando te tocó tampoco fuiste generoso”. El problema es que de tanto esperar gestos, señales y otras cosas de los aliados -o hasta de los adversarios-, alguien puede terminar pensando que la política se trata de esperar, más que de hacer. O que las relaciones con nuestros aliados se definen más por la gracia de su generosidad que por la eficacia de nuestras acciones. Que si en política no se crece es porque alguien no fue generoso, no se corrió, no se entregó atado de píes y manos. Que nuestro lugar en la política es el de clientes que esperan algo de alguien. O corremos el riesgo de que alguien piense que si no fuimos kirchneristas fue porque el kirchnerismo no nos quiso entre su clientela.

LAS TAREAS ESTÁN MARCHA. Con estas caracterizaciones, para nosotros las tareas más urgentes del Radicalismo son las siguientes. 
DARLE DENSIDAD A CAMBIEMOS. Si no quiere volverse una experiencia frívola y tilinga, Cambiemos tiene que ganar más densidad. En estos doce años hablamos de ética, de democracia, de instituciones. Todo esto no se trata de apego a las normas, ni de ser prolijos administrativamente, sino de compromisos, de trayectorias, de ejemplos. Si reclamamos equilibrio de poderes, no elegimos jueces por decreto. Si hablamos de respetar las leyes, no las cambiamos para remover funcionarios. Si reclamamos alternancia democrática fuera de nuestro país, la exigimos en las provincias argentinas. Si hablamos de los beneficios económicos de la competencia, no favorecemos la concentración. Para que la relevancia de estas cuestiones gane nitidez, hay que apartarse de la cruzada trasnochada contra la historia y la ideología que llevan adelante los ideólogos del Pro y dejar la pavada del anti intelectualismo ¡Cómo si el pensamiento, la historia y la ideología fueran inventos del kirchnerismo! Para darle densidad a Cambiemos, el Radicalismo mismo tiene que volverse más denso. Vamos a ganar no sólo cuerpo, especialmente, espíritu.
ECHAR RAÍCES. El Radicalismo tiene que echar raíces en lugares de los que fue extirpado, en lugares que abandonó y en lugares a los que nunca llegó. Echar raíces no entre “la gente”, en ”el pueblo”, ni entre “los compatriotas”. Echar raíces entre las madres solteras, entre los comerciantes y los comerciantes de las ferias, con las personas a las que les llueve adentro de sus casas, con los enfermos que tienen que pagar sus insumos en los hospitales públicos, entre las migrantes que son explotadas clandestinamente, entre los inquilinos que viven preocupados, entre las víctimas de violencia institucional, con las personas con discapacidades que son invisibilizadas, con los ancianos que son invisibilizados. No echamos raíces dando discursos melodramáticos, sino hablando con las personas, más aun, dejándoles hablar a ellas.  
SACARSE DE ENCIMA TODO ESCEPTICISMO. Sacudirse todo escepticismo, todo pesimismo, que nos haga pensar que para ganar hay que robar, hay que ser insensible, hay que volverse una patota. Hacer las cosas sin importar cómo ni con quién no es ambición, es extravío. Es no venir de ningún lado, ni tener ningún destino. Ganar haciendo las cosas bien es doblemente difícil, todos los sabemos. Ganar haciéndolas mal, es nuestra derrota. 

Como creemos que éstas son tareas urgentes, no decimos que “hay que” hacerlas, ni esperamos a que las haga “el partido”, nos pusimos a hacerlas nosotros mismo. No empiezan con este documento, ni empezaron cuando ganó Cambiemos. Hace ya varios años que están en marcha por diferentes vías, en diferentes territorios, con diferentes formatos, con marchas y contramarchas, con triunfos y derrotas. Porque es como dice el documento de Jesús Rodríguez, el desafío que el Radicalismo tiene ante sí es extraordinario: extenderse a lo largo y a lo ancho de la realidad argentina.

Documento de Jesús Rodríguez: http://www.jesusrodriguez.com.ar/hacia-una-nueva-era-politica/

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