jueves, 21 de abril de 2016

El Pro y la ideología.

   Del Pro no se conocen textos fundacionales, ni fundamentales, ni discursos históricos, ni grandes gestas, ni próceres. Es un partido que no construye monumentos. Ni da lecciones de historia, ni de moral, ni de política. Por el contrario, su forma es la proximidad, hecha de palabras fáciles, objetivos que pueden lograrse y siempre enfocada en las soluciones. Que nada quede muy lejos en el orden del tiempo, ni en el de las ideas. Después de 2001, cuando ninguna palabra política resultaba creíble, Macri y su equipo buscaron credibilidad en un retórica de lo concreto, de las cosas, preferentemente de las que se tocan. “Pasión por hacer” ya era su lema de campaña en 2003. Identificación de problemas concretos y promesa de soluciones específicas son el uno-dos de su estrategia que busca el knock out con una definición explícita: el Pro no asume ninguna filiación con las ideologías del siglo XX, o con las grandes ideologías o, simplemente, con las ideologías. Esta estrategia -muchos dicen- desideologizante estuvo en el centro del debate sobre el Pro desde su aparición en la política de la Ciudad de Buenos Aires. Los críticos del Pro todavía se mofan y se enojan por lo que sería su falta de ideología, pero, también, su falta de militancia y su falta de arraigo en el territorio y en la historia. Sus adherentes sólo se ríen. Para unos y para otros, la llegada del Pro al gobierno nacional es un fin de las ideologías nuestroamericano.
   Ahora bien, esta acción -insistamos, a falta de una mejor expresión:- desideologizante no fue un posicionamiento exclusivamente dirigido contra ese perfeccionismo moral que es el kirchnerismo, ni es una medida de coyuntura para enfriar momentáneamente la retórica y bajar la inflación de palabras.  Por el contrario, desde su comienzo el Pro lanzó una insurgencia generalizada contra la densidad simbólica que caracteriza a la política de masas, que en todas partes y tiempos ha sido fuente de confusiones cuando no de abiertos engaños; de demoras, cuando no de impedimentos; de desencuentros entre las personas, cuando no de animadversiones, sesgos y prejuicios. Para el Pro, en términos generales, una estrategia -mal calificada como- desideologizante puede liberar la vocación creativa de las personas y su capacidad de mancomunión. Y, más concretamente, es su seña de identidad más particular y original. Se distingue de la melancolía peronista; diluye el legado del radicalismo, espeso y ritual; evita los compromisos dramáticos de Carrió; agujerea el agonismo kirchnerista. Diferenciados de todo el espectro político, Macri y el Pro, son lo nuevo.
  La acción -digámosle, equivocadamente- desideologizante tiene, no obstante, sus símbolos que están a la vista de todos y son para tranquilidad de todos: la “pasión por hacer”; “los vecinos”, la bienvenida, la tarima en el centro de salón; los globos y el color amarillo, por supuesto; también el baile del presidente; el cambio de cuadros en el despacho presidencial; el perro Balcarce, el “sí se puede”. El Pro constituye símbolos sin grandes solemnidades, es sobrio, le alcanza con gestos de respeto y de ubicación. Mucho menos, se complace con relatos edificantes sobre la historia nacional: para eso está el revisionismo. Las solemnidades, la historia, las grandes hombres, las utopías, todo eso trajo muchas desgracias y pocas soluciones. El Pro elige enfocarse en lo concreto, en el presente y, en todo caso, en el futuro. El Pro no moviliza desde la reivindicación sino desde la aspiración. Los símbolos del Pro son abiertos y próximos, son optimistas, son modernos, pacíficos y tolerantes, nos dan un descanso después de doce años de melodramática intensidad simbólica. Nadie puede sentirse amenazado por estos símbolos que no descalifican ni acusan. 
  Los símbolos del Pro, además, no quieren hacer apelaciones emocionales ni identificar enemigos. El Pro renuncia a las enunciaciones demasiado candentes y efusivas. Porque el Pro quiere, y nosotros queremos, una acción política eficiente y, eficaz, con menos vaho y con menos humo . Después de doce años de intensidad simbólica tenemos hambre de cosas, queremos saber que hay problemas que fueron resueltos, queremos la satisfacción que da una lista de cosas hechas. Sólo entonces vamos a creer que se endereza el camino hacia alguna forma de justicia. El Pro, entonces, representa diciendo que no se va a disfrazar con el poncho justiciero porque abajo de esa retórica se esconde la daga de los demagogos.
   Pero ¿Hay un acto de justicia que no se vuelva gesto justiciero? ¿Acaso no es esa la forma en que la justicia aparece en la política? ¿No reside en esa operación, la de hacer de la justicia algo justiciero, toda la eficacia política de la justicia? ¿Un acto de justicia que no es justiciero, no se vuelve invisible, políticamente inútil, un mero acto administrativo, ni justo ni injusto?
  Para nosotros, no. Para nosotros, hay justicia sin gesto justiciero, hay justicia antes del lenguaje. Para nosotros, hay justicia en un mero acto administrativo, aun más creemos que una de las formas más radicales de justicia tiene la forma de un acto administrativo: pedir de cada cual según sus capacidades, dar a cada cual según sus necesidades.
Pero ¿La justicia de la administración es la única justicia política? Los que tenemos hambre de hechos, los que conocemos la justicia de la administración ¿No apreciamos la justicia que hay en el lenguaje? ¿No podemos ver que el gesto justiciero puede ser, él mismo, un acto de justicia? O, acaso, visibilizar injusticias, encontrar a los responsables, ofrecer el compromiso en primera persona ¿No son, ya, formas de realización de la justicia? No ver esto puede ser un riesgo para la justicia y para la eficacia política.
   Para la justicia, porque en su afán por hacer, el Pro rechaza todo gesto justiciero, y corre el riesgo de tirar al niño con el agua. Porque deshaciéndose de los discursos justicieros, el Pro queda desprovisto, si no de justicia, cuanto menos, de un sentido de justicia. Cuando confunde todo gesto justiciero con demagogia cae en el mismo error que los que confunden todo gesto justiciero con justicia. 
   Para la eficacia política, porque esta renuncia programática a los discursos justicieros nos deja tanteando entre preguntas ¿Cómo es una política que se construye sin un sentido de justicia, o contra ninguna injusticia o, incluso, que cree que los discursos justicieros son una rémora arcaica del siglo XX, sólo la mascarada demagógica de autoritarismos atávicos? ¿De dónde toma fuerza una política así? ¿Dónde gana cuerpo? ¿No tiene pasado, está obligada a inventarlo todo de cero? ¿Podrá? Para pensar estas preguntas estemos advertidos de lo siguiente: un liberalismo sin cuerpo ni justicia podría no ser lo opuesto al kirchnerismo sino, uno de sus axiomas.
   Por todo esto se ceban los ideologistas con el Pro, por su renuncia a un sentido de justicia. Seguramente porque ellos entienden esa renuncia de la misma manera que Durán Barba: como subversiones cotidianas contra las ideologías. Subversión de la que el consultor se ufana de ser el ideólogo. 
   Sin embargo, a pesar de todos los lamentos y enojos por una supuesta falta de ideología o por una política que no tendría sentido de justicia, el Pro tiene sus símbolos. Porque los símbolos son un resultado inevitable de un momento y de una época, de una psicología, de una lengua y de una clase. Y nadie puede renunciar a esos compromisos, que ya no son políticos, sino ontológicos ¿O es posible una política plana, sin volumen, evidente, traslúcida? ¿Un grado cero de la acción política desprovisto de símbolos, de rito, de gesto, existe en algún lado? ¿Cómo funcionaría una política así que pudiera renunciar a la representación? ¿La política no trabaja, en realidad, exactamente al revés: transformando todo acto en un gesto? Pongamos este ejemplo: “actuación” es todo lo que hace el actor mientras está actuando, todo movimiento o toda quietud, toda palabra o todo silencio, esté el actor arriba o abajo del escenario, se lo vea o sólo se escuche su voz; en todos los casos, su acción siempre tiene un sentido dramático. Del mismo modo ¿No es gesto o símbolo todo lo que el político hace mientras está haciendo política? ¿Y en qué momento un político deja de hacer política? 

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